Clase, crisis y Milei

Margarita Martínez sobre Javier Milei, OnlyFans y las apuestas online: "El autoemprendedorismo es una trampa"

En este mano a mano con El Economista, Margarita Martínez responde preguntas que atraviesan tanto la coyuntura como temas de fondo. ¿Hay alguna conexión entre el mileísmo y el fascismo? ¿Qué diferencias encuentra entre Trump y Milei? ¿En qué sentido cree que las máquinas están dejando de ser pasivas?
Margarita Martínez sobre Milei, OnlyFans y las apuestas online: "El autoemprendedorismo es una trampa"
Ramiro Gamboa 22-01-2025
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"Vivimos en una permanente sensación de catástrofe que no termina", dice Margarita Martínez, doctora en Ciencias Sociales, en la entrevista con El Economista. En ese clima de incertidumbre, observa un fenómeno particular en la política argentina: "Milei se muestra como alguien que no quiere negociar ni dialogar, sino que viene con un plan y lo quiere ejecutar aunque implique caminar al filo de la ley". El discurso del presidente, dice Martínez, está dirigido a quienes se sienten excluidos de ciertas posibilidades de trabajo y consumo y les ofrece una narrativa de venganza.

Asimismo, advierte que en Milei también hay un conflicto identitario. "Proviene de una clase media de la cual reniega, y su odio hacia la educación pública demuestra su incapacidad para reconocer su propia procedencia de clase".

Martínez es profesora universitaria, escribe, traduce e investiga. Además de Sloterdijk y lo político (Prometeo, 2010), también publicó Trece Llanos (Ubú, 2018). Su mirada sobre la cultura es amplia y erudita, pero sin volverse excluyente. En un campo donde, muchas veces, la filosofía se encierra en una jerga hermética, Martínez logra un equilibrio que permite acceder a conceptos complejos sin perder profundidad. Su escritura facilita la comprensión de ideas densas de una manera amable, sin dureza ni barreras impuestas por un lenguaje alambicado.

En Sloterdijk y lo político, Margarita Martínez analiza cómo el pensador alemán desafía la filosofía confinada a la academia y la empuja hacia el debate público. "Sloterdijk apela a un lector culto y políticamente incorrecto", señala, destacando su crítica a una academia que, lejos de la confrontación intelectual, se ha refugiado en una comodidad estéril. Para Sloterdijk, el pensamiento no puede reducirse a un ejercicio aislado, sino que debe intervenir en el mundo.

En una época de hiperconectividad, reflexiona Martínez, la filosofía ya no ofrece refugios y el mundo tampoco brinda espacios de fuga. Sloterdijk diagnostica un tiempo en el que el sujeto, atrapado en su propia imagen, se hunde por la sobreexposición. "Una época de apocalipsis de la intimidad", apunta Martínez, donde el pensamiento se ve desplazado por una cultura de la distracción permanente. Aunque, lejos del pesimismo, Sloterdijk plantea una refundación de lo político preguntándose: ¿cómo transformar la vida a partir del pensamiento?

En este mano a mano con El Economista, Margarita Martínez responde preguntas que atraviesan tanto la coyuntura como temas de fondo. ¿Hay alguna conexión entre el mileísmo y el fascismo? ¿Qué diferencias encuentra entre Trump y Milei? ¿En qué sentido cree que las máquinas están dejando de ser pasivas?

Margarita Martínez es licenciada en Ciencias de la Comunicación (UBA), magíster en Literaturas Española y Latinoamericana (París 10 - Nanterre) y doctora en Ciencias Sociales (UBA).

—Escribís que la confrontación en el debate intelectual se devaluó y fue reemplazada por un falso consenso disfrazado de diálogo. ¿Creés que, en las elecciones de 2023, Massa y Larreta representaron ese consenso mientras que Milei encarnó la confrontación?

—Sí, desde ya. Massa o Larreta intentaban, de alguna manera, atraer a personas de zonas opuestas, de distintas militancias. Milei hoy actúa como alguien caprichoso, que va a llevar adelante lo que pretende, que va a desarmar todo y que está convencido de que hay un montón de gente que no quiere más ciertas cosas. Por eso: ¿cultura? Afuera. ¿Derechos humanos? Afuera. Esa arbitrariedad no es propia de la política moderna, sino de formas de la política que existieron en la modernidad, pero también en la premodernidad. Tiene que ver con el ejercicio arbitrario del poder, que siempre existió y que hemos visto encarnado en figuras más tiránicas, pero también en figuras democráticas que luego hicieron un camino despótico.

