Los dos blanqueos

Carlos Leyba 30-12-2016
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por Carlos Leyba

Uno, el blanqueo de una parte de los capitales en negro fugados. El otro, el blanqueo público de las relaciones entre “son yo” y Alfonso Prat-Gay. “Son yo” es (siendo tantos son uno) Marcos Peña, Mario Quintana y Gustavo Lopetegui más el alma, J. Durán Barba y la voz, Mauricio Macri.

Por partes

El blanqueo de capitales, o la salida del escondite del anonimato fiscal, correspondeaunapartedeloscapitales fugados, que se estiman en aproximadamente US$ 400.000 millones.

De lo fugado una parte es dinero blanco que tributa. Otra, la más importante, huyó por la puerta de atrás. De ésta, aproximadamente, US$ 110.000 millones se ponen al día con un tributo minúsculo en relación a lo que debería haber pagado a lo largo del tiempo.

El hijo pródigo paga el perdón fiscal y el Estado recupera contribuyentes arrepentidos. ¿Arrepentido con propósito de enmienda? ¿O un por ahora y vemos? ¿Acaso se removieron las razones de la fuga? No. Hay allí un problema por venir.

Mas que hijos que vuelven a la casa del padre arrepentidos y por amor, se trata de un conjunto de espantados ante la noticia de que serán echados de los paraísos fiscales debido a las nuevas normas internacionales. Las mismas han sido generadas para combatir la contestación mundial a los Estados soberanos que realizan narcotraficantes, terroristas y el ejército de la economía criminal surgida en el capitalismo casino. Juntos, a través de los meandros del sistema financiero, amenazan al capitalismo y a los Estados.

Los que primero huyeron del país, ahora lo hacen de las guaridas. De no blanquearse recibirán el trato de narcos, terroristas o criminales.

Con Jorge Luis Borges, estos capitales al blanquearse y unirse al sistema fiscal nos dicen: “No nos une el amor sino el espanto / Será por eso que la quiero tanto”. El querer alude a la fortuna que, de quedarse fuera de la ley, corre riesgo de sobrevivir.

Aclaremos, ante tanta celebración de éxito, que es el terror de quedarse empantanados lo que ha hecho que muchos se declaren contribuyentes y no la “confianza” en el “PRO”.

¿Un “éxito”?

¿Cuál sería la medida del éxito del blanqueo? Primero, la proporción de lo blanqueado a lo fugado. Y ahí estamos lejos de un “éxito”. Sobre una fuga en negro de, digamos, US$ 300.000 millones, blanquear US$ 120.000 millones es 40%. Y si fueran 120 sobre 200 sería 60%. Es más que lo pronosticado, ¿pero un éxito? Difícil.

La verdadera medida del éxito sería cuánto de lo fugado (negro o blanco) se convierte en operaciones productivas en el país. Los inmuebles y/o las colocaciones financieras no son decisiones productivas. Son decisiones patrimoniales.

La cuestión es que lo que se fugó es excedente no consumido de la generación de valor agregado del país. La función del excedente, intermediado o no, es la inversión reproductiva que genera trabajo, la que agrega continuadamente valor y la que mejora la distribución y erosiona la pobreza. Entonces el éxito del blanqueo depende de cuánto de lo fugado se convierte en inversión reproductiva (no patrimonial), crea empleo, mejora la distribución y erosiona la pobreza. Ambas proporciones mencionadas, por ahora son, y todo indica que serán, bajas.

Más números

Lo que sabemos es que la mayor parte del capital blanqueado seguirá radicado afuera. Y será bajo el grado de éxito en términos de política económica que es la inversión reproductiva.

Habrá un suculento ingreso fiscal (unos $90.000 millones), apenas el doble de lo que perdimos con el pago del dólar futuro. Y además una contribución fiscal anual.

Gran parte de esos ingresos ya han sido asignados a la cancelación de las deudas previsionales y pagos de transferencia, que incrementarán el consumo.

¿Y la inversión?

El éxito transformador pasa inexorablemente por las inversiones, que son las grandes ausentes económicas de estas décadas. La ausencia de inversiones es la otra cara de la ausencia de futuro. Una Nación sin inversiones que superen la reposición de lo gastado forma una economía del estancamiento en la que el progreso tecnológico no se materializa. Ahí estamos.

El blanqueo, por lo visto, no habrá de contribuir a sacarnos de allí. Pero contribuirá a no empujarnos para atrás.

El Fisco percibirá una suma importante a cambio del certificado de capital “bien habido”. Año tras año recaudará nuevos recursos.

El monto de lo que se blanquea se aproxima a los US$ 100.000 millones que se fugaron durante el festival de Cristina Elisabet Fernández de Kirchner.

El blanqueo es mucho. Pero la palabra éxito corresponde aplicarla, si fuera el caso, a la construcción de salidas (etimología) de situaciones a las que estamos atados. ¿Acaso menos pobreza y menos reproducción de las condiciones de pobreza y acaso más inversiones reproductivas de transformación? Por ahora no.

Los pronósticos

Dicen que en 2017, en el segundo trimestre, comienzan las buenas noticias. Tenemos dólares, tendremos menos inflación que en 2016, la economía tendrá un incremento del nivel de actividad. Tal vez que los salarios le ganan a la inflación. Crece el consumo.

Pero no es menos cierto que el dólar se atrasa, que la deuda externa crece y se encarece, que muchas actividades urbanas entran en zona de crisis, y que el gasto público se estaciona en términos reales y que el ingreso real disponible se verá afectado por la tasa de interés alta y la suba de las tarifas y los servicios.

Sobre Alfonso

Aquí viene el otro blanqueo. Dicen que “son yo” no lo soportaba más al “soberbio” de Alfonso y que entonces, “la voz” se mudó al sur, y el centro de la escena lo ocupó Marcos, uno de los ojos de “son yo”, y dijo con un dejo de satisfacción “lo echamos”.

