Entrevista

Botta: “Todavía no se han sentido los efectos definitivos del cierre del estrecho de Ormuz”

A 3 meses del inicio del conflicto en Medio Oriente, El Economista dialogó en exclusiva con Paulo Botta, docente universitario y director de la oficina de América Latina en TRENDS Research & Advisory.
botta .
05-06-2026
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Hace algunos días, se cumplieron tres meses desde que Estados Unidos e Israel atacaron a Irán, asesinando al líder supremo Alí Jameneí. Sin embargo, pese a que los dos países que iniciaron el conflicto pensaban terminarlo en cuestión de días, el mismo se ha prolongado en el tiempo y, por ahora no tiene fecha de finalización.

En una situación similar a la que vivimos cuando Rusia atacó Ucrania en febrero de 2022, se creía que la superioridad militar norteamericana sería suficiente para obtener un contundente triunfo. 

No obstante, además de una gran resistencia militar, Irán tenía un as bajo la manga: cerrar el estrecho de Ormuz, por donde, en épocas normales, pasa hasta el 20% del petróleo que se consume a nivel mundial. La estrategia de Teherán fue muy efectiva, ya que el precio del barril del petróleo escaló hasta alrededor de los US$ 100 (en realidad, conseguir crudo de un día para el otro es aún más caro), y esto generó una nueva crisis económica mundial que afectó visiblemente la imagen de Donald Trump.

El mandatario norteamericano no solo vio cómo su imagen se deterioraba dentro del propio Estados Unidos por el aumento de los precios de los combustibles, sino que además pagó las consecuencias de haber realizado el ataque sin consultar a sus aliados, ya que nadie salió en su ayuda cuando pidió colaboración para liberar el estrecho de Ormuz.

Así, lejos de alcanzar sus objetivos (un cambio de régimen en Irán y ponerle fin a su programa nuclear), ahora Estados Unidos mantiene un frágil alto el fuego y, desde hace semanas, intenta llegar a un acuerdo con Teherán mientras las tensiones escalan en otras regiones de Medio Oriente, como es el caso del Líbano, donde constantemente hay fuego cruzado entre el grupo terrorista Hezbolá, aliado de Irán, e Israel.

Por ello, ante el incierto escenario, y buscando respuestas, El Economista dialogó en exclusiva con Paulo Botta, docente universitario especializado en Medio Oriente y director de la oficina de América Latina en TRENDS Research & Advisory.

 - ¿Qué podemos esperar a corto plazo respecto al conflicto entre Estados Unidos e Irán? Mientras que las negociaciones continúan, muchos advierten que Washington podría estar preparándose para reanudar los ataques.

A corto plazo, lo más destacable es que realmente ninguno de los actores cree en el otro. Ese es el primer punto. Y, además, por si esto fuera poco, cada uno de los actores presenta la flexibilidad para negociar del otro como signo de debilidad. Por lo tanto, es muy difícil avanzar sin confianza y con la idea de que, cada vez que el otro tiene una posición flexible, es un símbolo claro de debilitamiento. 

En segundo lugar, con respecto al conflicto y las negociaciones, tenemos que entender que el punto de vista inicial era el tema nuclear, pero ya no es el único tema. Hoy le podemos sumar lo referido a tecnología misilística, que ya estaba en consideración en el pasado, además de un tema nuevo, que es la seguridad en el tráfico marítimo por el estrecho de Ormuz. Por lo tanto, el segundo punto a señalar es que se ha vuelto más compleja la situación porque hay una serie de temas por resolver.

En tercer lugar, con respecto a estas negociaciones, hay un enorme desafío porque, en términos estructurales, es preciso generar un cese del fuego que se convierta en algún tipo de acuerdo o tratado que luego pueda dar lugar a una arquitectura de seguridad regional. Y, obviamente, cada uno de estos tres puntos   ꟷun cese del fuego, un acuerdo y una estructura de seguridadꟷ tiene innumerables elementos técnicos los cuales, a su vez, no involucran exclusivamente a Estados Unidos e Irán, sino a otros países de la región, particularmente los países árabes, que deben estar necesariamente incorporados ya que son actores centrales.

