Ronderos: "Argentina necesita conectar el boom exportador con cadenas de valor que generen empleo masivo y de calidad"
Juan Pablo Ronderos se graduó de economista en la mítica UNLP, luego hizo una maestría en UTDT y siempre trabajó en esa zona compartida entre el análisis de la macroeconomía y los planes de las empresas privadas. Tras un largo paso por Abeceb, en 2020 fundó MAP LATAM, una consultora en economía, estrategia y finanzas corporativas, que provee servicios de asesoramiento para la alta dirección.
En diálogo con El Economista, Ronderos habla del RIGI, la nueva Argentina productiva y los desafíos para administrar las tensiones en un país que aún tiene la asignatura de generar millones de empleo de calidad.
-Si bien el Gobierno no puso un objetivo cuantitativo explícito para el RIGI, podemos hacer una evaluación en base a las expectativas que había en la previa y al hecho de que los regímenes especiales en Argentina suelen fracasar más que triunfar. Con eso en mente, ¿qué balance podemos hacer del RIGI? ¿Fue un éxito?
-El RIGI fue exitoso de cara a su objetivo que fue acelerar inversiones que necesitaban más previsibilidad de largo plazo. No generó proyectos competitivos donde no los había: los sectores que traccionan estas inversiones ya tenían fundamentals propios. Lo que hizo el régimen fue reducir la prima de riesgo argentino lo suficiente como para acelerar decisiones de inversión que de otro modo habrían tardado más en materializarse o que directamente no eran financiables por la incertidumbre regulatoria y cambiaria del pasado. En ese sentido, fue un atajo hacia una Argentina más predecible, con reglas fijadas por 30 años. La pregunta relevante no es si el régimen es necesario para siempre, sino si fue útil en esta transición. La respuesta, hasta acá, es sí.
-Es una pregunta contrafáctica y como tal es difícil también de responder, pero se puede inferir una respuesta. En base al impacto del RIGI en la rentabilidad esperada de los proyectos que ingresaron al régimen, ¿cuántos proyectos vos crees que no hubieran visto la luz del día si no hubiera existido el RIGI?
-Es difícil una respuesta sobre hechos contrafácticosdar un número preciso, pero el análisis permite hacer algunas distinciones. Hay casos muy claros donde el RIGI fue determinante: los proyectos de GNL, por ejemplo, son de larguísimo plazo y requieren garantías cambiarias y tributarias que Argentina históricamente no ofreció; sin el régimen, directamente no serían viables. En el otro extremo, el upstream de petróleo en Vaca Muerta, con un break-even en torno a los US$ 45 por barril y retorno de la inversión con horizontes más cortos, no necesitaba incentivos: esos proyectos igual iban a suceder. Y en el medio hay casos como los proyectos de cobre, que ya tenían fundamentals atractivos con los precios internacionales actuales, pero eran prácticamente infinanciables e inviables sin un marco jurídico creíble. Ahí el RIGI no mejoró la rentabilidad; les dio estructura para salir a buscar financiamiento. En síntesis: la mayoría de los proyectos probablemente hubieran sucedido de todas formas, pero a un ritmo más lento y con mayor incertidumbre.
-Hace pocos días publicaron un informe muy interesante e impactante por el volumen de los números. Hablaban del pipeline de inversiones que hay en Argentina de casi medio billón: US$ 440.000 millones. Otro tema interesante es que la gran mayoría de las inversiones son fuera de la región centro - pampeana y están en regiones usualmente postergadas de Argentina, como el NOA o, en menor medida, Cuyo. ¿El RIGI fedearaliza la estructura productiva?