—¿Por ejemplo?

—El fascismo o el nazismo alojaron figuras que llegaron al poder por elecciones populares y que después se rebelaron ante los mecanismos democráticos, torsionaron el poder e hicieron de esa democracia otra cosa. Los resortes que acciona Milei no son los del consenso razonado de la política moderna. No busca negociar: lo hace cuando no hay otra opción. Se muestra como alguien que no quiere dialogar, sino que viene con un plan y lo quiere ejecutar. Y si después las instancias institucionales, como el congreso, le ponen obstáculos, pretende saltarlos aunque implique moverse al filo de la ley. 

Hay algo despótico en esa forma de actuar que tiene que ver con el tipo de seducción carismática que despliega como personaje. Y esa la tipología política es previa a la modernidad, además de que prescinde absolutamente de la variable moderna por excelencia: el diálogo, el consenso y el equilibrio de las fuerzas políticas.

Javier Milei

—¿Creés que su carisma le funciona en términos de imagen positiva?

—El elemento carismático es muy fuerte para sostener su posición ante algunos obstáculos que incluso la misma ciudadanía le pone. Le sirvió en varias oportunidades para reforzar su imagen. En muy pocos casos retrocedió, como en el caso del debate por el presupuesto educativo a partir de la marcha por la educación de abril de 2024.

—¿Por qué los universitarios sí lograron ponerle un límite a Milei cuando otros sectores no pudieron, no quisieron o no supieron hacerlo?

—Milei, en parte, entendió que había un consenso, una especie de axioma transversal muy arraigado en la ciudadanía: en Argentina, la educación universitaria es sostenida por el Estado, es gratuita y pública. Eso es prácticamente una variable del sentimiento de pertenencia nacional. Cuando quiso aplicar el discurso más empresarial del recorte para la eficiencia, se encontró con una pared. Una pared que no tuvo en otros campos. Por ejemplo, no sabemos bien cómo, pero logró instalar la idea de que había que echar a un montón de gente del Estado. Hubo algunas marchas, sí, pero no tan masivas como las universitarias, ni que hayan alcanzado igual consenso.

En cambio, cuando fue la marcha por la educación, Milei se dio cuenta de que estaba tocando algo que la ciudadanía no estaba dispuesta a ceder. Y entendió que ese no era el camino, aunque el conflicto presupuestario está lejos de estar resuelto para 2025. ¿Qué sucede en este caso? Que hay ideas, conceptos, que forman parte casi del discurso fundador de Argentina como República. Nosotros podemos ser muy críticos con la generación del 80 y con el siglo XIX, incluso con esa élite que, como bien sabemos, provenía de un mundo verticalista, endogámico, excluyente de lo que llamaríamos lo popular. Sin embargo, el Estado argentino se fundó con esas élites que establecieron la educación y la salud pública como parte del proyecto liberal del siglo XIX. Y otras vertientes populares, en el siglo XX, siempre sostuvieron esas premisas.

—¿Qué tiene que ver Milei con la ley 1420 de educación laica, gratuita y obligatoria?

Milei proviene de una clase media de la cual reniega, directa o indirectamente. Más allá de si se recibió en una universidad pública o privada, es el típico ejemplo de alguien de clase media que, de no existir un sistema educativo de cierto tenor, no hubiese llegado demasiado lejos. Por ejemplo, aun habiendo estudiado en una universidad privada, si el sistema público no fuera lo que es, si, además, gracias a esa idea de una educación que debe poder solventarse, las universidades privadas no costaran lo que cuestan en Argentina (estamos lejos de los presupuestos de Estados Unidos, o de otros países de América Latina como Colombia, Brasil o Chile), difícilmente hubiera podido titularse. Es interesante porque, a esas universidades privadas, el sistema público de excelencia las obliga a competir y a bajar la cuota.

