La democracia de las certezas instantáneas
Pensar nunca fue una actividad natural. Si lo fuera, Immanuel Kant no habría definido al Iluminismo como la salida del hombre de su minoría de edad intelectual. Lo "natural" para el ser humano es otra cosa: es pertenecer, es permanecer al calor de la tribu, donde otros piensan por uno o dictan normas que aplacan la razón; donde es menester confiar en las certezas heredadas y evitar el disenso.
Hay esfuerzo en la razón. Mental, sí, biológico también. El cerebro humano considera la disidencia como un ataque. Y envía señales al cuerpo en ese sentido.
La democracia liberal fue construida sobre una apuesta optimista que supuso que los individuos serían capaces de trascender sus impulsos primarios mediante la razón. Creyó que el debate público permitiría contrastar ideas, corregir errores y acercarnos, aunque de manera imperfecta, a una mejor comprensión de la realidad. Durante siglos, la educación, la ciencia, la prensa y las instituciones republicanas actuaron como herramientas orientadas a ese objetivo.
¿Funcionó así en algún momento de nuestra historia? Ciertamente, en esta era de hiperconectividad y de acceso casi irrestricto a la tecnología, no.
La humanidad nunca ha tenido tanta información a disposición. Basta posar la yema del dedo en una pantalla para consultar una biblioteca, leer un paper académico, contrastar una noticia o escuchar a un especialista del otro lado del planeta. Sin embargo, vivimos en una época donde amplios sectores de la sociedad parecen haber abandonado cualquier pretensión de búsqueda de la verdad. Las discusiones públicas son cada vez menos un intercambio de argumentos y cada vez más una guerra de identidades.
La paradoja es evidente. Cuanta más información tenemos disponible, más difícil parece construir una realidad compartida donde no gobierne el sesgo con su autoritarismo intrínseco.
En los comienzos de la masificación de Internet, creímos que las redes sociales democratizarían el conocimiento, que la libre circulación de información fortalecería el espíritu crítico volviendo a los ciudadanos más difíciles de manipular. Ocurrió exactamente lo contrario.
Porque, siendo bien pensados, digamos que en un principio las plataformas digitales fueron diseñadas para acercarnos a la verdad y generar vínculos reales. Hoy está claro que su único objetivo es capturar nuestro interés apelando a lo que nos emociona. Y, como explicamos al principio, la atención humana responde mucho mejor a las emociones que a los argumentos. La indignación es más rentable que la reflexión. El miedo se viraliza más rápido que la evidencia. El enojo genera más interacción que los matices.
La lógica económica del algoritmo consiste en maximizar el tiempo que permanecemos conectados y para conseguirlo necesita conocernos mejor que nosotros mismos. Analiza nuestras preferencias, hábitos y reacciones, para luego devolvernos una versión amplificada de aquello que ya creemos.
Así aparece el fenómeno más relevante de nuestra época: la sustitución de la búsqueda de información por la confirmación del sesgo. No consumimos contenidos para comprender el mundo: lo hacemos para confirmar que tenemos razón.
La neurocientífica Leor Zmigrod lleva años estudiando la relación entre ideología y biología. Sus investigaciones parten de una premisa incómoda: nuestras convicciones políticas no son solamente el resultado de razonamientos conscientes. También están vinculadas a mecanismos cognitivos profundamente arraigados en nuestra estructura cerebral.
El cerebro humano consume aproximadamente el veinte por ciento de la energía del cuerpo. Evolutivamente, ahorrar recursos siempre fue una ventaja, y esto implica reducir la proliferación de ideas complejas, contradicciones y dudas que demandan esfuerzo. La coherencia, en cambio, simplifica la realidad. La pertenencia reduce incertidumbre.
Desde esta perspectiva, la ideología funciona como una herramienta extraordinariamente eficiente, porque permite interpretar el mundo sin tener que reconstruirlo cada mañana. La ideología es el tutor que ofrece respuestas rápidas frente a problemas complejos, nos dice quiénes son los buenos, quiénes son los malos y qué debemos pensar frente a cada situación. Evita, en definitiva, el esfuerzo que implica la Razón.
Kant creía que la libertad comenzaba cuando el individuo se atrevía a utilizar su propio entendimiento. No obstante, la sobreabundancia informativa que padecemos cuatro siglos después no produjo más autonomía intelectual, sino nuevas formas de dependencia. Delegamos el pensamiento en referentes, influencers, periodistas, dirigentes políticos y algoritmos que piensan por nosotros.
Hay ganadores en este mundo de adolescentes crónicos: aquellos que entendieron que movilizar emociones resulta mucho más eficaz que explicar, refutar, dialogar o discutir sin ruido. El periodismo comprendió que los titulares que despiertan indignación generan más tráfico que los que aportan contexto. Los comunicadores políticos apelan casi con exclusividad al mensaje emotivo y abusan de las redes sociales, que premian a quienes ofrecen certezas inmediatas y castigan a quienes introducen complejidades.
En semejante ecosistema, la duda perdió prestigio. En contrapartida, las certezas instantáneas ganaron el escenario porque aportan identidad, pertenencia y tranquilidad emocional. Nos ahorran el trabajo de revisar nuestros prejuicios.
Qué gran ironía es que la tecnología prometía expandir el conocimiento y en cierta forma terminó reforzando muchos de los mecanismos tribales que la civilización intentó domesticar durante siglos.
La democracia liberal nació de la confianza en la razón. Por su parte, la democracia digital parece apoyarse cada vez más sobre la administración de emociones. Tal vez el desafío político, cultural y educativo más importante del siglo XXI consista en recuperar algo tan elemental como incómodo: la disposición a pensar contra nosotros mismos. Seguí a El Economista en Google Agreganos a tus medios preferidos. + Agregar