Panorama

Además de parecer, hay que ser

Europa entre la retórica normativa y la realidad del poder estadounidense.
Donald Trump en su despacho frente a los lideres europeos. Aa
Compartir

El contraste entre la célebre fotografía del G7 en 2018 —con Angela Merkel desafiando la postura atrincherada de Donald Trump— y las imágenes de las conversaciones de paz sobre Ucrania en 2025 —con los líderes europeos y Volodímir Zelensky frente a un Trump centralizado en el Despacho Oval— constituye un material icónico para interrogar la naturaleza del poder europeo en el sistema internacional.

Estas imágenes, más allá de su carácter simbólico, invitan a una reflexión profunda sobre la posición de Europa en la jerarquía del poder global.

La pregunta que surge es si Europa realmente llegó a ejercer poder sustantivo o si, por el contrario, disfrutó únicamente de un espacio de maniobra contingente, condicionado por la disposición estratégica de Estados Unidos a retraer temporalmente su papel hegemónico.

Durante las últimas décadas, la Unión Europea construyó una identidad internacional sustentada en la noción de "potencia normativa" formulada por Ian Manners. Según esta idea, el poder europeo radica menos en la coerción y más en la capacidad de irradiar reglas, instituciones y valores.

A través de su política comercial, su compromiso con los derechos humanos y su apuesta por el multilateralismo, la UE logró proyectar una imagen de actor capaz de incidir en el orden mundial. Sin embargo, esa construcción de poder normativo nunca estuvo exenta de críticas.

Desde una perspectiva realista, la fortaleza europea se revelaba como intrínsecamente vulnerable: la Unión carecía de una base de hard power autónomo, delegaba su seguridad en la OTAN y se mantenía altamente dependiente de recursos energéticos provenientes de Rusia y de otras regiones extrarregionales.

La invasión rusa a Ucrania en 2022 evidenció de manera contundente esas limitaciones estructurales.

La comparación con Estados Unidos acentúa la asimetría. Aun en escenarios donde la institucionalidad internacional era baja o estaba debilitada, Washington seguía conservando un instrumental de poder duro de alcance sistémico: fuerzas armadas con proyección global, autosuficiencia energética gracias a la revolución del shaley capacidad financiera y tecnológica de magnitud incomparable.

Como ha sostenido Joseph Nye, el poder estadounidense integra tanto el soft power como un hardpower indiscutible, mientras que Europa se limitó a cultivar fundamentalmente lo primero. De este modo, la unilateralidad estadounidense resulta posible porque está respaldada por medios materiales concretos; en contraste, la retórica europea se erosiona inevitablemente cuando no encuentra un correlato tangible que la respalde.

Este dilema puede comprenderse desde la Teoría de la Estabilidad Hegemónica desarrollada por Charles Kindleberger. Según este enfoque, el orden internacional se sostiene en la provisión de bienes públicos globales por parte del actor hegemónico, que actúa como garante del sistema.

Desde esta perspectiva, la aparente autonomía de Europa en los años 2000 y 2010 no fue más que un espacio delegado, producto del repliegue selectivo de Estados Unidos, enfocado en el combate al terrorismo y en sus compromisos en Medio Oriente, así como en coyunturas domésticas que limitaron su activismo internacional. Pero este repliegue era táctico y no estructural: el poder, en términos estrictamente realistas, nunca dejó de residir en Washington.

La guerra en Ucrania representó una confirmación empírica de este diagnóstico. En 2018, Donald Trump había advertido a los líderes europeos que la dependencia del gas ruso constituía un factor de vulnerabilidad estratégica. En su momento, sus palabras fueron recibidas con escepticismo y hasta con cierto desdén. Sin embargo, la crisis energética de 2022, con precios en alza y con Europa forzada a replantear aceleradamente su matriz de suministro, demostró el carácter premonitorio de aquella advertencia.

A esto se sumó la presión constante de Washington para que los miembros europeos de la OTAN alcanzaran el umbral del 2% del PBI en gasto militar, un reclamo reiterado durante años y que volvió a ponerse en primer plano a medida que la guerra prolongaba sus efectos. Ambos factores reforzaron la percepción de una Europa subordinada en materia material y estratégica a su socio transatlántico.

 

La reunión Trump-Putin en Alaska reforzó este patrón de asimetría global. Al igual que en la crisis de los misiles de Cuba en los años sesenta, los grandes jugadores del tablero mundial quedaron definidos con claridad. Así como Cuba no tuvo voz en la resolución de la amenaza que se desplegaba en su propio territorio, del mismo modo Ucrania ha quedado reducida a un actor secundario, mientras las potencias definen los términos del conflicto.

Es cierto que el paralelismo no es exacto —el contexto de la Guerra Fría difiere del orden multipolar contemporáneo—, pero el recordatorio es útil: la política internacional, en última instancia, la resuelven los actores con medios suficientes para imponer o negociar condiciones.

La escenografía de 2025, con Europa reunida alrededor del escritorio presidencial en la Casa Blanca, condensa la asimetría fundamental que caracteriza la relación transatlántica: mientras la UE despliega un lenguaje cargado de legitimidad normativa y de voluntad cooperativa, Estados Unidos se impone como garante último, en virtud de su capacidad militar, energética y tecnológica.

En el ámbito de las Relaciones Internacionales, este contraste reafirma un principio básico: la performatividad normativa puede otorgar visibilidad y prestigio, pero no sustituye a la capacidad material de respaldar una estrategia.

En definitiva, lo que emerge de este análisis es la constatación de que en el siglo XXI el orden internacional continúa regulado por el real power: los Estados y alianzas que disponen de medios materiales para respaldar su discurso son los que definen los equilibrios, mientras los demás quedan condicionados por su voluntad o expuestos a ser arrastrados a conflictos no buscados. La política internacional, en suma, sigue determinada por quienes poseen poder real. Seguí a El Economista en Google Agreganos a tus medios preferidos. + Agregar