Degiorgis: "La asociación entre Sudamérica y Europa será sostenible si genera desarrollo para ambas partes"
Con 27 países miembros, y con más de 449 millones de habitantes, la Unión Europea es un caso único en la historia de la humanidad: por primera vez, y tal como Immanuel Kant lo sugirió hace más de 200 años, una serie de países lograron ponerse de acuerdo sobre sus objetivos comunes y cederle parte de su soberanía a un actor supranacional.
Así, la UE, lejos de tener las características de un país soberano, y gracias a las características de sus miembros (en menor o mayor medida, democracias liberales) tiene potestad sobre asuntos como la emisión de moneda, cuestiones comerciales, e incluso migratorias (uno de sus eslóganes es la libre circulación de bienes, personas y servicios entre sus miembros).
Y, gracias a estas características, el bloque ha logrado alcanzar un PIB nominal de unos US$ 20 billones y una participación de alrededor del 17% en el PIB mundial. Incluso, pese a no ser alianza militar, desarrolla una política común de seguridad y defensa (y cuenta con Francia, país con armas nucleares y poder de veto en el Consejo de Seguridad de la ONU).
Pero, pese a todas sus ventajas, Bruselas se enfrenta a problemas lógicos como no poseer soberanía plena sobre sus miembros ni cuenta con el monopolio legítimo del uso de la violencia lo que, en parte, afecta sus posibilidades de competir con países tradicionales como Estados Unidos o China.
De esta manera, la UE, el caso de integración más exitoso que se ha visto hasta ahora, siempre parece quedarse en la puerta de convertirse en una gran potencia al estilo Washington o Pekín.
Por ello, cabe preguntarse si algún día logrará dar ese salto o, en todo caso, ya alcanzó su techo. Intentando resolver esta y otras cuestiones, El Economista dialogó en exclusiva con Patricio Degiorgis, Director de la Cátedra Unión Europea de la Universidad de Ciencias Empresariales y Sociales (UCES).
-Año tras años, se habla de la Unión Europea como un actor que podría llegar a competir de igual a igual con Estados Unidos y China. Sin embargo, muchos creen que, al no contar con soberanía plena, siempre estará por detrás de Washington y Pekín. ¿Cuál cree que es el rol real de Bruselas en el Sistema Internacional? ¿Cómo podría mejorar su performance?
La comparación entre la Unión Europea, Estados Unidos y China suele partir de un error conceptual ya que se compara un Estado con una organización de integración, que si bien supranacional, está compuesta por veintisiete Estados soberanos. La Unión Europea no aspira necesariamente a convertirse en un "superestado", sino que representa un modelo singular de gobernanza comunitaria, donde los Estados han decidido libre y voluntariamente compartir el ejercicio de determinadas parcelas de soberanía para alcanzar objetivos comunes.
Dicho esto, la UE continúa siendo uno de los tres grandes polos del sistema internacional. Es la mayor potencia comercial del mundo, uno de los principales emisores y receptores de inversiones, el mayor proveedor de ayuda al desarrollo y una potencia regulatoria sin precedentes. Su capacidad para fijar estándares globales en materia de protección de datos, competencia, inteligencia artificial, medio ambiente o regulación digital -el denominado Brussels Effect- constituye una forma de poder que trasciende el ámbito militar.
Ahora bien, su principal limitación reside en la fragmentación de la política exterior y de Defensa. Mientras las decisiones estratégicas más sensibles sigan dependiendo, en muchos casos, de la unanimidad de los Estados miembros, la capacidad de reacción será necesariamente más lenta que la de actores estatales como Estados Unidos o China.
La mejora de su desempeño pasa por profundizar la integración en áreas estratégicas; en fortalecer la Política Exterior y de Seguridad Común, en avanzar hacia una verdadera Unión Europea de la Defensa, en consolidar la unión de los mercados de capitales, en reducir las dependencias tecnológicas y energéticas, y en incrementar la inversión en innovación. El desafío ya no es únicamente económico como lo fue durante sus primeras décadas de existencia sino, y sobre todo, geopolítico.
-Siguiendo esta línea, uno de los grandes temas de actualidad es cuál será el futuro de la relación transatlántica entre Estados Unidos y la Unión Europea. ¿Cree que Bruselas debe apostar por reducir su dependencia de Washington, un actor cada vez menos confiable? ¿O debe esforzarse por afianzar los vínculos? ¿Qué tiene para ofrecerle la UE a EE.UU. hoy en día?
Estoy convencido que la relación transatlántica seguirá siendo uno de los pilares del orden internacional democrático. Sin embargo, los acontecimientos de los últimos años han demostrado que Europa no puede basar su seguridad exclusivamente en la voluntad política de la administración estadounidense de turno.
