Nicolás Ajzenman y la economía desde abajo

Ajzenman: "Hay un desajuste entre lo que prometía la democracia en su momento y lo que terminó ocurriendo"

El economista Nicolás Ajzenman reflexiona sobre la polarización afectiva, el rol del crecimiento en las democracias y la atracción por liderazgos autoritarios. En la entrevista lanza preguntas incómodas: "¿Estaría alguien dispuesto a resignar libertades a cambio de un aumento en su salario?"
"Esto no es economía" es el newsletter de Nicolás Ajzenman, donde aplica herramientas de la economía para pensar cuestiones humanas y sociales.
Ramiro Gamboa 27-06-2025
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¿Qué hace un economista argentino —formado en la UBA, San Andrés, Harvard y Sciences Po— dando clases en Montreal y pensando el mundo desde Quebec? 

Desde hace tres años, Nicolás Ajzenman vive y trabaja en Canadá, donde es profesor en McGill University y se dedica a la investigación sobre economía del comportamiento, instituciones y normas sociales. Se fue del país en 2013 para estudiar una maestría en Harvard y, desde entonces, no volvió a instalarse permanentemente en Buenos Aires, aunque vuelve varias veces al año. Ha participado del BID, de la academia brasileña, de centros de investigación de América Latina y de los pasillos de Sciences Po, donde se doctoró con un comité integrado por Sergei Guriev y Roberto Galbiati. Aunque su adultez ha estado marcada por el nomadismo, la poliglosia de lenguas y los cambios de vida, su manera de hablar sigue impregnada de algo argentino: análisis, tono cáustico y una fidelidad a las cosas que importan.

Ajzenman no idealiza ni denuesta. Habla con precisión sobre lo que observa y cierto margen geográfico se torna también una posición desde la cual pensar el presente que lo encuentra en Canadá. Montreal está atravesada por paisajes naturales descomunales y también por el multiculturalismo. La convivencia entre el francés y el inglés. Es probable que en la entrada de un negocio el saludo sea "Bonjour, hi". No pueden faltar el poutine, comida típica de papas fritas con salsas y quesos, y el jarabe de maple. "Montreal es un intermedio entre el mundo anglosajón y el latino. En lo cotidiano, se siente la distancia. En los vínculos, en la forma de discutir, incluso en cómo se hace política". Compara los populismos culturales de Quebec con los clivajes del peronismo: "Explotan la batalla cultural con el idioma. Es una forma de polarizar. Y esa forma la reconozco".

Su pasión y su campo de especialización es la microeconomía y la economía del comportamiento. "La diferencia entre la macro y la microeconomía no está tanto en la teoría, sino en el objeto de estudio", explica. Mientras la macroeconomía se ocupa de fenómenos agregados —el PBI, la inflación, el desempleo—, la microeconomía observa decisiones individuales: estudiar o no hacerlo, ir al médico o faltar, postularse a un empleo o desistir. "Me interesa entender por qué una persona decide votar a un político y no a otro. Eso es lo que trabajo". En un ecosistema mediático y en una conversación pública dominada por la macro, Ajzenman elige estudiar desde abajo. Y en ese plano individual, dice, aparece todo: la política, la psicología, la cultura. 

En sus años de trabajo con organismos multilaterales y gobiernos, Ajzenman  aprendió que llevar una política del papel al territorio es un salto enorme. "Implementar proyectos es un quilombo", dice sin vueltas. Aunque su rol suele estar del lado académico —pensar el diseño, escribir el paper—, muchas veces también es parte de la ejecución. Ahí es donde se revela una distancia insoslayable: lo que funciona en un piloto controlado, puede fallar de muchas maneras en una escala nacional. "Hay una cantidad infinita de momentos en los que todo puede salir mal, incluso sin que nadie haya cometido un error". Esa experiencia lo llevó a valorar habilidades que, admite, muchos académicos no tienen: project management, coordinación de equipos, negociación política. "Hablar con un gobierno es una negociación permanente".

También Ajzenman es un docente apasionado. "Cuando enseño en primer año trato de dar ese mensaje: se trata de algo mucho más amplio de lo que se piensa. Les digo a los alumnos que se sigan formando en los métodos y en la forma de pensar que propone la economía, porque ahí van a encontrar respuestas a un montón de cosas que les interesan". 

