Panorama

Los proyectos de biodiversidad necesitan una adecuada gobernanza

La nueva economía de la naturaleza abre una oportunidad clave para la Argentina, pero los proyectos de biodiversidad pueden perder valor, financiamiento y credibilidad si no tienen reglas claras, licencia social y rendición de cuentas desde el inicio.

Los proyectos de biodiversidad necesitan una adecuada gobernanza

La biodiversidad ya no es solo una preocupación ambiental: es también una cuestión de riesgo, acceso a financiamiento, reputación, cumplimiento regulatorio y continuidad del negocio. La pérdida de ecosistemas afecta cadenas de suministro, disponibilidad de agua, productividad agroindustrial, estabilidad territorial y valor de los activos. Por eso crece el interés en restauración, conservación, créditos de biodiversidad y soluciones basadas en la naturaleza. Pero muchos proyectos fracasan por una razón menos visible que la falta de capital o de tecnología: la ausencia de gobernanza.

Un proyecto de biodiversidad puede tener buenos mapas, expertos reconocidos, métricas ambientales sólidas y una narrativa atractiva para reportes ESG pero, si no se define con claridad quién decide, quién controla, quién participa y quién responde ante un conflicto, su valor es frágil. Para el inversor, esa fragilidad constituye riesgo operativo, reputacional, legal y financiero, con impacto directo sobre el costo de capital.

Los proyectos relacionados con la biodiversidad se desarrollan en territorios donde conviven múltiples actores: propietarios, comunidades locales, productores, autoridades provinciales y municipales, pueblos indígenas, organizaciones sociales, proveedores y organismos de control. Cada uno de ellos tiene recursos, expectativas e intereses distintos, muchas veces contrapuestos. Ignorar esa complejidad puede transformar una iniciativa ambientalmente sólida en un problema político y comercial.



Tres aspectos para cuidar en los proyectos

En primer lugar, hay que prestar atención al diseño. Muchas compañías financian proyectos con foco exclusivo en resultados visibles: hectáreas restauradas, árboles plantados, especies monitoreadas o corredores biológicos protegidos. Esos indicadores son necesarios, pero no suficientes; la pregunta que hoy hace el mercado es si esos resultados son verificables, trazables y legítimos. Sin reglas claras sobre medición, monitoreo independiente, acceso a la información y distribución de beneficios, el proyecto queda expuesto a la acusación de greenwashing, incluso si generó impactos ambientales reales.

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Asimismo, es fundamental la licencia social. Ningún proyecto de biodiversidad se sostiene si los actores del territorio sienten que fueron informados tarde, consultados superficialmente o excluidos de beneficios. Para las empresas, esto no es un asunto de comunicación, sino una condición de estabilidad operativa. Un conflicto territorial puede paralizar actividades, demorar permisos, activar litigios, deteriorar la relación con bancos y afectar la marca frente a consumidores, aseguradoras e inversores institucionales.



Por último, no deben faltar mecanismos de rendición de cuentas. En los mercados emergentes de biodiversidad, la confianza es el activo principal. El que compra un crédito, financia una restauración o incorpora un proyecto a su estrategia de sostenibilidad necesita saber que los beneficios ambientales no están contados dos veces, que la línea de base no fue manipulada, que el monitoreo es confiable y que existe un procedimiento claro cuando los resultados comprometidos no se alcanzan.

Es decir que la gobernanza debe formar parte del modelo financiero desde el inicio, y no incorporarse como un agregado posterior. No es un costo accesorio ni una capa burocrática, sino una infraestructura de confianza. Incluye reglas de decisión, contratos transparentes, auditorías independientes, participación temprana, gestión de reclamos, datos verificables, prevención de conflictos de interés y criterios claros para compartir beneficios. También implica definir qué ocurre después de los primeros años de financiamiento: quién mantiene el proyecto, con qué recursos y bajo qué responsabilidades a diez o veinte años.

Un proyecto de biodiversidad sin gobernanza difícilmente genere valor sostenible o sirva para una estrategia de largo plazo. En cambio, un proyecto bien gobernado reduce riesgos, mejora la relación con el territorio, facilita el acceso a capital, fortalece los reportes de sostenibilidad y aumenta la credibilidad frente a reguladores y mercados.