 - ¿Cuál cree que ha sido la performance de Estados Unidos hasta ahora? No parece haber alcanzado ninguno de sus grandes objetivos. ¿Cuánto pesa la presión de Israel a la hora de evaluar las decisiones de Washington?

Los objetivos políticos que se había planteado el presidente Trump al inicio de las operaciones militares fueron muy elevados, empezando por un cambio de régimen. En este sentido, podemos decir que lo retórico se confundió con lo realmente posible. Se plantearon muchísimos objetivos que en niveles de factibilidad estaban alejados, como todos los especialistas y funcionarios involucrados lo han venido diciendo a lo largo de este tiempo. 

Por eso, la performance de Estados Unidos es poco destacable, ya que los objetivos planteados a pesar de su terrible superioridad militar no se han conseguido. Incluso, creo que algunas cosas están peor, particularmente el hecho de que la nueva dirigencia en Irán es mucho más militarizada y extremista. Hace unos meses, estábamos hablando de la lucha de los iraníes y la represión que sufrían por parte del gobierno, pero ahora tenemos la misma situación con un gobierno más extremista y, además, con una infraestructura económica muy afectada. 

En cuanto a Israel, siempre ha sido un socio esencial de Estados Unidos en la región de Medio Oriente, aunque ello no significa que no existan diferencias. El problema es que ahora esas diferencias son muy notables y se están haciendo cada vez más públicas. Por ejemplo, mientras Estados Unidos ve a la región como una más de las áreas de interés, Israel por su parte ve particularmente a Irán como el gran tema a abordar. Por lo tanto, ahí ese encuentra el principal eje de tensión. Para Israel, Irán es todo en términos de seguridad, mientras que, para Estados Unidos, Irán es un punto más de los ejes de preocupaciones a nivel global.

- Trump, de manera indirecta, se convirtió en el primer presidente de Estados Unidos en conversar con Hezbolá. ¿Cuál es la situación respecto al Líbano? ¿Y los objetivos de Israel?

Líbano es lamentablemente la encarnación de muchos problemas en un estado moderno y en una situación conflictiva como es la de Medio Oriente. Particularmente, debemos notar que es un país que no tiene el monopolio del uso de la fuerza y es donde tiene que lograrlo todavía frente a Hezbolá, que es un actor que está limitado y debilitado, pero que no está aún desarmado.

Esa situación ꟷno tener monopolio del uso de la fuerzaꟷ, ya de por sí, es un grave problema y, si a eso le agregamos además un sistema político tremendamente fraccionado con todo lo que significa ello en términos de gobernabilidad, entendemos que el Líbano está en una situación muy inestable, a lo que podemos sumar también los problemas económicos y sociales que sufre el país.

Por otro lado, tenemos a un Estado como Israel que, para decirlo de manera muy simple, busca generar su seguridad frente a Hezbolá a expensas del Estado libanés. Israel desea un desarme completo de Hezbolá y un Líbano que sea permeable a sus intereses, pero eso significa la conversión del Líbano en un objeto más que en un sujeto con intereses propios. Por lo tanto, lamentablemente, la situación es tan compleja que no siempre la consecución de los objetivos de seguridad de Israel con respecto al Líbano implica que Líbano sea un actor más estable. A veces sucede que los avances israelíes debilitan al Estado central libanés, como está sucediendo en este momento.

El Estrecho de Ormuz

- Si el conflicto finaliza, ¿cuál será la situación futura del estrecho de Ormuz? El golpe a la economía mundial parece difícil de revertir.

Creo que todavía no se han sentido los efectos definitivos de la crisis, los mercados de hidrocarburos están lejos de haberse estabilizado y los procesos de reconstrucción de la infraestructura afectada durante el conflicto o directamente destruida también va a demandar un tiempo. 

