Geopolítica energética

Codeseira: "El mundo que depende de Ormuz ya no es el de los años 70"

El especialista en energía sostuvo que la transición hacia la inteligencia artificial está reconfigurando los cuellos de botella energéticos globales y desplazando viejos esquemas geopolíticos.

"Los cuellos de botella energéticos globales deben analizarse bajo una lógica distinta en un contexto dominado por la expansión de la IA".
"Los cuellos de botella energéticos globales deben analizarse bajo una lógica distinta en un contexto dominado por la expansión de la IA". (Archivo)

El especialista en temas energéticos Luciano Codeseira sostuvo que el mundo que depende del Estrecho de Ormuz "ya no es el de los años 70", al advertir que los cuellos de botella energéticos globales deben analizarse bajo una lógica distinta en un contexto dominado por la expansión de la inteligencia artificial.

En un análisis de corte geopolítico y energético, el especialista señaló que persiste una tendencia a interpretar el futuro con categorías del pasado, tal como advierte el concepto del "cisne negro" de Nassim Nicholas Taleb, y consideró que esa inercia también condiciona la lectura actual de los riesgos energéticos globales.

Según planteó, el Estrecho de Ormuz continúa siendo un punto crítico para el mercado petrolero, pero su relevancia ya no se limita al crudo, sino que se amplía hacia una economía global donde la energía se convierte en un insumo estructural de la competitividad tecnológica, especialmente vinculada al desarrollo de la inteligencia artificial.



En ese sentido, Codeseira remarcó que el despliegue de la IA no depende únicamente de software o algoritmos, sino de sistemas energéticos e industriales complejos que incluyen electricidad abundante, centros de datos, semiconductores, minerales críticos, gases industriales y redes logísticas expuestas a tensiones geopolíticas.

El especialista advirtió que se está produciendo una paradoja central: mientras la frontera tecnológica avanza a gran velocidad, los sistemas energéticos e industriales evolucionan a un ritmo más lento, lo que genera una brecha estructural entre demanda digital y oferta energética.

En ese marco, señaló que las grandes plataformas tecnológicas globales proyectan inversiones de enorme escala en infraestructura de inteligencia artificial, lo que intensifica la presión sobre la disponibilidad de energía y recursos. A la vez, contrastó ese dinamismo con el ritmo más estable de la inversión energética global, condicionada por factores regulatorios, de infraestructura y plazos de ejecución.



Vivir democráticamente en la era de la Inteligencia Artificial
 Vaca Muerta adquiere un rol potencialmente estratégico en la transición hacia la economía de la inteligencia artificial

Codeseira también destacó que el consumo eléctrico de los centros de datos ya representa una porción relevante a nivel mundial y podría duplicarse hacia 2030, lo que refuerza el rol del gas natural como fuente de respaldo flexible dentro de sistemas eléctricos cada vez más exigidos por la digitalización.

Asimismo, advirtió que la cadena de valor de la inteligencia artificial depende de insumos críticos como el helio y otros gases industriales, cuya producción está altamente concentrada geográficamente, lo que introduce nuevas vulnerabilidades en el sistema global.



En esa línea, señaló que la concentración de la producción de semiconductores avanzados en pocos países y empresas refuerza la fragilidad de la arquitectura tecnológica global, que ya no puede organizarse únicamente bajo criterios de eficiencia, sino también de resiliencia.

Finalmente, consideró que este nuevo escenario redefine la relevancia de regiones con recursos energéticos abundantes, al señalar que territorios como Vaca Muerta adquieren un rol potencialmente estratégico en la transición hacia la economía de la inteligencia artificial, no solo por su disponibilidad de gas y petróleo, sino por su capacidad de integrar energía, infraestructura e inversión productiva.

En ese contexto, planteó que la inserción de Argentina en el nuevo mapa energético-tecnológico global dependerá de la articulación entre política energética, estabilidad macroeconómica, infraestructura y planificación industrial de largo plazo.



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