Trump

América para los americanos

La estrategia de Trump: Zelenski, Rusia y el nuevo orden global.
Trump tiene en mente una guerra diferente: la económica, y su rival es China. .
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La prensa rusa celebró con entusiasmo la categorización de Volodímir Zelenski como "dictador" por parte de Donald Trump. En su declaración, el presidente de EE.UU. no solo puso en duda la legitimidad del mandatario ucraniano, sino que llegó a afirmar que su apoyo electoral estaría por debajo del 4%. Esta afirmación fue desmentida de inmediato por el Gobierno de Kiev, aunque el contexto político de Zelenski es, sin duda, su peor momento desde el inicio del conflicto. 

Lo cierto es que esta cuestión no puede verificarse de manera objetiva, ya que las elecciones presidenciales, que debían haberse convocado en marzo de 2024, fueron suspendidas bajo el argumento de la Ley Marcial y la Movilización General. En consecuencia, su mandato perdió legitimidad constitucional el 20 de mayo de 2024.

Más allá de la retórica incendiaria, Trump ha insistido en una de sus líneas discursivas clásicas: la poca practicidad económica del esfuerzo estadounidense. Su pregunta retórica —"¿Qué ha hecho Zelenski con los US$ 350.000 millones (200 de EE.UU. y 150 de Europa) que se le han dado?"— es un guiño directo a su base electoral, la misma que, durante su primer mandato, lo escuchó decir: "Intervenimos en Irak y ni siquiera nos quedamos con el petróleo". Para Trump, la asistencia a Ucrania debe justificarse en términos de beneficio tangible para Estados Unidos.

Siguiendo esa lógica, su administración propuso recientemente que Ucrania cediera el 50% de la propiedad de sus tierras raras —minerales clave para la industria tecnológica— a empresas estadounidenses. Zelenski rechazó la oferta y, como consecuencia, el acuerdo sobre estos recursos ya no lo incluirá. No es un detalle menor: muchos de estos minerales se encuentran en zonas actualmente bajo control militar ruso o próximas a ellas. 

Así, no sería sorprendente que en un futuro acuerdo entre Washington y Moscú se incluya una zona franca de explotación en estos territorios. En este esquema, Rusia estaría dispuesta a ceder económicamente para ganar territorialmente, pagando un "peaje" a Estados Unidos por su incursión militar y, al mismo tiempo, asegurando su reinserción gradual en el comercio global.

El giro en la política exterior de Trump se refleja en otras medidas recientes, como la suspensión de la Ley Antisoborno y los indultos a ciudadanos que participaron en el asalto al Capitolio. A mediano plazo, esta tendencia podría extenderse al levantamiento de sanciones contra empresas estadounidenses con restricciones para operar en Rusia. 

Moscú, ansioso por volver a insertarse en la economía global, aunque no necesariamente en la esfera política occidental, ha ofrecido grandes oportunidades de negocio a compañías estadounidenses durante reuniones en Arabia Saudita.

En este contexto, la postura del secretario de Estado, Marco Rubio, ha sido clave. Al sugerir que "para lograr la paz es necesario realizar concesiones", prácticamente ha convalidado la posibilidad de flexibilizar las restricciones económicas impuestas a Rusia.

El verdadero objetivo de Trump: contener a China

Más allá del conflicto en Ucrania, Trump tiene en mente una guerra diferente: la económica, y su rival es China. La guerra ruso-ucraniana nunca iba a resolverse sin el respaldo externo de las potencias involucradas. Estados Unidos ha decidido respaldar a Rusia, con vistas a un tablero mayor. En sí misma, Rusia ha demostrado no ser un competidor serio en términos económicos (su PBI es menor al del estado de California) ni en el plano militar, donde su desempeño en Ucrania ha sido decepcionante.

La apuesta de Trump es clara: si Rusia se acerca a EE.UU., se alejará de China. Hasta ahora, el eje Teherán-Pekín-Moscú se fortaleció gracias al aislamiento ruso impuesto por Occidente. Sin acceso a los mercados tradicionales, el Kremlin giró hacia Corea del Norte, China e Irán, consolidando una alianza antioccidental. 

Lo que Trump busca con su "pax americana" es desactivar ese bloque, restableciendo vínculos económicos con Moscú sin necesidad de rehabilitarlo políticamente. Volver al escenario de 2008, cuando Vladímir Putin era recibido en las capitales europeas como un líder ineludible, es imposible. Pero en un mundo donde el multilateralismo está en crisis y el aislacionismo gana terreno en las elecciones locales, cualquier escenario es posible. 

Al ofrecer su "pax americana" en Europa del Este, Estados Unidos mantiene su dominio sobre los mercados europeos, donde Rusia sigue vetada. Moscú tardará al menos 15 años en regresar plenamente a esos mercados, pero mientras tanto, sus recursos seguirán teniendo compradores. La clave estará en quién controle esa relación comercial: Washington prefiere asegurarse esa interdependencia -ahora fuertemente mediada y controlada por sus empresas- antes de dejar el camino libre para China, que ya ha demostrado en África y América Latina su capacidad para expandirse con capitales y proyectos estratégicos.

En definitiva, la política exterior de Trump se encamina a una pragmática redistribución del poder global, donde Rusia encuentra un lugar en la economía, pero bajo los términos estadounidenses, mientras China queda cada vez más aislada.

América (y Groenlandia) para los americanos

Un eventual escenario de independencia para Groenlandia, que hace una década parecía más viable, se ha vuelto cada vez más improbable a medida que el territorio ha captado la atención de la política estadounidense. En aquel entonces, los movimientos autonomistas locales ganaban fuerza impulsados por un revisionismo histórico que cuestionaba la imagen de los daneses como "imperialistas amigables", una percepción que había predominado hasta finales del Siglo XX. Sin embargo, hoy la situación es diferente: Washington ha impuesto su agenda y ha colocado a Groenlandia en el centro de su estrategia global.

El punto de inflexión se dio con la propuesta de Donald Trump de "comprar" Groenlandia a Dinamarca, un planteo que, aunque parecía anacrónico, es parte de una tradición histórica en la política de expansión territorial de Estados Unidos. La nación ha crecido en parte mediante adquisiciones estratégicas: Alaska fue comprada a Rusia en 1867, Luisiana a Francia en 1803, Florida a España en 1819 y, tras la guerra con México en 1848, Texas, California y el suroeste pasaron a formar parte del país. Más aún, en 1917 Estados Unidos compró las Islas Vírgenes a Dinamarca, bajo el argumento de prevenir una posible ocupación alemana en el contexto de la Primera Guerra Mundial.

Pero la cuestión de Groenlandia trasciende lo histórico. Su independencia no solo significaría un nuevo asiento en la Organización de Estados Americanos (OEA) o la aparición de una nueva selección de fútbol en la región del hemisferio norte. Representaría un asunto de seguridad nacional para Estados Unidos.

Si Groenlandia se independizara, la gran incógnita sería su alineamiento geopolítico. ¿Se convertiría en un aliado estratégico dentro de la OTAN? ¿Cooperaría en la defensa del hemisferio? Para Washington, dejar esas preguntas sin respuesta es un riesgo innecesario. Controlar el territorio elimina la incertidumbre. 

En este sentido, la reactivación del interés estadounidense en la isla responde a una lógica pragmática: asegurar su influencia en un punto clave del Ártico, una región que se vuelve cada vez más estratégica en el contexto de la competencia global con China y Rusia. Seguí a El Economista en Google Agreganos a tus medios preferidos. + Agregar