Pero vemos que el odio de Milei hacia la educación pública demuestra su incapacidad para reconocer su propia procedencia de clase media. Hace poco trazaba unas líneas de comparación entre el Marqués de Sade y algunos exabruptos de Milei. Casualmente Sade también abjuraba de su clase de origen, que era la nobleza. Milei, del mismo modo, reniega de su clase —la clase media— y la quiere destruir, como Sade quería destruir la suya. No obstante, ambos son personajes profundamente característicos de esas clases a las que después detestan. Hay un problema identitario personal que Milei traslada a la política general desde su rol como presidente. Es una especie de trauma de origen. Su conflicto identitario se proyecta en su deseo de destruir todas las banderas de la clase media.

Miles de personas marcharon por la universidad pública en la ciudad de Buenos Aires.

—Si Milei busca destruir a la clase media, ¿por qué sectores de ella lo votan?

—Son sectores de clase media que provienen de segmentos antiperonistas, que después se convirtieron en feroces antikirchneristas. Hubo mucho antikirchnerista que tenía alguna filiación antiperonista, pero que terminó siendo mucho más radicalmente antikirchnerista que antiperonista. Personas que podían soportar a ciertas figuras del peronismo, pero a Cristina no. Milei trabajó mucho con esa aversión latente que ya existía. Y luego logró un voto popular muy alto, fundamentalmente en las provincias argentinas.

De todas maneras, lo que sorprende a muchos analistas políticos no es tanto la clase media que lo apoya, sino las clases bajas que lo votaron. No pueden entender cómo puede pasar que alguien que realmente no tiene qué comer no se subleve ante, por ejemplo, un aumento tarifario como el que vimos. Por eso digo que Milei activa cosas que no son únicamente propias del patrón moderno de la política: por ejemplo, una cierta voluntad sacrificial, como la que aparece en las guerras: tal vez a alguien le cuesta pagar el colectivo a $500, pero "era necesario". A cuántos movileros vimos en marzo y abril, buscando en Constitución y Retiro a personas que se quejaran de las tarifas. Los vimos buscar a gente que estaba esperando el colectivo con cuarenta bolsos colgando, que venían en tren y ahora se iban a tomar un colectivo. Los cronistas iban a buscar la queja de esas personas y se encontraban con respuestas como "No, la verdad es que me va a costar mucho llegar al día quince del mes, pero creo que era necesario". No había con qué pensar esa respuesta.

—Tomás de Sloterdijk la idea de que el fascismo es la cultura del resentimiento hecha acontecimiento. ¿Hay alguna conexión entre el mileísmo y el fascismo?

—Se tocan resortes de la sensibilidad general parecidos. Lo cual no quiere decir que el mileísmo sea un fascismo, ni que se trate de movimientos similares. Pero pensemos el triste caso alemán para ver el resentimiento hecho acontecimiento. Si Hitler logró hacer el camino que hizo, fue porque, ya en la década de 1920, había un sentimiento de fuerte contrariedad en Alemania, derivado de las durísimas condiciones del Tratado de Versalles, de la inflación, y luego se sumaron los discursos antisemitas, que incorporaban ideas como que al pueblo alemán le habían robado los grandes bancos judíos, y toda una serie de patrañas que encajaron en un momento anímico en el que todo ese pueblo se sentía perdedor. Hitler, de alguna manera, estaba ahí para decirles: "ustedes, de perdedores, pueden pasar a ser ganadores". Así logró convertirse en el conductor de ese resentimiento y fue haciendo su camino, como también lo hacen hoy muchos populismos de derecha.

Cuando Milei echó a las primeras oleadas de trabajadores del Estado, lo hizo hablándole a quienes nunca habían tenido un trabajo estatal. Su narrativa era: "Van a ver cómo empiezan a trabajar en serio como el resto de la población, y no que se la pasen calentando una silla en una oficina del Estado. Estos van a tener que trabajar como trabajamos todos". Con ese discurso se dirigía a gente que, por A o por B, nunca había podido conseguir un trabajo estable y activaba ese dolor bajo la forma de una venganza. Buscaba que el otro sintiera placer porque alguien más se quedaba sin trabajo o iba a tener que entrar en el mundo del trabajo precario y/o inestable.