Ese pensamiento por fuera del sentido común lo canaliza en su newsletter, Esto no es economía, en el cual busca mostrar que las herramientas de la economía sirven para pensar preguntas humanas, sociales, políticas. Allí se dedica a comentar en lenguaje coloquial y accesible los papers que está leyendo. Una economía para no académicos. A partir de este trabajo que viene realizando, saldrá próximamente su libro por la editorial Siglo XXI —ya ha publicado también junto a Florencia López Boo, La ciencia de los detalles—.

"El mensaje final es: si a alguien le gusta aunque sea un poquito, las ciencias sociales —de cualquier tipo—, y además tiene cierto interés por la matemática, que siga estudiando economía. Con el enfoque económico también se puede entrar a esos temas que, de entrada, no parecen parte de la disciplina, pero lo son: educación, salud, medios, cine". 

Sobre su paso por la licenciatura en Economía de la UBA, por ejemplo, elogia: "Tuve una base muy fuerte en materias técnicas como matemática y estadística. En ese momento no me daba mucho cuenta, pero esa formación me sirvió muchísimo después. Esa base era sólida en su parte más dura. No estoy seguro de que en todos lados exista eso. Diría que es bastante argentino y de la UBA". Empezó a estudiar en 2003, y ese primer paso sería el comienzo de un recorrido académico sin fronteras, que más tarde incluiría a San Andrés, Harvard y Sciences Po.

De la maestría en San Andrés recuerda que fue allí donde empezó a entender qué le gustaba de la economía y para qué servían las herramientas que había aprendido. También fue cuando se dio cuenta de que había problemas del mundo que se podían estudiar desde esa perspectiva, y que muchas de ellas recién cobraban sentido al usarlas como docente. "A veces me pongo a ver los slides de los profesores de San Andrés —cuenta— y me acuerdo de clases del profesor Walter Sosa Escudero. Veinte años después, uso ese mismo ejemplo para explicarlo yo".

Y en Sciences Po, en Francia, donde hizo el doctorado, dice que aprendió a trabajar. A estar una semana focalizado en un paper para entender bien a fondo el método para escribir, reescribir, presentar y revisar con otros hasta que la idea encuentra su forma. Ese entrenamiento —mezcla de obsesión y lectura crítica— lo marcó. También lo marcaron tres profesores: Sergei Guriev, con su mirada panorámica; Ruben Durante y Roberto Galbiati, atentos al detalle, exigentes con la forma y el contenido. "Me doy cuenta ahora, cuando escribo. Me reconozco: esto es influencia de Ruben, o de Roberto, o de Sergei".

Sobre las blancas paredes de su oficina, las pasiones de Ajzenman tienen lugar. El mundo, las fotografías, los viajes. Es un aficionado de la imagen y captura con su mirada un modo de ver. Fotos de Río de Janeiro, de Sicilia, de Sidney. También del día en que Argentina salió campeón por tercera vez. Ajzenman tenía un casamiento en Brasil y volvió en un vuelo a las tres de la mañana para estar en el país a la hora del partido. La gestualidad de sus manos acompaña el entusiasmo cuando habla. Sus ganas de explicar pero también de seguir aprendiendo. Nunca está quieto, y es capaz de adelantar el próximo movimiento. 

Con esa motivación encendida, habla con El Economista sobre la polarización afectiva de la política, la importancia decisiva del crecimiento económico en una democracia y las preferencias sociales por líderes con rasgos autoritarios. Es capaz de lanzar preguntas provocativas como: ¿Estaría alguien dispuesto a resignar libertades a cambio de un aumento en su salario? Ajzenman sin tapujos va al núcleo de este tiempo: "Creo que hay un desajuste —un mismatch— entre lo que prometía la democracia en su momento y lo que terminó ocurriendo". 

—En tus trabajos hablás de cómo la discordancia política puede romper vínculos afectivos. ¿Considerás que en Argentina esa polarización afectiva se intensificó en los últimos años? ¿Qué factores evaluás que explican ese deterioro del lazo entre espacios que antes, al menos, se escuchaban?

—Sobre si hay más polarización afectiva, lo que puedo decir es más bien una percepción, porque no tengo eso medido. Pero sí, mi percepción va en la línea de la pregunta. La polarización afectiva, al menos en los términos en los que se la suele nombrar, tiene que ver con esa idea de que ya no se puede ser amigo de alguien que piensa distinto en una dimensión muy específica de la política. No se pueden formar lazos con alguien del otro lado, no se puede tener una pareja, no se puede compartir una amistad. Y tengo la impresión de que eso sí se intensificó bastante.

