Apertura y reconversión industrial: la lección olvidada del financiamiento

La pregunta no es si la economía debe integrarse al mundo —eso parece inevitable— sino cómo hacerlo sin repetir los errores del pasado.
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Cada vez que Argentina decide abrir su economía reaparece el mismo interrogante: qué pasa con la industria. El país ya atravesó un proceso similar hace tres décadas. La apertura comercial y la estabilización macroeconómica de los años '90 impulsaron una profunda reconversión industrial que modernizó empresas, elevó la productividad y transformó la estructura manufacturera.

Pero ese proceso también tuvo costos claros: miles de PyMEs cerraron, el empleo industrial cayó y el entramado de proveedores se redujo.

Hoy, frente a una nueva etapa de apertura económica impulsada por el gobierno de Javier Milei, la discusión vuelve a escena. 

  • La pregunta no es si la economía debe integrarse al mundo —eso parece inevitable— sino cómo hacerlo sin repetir los errores del pasado.

La estabilización macroeconómica y la apertura comercial iniciadas en 1991 generaron un fuerte shock competitivo para la industria local. El arancel promedio bajó desde niveles cercanos al 35-40% a fines de los años ochenta a alrededor del 10-15% durante la década de 1990, mientras que el régimen de convertibilidad ancló el tipo de cambio y redujo drásticamente la inflación.

Ese nuevo escenario obligó a las empresas a adaptarse rápidamente. Muchas invirtieron en tecnología, reorganizaron procesos productivos y adoptaron estándares internacionales. Durante los años noventa la productividad laboral de la industria manufacturera creció a un ritmo estimado de entre 4% y 6% anual, según estudios de la CEPAL y trabajos de Bernardo Kosacoff y Jorge Katz sobre la reestructuración industrial argentina.

Sin embargo, el proceso tuvo una contracara evidente. Según datos del Indec, el empleo industrial pasó de alrededor de 1,2-1,3 millones de trabajadores a comienzos de la década a cerca de un millón hacia fines de los noventa. En términos netos, el sector perdió más de 300.000 puestos de trabajo industriales.

El impacto fue especialmente fuerte en sectores intensivos en trabajo y con menor escala productiva, como textil, calzado, juguetes, electrónica de consumo y algunas ramas de la metalmecánica liviana, donde muchas pequeñas y medianas empresas no lograron competir con las importaciones.

Como señaló el economista Bernardo Kosacoff, uno de los principales especialistas en estructura industrial argentina, la apertura de los noventa modernizó un núcleo de empresas dinámicas pero también redujo el entramado productivo y debilitó las redes de proveedores industriales.

En paralelo, la industria se volvió más concentrada. Grandes empresas —muchas de ellas multinacionales— lideraron la reconversión mediante inversiones en automatización, logística y organización productiva. Sectores como automotriz, siderurgia, alimentos y petroquímica lograron aumentar su escala, mejorar su productividad y fortalecer su inserción internacional.

Tres datos ayudan a dimensionar la magnitud de esa transformación. Durante la década de 1990 la productividad industrial creció a tasas cercanas al 5% anual; el empleo manufacturero cayó en más de 300.000 puestos de trabajo; y las exportaciones industriales crecieron en volumen pero se concentraron cada vez más en pocos sectores de gran escala como automotriz, siderurgia y agroindustria.

Pero detrás de ese proceso hubo un factor muchas veces subestimado: el financiamiento.

Durante los primeros años de la convertibilidad el crédito al sector privado creció con fuerza, impulsado por la estabilización monetaria, la entrada de capitales y la expansión del sistema bancario. Entre 1991 y 1998 el crédito al sector privado pasó de menos del 10% del PBI a cerca del 25% del producto. Esa expansión permitió financiar inversiones en maquinaria, modernización tecnológica y reorganización empresarial.

En otras palabras, la reconversión industrial no fue solo el resultado de la apertura comercial. También fue posible porque, durante algunos años, existió acceso al financiamiento para invertir.

La experiencia internacional muestra que los procesos de reconversión productiva requieren grandes volúmenes de inversión. Incorporar tecnología, automatizar procesos, mejorar logística o desarrollar nuevos productos implica costos que muchas empresas —especialmente las PyMEs— no pueden afrontar sin crédito de mediano y largo plazo.

Aquí aparece una de las principales debilidades estructurales de la economía argentina. El crédito al sector privado representa hoy alrededor del 10% del PBI, uno de los niveles más bajos del mundo. En economías con estructuras productivas dinámicas, ese ratio suele superar el 70%, el 100% o incluso el 150% del producto.

Sin financiamiento, la apertura económica tiende a generar un resultado desigual: las empresas más grandes y capitalizadas logran adaptarse e incluso expandirse, mientras que muchas firmas pequeñas quedan fuera del mercado.

La experiencia de países que lograron reconvertir su estructura productiva muestra que la apertura suele estar acompañada por políticas financieras activas. Corea del Sur utilizó bancos de desarrollo y crédito dirigido para impulsar su industrialización; Brasil combina banca comercial con instituciones públicas financieras especializadas como en Bndes; y Australia promovió instrumentos de financiamiento para desarrollar proveedores en sectores como la minería.

La lección es que la competencia internacional puede ser un poderoso incentivo para modernizar la economía, pero solo cuando las empresas cuentan con las herramientas necesarias para invertir y adaptarse.

Hoy la Argentina vuelve a enfrentar un punto de inflexión. La apertura económica puede generar incentivos para mejorar la competitividad y la productividad. Pero si no está acompañada por un sistema financiero capaz de canalizar ahorro hacia la inversión productiva, el proceso de reconversión puede quedar limitado a un número reducido de empresas.

Abrir la economía es relativamente rápido. Reconstruir el tejido productivo es mucho más difícil.

La verdadera discusión, entonces, no es si la Argentina debe integrarse al mundo. La cuestión central es si el país será capaz de construir las condiciones —macroeconómicas, financieras e institucionales— para que su industria invierta, se modernice y compita en ese nuevo escenario global.

Porque la experiencia de los años '90 dejó una lección clara: la apertura puede transformar la economía. Pero sin financiamiento para la inversión productiva, esa transformación difícilmente genere un desarrollo industrial amplio y sostenible. Seguí a El Economista en Google Agreganos a tus medios preferidos. + Agregar

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