La de Milei es una política de activación del resentimiento que la historia ha demostrado que puede llegar a ser muy eficaz, en ciertos contextos, para crecer.

—Si Trump se muestra como el millonario que ganó en el sistema, Milei se presenta como un traicionado por "la casta". ¿Su origen de clase media le jugó a favor más que a otros líderes de élite como Macri?

—Sí, además viene con una trayectoria muy accidentada en lo personal. Por eso, incluso cuando sus rivales políticos sacaban sus trapitos al sol, había quienes pensaban "por fin va a gobernar un país alguien como yo, más parecido a mí". En una época que nos vive diciendo que hay que autosuperarse, Milei puede ser percibido como una suerte de contracultural que, al mismo tiempo, "superó" sus circunstancias. A diferencia de Trump, Milei presenta una historia de fracasos.

—Escribís que los medios crean vencedores para que las masas deprimidas se identifiquen con ellos. ¿Ves una conexión entre eso y fenómenos como OnlyFans, las apuestas online, las estafas piramidales o el coaching ontológico?

—En esas prácticas aparece la idea del golpe de suerte y también un desprecio muy marcado por el camino que la modernidad nos había enseñado: un progreso lento, donde primero había que estudiar, después trabajar, después ahorrar y recién entonces, tal vez, con mucho esfuerzo, comprarse un auto o una casa, o lo que sea. Todo ese planteo moderno cae ante la seducción de poder ser millonario en poco tiempo. Es un discurso peligroso: si se mira cuántas personas que intentaron ser influencers, destacarse en OnlyFans o ganar en apuestas online realmente lograron ese golpe de suerte, se ve que la proporción es bajísima. Y la tasa de durísimas bancarrotas personales o anímicas es muy alta.

Lo peligroso es que quienes no llegan no se quedan simplemente "igual que antes"; generalmente terminan hasta el cuello de deudas, mucho peor de lo que estaban. Prueban y, si fracasan, que es lo más común, lo pierden todo. El discurso de la época es el del autoemprendedorismo, que desprecia el camino de la educación, el camino que defendía esa misma generación del '80 del siglo XIX hasta los modelos de educación popular del siglo XX: la idea del esfuerzo sostenido. Por eso me sorprendió, para bien, que Milei haya sentido el impacto de la marcha universitaria y también ver hasta qué punto la educación sigue siendo un valor tan presente en la ciudadanía argentina. En el fondo, los discursos del autoemprendedorismo son tramposos porque desembocan en formas de alienación mucho mayores que la del antiguo trabajo industrial.

—Escribís que, al igual que en el lamento de Nietzsche por la muerte de Dios, en las palabras de Sloterdijk se palpa "el desamparo". ¿En Argentina también se palpa el desamparo? De ser así, ¿qué murió?

—Ese desamparo del que Sloterdijk habla es un desamparo global. En Argentina tenemos coyunturas específicas en las que no hay Estados que, ante ese tipo de debacles, puedan poner un sostén. Esa es nuestra diferencia fundamental con otras geografías: los Estados son débiles institucional y económicamente en América Latina. Sloterdijk alude sobre todo a la pérdida de estructuras políticas y simbólicas que él llama contenedoras, estructuras envolventes que funcionan de alguna manera como microclimas de reproducción de una cultura. Al fallar esas grandes estructuras, ya no estamos reproduciendo nada en términos culturales y sentimos que nuestra civilización, nuestra cultura, es demasiado vieja para el presente técnico que estamos viviendo. No tenemos categorías conceptuales para pensar el presente en el cual vivimos. Por eso nos reducimos a nuestra microesfera, a nosotros mismos y a nuestros cinco conocidos preferidos; armamos una burbuja de sentido y, entre esos pocos, armamos mundo. Y sentimos que el afuera es como una gran catástrofe de permanente despliegue. A mí me gusta pensar la idea de catástrofe como algo que, en otros momentos históricos, se entendía como un hecho excepcional: venimos en una línea de normalidad e irrumpe la catástrofe. Y en el presente —aunque hace décadas— vivimos en la permanente sensación de catástrofe que no termina, de crisis permanente. Esto es algo de Argentina, pero no solo de Argentina. El fenómeno técnico nos atraviesa a todos globalmente. El capitalismo de plataformas a todos. La algoritmización de la vida a todos. 