Creo que en parte tiene un origen top down. Hay algo que viene desde arriba: cuando desde la política —ya sea desde el gobierno o desde figuras fuertes que no necesariamente están en el Ejecutivo— se incentiva esta división, eso termina teniendo efecto.

Muchos políticos empezaron a hacerlo porque en ciertos contextos polarizar se vuelve una estrategia razonable para movilizar o reaccionar. 

A la vez, cuando alguien busca justificar todo lo que hace su propio grupo, la única manera de hacerlo sin contradicciones es convencerse de que lo que está enfrente es el mal absoluto. 

En cambio, si se ve al opositor como un actor legítimo, sin cargarlo de esa dimensión moral extrema, no se justifica cualquier cosa del propio lado. No se tolera todo. Me da la impresión de que algo en Argentina cambió, algo que no sé muy bien cómo surgió, pero que de algún modo hizo que terminemos aceptando cualquier cosa de los nuestros, incluso los extremos, porque pensamos que lo otro es la desaparición del país.

—¿En países como Argentina el desencanto con la democracia puede seguir profundizándose si no aparecen liderazgos que logren articular crecimiento económico con equidad social?

—Escribí con otros autores un paper que se titula Successful Democracies Breed Their Own Support, que básicamente sostiene la importancia del éxito económico en una democracia. El punto ahí es que la democracia se puede entender, si se quiere, de dos maneras: como un sistema político con valor intrínseco —es decir, que alguien la valore porque la democracia es buena en sí misma—, o bien como algo transaccional, en el sentido de la democracia sirve para esto y, si no entrega resultados, ya no sirve y voy a otra cosa.

Sobre esa frase de Alfonsín "con la democracia se come, se cura, se educa", si al final no se come, no se cura ni se educa, por más linda que sea la democracia, las personas pueden volcarse hacia otra cosa.

Hay cierto descontento justamente por eso: porque la democracia no hizo un delivery suficientemente bueno en dimensiones clave, que son básicamente el crecimiento y los ingresos. En Successful Democracies Breed Their Own Support analizamos varias dimensiones de lo que llamamos "performance exitosa". Una de ellas es el crecimiento económico: las democracias que crecen más tienden a generar su propio apoyo. Pero también las democracias que logran mayor igualdad tienden a generar su propio apoyo, un poco por esta idea de que, si hay mucha gente a la que la democracia no le está rindiendo, si no hay resultados visibles para una porción significativa de la población, entonces tampoco va a haber apoyo, por más que en promedio el país esté creciendo.

En el caso argentino eso es bastante claro: no hubo crecimiento. La economía argentina está estancada hace muchos años, y la promesa de la democracia —al menos en términos puramente económicos— evidentemente no se cumplió.

Hay otro punto, que estamos trabajando con ese mismo grupo de autores, que es importante. Yo puedo decir: "La democracia argentina no hizo el delivery que prometió". Pero no hay ningún motivo para pensar que algo menos democrático hubiera funcionado mejor. No hay razones para suponer que ese contrafactual —un régimen menos democrático— habría dado mejores resultadosDe hecho, la evidencia más bien indica que no, que no habría sido mejor. Cuando se mira la evidencia sobre el efecto de la democracia en general, lo que se ve es que suele ser buena para el crecimiento, no mala.

Entonces, ahí aparece una cuestión más vinculada a las percepciones. No importa sólo si la democracia entrega resultados, sino también qué se espera de ella en comparación con lo que se espera de una alternativa que en realidad no se conoce. Y muchas veces lo que pasa es que alguien se la juega. Alguien puede pensar en ir con algo más autoritario porque capaz funciona. 

—En tu paper Successful Democracies Breed Their Own Support sostenés que el apoyo a la democracia depende, en buena parte, de haber vivido experiencias democráticas exitosas, con crecimiento económico, estabilidad política y provisión de servicios públicos. ¿Qué tendría que pasar, concretamente, para que la democracia argentina empiece a ser "exitosa" en ese sentido? 

