Cobre argentino: de potencial geológico a palanca de desarrollo
La transición energética global está reordenando las prioridades estratégicas de países y empresas. En ese nuevo tablero, el cobre es una pieza central. Insumo crítico para redes eléctricas, baterías, autos eléctricos, energía solar, eólica y tecnologías vinculadas al hidrógeno verde, el "metal rojo" se transformó en un recurso indispensable para cumplir los objetivos de descarbonización. Ya no es solo un commodity industrial: es una materia prima clave para el siglo XXI.
Según la Agencia Internacional de Energía (IEA), hacia 2050 la demanda global de cobre refinado podría alcanzar las 39,5 millones de toneladas por año, lo que implicaría sumar más de 13 millones a la producción actual. De ese total, casi la mitad estaría impulsado por tecnologías de energía limpia. La transición energética es, en este sentido, una transformación estructural de la demanda cuprífera.
Este nuevo ciclo llega con un dato crucial: América del Sur sigue siendo el corazón del cobre global. Chile y Perú concentran cerca de un tercio de las reservas mundiales y han liderado históricamente la producción de cobre de mina. Sin embargo, el contexto cambió. Chile lleva varios años de caída en producción por agotamiento de yacimientos, escasez hídrica y tensiones operativas. Perú, por su parte, perdió el segundo lugar en el ranking mundial al ser superado por la República Democrática del Congo (RDC), que crece con altos grados de ley mineral y menores costos, pero también con una estrategia de integración aguas abajo.
Y en este nuevo tablero aparece Argentina con una oportunidad real y tangible.
El país forma parte del cinturón metalogénico de los Andes Centrales, una de las regiones con mayor riqueza geológica del planeta. De acuerdo al informe "Cobre 2" del Ministerio de Economía (marzo 2025), Argentina posee más de 60 millones de toneladas de recursos cupríferos inferidos, lo que la ubica en una posición expectante. Más importante aún: esa riqueza no es solo geológica, sino también económica y política, en tanto puede convertirse en motor de desarrollo si se dan ciertas condiciones.
Actualmente, la cartera nacional de cobre cuenta con nueve proyectos en estado avanzado de exploración y prefactibilidad, concentrados en tres provincias: San Juan, Salta y Catamarca. Los más relevantes son:
- Josemaría (San Juan), propiedad de Lundin Mining, es el más avanzado. Ya cuenta con Declaración de Impacto Ambiental y prevé iniciar construcción en el corto plazo. Inversión estimada: US$ 4.100 millones. Podría producir 131.000 toneladas anuales.
- Los Azules (San Juan), de McEwen Copper, tiene una inversión proyectada de US$ 2.400 millones y una capacidad estimada de 181.000 toneladas anuales.
- Taca Taca (Salta), de First Quantum Minerals, con recursos por más de 8 millones de toneladas de cobre contenido y un CAPEX de US$ 3.600 millones.
- El Pachón (San Juan), de Glencore, acumula 13,5 millones de toneladas de cobre contenido y se encuentra en proceso de reactivación técnica y ambiental.
A estos se suman otros como Altar, Mar de Cobre, Agua Rica, Filo del Sol y Vicuña, que podrían complementar un clúster cuprífero andino integrado, con capacidad para atraer inversiones, generar empleo de calidad, derramar sobre proveedores y dinamizar economías regionales.
Si estos proyectos se activan en los plazos estimados, Argentina podría retomar la producción de cobre a gran escala a partir de 2028-2029, luego del cierre de Bajo de la Alumbrera en 2018. Las exportaciones podrían alcanzar los US$ 3.000 millones anuales hacia 2029 y escalar a más de US$ 11.700 millones en 2033, con un CAPEX acumulado de US$ 22.112 millones.
Esto sería una revolución para la balanza comercial y para el perfil exportador del país: el cobre podría ubicarse entre los tres complejos exportadores más relevantes de Argentina, junto al agro y la energía.
Pero el potencial no alcanza. Hay condiciones necesarias que aún están pendientes. La estabilidad macroeconómica, la infraestructura logística, los marcos regulatorios claros y la articulación entre Nación y provincias son factores claves. En este sentido, el Régimen de Incentivo a las Grandes Inversiones (RIGI) puede ser una palanca, siempre que se oriente a atraer capitales con visión de largo plazo y no quede reducido a un régimen fiscal a medida de grandes jugadores.
Además, el desarrollo de la minería cuprífera no debería limitarse a exportar concentrado. Hay espacio para agregar valor en origen, desarrollar fundiciones, formar proveedores locales, incorporar ciencia aplicada y avanzar hacia una "estrategia industrial del cobre". La experiencia de países como el Congo, que combinan crecimiento extractivo con inversión en procesamiento, demuestra que es posible.
Argentina tiene con qué. Tiene el recurso, tiene empresas interesadas, tiene demanda global esperándola. Lo que falta es un proyecto de desarrollo que piense al cobre no como una oportunidad aislada, sino como parte de una estrategia de inserción productiva e inteligente en el nuevo orden global.
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