—¿En qué capítulo de la historia estamos?

—Nos dirigimos hacia la simbiosis humano-máquina, que se nos presenta cada vez más desde la realidad técnica. Quizás, para el humano, dirigirse al siguiente capítulo de la historia signifique, con todo el duelo que eso implique, abandonar el mundo letrado como único mundo que podía dar marco a lo que somos. Significa abandonar los dualismos de la metafísica para pensar la relación hombre-máquina, en donde siempre el humano es el agente activo y la máquina lo pasivo, donde esa máquina oficia de alguna manera como un esclavo inanimado que responde a todas nuestras demandas. Y de pronto nos encontramos con máquinas que no entendemos bien si están a nuestra altura o si nos superan. No entendemos bien si nosotros las manipulamos o ellas a nosotros. Es esta desazón la que tiene una especie de actitud adrenalínica, una incitación a ir a explorar este mundo que estamos abriendo. No hay en esto un rechazo al modo humanista más clásico, que vería en la técnica una amenaza: que nos va a destruir, que va a contaminarnos, que va a arruinar algo de la pureza humana que somos. Pero dirigirse al siguiente capítulo de la historia es descubrir qué somos ahora capaces de hacer con una técnica que nosotros mismos inventamos, dado que toda técnica es esencialmente humana. Toda técnica es un sueño humano, una proyección de deseos humanos. Se trata de ver qué hacemos con esto y si estamos dispuestos a tramitar nuestra relación con los artefactos de iguales a iguales.

—¿En qué sentido creés que las máquinas están dejando de ser pasivas?

—Había un montón de categorías con las cuales pensábamos el mundo: activo-pasivo, amo-esclavo, vida-muerte, sujeto-objeto. Estamos habituados, con nuestra matriz cognitiva, a organizar todo pensamiento sobre las cosas en categorías polares, duales y opuestas. La máquina nos descentra, dice Sloterdijk, porque introduce terceros estados ahí donde solamente había dos.

Por ejemplo, el proceso de morir, para un ser vivo, hasta hace poco tiempo era relativamente veloz. Hoy podemos tener a un individuo sostenido por máquinas, como un respirador artificial, en un coma, y mantenerlo así durante años. Eso, en la naturaleza, no sucedería. Tenemos un tercer estado de suspensión entre la vida y la muerte y no terminamos de estar seguros de qué lado se aloja este fenómeno, si ese individuo está vivo o no, porque si fuese tan fácil, no sería tan difícil decidir si lo desconectamos o no. Si no estuviera ese aparato llamado respirador, el individuo moriría. Ese tercer estado es producto de la técnica.

¿Cómo podemos pensar a la máquina como pasiva si la tocamos y reacciona como si tuviera una piel? El teléfono, por ejemplo, tiene una piel de cristal: lo tocamos y se prende, pasan cosas. Nos parece que esa máquina sintiera. Al mismo tiempo, sabemos que no está sintiendo al modo en que sentimos nosotros, pero hay una reacción, y eso nos desorienta.

También hay otras polaridades que se rompen, como masculino-femenino. Cuando pensamos en la cuestión de los géneros, las intervenciones para hacer cambios de género, las terapias hormonales. Todo ese abanico del medio, entre la antigua categoría de hombre y la antigua categoría de mujer, es producto de la técnica. Sin terapias hormonales, sin la estructura técnica de la intervención quirúrgica en el hospital y la medicina, eso no existiría. Todo este nuevo mundo es un mundo para el cual no tenemos todavía elementos claros de abordaje.

—¿Qué pensás sobre la propia contemplación como espectáculo en tiempos de Instagram y TikTok?

—Es interesante destacar que, antes, la riqueza se mostraba en un estilo de revistas que difundía la vida de ricos y famosos. Desde que esas revistas existen, su público consumidor mayoritario son las clases bajas, no las clases altas. Cuando a las clases populares les impiden llevar adelante cierta vida en primera persona, es natural que la vivan a través del consumo visual de otros que sí lo hacen, una manera catártica de canalizar ese deseo absolutamente compartido de confort y bienestar material.

