Metas oficiales y expectativas privadas: sin convergencia
por Héctor Rubini (*)
Se aproxima fin de año, y el desempeño de la economía muestra visibles desvíos entre los iniciales pronósticos oficiales y la realidad. A principios de año, las autoridades publicaron una proyección de inflación entre 20% y 25% y con un déficit fiscal de 4,8% del PIB. Sin embargo, el cierre esperable de 2016 es con una inflación en torno del 40% y un déficit fiscal bastante superior a la proyección oficial.
Luego, el Mensaje de Remisión de la Ley de Presupuesto 2017, publicado el mes pasado, permitió conocer las nuevas proyecciones del Gobierno, con una perspectiva de caída del PIB de 1,5% este año y un crecimiento de 3,5% para el año próximo. En él se observa, además, una proyección de inflación entre 12% y 17% para el año próximo. La semana pasada, el BCRA anunció, sus metas de inflación, tomando como tales a esas proyecciones.
Ahora bien, el Relevamiento de Expectativas de Mercado (REM), que refleja precisamente lo que espera o proyectan 52 consultoras, bancos e institutos de investigación, muestran para el año próximo una visión algo diferente. Respecto del comportamiento del PIB, una caída de 1,7% para este año y crecimiento de apenas 3,2% en 2017. Para la tasa de inflación, si se considera el IPC de la Ciudad de Buenos Aires, un cierre de 2016 con subas de precios del 39,6% (mediana) y 20% para el año próximo. Con mínima diferencia, indica la existencia de algo así como una brecha de credibilidad, o desalineamiento, respecto de las expectativas de las autoridades.
Otro desalineado o desconfiado es el Fondo Monetario Internacional (FMI). El organismo publicó anteayer sus proyecciones actualizadas para todo el mundo y para Argentina espera en 2016 una mayor caída del PBI (1,8%) y para 2017, menor crecimiento: 2,7%. En cuanto a la inflación, la proyección para el año próximo es de 23,2%, superior a la de los pronósticos locales. Tanto por el lado de la actividad, como por el de los precios, parecería creer aún menos en las metas o proyecciones del Gobierno.
Las implicancias
El divorcio no es irrelevante, y lleva a preguntas algo incómodas. ¿Por qué pretender que los sindicatos limiten sus demandas salariales en base a las expectativas o proyecciones de inflación de las autoridades, y no exijan nada compensatorio por la caída del salario real en los primeros 6-8 meses de este año?
Desde una perspectiva teórica es el choque entre dos tipos de enfoques para el ajuste de salarios y precios. Uno, mirando hacia la evidencia tangible, comprobable y del pasado reciente versus otro mirando hacia el futuro, en base a las mejores expectativas formuladas con la evidencia disponible hoy. Sobre estas cuestiones se cuenta con un buen número de investigaciones y modelos a partir de los aportes de los '80 de destacados economistas como Julio Rotemberg, John Taylor y Guillermo Calvo, por sólo nombrar tres de los más conocidos.
Ahora bien, ¿hay incentivo alguno para ajustar salarios en base a expectativas de organismos oficiales que en principio no logran consolidar la credibilidad ni entre los participantes locales ni ante observadores externos como el FMI? ¿Por qué un sindicalista racional debería tomar a las proyecciones oficiales como “la mejor”? ¿Por qué tendría que hacerlo un empresario frente a la posibilidad, de paritarias (algo quizá improbable) o de aumentos de suma fija (algo quizá más probable)?
Frente al inevitable ajuste en cuotas de tarifas públicas, no será fácil consolidar credibilidad en estrategias que induzcan una rápida convergencia de expectativas a los pronósticos oficiales. ¿Es viable hacerlo sin un enfriamiento de la demanda vía tasas de interés más altas para consolidar reputación de más firme compromiso con la baja de la inflación? ¿Al costo de una mayor recesión? Y en ese caso, ¿qué ocurriría con la demanda de dinero local y la de dólares?
Los frentes abiertos
Con un compromiso relativamente firme de usar las tasas de corto plazo para enfriar la demanda de crédito, pero sin compromiso alguno de cerrar el déficit fiscal vía baja de gasto público, se torna difícil calzar la expansión fiscal, con la intención de rigor monetario futuro, y recuperación de cierto crecimiento económico a posteriori. Y sin esto antes de la baja de expectativas de inflación, ni una mayor demanda de dinero y de crédito, difícilmente se pueda lograr una reactivación en la magnitud y tiempos exigidos para mejorar la situación de desocupados y subocupados, y enfrentar las elecciones legislativas próximas sin angustias de corto plazo.
Si China se sigue desacelerando y si Brasil llegara a mostrar una reactivación espectacular, el curso actual de la demanda interna sólo se podrá sostener si se financia vía endeudamiento interno y externo. ¿Podría sostenerse luego la estabilidad de la demanda de pesos, de tasas de interés y de tipo de cambio en 2018? ¿Nadie descontaría ese escenario el año próximo? Estas cuestiones aparecen explícita o implícitamente en las discusiones sobre el futuro de la inflación y del comportamiento de las políticas fiscal, monetaria y cambiaria de los próximos 6-9 meses. Da la impresión de que algo del combo de este año deberá sacrificarse tarde o temprano: la dinámica expansiva del gasto público sin baja significativa de impuestos, las metas oficiales de inflación o la relativa estabilidad cambiaria de los últimos meses. Y esto exigirá, más temprano que tarde, algún cambio en las políticas en curso, sin subestimar el rol de los ajustes de tarifas, salarios y eventualmente del tipo de cambio.
Mientras tanto, el BCRA y el Ministerio de Hacienda y Finanzas Públicas deben ganar credibilidad. De lo contrario, 2017 se va a tornar demasiado cuesta arriba, y no sólo para la ardua tarea que se han propuesto las autoridades de alinear las expectativas del sector privado con las proyecciones oficiales.
En este escenario, entonces, es crucial recuperar el sendero del crecimiento económico pues, sino, la persistencia de los desequilibrios actuales del Tesoro y del BCRA (exteriorizado con su explosivo déficit cuasifiscal), sólo es sostenible vía endeudamiento del Tesoro y atraso cambiario. Algo inofensivo al principio, pero que lleva dentro la semilla de una futura y costosa crisis de balance de pagos. Escenario que es más que improbable hoy, pero que no debería volver a repetirse en el futuro cercano. Los excesos de confianza nunca son buenos consejeros, y menos cuando la credibilidad en los anuncios oficiales está todavía por verse.
(*) Instituto de Investigaciones en Ciencias Económicas de la USAL Seguí a El Economista en Google Agreganos a tus medios preferidos. + Agregar