Escenario

Cuando lo barato dejó de serlo: el fin de la globalización de costos

La pandemia, la guerra en Ucrania y la escalada de tensiones entre Estados Unidos y China dejaron al descubierto una verdad incómoda: las cadenas globales optimizadas para minimizar costos eran extremadamente frágiles.
La era de lo barato fue una ilusión. EE
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Durante más de dos décadas, las sociedades occidentales vivieron bajo una ilusión tan cómoda como silenciosa: la de un progreso material constante, accesible y casi automático. 

Comprar más por menos parecía una ley natural. 

Sin embargo, los datos cuentan otra historia. 

Si se observan los índices de precios al consumidor desde el año 2000 —como muestra el gráfico comparativo para Estados Unidos, Reino Unido, Francia y Alemania— emerge una divergencia contundente: mientras los precios de los servicios intensivos en trabajo (educación, salud, cuidados) se dispararon, los bienes transables expuestos a la competencia internacional (electrónica, indumentaria, manufacturas) se abarataron de forma sistemática.

Esa brecha no fue casual. Fue el corazón económico de la globalización.

La explicación va mucho más allá del avance tecnológico. El verdadero motor fue un gigantesco arbitraje global de costos. 

China —y, en menor medida, el sudeste asiático— se convirtió en la fábrica del mundo, combinando salarios bajos, escala productiva, logística eficiente y estabilidad política orientada a la exportación. El resultado fue una avalancha de bienes baratos que actuó como un subsidio indirecto al consumo occidental.

Mientras una televisión o una notebook costaban cada vez menos, los hogares podían absorber sin demasiada fricción el aumento constante de servicios que, por su naturaleza, no podían automatizarse ni se expuestos a la competencia asiática. 

Es lo que la economía conoce como la enfermedad de los costos de Baumol: sectores intensivos en trabajo humano —como salud o educación— suben de precio porque su productividad no crece al ritmo de la industria.

Durante años, esa tensión quedó disimulada. La inflación de los servicios compensada con la deflación de los bienes importados. El resultado fue una sensación de prosperidad estable, incluso en contextos de estancamiento salarial y destrucción del entramado industrial. Al mismo tiempo, la propia dinámica de precios empujó una expansión del sector servicios: el encarecimiento relativo de estas actividades elevó su rentabilidad, su desarrollo y favoreció la absorción de mano de obra expulsada por los sectores industriales expuestos a la competencia.

La trampa silenciosa que escondía la globalización durante 20 años

Ese mundo ya no existe. La pandemia, la guerra en Ucrania y la escalada de tensiones entre Estados Unidos y China dejaron al descubierto una verdad incómoda: las cadenas globales optimizadas para minimizar costos eran extremadamente frágiles. Lo que antes era eficiencia hoy es vulnerabilidad.

Así nació el nuevo vocabulario económico: 

  • Nearshoring: producir más cerca.
  • Friendshoring: producir con aliados.
  • Seguridad económica: aceptar mayores costos a cambio de menor riesgo.

La globalización dejó de ser un juego puramente económico para convertirse en un problema geopolítico. Y eso cambia todo. Reemplazar proveedores baratos por cadenas más cortas, más seguras y más diversificadas implica una cosa inevitable: producir cuesta más. Ya no se trata de fabricar donde sea más barato, sino donde sea más confiable.

Este giro tiene consecuencias profundas y estructurales, no coyunturales.

  1. Primero, el consumo material pierde centralidad. La era del "usar y tirar" se vuelve insostenible cuando la energía, los insumos críticos y la logística encarecen. Comprar menos, reparar más y alargar la vida útil de los bienes deja de ser una elección ideológica para convertirse en una necesidad económica.
  2. Segundo, la inflación se vuelve más persistente. Sin la presión deflacionaria de los bienes importados baratos, los bancos centrales enfrentan un dilema nuevo: subir tasas no resuelve problemas de oferta ni de geopolítica. La inflación deja de ser solo monetaria y pasa a ser estructural.
  3. Tercero, aparece el factor más delicado: la tensión social. El contrato implícito de la globalización —acceso creciente a bienes de consumo a cambio de empleos más inseguros— empieza a resquebrajarse. Si los precios suben y los salarios no acompañan, la legitimidad del sistema se erosiona. No es casual que el malestar político crezca en paralelo al encarecimiento del costo de vida.

El gráfico es claro: la era de los bienes cada vez más baratos fue una anomalía histórica, no una regla permanente. Durante años, Occidente externalizó costos productivos, ambientales y laborales. Hoy esos costos vuelven, y lo hacen con intereses.

La "mano invisible" de Adam Smith está siendo reemplazada por la mano visible del Estado, la seguridad nacional y la geopolítica. No porque haya fracasado el mercado, sino porque el mercado global dejó de operar en un entorno de confianza.

El desafío de la próxima década no será volver al pasado —eso ya no es posible— sino administrar la transición hacia una economía más resiliente sin romper el tejido social. Menos barata, sí. Pero, potencialmente, más estable.

Y en ese equilibrio incómodo se jugará buena parte del futuro económico de las democracias occidentales. Seguí a El Economista en Google Agreganos a tus medios preferidos. + Agregar