—Hay mucho del apoyo que va a venir por el crecimiento económico. Hay algo que es puramente económico: estabilidad y crecimiento. El apoyo que tiene hoy Milei es muy fácil de explicar: hay estabilidadPunto. Y, por ahora, casi no importa nada más. 

Después, en algún momento la gente va a empezar a demandar otras cosas en términos económicos. En algún momento se va a demandar crecimiento real, y ya no sólo estabilidad; una inflación de verdad más baja, no sólo estabilizada. Y, a partir de eso, van a empezar a aparecer otras demandas. 

"El apoyo que tiene hoy Milei es muy fácil de explicar: hay estabilidad", asegura Nicolás Ajzenman. 

—En tu paper 'The Power of Example' mostrás que la corrupción puede volverse contagiosa cuando hay impunidad o malos ejemplos en posiciones de poder. En contextos como el argentino, ¿hasta qué punto una condena judicial a una figura de alto perfil —como una expresidenta— puede modificar el equilibrio de incentivos en la política y también las relaciones sociales? 

—El impacto que eso puede tener hacia abajo, en términos de efectos sociales más amplios, depende de varios factores que no son tan obvios. Se podría pensar que tiene un efecto positivo en el sentido de que hay accountability. Es decir, si se parte de la premisa de que Cristina robó, el mensaje que da el país sería: "Acá el que roba paga". Y eso funcionaría: la norma social sería que quien comete un delito enfrenta consecuencias. Entonces, el ciudadano de a pie tiene menos incentivos para robar.

Ahora bien, a mí no me queda del todo claro cuánta gente interpreta este hecho como un acto de accountability y cuánta lo ve como una forma de persecución. Si un mismo hecho se mira con lentes distintos —si se interpreta como persecución—, el poder ejemplificador va exactamente en la dirección contraria. Es decir, el mensaje que transmite es: "Acá no importa si alguien es buenísimo y hace todo correctamente, igual va a venir alguien desde arriba y lo va a meter preso". 

Y no me queda claro cuál de esas interpretaciones predomina. Tampoco tengo claro si, en general, no termina siendo algo que polariza aún más. Hay mucha gente que dice: "Esto es accountability", y otra que dice: "Esto es persecución". 

—En la charla TED "Herramientas para mejorar o empeorar la sociedad" proponés que las conductas no están escritas en piedra y todos las podemos cambiar. ¿Cómo lo pensás desde el caso argentino?

Las experiencias a las que uno está expuesto a lo largo de la vida terminan cambiando creencias bastante profundas. Así como digo que ver ejemplos de corrupción —ver que alguien se comporta de manera corrupta— puede, con el tiempo, modificar los valores de una persona respecto a la corrupción, lo mismo vale para el otro lado. Es decir, los buenos ejemplos también pueden generar efectos positivos. 

Los valores son maleables y pueden cambiar, incluso, en una sola generación, dependiendo de las experiencias que haya vivido esa persona o su familia. 

Hay algo que sí noto en Argentina, que creo que antes no era así, y es el cuidado del medio ambiente. Todo lo que tiene que ver con separar la basura y esos hábitos. De repente veo eso y me sorprende: la gente, al menos en ciertos entornos, lo toma bastante en serio. Y anteriormente no sucedía lo mismo. Y lo que me llama la atención es que no hubo ningún cambio institucional importante. No es que ahora alguien vaya preso si no separa la basura, ni tampoco hay sanciones duras. Y sin embargo, algo cambió.

—En abril de 2024 compartiste una encuesta de Poliarquía en la cual las universidades públicas aparecían, por lejos, como la institución con mayor confianza social. 'No entiendo la insistencia en elegirlos como enemigos', escribiste. ¿Cómo se explica esa decisión política de confrontar con una de las pocas instituciones que mantienen legitimidad pública y qué podría hacer el gobierno para mejorar su situación?

Fue un error del gobierno. No pensaron que iba a generar semejante reacción.  Con lo cual, sinceramente, el gobierno estaba equivocado en su percepción. Eso les pasa a muchos gobiernos: se encierran en un micromundo y asumen que todos piensan como ese entorno reducido. 

La verdad es que, por muchos motivos, la gente le tiene aprecio a la universidad pública. 

