Hola Argentina, Volcker tiene algo que contarte
La eliminación de las LEFIs terminó de consolidar un cambio profundo en la política monetaria argentina: un esquema de control de agregados donde la tasa de interés de corto plazo queda determinada por la liquidez disponible en el sistema, con criterios más cercanos al mercado que a la decisión directa del Banco Central. En otras palabras, la tasa "flota" y el BCRA fija la cantidad de dinero.
Este diseño tiene un aire conocido. No porque sea lo que hoy se use en el mundo, sino porque remite a una experiencia histórica que marcó época: el plan que Paul Volcker aplicó en la Reserva Federal a fines de los '70 y principios de los '80.
En octubre de 1979, con una inflación de dos dígitos y la credibilidad de la Fed en ruinas, Volcker anunció que dejaría de fijar la tasa de fondos federales y pasaría a controlar la cantidad de reservas bancarias para cumplir metas de crecimiento de M1. Fue, en esencia, el plan más afín a un enfoque monetarista, que contó con el beneplácito inicial de Milton Friedman, que celebró: "Al fin están haciendo lo que debieron hacer hace tiempo".
El éxito fue rotundo: la inflación cayó del 13,5% en 1980 a menos del 4% en 1983. El costo también fue alto: dos recesiones, desempleo de dos dígitos y una volatilidad de tasas que llegó a superar los 300 puntos básicos en pocos días.
Aún con su efectividad, pocos guardan un buen recuerdo de esa experiencia. Volcker, en sus memorias —una joya económica y literaria de enorme actualidad para Argentina y EEUU hoy— lamentó las concesiones que hizo al monetarismo casi hegemónico de Friedman en aquel momento. Veinte años después, el propio Friedman admitió en público: "el uso de la cantidad de dinero como objetivo no ha sido un éxito".
Las críticas no se limitaron a los protagonistas. Jimmy Carter reconoció que esa política monetaria fue uno de los factores clave para perder la elección frente a Ronald Reagan. Y Reagan, beneficiado por el contexto, tampoco respaldó plenamente el esquema: aunque renovó a Volcker, su apoyo político se erosionó.
En octubre de 1982, Volcker empezó a flexibilizar el enfoque. La tasa de interés recuperó protagonismo como instrumento operativo y el control de agregados pasó a un segundo plano. Las metas de M1 y M2 se siguieron publicando por mandato legal, pero dejaron de cumplirse de forma mecánica cuando chocaban con la estabilidad económica. El cambio respondió a la inestabilidad de la demanda de dinero —afectada por innovaciones financieras y desregulación— y a la percepción de que la fase más dura de la lucha contra la inflación ya había terminado.
El golpe final al monetarismo llegó con Alan Greenspan: la Fed volvió a fijar la tasa de interés como instrumento principal. Fue una tendencia global. Los regímenes de inflation targeting, con metas explícitas de inflación y manejo de la tasa de política, demostraron ser más efectivos y menos costosos para mantener la estabilidad de precios. Es el esquema que sigue vigente hoy en la mayor parte del mundo.
Que Argentina haya adoptado un control de agregados como política de shock para anclar expectativas en un momento de máxima incertidumbre y baja credibilidad puede entenderse. Que lo profundice ahora, con la inflación cediendo y los beneficios iniciales de la estabilización diluyéndose, es bastante menos claro.
Sostener una política tan rígida solo parece tener sentido privilegiando una prioridad electoral: contener el tipo de cambio y arañar unas décimas menos de inflación antes de octubre. Después, el esquema necesita cambiar. La volatilidad de tasas es excesiva, está rompiendo las curvas de pesos y empieza a afectar al nivel de actividad.
Monetizar el déficit del sector público es una mala palabra. Remonetizar la economía, no. Con un nivel de monetización históricamente bajo, este fenómeno es inseparable del crecimiento económico que tan desesperadamente necesita Argentina. Y sin tasas más bajas y un mercado de crédito que funcione, el crecimiento será mucho más difícil.
El legado de Volker en EE.UU. hoy es casi una palabra santa. Pero su verdadera lección no fue aplicar un dogma monetarista: fue devolverle independencia y credibilidad a la política monetaria, distinguiendo sus objetivos de las necesidades electorales del poder ejecutivo. En eso, Argentina y el mundo han avanzado bastante, pero aún tienen mucho camino por recorrer. Seguí a El Economista en Google Agreganos a tus medios preferidos. + Agregar