Dilemas y desafíos para los próximos cinco meses
por Hector Rubini (*)
Como sugeríamos semanas atrás, da la impresión de que la ansiada reactivación se tome cierto tiempo. No son ya minoría los profesionales que esperan recién para 2017 una efectiva reactivación con menor inflación. El puente de cinco meses, con inversiones extranjeras o sin ellas asoma, ahora, frente a desafíos y dilemas cada vez más exigentes.
Las tarifas públicas no pueden retrotraerse a los niveles de 2016 sin provocar deterioros severos en la provisión de servicios de electricidad, gas y agua. Tampoco se pueden sostener incrementos que dejan pulverizado el ingreso disponible de los usuarios. ¿Hay un término medio que permita conciliar la necesidad de subir tarifas para recuperar la inversión en infraestructura de esos servicios y reducir la brecha fiscal, y el objetivo de recuperar cierto nivel de ingreso disponible?
El tipo de cambio vuelve también al centro de los debates. ¿Conviene que se atrase para que no suba la inflación, a costa de favorecer importaciones y amenazar no pocas fuentes de trabajo? ¿Es factible una depreciación hacia un tipo de cambio en torno de $ 18 o $ 20 para sostener o recuperar cierta competitividad sin traslado a precios? En caso afirmativo, ¿cómo evitarlo? ¿cómo anclar expectativas y desacelerar la inflación inercial sin acentuar el clima recesivo? ¿sólo vía ingreso de capitales? Ciertamente parece haber consenso respecto de que es la intervención del Estado y no el libre mercado el que podría aportar soluciones y respuestas concretas. Lo que no queda claro, es si esas soluciones y respuestas significan que las autoridades mantengan el rumbo elegido en los últimos 4-5 meses, o cambiar por estrategias alternativas.
Una estrategia definida
La eficiencia en la asignación y uso de recursos, y la equidad en la distribución de la renta, y también de las oportunidades para empresarios y trabajadores no se van a mantener inalterables en ningún proceso de cambio de precios relativos, ni de los ingresos salariales y no salariales. Si la estabilidad de precios no se percibe factible para un horizonte temporal de seis a doce meses, tampoco se podrá esperar reducción de la incertidumbre sobre cambios en los precios relativos, ni en la demanda del mercado interno. Esto no va a ser resuelto hasta que no quede en claro cuál será la estrategia del day-to-day más allá de las subas y bajas de las tasas que pagan las Letras del BCRA. La búsqueda de un tipo de cambio real competitivo sin controles de precios luce factible probablemente a costa de un programa fiscal y monetario recesivo, pero políticamente riesgoso. El objetivo de “sincerar” tarifas públicas no sólo enfrenta el capítulo judicial del próximo mes, sino que tendrá impactos dinámicos inevitables: aun corrigiendo no pocas boletas con incrementos exagerados, la recuperación tarifaria tiene impacto positivo en las empresas si supera al aumento de precios, salarios y tipo de cambio. Caso contrario, su efecto sobre los incentivos para recuperar y aumentar la inversión en infraestructura energética y de otros servicios puede ser nulo. El costo inevitable: una aceleración inflacionaria con atraso cambiario, caída de salario real y mayor recesión. Nuevamente, otra complicación para la administración de expectativas y del escenario político.
¿Faltó explicar la herencia recibida y las desordenadas diferencias provinciales de cuadros tarifarios? Parecería que sí. Al menos para moderar el creciente encono de las últimas semanas hacia las actuales autoridades. Es corregible, pero la corrección no parece admitir ahora demoras infinitas. El atraso tarifario no modera el impacto negativo de la suba de los demás precios. El atraso cambiario significa pérdidas potenciales y reales para la industria manufacturera y los exportadores más alejados de los puertos. ¿Hay solución única? Da la impresión de que no. La Historia Argentina es sumamente rica para extraer enseñanzas más que útiles, pero no es claro cuál será el rumbo que seguirán las autoridades en el actual semestre.
Esperando las inversiones Mientras tanto, se va el mes de julio y no se perciben flujos significativos de inversiones extranjeras directas, ni síntomas de apertura de nuevas vacantes laborales. Reactivar la obra pública, el mercado de crédito y el mercado de capitales aparecen como condiciones necesarias para volver a crecer y empezar a reactivar el alicaído mercado interno. Sin embargo, también se requiere estabilizar los cambios en precios e ingresos relativos, junto a una política fiscal y monetaria coherente con la estabilidad presente y futura del tipo de cambio y la inflación.
Cuanto más se demore la provisión de señales convincentes en estos frentes, más tardará en disiparse la creciente incertidumbre y la percepción de continuidad de la actual estanflación hasta el año próximo. De ocurrir esto último, no sólo se deteriorará el resultado fiscal y la conflictividad social de estos meses, sino que complicará seriamente la estrategia electoral de la actual administración para las elecciones de 2017.
(*) Instituto de Investigaciones en Ciencias Económicas. USAL Seguí a El Economista en Google Agreganos a tus medios preferidos. + Agregar