 

Porque, desde la modernidad en adelante, nos habituamos a pensar que vivir bien es vivir siendo rico, millonario, rodeado de artefactos de avanzada. Hay una idea de "buena vida" como existencia materialmente abundante que no ha sido siempre así, que es moderna. De alguna manera, para mí, el hecho de que las capas que no pueden acceder a eso lo hagan visualmente tiene un efecto paradójicamente apaciguador.

Pier Paolo Pasolini, en los años '60, decía que era el primer momento en la historia de la cultura en que todas las clases sociales anhelaban lo mismo. Eso se acentuó con el tiempo. En otros momentos históricos, cada clase tenía su propio horizonte de ambiciones, sus ideales de vida. En cambio, ahora, con la industria espectacularizada, todas las capas sociales anhelan lo mismo: hay unos pocos que van a poder conseguirlo y muchos que no.

"Pier Paolo Pasolini, en los años setenta, decía que era el primer momento en la historia de la cultura en que todas las clases sociales anhelaban lo mismo", asegura Martínez. 

—Mercedes Máspero escribió un artículo en el que habla sobre cómo ciertos billonarios buscan wandanarizar la política y hacer ruido en lugar de discutir los temas profundos o de fondo. ¿Qué pasa en la esfera pública si nos ponemos únicamente a hablar en modo escándalo?

—El modo escándalo viene favorecido por una especie de obligación táctica que tienen los que antes eran exigidos desde el lugar de la argumentación. Los intelectuales, por ejemplo, que antes de admitir una opinión tenían que leer todo, pensar bien lo que decían. Ahora no, porque si sucede algo polémico y alguien es un intelectual, si en lo inmediato no formula (y publica) alguna opinión, se asume que está avalando u otorgando "lo que está mal". ¿Y cómo definir esto? Incluso los intelectuales que antes se tomaban tiempo para la argumentación ahora salen a intervenir. Pasaron de ser personajes que argumentaban a ser personajes intervinientes: lo fundamental es expresarse rápido. 

Así se va construyendo un debate público muy particular, en donde cuestiones como las fake news también tienen un rol. Miente, miente, que algo quedará. Quizás se lanza algo escandaloso, luego se revelará que no era cierto, pero ya hizo su camino en redes, ya posicionó, ya obligó a la gente a definirse a favor o en contra. Y cuando dentro de cinco días veamos que no era cierto, ya nadie se acuerda. Los intelectuales también caen en la trampa de la figuración, porque acá el que no es visible no existe.

—Decís que los autores clásicos siguen siendo el mejor antídoto contra la depresión y el resentimiento, y que representan "la parte extranjera del tiempo". ¿Quiénes son hoy la parte extranjera del presente?

Hoy es extranjero cualquiera que se atreva a pensar algo que vaya un poco más allá de la coyuntura. Hay tal presión para pensar solo la coyuntura que prácticamente no hay tema que pueda escapar. Pero cuando aparece alguien que piensa otra cosa, ahí surge esa voz extranjera, que es la más valiosa.

A veces hay un hartazgo de estar en la misma burbuja de sentido. El monotema que nos convoca siempre también deriva de una angustia generalizada. Para ir a lo que conversamos en el inicio: una angustia social de sectores que no acuerdan con Milei y que, como no entienden el fenómeno, necesitan encontrarse con otros que estén angustiados por lo mismo que los agobia a ellos.

El monotema que nos convoca siempre también deriva de una angustia generalizada.

A veces es necesario dar lugar a otras miradas. En ciertos campos se trata simplemente de escuchar. Si pensamos en el mileísmo, es difícil en la medida en que no vemos intelectuales mileístas con los cuales discutir. Es casi imposible debatir en términos intelectuales con quienes respaldan el proyecto de Milei. Entonces, la gente que piensa cae en su propia neurosis, en su propia angustia. El trabajo de los próximos tres años no debería ser lamentarse, sino reconstruir la trama política y social. Tal vez no esté todo tan perdido. Tal vez lo que hay que hacer es ponerse a trabajar.

Margarita Martínez es docente e investigadora en la UBA y docente de grado y posgrado en la UBA y en la UNSAM, entre otras universidades nacionales. Foto: Natalia Marcantoni
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