Así que más que hablar de "independencia", prefiero el concepto de "autonomía estratégica abierta". No se trata de sustituir la alianza con Estados Unidos, sino de fortalecer la capacidad europea para actuar cuando los intereses de ambas partes no coincidan plenamente o cuando Washington concentre sus recursos en otras regiones, especialmente en el Indo-Pacífico.
Europa debe ser un aliado más fuerte y no un aliado más dependiente. Una Unión Europea con mayores capacidades militares, tecnológicas e industriales refuerza, y no debilita, la relación transatlántica.
Por otro lado, la Unión Europea tiene mucho para ofrecer a Estados Unidos, al representar un mercado de más de 450 millones de consumidores con alto poder adquisitivo, concentrar capacidades científicas y tecnológicas de primer nivel, compartir valores democráticos y constituir el principal socio para sostener un orden internacional basado en reglas. Frente al ascenso de China y la creciente competencia tecnológica, la cooperación entre ambos actores creo que seguirá siendo indispensable.
-En el caso particular de la guerra en Ucrania, ¿cree que la visión de la UE -de que Rusia es una amenaza existencial- es correcta? ¿Cuál debería ser la estrategia al respecto?
Desde la perspectiva europea, la invasión rusa a Ucrania modificó profundamente la percepción de seguridad del continente. Para numerosos Estados miembros, especialmente aquellos situados en Europa Central y Oriental, la amenaza rusa dejó de ser una hipótesis para convertirse en una realidad tangible.
No obstante, conviene distinguir entre una amenaza grave para la seguridad europea y una amenaza existencial para la propia Unión. Rusia posee capacidad para desestabilizar el continente mediante presión militar, ciberataques, campañas de desinformación e instrumentalización de la energía, pero la Unión Europea dispone de recursos económicos, institucionales y de alianzas suficientes para responder a esos desafíos.
La estrategia europea debe combinar tres dimensiones. En primer lugar, mantener el apoyo político, económico y militar a Ucrania para que pueda negociar desde una posición de fortaleza. En segundo término, reforzar las capacidades defensivas europeas y la resiliencia frente a amenazas híbridas. Finalmente, preservar canales diplomáticos que permitan construir, cuando existan condiciones, un nuevo esquema de seguridad europea. La disuasión y el diálogo no son conceptos incompatibles; forman parte de una misma estrategia de estabilidad.
-Tras el estallido de la guerra en Ucrania, la UE implementó una estrategia de diversificación de sus socios comerciales y/o estratégicos. ¿Qué puede ofrecer América del Sur al respecto?
América del Sur ocupa hoy una posición estratégica que probablemente no tenía hace una década. La transición energética, la reconfiguración de las cadenas globales de suministro y la necesidad europea de reducir dependencias han incrementado significativamente el valor geopolítico de la región.
Sudamérica puede ofrecer seguridad alimentaria, minerales críticos indispensables para la transición energética -como litio, cobre y tierras raras-, energías renovables, hidrógeno verde, biodiversidad y un espacio político relativamente estable en comparación con otras regiones del mundo.
Pero la relación no debería limitarse al intercambio de materias primas por productos industriales. El verdadero desafío consiste en construir cadenas de valor compartidas, promover inversiones en innovación, infraestructura, digitalización y economía del conocimiento, y favorecer la transferencia tecnológica. La asociación estratégica entre ambas regiones solo será sostenible si genera desarrollo para ambas partes.
-Siguiendo esta línea, y en términos generales, ¿Qué oportunidades representa el acuerdo UE-Mercosur para cada una de las partes?
El Acuerdo entre la Unión Europea y el Mercosur constituye mucho más que un tratado comercial. Representa una señal política a favor de un comercio basado en reglas y de la cooperación entre democracias.
Para el Mercosur, abre la posibilidad de acceder de manera preferencial al mayor mercado integrado del mundo, atraer inversiones, incrementar la competitividad, facilitar la incorporación de tecnología y diversificar exportaciones con mayor valor agregado. También puede actuar como un incentivo para avanzar en reformas estructurales y en una mayor integración regional.
Para la Unión Europea, el acuerdo contribuye a fortalecer su presencia en América Latina en un momento de creciente competencia con China, garantiza un mayor acceso a recursos estratégicos, diversifica proveedores y consolida un espacio económico basado en normas previsibles.
No obstante, el éxito del acuerdo dependerá menos de su firma que de su implementación. Será necesario acompañarlo con políticas de inversión, cooperación tecnológica, desarrollo sostenible y fortalecimiento institucional. Si ambas regiones logran aprovechar esa oportunidad, el acuerdo puede convertirse en uno de los pilares de una renovada asociación birregional para las próximas décadas. Seguí a El Economista en Google Agreganos a tus medios preferidos. + Agregar