Es más, Irán ha logrado sumar un arma más a su arsenal, la disrupción del estrecho de Ormuz; y podríamos señalar que no hay ninguna evidencia en la historia que nos permita señalar que un instrumento que ha dado resultado se haya abandonado. 

Por lo tanto, el estrecho de Ormuz todavía tiene algún impacto por afectar en la economía global y en el futuro es un tema que volverá a estar en los titulares, a menos que se logre, como ya señalé, un cese del fuego, un acuerdo y un esquema de seguridad en la región.

-¿Y la situación de los países del Golfo? Estos actores parecen estar visiblemente molestos y decepcionados por el accionar de Estados Unidos, ya que su aliado no escuchó sus advertencias y ahora sufren en carne propia los ataques iraníes. 

Creo que estamos frente a un cambio esencial. El esquema general de las últimas décadas está basado en los países árabes del Golfo comprando armas norteamericanas, permitiendo bases norteamericanas en su territorio y generando acuerdos o vínculos de seguridad. Todo eso tenía como objetivo que estos países se sintieran más protegidos. Pero ahora se ha roto. 

Este conflicto ha demostrado que comprar armas norteamericanas, permitir bases en su territorio y generar acuerdos de seguridad no les da necesariamente mayores garantías,  porque, particularmente, se ha roto la confianza. Y  no solamente los aspectos de seguridad estaban involucrados, sino también una confianza cimentada en inversiones de los países árabes del Golfo en Estados Unidos.

La percepción generalizada en la región es que no se los ha escuchado ni tomado en consideración sus intereses. Pero, aunque no podamos señalar que vaya a generarse un cambio sustancial (esto es que los países árabes del Golfo dejen de considerar a Estados Unidos como un aliado central), sí posiblemente se reformulen sus relaciones o incluso se complejizen debido a la inclusión de otros actores extrarregionales, como tal vez puede ser Pakistán, Turquía o la República Popular de China. Por lo tanto, creo que esto de no haber escuchado a los países árabes de la región va a tener un costo estructural muy caro. 

Respecto al futuro de las relaciones entre Irán y los países árabes del Golfo, allí también se ha roto la confianza de una manera muy clara. Eso va a generar una tensión, más bien clásica, entre árabes y persas, con un efecto muy definido, que es el fortalecimiento de los nacionalismos árabes en el Golfo frente a un Irán que cada vez es más nacionalista y menos religioso en su política exterior. Por eso, el Golfo va a ser un punto de tensión más que un punto de unión entre ambas márgenes y va a ser bastante evidente esa diferenciación entre Golfo Árabe y Golfo Persa. Todo esquema regional que se pueda generar en el Golfo va a tener que incluir necesariamente los intereses de los países árabes, y ese me parece que es el principal punto.

-¿Cómo debemos abordar este conflicto desde Argentina?

Desde Argentina, este conflicto merece que estemos muy, muy atentos. En primer lugar, hay un punto central y es que se ha demostrado cómo las potencias medias tienen mucho que decir en la arquitectura de las relaciones internacionales actuales. Y, particularmente, uno no puede ser una potencia media si no tiene una sociedad unificada, una economía resiliente y capacidades militares. Si uno quiere ser una potencia media, debe tener fundamentalmente esos tres elementos. 

Y, además, considero que este conflicto nos debería servir para generar un acercamiento más complejo y menos simplista a la región. El Golfo y Medio Oriente no son regiones donde podamos encontrar grupos homogéneos de países perfectamente divididos, sino que son un grupo de actores cuyos intereses, en algunos ámbitos, coinciden y en otros no. Hay que tomar nota de esa complejidad y, sobre esa base, tratar de generar una política exterior que refleje esa realidad. Seguí a El Economista en Google Agreganos a tus medios preferidos. + Agregar