Las elecciones legislativas porteñas del 18 de mayo generaron un terremoto de lecturas y conclusiones apresuradas. La vorágine política en Argentina —aunque no solo política, sino presente también en otros ámbitos de la vida cotidiana como el fútbol o la cultura— no podía faltar tras la primera derrota del PRO en la Ciudad de Buenos Aires en casi 20 años.
Sin embargo, esa aceleración, ese vértigo, atañe únicamente a un reducto conformado por el llamado "círculo rojo": periodistas, dirigentes, analistas y grupos de poder en general. Si algo dejó en claro la elección porteña de la semana pasada fue el absoluto desinterés de la población por el microclima político. Una disociación total, incluso en el distrito más informado del país. El resultado fue apatía y el peor registro histórico de participación en elecciones porteñas.
Para quienes mantuvieron el hábito o el interés de votar, la elección terminó siendo una reafirmación sobre el rumbo del Gobierno nacional, que en apenas un año y medio mostró decisión, resultados económicos concretos en materia de inflación, desregulación, orden público y un dólar más estable. Solo eso bastó. Y no es poco.
¿El ocaso definitivo del partido fundado por Mauricio Macri?
Eso mismo fue suficiente para que el círculo rojo comience a preguntarse —una vez más— si estamos frente al ocaso definitivo del partido fundado por Mauricio Macri.
Esta elección dejó algunas cosas al descubierto, más allá de un análisis centrado en los últimos meses. Si se amplía la mirada al último año y medio, el PRO intentó posicionarse como el "adulto en la sala". Pero su ambigüedad, su renuencia a asumir un rol opositor, autodefiniéndose en cambio como "alternativa", terminó desdibujando aún más su identidad. En los tiempos que corren, los procesos políticos parecen ir de los extremos hacia el centro —ya no al revés—, y este es, quizás, uno de los grandes cambios recientes: el fin de los partidos catch-all y el surgimiento de propuestas más nítidas.
Y La Libertad Avanza, guste o no, es una propuesta más clara. O, al menos, sobreactúa sus rasgos con mayor eficacia. Porque entendió algo esencial: hoy, la gente puede perdonar cualquier cosa, menos la falta de coraje.
Con ese rumbo definido, los libertarios buscan seguir edificando su núcleo duro. Y con eso les alcanza. El resto lo hace el clima de polarización con el kirchnerismo. En definitiva, el sistema sigue girando en torno a una dicotomía: antes era kirchnerismo vs. republicanismo; hoy es kirchnerismo vs. libertad. Cambian los términos, pero el esquema se mantiene. Lo que sí parece claro es que la clave de la permanencia está en la construcción de poder, apelando a la lógica de las minorías ruidosas.
El escenario que enfrenta el PRO es complejo. No por falta de estructura territorial, ni por debilidad técnica de sus cuadros. El problema pasa por la indefinición de sus principales líderes. Una combinación de intereses personales y conveniencias generacionales lleva a que varios dirigentes históricos prioricen su proyecto inmediato antes que la reconstrucción de un espacio competitivo a futuro. Y eso, claro, le ocurre a todos los partidos. También le pasará a La Libertad Avanza, tarde o temprano. El PRO, desde hace rato, enfrenta una crisis de renovación.
En este contexto, se aproxima una elección en la provincia de Buenos Aires, donde se disputa poder municipal y en la Legislatura local. Las condiciones están dadas para que aquellos con peso territorial tengan ventajas. Sin embargo, lo que se observa es un repliegue hacia los brazos de los libertarios, producto tanto del oportunismo de algunos dirigentes como de la fragilidad de ciertos liderazgos. El PRO, que podría mostrar fuerza en sus distritos, parece haberse quemado con la leche de la elección porteña —una elección que nada tiene que ver con las del interior bonaerense. Pero, en lugar de resistir el aluvión libertario, parece encaminado, casi resignado, hacia el matadero. Como si no tuviera voluntad de construir futuro.

Y desde el inicio, el PRO no logró comprender que esto no es una coalición de partidos. Ni siquiera una fusión. Es una adquisición hostil. Y ese proceso no va a estar exento de humillación, como se viene viendo en cada instancia y gesto de destrato libertario.
Cuando el PRO analiza su futuro, observa encuestas donde, ante la pregunta a sus votantes históricos sobre si debe unirse al gobierno, solo entre 30% y 40% (según el distrito) prefiere que se distancie. Tal vez ese núcleo más rígido, más fiel, sea la base sobre la que reconstruir. Más valioso, incluso, que intentar seducir a quienes abandonaron el barco y hoy viajan en el tren libertario por razones pasajeras —en muchos casos, un votante más blando y que aún no se casa ni integra un núcleo duro libertario—. Porque si el PRO pierde a sus votantes más fieles, sí estaría ante un golpe letal.
Algo también parece haber quedado claro en la elección porteña: hay una demanda insatisfecha. Si el PRO tiene paciencia, audacia para darle espacio a nuevas voces —fundamental para comenzar a representar algo distinto—, rompe con la zona de confort de la cúpula partidaria y no se sube a la vorágine, quizá pueda empezar a construir algo de futuro. No es fácil. Pero ahí está la decisión de vida o muerte. Sin embargo, no parece haber vocación para eso.