Impacto

Todas las fichas a la economía: la macro de la foto y el país que no aparece

El Gobierno apuesta a la reactivación para 2027, pero los dólares que celebra se fugan y la industria se contrae
La macro mejora, pero el país que queda afuera preocupa.
Gustavo Reija 29-06-2026
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El Gobierno decidió jugar todas las fichas a la economía. Despejado el escándalo que lo tenía en el centro de la escena, la estrategia de cara a 2027 es concentrar la gestión en la reactivación y la mejora de los ingresos, con una inflación que perforaría por primera vez en el año el 2% mensual y un dólar que el Banco Central se ocupa de mantener sin sobresaltos. Es una apuesta razonable en términos electorales. El problema es lo que esa foto deja fuera del cuadro. Porque una cosa es estabilizar la macro para llegar a una elección, y otra muy distinta es desarrollar. Y los datos, otra vez, no dicen lo mismo que el relato.

Los dólares que entran y los que se van

El núcleo del modelo es conocido: energía, agro y minería generan las divisas. El saldo energético de Vaca Muerta se encamina a unos USD 11.000 millones este año y la agroexportación acumulando más de USD 37.000 millones en doce meses. Hasta ahí, la buena noticia. La mala aparece cuando uno sigue el recorrido de esos dólares. En mayo, la demanda para atesoramiento —la compra de divisas que sale del circuito productivo— fue de USD 1.900 millones. A eso se suma el giro de utilidades y dividendos al exterior, que el mes pasado sumó USD 476 millones. Es decir: el país produce divisas con esfuerzo, pero una porción creciente se atesora o se remite afuera en lugar de transformarse en inversión. El enclave genera los dólares; el enclave también los deja escapar.

La estabilidad que esconde una contracción

La calma cambiaria, además, no descansa sobre cimientos sólidos sino sobre la debilidad de la demanda. Las importaciones siguen aletargadas "por la caída del consumo local", en palabras del propio análisis de mercado. Dicho de otro modo: el frente externo se ordena, en parte, porque la economía real está deprimida. No es una virtud del modelo; es un síntoma. Y el sello productivo lo confirma: en el primer trimestre de 2026, mientras la pesca crecía 27,5%, el agro 18,1% y la minería 12,3%, la industria manufacturera cayó 1,7% y la formación bruta de capital fijo —la inversión— se desplomó 11,6% interanual. Crece lo que extrae y exporta; se contrae lo que genera empleo, eslabonamientos y valor agregado. El cierre de una fábrica de baterías con más de cien despidos en Entre Ríos no es una anomalía: es la crónica esperable de un patrón que premia al enclave y deja caer al entramado pyme.

La advertencia que el propio oficialismo admite

No hace falta forzar la crítica desde afuera. El ex ministro Nicolás Dujovne, que elogia el rumbo, advierte que el escenario más probable es una "reactivación mediocre". Y la mejora salarial que empezó a asomar —con los ingresos corriendo apenas por encima de la inflación— corre el riesgo de diluirse en aumentos de tarifas, prepagas y colegios. La recuperación existe, pero es lenta y desigual, con una morosidad de las familias en alza. Es la economía en K: una parte que despega y otra, la mayoritaria, que sigue por el subsuelo.

Por qué esto importa: la restricción externa intacta

La teoría desarrollista lo explica sin misterio. Marcelo Diamand mostró hace medio siglo que la Argentina choca una y otra vez contra la restricción externa: genera dólares con el campo y la energía, pero los necesita para sostener una industria que importa insumos y tecnología. Si esos dólares, además de escasos, se fugan vía atesoramiento y giro de utilidades, el estrangulamiento no se resuelve: se posterga. Estabilizar el tipo de cambio en un trimestre electoral no diversifica las exportaciones, no sustituye importaciones ni retiene la renta para reinvertirla. Es maquillaje macro para la foto de 2027, no un cambio estructural.

La parte propositiva: qué haría un enfoque desarrollista

Criticar sin proponer sería estéril, así que vale ordenar una agenda alternativa. Primero, condicionar parte de los beneficios a los grandes proyectos extractivos a la reinversión local y a la integración de proveedores nacionales, para que el dólar del enclave traccione cadenas internas en lugar de fugarse. Segundo, un esquema de incentivos para las pymes —lo que algunos ya llaman un "RIGI para pymes"— que alivie la carga tributaria, abra crédito accesible y premie la creación de empleo registrado. Tercero, una política industrial selectiva que apueste a sectores transables de mayor valor agregado y a la economía del conocimiento, las únicas vías para diversificar la canasta exportadora y aflojar de verdad la restricción externa. Y cuarto, administrar el atesoramiento y el giro de utilidades con inteligencia, sin cepos asfixiantes pero sin regalar los dólares que el país necesita para crecer.

La estabilidad es un piso necesario, no un techo. Una macro ordenada sobre una estructura productiva que se achica no es desarrollo: es una calma transitoria antes de la próxima tensión de divisas. La pregunta que la dirigencia debería ponerse en el centro no es si crecen los dólares, sino si crece el país. Porque —conviene insistir— no es lo mismo. Estabilizar no es desarrollar, y confundir una cosa con la otra es el error que ya conocemos de memoria.

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