El premio al despedido fue un almuerzo consuelo, con “la voz”, en el sur. Estilo patrón de taller que ganó el Loto.

Muchos de los “analistas” aclaran que la causa es que “son yo” no quería que se le atribuyeran a Alfonso los méritos de las “buenas noticias” de 2017. Es decir, el rebote del PIB, la disminución de la inflación y el “aluvión” del blanqueo.

La baja de la inflación, que es real, está asociada a la profundización de la recesión que es puro dolor. Una vez llegados al piso ocurrirá el rebote del gato muerto. Estando muerto, no hay signos de vitalidad. El signo de vitalidad esencial es un proceso de inversión que no llegó. Pero también hay más de un signo e inquietud sobre el cierre de algunas actividades.

“Analistas” dicen que si “son yo” imaginara un futuro más complicado que el presente, habría mantenido a Prat como “chivo emisario”. Buena gente.

Es decir, explican, lo echan para que no coseche los éxitos. Un modo medio cruel del optimismo. Al respecto dejemos que hable el futuro.

Desde el presente, ¿por qué lo echan? El despido con viaje y almuerzo incluido y ofrecimiento frustrado blanquea el “no me lo banco” que siente y expresa “son yo”. “No me lo banco”. Gente grande. Muchos celos. Desplante. Mala educación. Nada nuevo. Una larga serie de eventos hacen que los modos M sean extremadamente parecidos a los modos K.

Un poco de Historia

En términos de tosquedad el antecedente “despido” seguido de “disolución” del Ministerio, no es novedad. Ocurrió el 1° de junio de 1971 cuando el dictador, general Agustín Lanusse, liquidó el Ministerio de Economía con Aldo Ferrer adentro. Aldo se enteró que no había más Ministerio por “La Razón” distribuída a las 3 de la tarde e impresa antes del medio día.

Lo cierto es que el despido de Prat-Gay fue cuidadosamente preparado. Columnistas, particularmente del diario La Nación, sembraron el terreno. Es lamentable que se hayan prestado a la campaña de construir, día tras día, la imagen que Prat-Gay era un “tipo soberbio, pedante, caprichoso” propietario de un ego insoportable.

Esa mirada, fuera de “son yo” y del resto del ”equipo”, no la comparten dirigentes sindicales y empresarios que lo han tratado asiduamente.

El alma de “son yo”, Durán Barba, ordenó un trabajo de zapa (desleal, dice RAE) previo para el que sería el despido destemplado y humillante de un ministro.

Peña, el mensajero, se encargó de aclarar “lo echamos” para que no queden dudas que no fue sólo Mauricio sino que intervino el conjunto “son yo” del que, repito, Marcos es el mensajero. Prat-Gay tuvo avisos.

En esta columna dijimos en octubre: “El miembro más calificado intelectual, profesional y moralmente del elenco Prat-Gay dijo: 'Si hubiéramos tenido un acuerdo con sindicatos y empresarios al inicio del año, seguramente habríamos tenido menos recesión e inflación'. Y de manera grosera, ofensiva y vulgar, Macri lo descalificó diciendo 'Alfonso es nuestro librepensador'”.

“Son yo” no podía hacer más para que se fuera. Hay que preguntarse por qué, ante tanta provocación, no renunció. Tal vez para ponerlos en evidencia y que tengan que decir “te echo”. Que es lo que finalmente pasó. Una razón de poca monta.

O tal vez no renunció para resistir, desde una posición importante, al avance de los talibanes del propio grupo que, con un pésimo diagnóstico de la realidad, pretenden cortar los males financiando estabilidad de precios a pura deuda externa e importaciones, generando la bicicleta financiera para que los dólares no falten.

El “plan”

Ellos imaginan que, con la inflación menguada, habrá consumo creciente y buen año electoral. Los déficit gemelos, dicen, se financiarán con deuda. Y las industrias que cierran “no son competitivas” y su desaparición, dicen, es una contribución a la competitividad. Pura ideología y mala praxis.

En el programa de TV de la familia Leuco, un economista de Radio Mitre, le gritaba a José de Mendiguren “si importamos consumimos más barato”.

En 1905, Juan B. Justo decía lo mismo para criticar al “oligarca” Carlos Pellegrini: “Para que vamos a tener industria cara si con las exportaciones de granos podemos comprar industria europea barata para que los obreros vivan mejor”. ¿A qué viene esto?

A que el economista radial anticipó el núcleo ideológico que confiesa el nuevo ministro. Nicolás Dujovne, en octubre, escribió en La Nación: “La apertura comercial en los países con poco capital y muchos trabajadores disponibles, como es el caso de Argentina, genera una mejora del precio del factor abundante, es decir, el del trabajo (los salarios). Sólo podemos ir en una dirección: más apertura, más competencia y mejores salarios”. Le faltó aclarar que si eso se verifica será con menos empleo y más pobreza.

Pese a las operaciones de desprestigio personal, Prat-Gay no renunció, tal vez para demorar lo que imaginaba por venir.

El problema no es un crédito del FMI, barato y sin comisiones, que Dujovne propone sino el “para qué se usará”.

El riesgo grave es que Dujovne venga a reforzar la línea de más apertura, atraso cambiario, menos industria y menos empleo. Línea que crece con el calor.

La peor versión del “blanqueo” II, el de la relación de “son yo” con Prat-Gay, sería haberlo sacado a Alfonso porque podía ser una traba para abrir la puerta importadora, a pura deuda, para ir a jugar a la competencia pero con la cancha bien desnivelada. Seguí a El Economista en Google Agreganos a tus medios preferidos. + Agregar