-En parte, sí, aunque con matices importantes. El pipeline total de inversiones que relevamos en nuestra base está muy concentrado en la Patagonia: Neuquén sola explica el 51% del total, impulsada casi exclusivamente por Vaca Muerta. Pero cuando uno mira específicamente los proyectos RIGI aprobados, el centro de gravedad se desplaza hacia el NOA y Cuyo: San Juan encabeza con US$ 31.000 millones en 5 proyectos, seguida por Neuquén y Río Negro. Minería —con el cobre como principal segmento— lidera el monto comprometido dentro del régimen. Entonces sí hay una tendencia a llevar inversión a otras regiones del país, aunque la concentración en recursos naturales es muy marcada. Como contracara, 15 provincias no tienen ningún proyecto RIGI, lo que muestra que la federalización es parcial.
-Los críticos del RIGI y de las inversiones que atrajo dicen que son sectores que generan poco empleo. Que son intensivos en capital, pero no en mano de obra. ¿Coincidís?
-La crítica tiene sustento. Los proyectos que traccionan el RIGI son intensivos en capital, no en trabajo. Y esto tiene una consecuencia territorial importante: el empleo crece donde hay recursos naturales y cae en el resto. En un contexto donde los sectores que emplean a la mayor parte de la población —construcción, industria, comercio— están destruyendo puestos de trabajo, la brecha entre la Argentina que crece (Vaca Muerta, cobre, litio) y la Argentina que se queda atrás se amplía. El RIGI no tiene respuesta para esa tensión. Las autoridades nacionales estiman más de 140.000 empleos directos e indirectos para el conjunto de proyectos aprobados y en análisis, que es un número significativo, pero hay que ponerlo en perspectiva frente a la escala de los desafíos del mercado laboral. De todos modos, eso no invalida al RIGI, sino que abre la puerta para discutir qué más hay que hacer para pensar la generación de empleo de calidad de manera sustentable.
-¿Le harías cambios al RIGI? Tanto a su plexo normativo, como a su implementación. Algunos criticaron en su momento que entre la adhesión y la aprobación pasaba mucho tiempo.
-El régimen en términos generales va en la dirección correcta y la prórroga del plazo de adhesión por doce meses adicionales fue una decisión acertada, ya que algunas iniciativas requieren plazos de maduración más extensos. En cuanto a la implementación, los tiempos entre la presentación y la aprobación son un punto a mejorar: de las 36 iniciativas presentadas por casi US$ 93.000 millones, solo 13 fueron aprobadas por unos US$ 27.000 millones, lo que implica que el 71% del monto todavía está pendiente de resolución. Agilizar ese proceso es clave para garantizar el máximo impacto posible del régimen. Respecto de si haría cambios, creo que lo que hay que poner arriba de la mesa es la discusión sobre qué políticas productivas tenemos que implementar una vez conseguida la condición necesaria de la estabilización macroeconómica. Y esa discusión incluye el RIGI, pero es mucho más amplia.
-El cambio de signo en la balanza energética y las proyecciones que hay para los próximos 5-10 años en ese sector, y también en minería, podrían ser game changers para Argentina. Sería como sumar 1 o 2 pampas húmedas. El Presidente dijo que nos saldrán dólares de las orejas. Muchas de las obras asociadas a ese boom exportador están avanzando. Está todo dado. ¿Vos también sos optimista en ese sentido?
-Hay razones sólidas para el optimismo, pero también para la cautela. Las proyecciones de exportaciones son muy buenas y sólidas. Y las oportunidades de inversión en una Argentina más previsible también. Los números son elocuentes: un pipeline de US$ 440.000 millones en proyectos de más de US$ 100 millones, con una enorme mayoría concentrada en el período 2025-2030. O&G y Energía solos explican tres cuartas partes de ese total. Ese monto equivale a unos 60 meses de exportaciones argentinas al ritmo de 2025, lo que da la pauta de la magnitud del cambio estructural que se está gestando. Dicho eso, hay que ser honestos respecto a los límites: la estabilidad macro es condición necesaria pero no suficiente. Lo que la Argentina que viene va a necesitar es una estrategia productiva más amplia que conecte ese boom exportador con cadenas de valor que generen empleo masivo y de calidad. Seguí a El Economista en Google Agreganos a tus medios preferidos. + Agregar