Ministerio de Economía (Mecon)
Datos

El superávit que se paga con deuda: la recaudación cae hace 8 meses y la Tesorería acumula $5,6 billones en facturas impagas

El 74% del resultado primario del primer trimestre se explica por gastos que el Estado devengó pero no pagó. Cada empresa que cierra es un CUIT que deja de tributar para siempre. Anatomía de un equilibrio fiscal que consume su propia base de sustentación.

Gustavo Reija 25 abril de 2026

Argentina tiene un superávit fiscal que funciona como un termotanque con una pérdida invisible: el agua caliente sale por la canilla, el indicador marca temperatura correcta, pero el tanque se vacía por abajo sin que el usuario lo note. Cuando lo note, ya no habrá agua caliente que regular. Los datos publicados por la Tesorería General de la Nación esta semana son el equivalente contable de esa pérdida invisible.

En marzo, el gobierno informó un superávit primario de $930.284 millones. En el mismo período, la deuda flotante —gastos devengados pero no pagados— creció $2 billones, pasando de $1,95 billones en febrero a $4,04 billones. La aritmética es transparente: el 74% del superávit primario del primer trimestre se explica porque el Tesoro gasta y no paga. Si el Tesoro hubiera honrado sus compromisos devengados en tiempo y forma, el superávit de marzo se habría transformado en un déficit de $274.060 millones.

El dato no es una interpretación heterodoxa. Es la diferencia entre dos métodos contables que cualquier auditor fiscal conoce: base caja y base devengado. El primero registra lo que se paga. El segundo registra lo que se debe. El superávit existe en la caja. No existe en las cuentas que el Estado dejó de pagar.



La anatomía de lo impago

Los rubros más afectados son los gastos de capital, con deudas equivalentes al 41,8% de lo devengado, bienes y servicios con el 29,8%, y remuneraciones con el 11,3%. Traducido a la economía real: obra pública paralizada, subsidios al transporte del AMBA frenados, prestadores del sistema de salud para jubilados sin cobrar, proveedores pymes con facturas a 120 días sin perspectiva de cancelación.

Fuentes técnicas del propio Ministerio de Economía estiman que la deuda flotante acumulada en lo que va de 2026 ronda los $5,6 billones, equivalentes a US$ 4.000 millones. Esa cifra equivale al 3,8% del presupuesto total del ejercicio. No es una fricción administrativa de tesorería. Es un mecanismo de financiamiento forzoso donde el Estado transfiere su necesidad de liquidez al sector privado a tasa cero, destruyendo capital de trabajo empresarial en el proceso.

El proveedor que no cobra del Estado retrasa pagos a sus propios proveedores y empleados, paralizando el multiplicador del gasto privado y profundizando la recesión. El efecto dominó es verificable: la cadena de pagos se rompe desde arriba hacia abajo, y cada eslabón roto es una empresa que reduce personal, posterga inversiones o cierra. Cada cierre es una CUIT que deja de tributar IVA, Ganancias y aportes patronales. Para siempre.



El lado de los ingresos es peor

La deuda flotante es el síntoma. La enfermedad está en la recaudación. La recaudación tributaria nacional acumula ocho meses consecutivos de caída real. El primer trimestre de 2026 cerró con una baja del 7,3% interanual y del 9,4% frente a 2023. Los derechos de exportación cayeron 35% en marzo y acumulan cerca de 38% en el trimestre. Los recursos de la Seguridad Social, que representan el 28% del total, cayeron 3,8% en el trimestre, reflejando la fragilidad del empleo formal y los salarios reales.

La pérdida consolidada de recaudación real entre Nación y provincias fue de $4,2 billones en el primer trimestre. La base imponible no se achica por un shock externo. Se achica porque la economía real se achica: 22.000 empresas cerradas desde 2023, 300.000 empleos formales destruidos, industria operando al 53% de capacidad instalada, comercio cayendo 7% interanual, ocho meses consecutivos de contracción manufacturera.

El circuito autodestructivo

La trampa estructural que los datos fiscales de abril revelan opera como un circuito cerrado sin válvula de escape. El ajuste comprime el gasto. La compresión frena la actividad transaccional. La actividad frenada reduce la recaudación tributaria. La menor recaudación obliga a más ajuste o a más postergación de pagos. El ajuste adicional destruye más base imponible. La base imponible destruida reduce más la recaudación. El ciclo se retroalimenta con una lógica que no tiene corrección interna posible dentro de los parámetros del programa vigente.



En los últimos días se ordenó un recorte adicional del 2,5% del gasto total a ejecutar antes del 30 de abril, combinando una reducción del 2% en gastos corrientes y del 20% en gastos de capital. Es la respuesta previsible: ante la caída de ingresos, más compresión de gastos. Pero esa compresión adicional destruye exactamente la actividad económica que genera la recaudación futura que haría al superávit genuinamente sostenible.

Es la paradoja del fisco sin política productiva. Un país que exporta soja pero no aceite, que tiene Vaca Muerta pero importa combustibles refinados, que tiene litio pero no procesa celdas de batería, está estructuralmente condenado a depender de bases imponibles frágiles vinculadas a precios internacionales y a una actividad doméstica que el propio ajuste erosiona. Sin política industrial, sin crédito productivo, sin tipo de cambio competitivo, la recaudación no tiene motor de recuperación autónomo. Depende de que la compresión del gasto no destruya más actividad de la que ya destruyó. Ese margen se agota.

El reloj fiscal

El superávit fiscal argentino de 2026 no está desapareciendo por un evento externo ni por un error de cálculo. Está siendo consumido por las consecuencias internas de su propio mecanismo de sostenimiento. La deuda flotante es el indicador adelantado más preciso de esa erosión: mide exactamente la distancia entre lo que el Estado dice que logró y lo que efectivamente pagó para lograrlo.



La deuda flotante del primer trimestre equivale al 9,7% del total devengado, por encima del 7,5% de 2025. La tendencia es ascendente. Los ingresos son descendentes. La actividad económica es contractiva. La intersección de esas tres curvas tiene un punto de encuentro que la aritmética fiscal no puede evitar indefinidamente.

La pregunta ya no es si el superávit se sostiene. Es cuántos meses más puede sostenerse postergando pagos antes de que la acumulación de deuda flotante, la caída recaudatoria y la contracción productiva converjan en un resultado que ninguna presentación en base caja pueda disimular. Los datos de la Tesorería General sugieren que ese momento está más cerca de lo que el relato oficial admite.

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