La oportunidad para la Argentina

La Argentina reúne una combinación de atributos que pocos países pueden ofrecer al mercado global de biodiversidad: extensión territorial, diversidad de biomas y un patrimonio natural todavía poco intervenido en términos comparativos. El Gran Chaco, las Yungas en el noroeste, la selva misionera, los humedales del Litoral, los pastizales pampeanos y la Patagonia constituyen activos ecológicos con capacidad real de generar créditos de biodiversidad, servicios ecosistémicos y proyectos de restauración vinculados a cadenas agroindustriales que ya exportan a mercados exigentes en materia ambiental.

Esa combinación coincide, además, con un momento regulatorio favorable. La Unión Europea avanza con normativas que condicionan el acceso a su mercado a la trazabilidad ambiental de las cadenas de valor, y los estándares de reporte de sostenibilidad —TNFD, TCFD y sus equivalentes— empiezan a exigir a las empresas informar no solo su huella de carbono, sino también su relación con la naturaleza. Para un país exportador de commodities agroindustriales como la Argentina, esto es una una oportunidad de diferenciación: quien logre demostrar gobernanza ambiental robusta accederá antes y en mejores condiciones a nichos de demanda, financiamiento, seguros y contratos de largo plazo.

El desafío es la construcción de las instituciones que permitan convertir nuestra naturaleza en activos financiables a través de su conservación y recuperación. Hoy existe un marco normativo de base, con la Ley General del Ambiente, la Ley de Presupuestos Mínimos de Bosques Nativos y las competencias provinciales sobre recursos naturales, pero falta una arquitectura de mercado que ordene la relación entre Nación, provincias, comunidades y sector privado, y que dé previsibilidad a quien decide invertir. 



Provincias como Misiones, Chaco y Corrientes ya muestran iniciativas concretas en esta dirección, y el debate legislativo en curso sobre el desarrollo de mercados ambientales federales abre una ventana concreta para ordenar reglas de origen, verificación, registro y distribución de beneficios a escala nacional.

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Capturar esta oportunidad requiere a las vez diseñar proyectos atractivos en el papel y fortalecer su gobernanza. Un mercado ambiental argentino que nazca sin reglas claras sobre licencia social, medición independiente y rendición de cuentas corre el riesgo de perder credibilidad antes de consolidarse, si avanzamos con las transacciones olvidando las instituciones.



La importancia de estructurar adecuadamente el proyecto

La complejidad descripta: jurídica, territorial, financiera y regulatoria, explica por qué la preparación adecuada y el asesoramiento experto no son gastos opcionales sino condiciones de éxito. Estructurar un proyecto de biodiversidad exige combinar disciplinas que rara vez conviven en un mismo equipo interno: derecho ambiental y de los recursos naturales, estructuración de contratos y de créditos, conocimiento de estándares internacionales de medición y verificación, manejo de relaciones con comunidades y autoridades provinciales, y comprensión de cómo negocian y evalúan riesgo los inversores institucionales.

Es fundamental anticipar dónde va a aparecer el conflicto, sea normativo, territorial o financiero. Esto incluye diseñar la estructura de gobernanza desde el inicio, redactar contratos que resistan una auditoría externa, anticipar los requisitos de los compradores de créditos y de los organismos financieros multilaterales, y construir procesos de consulta y participación que generen licencia social real y no solo documentada.

Las empresas e inversores que evalúan entrar al mercado argentino y regional de biodiversidad, deben contemplar las contingencias desde la etapa de diseño, no después de que surja el primer conflicto o la primera observación de un auditor. El costo del asesoramiento asociado es, en la enorme mayoría de los casos, sensiblemente menor que el costo de reestructurar, o abandonar, un proyecto que perdió credibilidad por falta de gobernanza.



La nueva economía de la naturaleza ofrece oportunidades reales, especialmente en regiones con alta riqueza ecológica como la Argentina. Pero esas oportunidades no se capturan solo con capital ni solo con activos naturales. Se capturan con instituciones, información confiable, acuerdos legítimos y equipos capaces de estructurarlos correctamente. En biodiversidad, la gobernanza no viene después del negocio: es lo que lo hace posible, financiable y sostenible en el tiempo.

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