Keynes intervino para salvar al capitalismo de su propia destrucción

¿Quién fue el economista John Maynard Keynes?

"La Teoría general", su obra cumbre, fue valorada por sus contemporáneos como un manifiesto en favor de la razón y la alegría. Hoy, frente a la tiranía de los dogmas, su figura desarma a quienes prometen sacrificios presentes a cambio de paraísos lejanos.
¿Quién fue el economista John Maynard Keynes?
Ramiro Gamboa 24-06-2026
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Para Javier Milei, representa el origen de todos los males. Para Axel Kicillof, representa el modelo a seguir. En medio de esa lucha ideológica, surge una pregunta: ¿quién fue el economista John Maynard Keynes?

Detrás del prócer inmaculado, existió un intelectual atravesado por contradicciones fascinantes. Fue un servidor del Imperio británico que se rebeló contra el imperialismo. Un burócrata casado con una estrella del ballet. Un genio de las finanzas que detestaba el amor por el dinero. Y un economista aclamado por el progresismo que diseñó sus planes con el objetivo de salvar al capitalismo.

Su vida íntima también fue heterodoxa. Intelectual del bohemio y elitista Círculo de Bloomsbury y amigo íntimo de Virginia Woolf, a los 38 años Keynes dio un vuelco a su historia personal. Tras vincularse casi de forma exclusiva con hombres, cayó perdidamente enamorado de Lidia Lopujova, una locuaz estrella del ballet ruso. 

En aquel círculo de pensadores, Keynes había llegado a adorar a los artistas como seres casi sobrenaturales. Lopujova lo cautivó por completo. "Fundo mi boca y mi corazón con los tuyos", le escribió en una de sus tantas cartas de amor. Ella se convirtió en su esposa y en la encarnación viva de la alegría que él quería devolverle al mundo.

Para Keynes y su selecto grupo de amigos, la economía nunca constituyó una ciencia matemática abstracta. Era una herramienta vital para asegurar la supervivencia de la civilización. Esa visión humanista lo impulsó a protagonizar uno de los actos de rebeldía política más impactantes del siglo XX.

Al finalizar la Primera Guerra Mundial, el Gobierno lo designó asesor principal en la Conferencia de Paz en París. Allí presenció la venganza de los líderes vencedores: Woodrow Wilson por Estados Unidos, Georges Clemenceau por Francia y David Lloyd George por Gran Bretaña. Juntos decidieron imponer a Alemania reparaciones absurdas, con cifras impagables cercanas a los US$120.000 millones.

Keynes advirtió el peligro. Anticipó la equivocación de ahogar a una nación derrotada. "Si se pretende exprimir a Alemania, hay que empezar por no arruinarla", escribió. Ante la ceguera de sus superiores, tomó una decisión temeraria: renunció a su cargo como asesor principal en el Departamento del Tesoro británico.

Keynes comprendió que el Tratado de Versalles no era un pacto de paz, sino una sentencia de muerte para la estabilidad europea. Arriesgó su carrera y el acceso a los pasillos del poder, saltando al vacío del periodismo y la crítica pública, solo para gritarle al mundo que la venganza financiera, además de inmoral, era un suicidio práctico.

Poco después publicó "Las consecuencias económicas de la paz", un texto devastador en el que argumentó que la asfixia financiera alemana crearía miseria, resentimiento y, finalmente, un dictador. Su profecía fue precisa: "Los alemanes, quebrantados en cuerpo y espíritu, buscan su vía de escape en un retroceso a las maneras y costumbres de la Edad Media", señaló al ver el ascenso de Adolf Hitler, impulsado por aquel colapso económico.

En la Argentina contemporánea, libertarios y peronistas distorsionan su legado. Quienes defienden el libre mercado absoluto omiten un dato crucial. Keynes intervino para salvar al capitalismo de su propia destrucción durante la Gran Depresión. 

Frente a la inacción ortodoxa dispuesta a sacrificar el empleo para sostener el patrón oro, él propuso la inversión pública como motor de rescate y alertó sobre la inestabilidad de las finanzas privadas.

Por el otro lado, quienes agitan su apellido para justificar cualquier déficit estatal olvidan su desprecio absoluto por la indisciplina monetaria. Keynes detestaba la inflación. "Sin duda Lenin tenía razón. No hay medio más sutil ni más seguro de trastornar las bases existentes de la sociedad que pervertir la moneda", escribió. 

Tampoco sentía simpatía por el estatismo autoritario. Tras visitar la Unión Soviética, rechazó el experimento bolchevique por aniquilar la libertad individual. Su juicio sobre la doctrina marxista fue implacable: se negó a aceptar un sistema cimentado sobre la guía de "El Capital" de Karl Marx, al cual fulminó como "un obsoleto libro de texto económico que sé muy bien que es científicamente erróneo, pero que, además, carece de interés o aplicación para el mundo moderno".

Keynes creía en el progreso humano. Visualizaba un futuro libre del esfuerzo agobiante por la supervivencia material. Describió la sed de acumular riqueza por la riqueza misma como "una morbosidad un tanto repugnante, una de esas tendencias semidelictivas y semipatológicas". Su meta pasaba por liberar el tiempo de las personas para saborear el arte, el amor y la belleza.

"La Teoría general", su obra cumbre, fue valorada por sus contemporáneos "como un manifiesto en favor de la razón y la alegría". Hoy, frente a la tiranía de los dogmas, su figura desarma a quienes prometen sacrificios presentes a cambio de paraísos lejanos. 

Con ironía, Keynes escribió una advertencia para los tiempos de crisis: "A largo plazo todos estamos muertos. Los economistas se plantean una tarea excesivamente fácil e inútil si en las épocas tempestuosas solo pueden decirnos que, cuando la tormenta haya pasado de largo, el océano volverá a estar calmado". Seguí a El Economista en Google Agreganos a tus medios preferidos. + Agregar