Sobre el sistema universitario argentino tengo un montón de críticas. Hay que reformarlo en serio. Pero no comparto las críticas que hace el gobierno. Para mí, la UBA —y las universidades públicas en general— deberían tener examen de ingreso y cupo. No tengo dudas de que tiene que ser asíPor muchos motivos: porque es más eficiente, porque es mejor para los estudiantes que ingresan, porque es mejor para el Estado, para las cuentas públicas. 

Tengo la impresión de que el gobierno no va por ahí. Que lo que plantea es algo más grande, más difuso. Tampoco me queda claro qué piensa realmente y qué parte del discurso está más bien orientada a movilizar a su base y a sostener una coherencia discursiva.

Ahora, tampoco me queda claro si internamente ellos realmente tienen identificado algún aspecto del sistema universitario que quisieran mejorar. Si ese fuera el caso, y quisieran de verdad hacer reformas, hay caminos posibles.

El problema es que el discurso tan polarizante —también en este tema— termina espantando a la gente más moderada, más dispuesta a conversar. Lo que termina pasando es que, incluso quienes tienen reparos con el funcionamiento de la UBA, por ejemplo, ante el nivel de ataque público del gobierno, reaccionan diciendo: "Pará. Me planto acá". Se corre todo el eje de la conversación.

Cuando lo que se percibe es un ataque por el ataque mismo, lo que se termina rompiendo son los puentes. Esos puentes de diálogo que a mí me encantaría que existan. 

El ataque vacío, sin propuesta concreta, lo que termina haciendo es romper incluso con esa parte del sistema que está dispuesta a debatir una reforma.

—En The Power of Example: Corruption Spurs Corruption documentás que, tras escándalos de corrupción política, aumentan comportamientos deshonestos entre estudiantes, como copiarse en los exámenes. ¿Podría ser esperable un efecto similar tras episodios como el caso $LIBRA en el que se investiga la posible participación de funcionarios en maniobras fraudulentas con criptoactivos?

—Sí, no puedo afirmar si tuvo un efecto o no. Creería que, en teoría, considerando lo que conozco de la literatura sobre este tema, la respuesta debería ser que sí. Seguramente pueda generar cambios en las percepciones, incluso en ciertos valores. Ahora, si efectivamente los generó, no lo sé. Pero tampoco vería motivo para pensar que no.

—En las conclusiones del paper Order Effects and Employment Decisions: Experimental Evidence from a Nationwide Program mencionás que incluso uno de los programas más exitosos, como el Governor's Teaching Fellowship en California, fue cancelado por sus costos, a pesar de haber aumentado significativamente la atracción de docentes talentosos a escuelas vulnerables. ¿Qué margen real tienen los países de América Latina para implementar políticas educativas ambiciosas si el criterio excluyente pareciera ser el bajo costo fiscal? ¿Cómo se sale de esa trampa sin caer en la frustración?

—No estoy seguro de que se pueda generalizar a toda América Latina. Depende del país y de la coyuntura. La forma que tengo de pensar las políticas —incluso aquellas que me gustan— es en términos de equilibrio general. Si una política mejora, por ejemplo, un determinado porcentaje del aprendizaje, pero tiene un costo fiscal tan alto que termina generando una crisis y, en dos años, deja a un país con estancamiento económico, no sé si fue exitosa.

Quiero decir: al final, decidir en qué se gasta implica también decidir qué no se va a hacer. Y eso hay que pensarlo en términos del todo.

En ese sentido, creo que es clave evaluar el impacto real de cada política y, sobre todo, cuán costo-efectiva es. Me parece válido decir: esta política no es costo-efectiva, la voy a reemplazar por otra. Porque si no, ese costo se paga de alguna manera. Las prioridades, claro, las define la sociedad con su voto: qué cosas le importan más o menos. Pero aún así, está bien tener criterios claros para saber bajo qué condiciones un gobierno decide sostener ciertos programas, y que esos criterios estén ligados a su costo-efectividad. Eso, creo, es algo sano, incluso para que los programas puedan sostenerse en el tiempo.

"Decidir en qué se gasta implica también decidir qué no se va a hacer. Y eso hay que pensarlo en términos del todo", sostiene Ajzenman. 

—¿Cuáles son los temas actuales y futuros de tu investigación? 

—Hay una parte en la que de hecho ya estoy trabajando, que es una continuación de esta agenda sobre democracia. La idea es intentar entender qué es lo que hace que la gente empiece a valorar ciertos rasgos o atributos en los líderes políticos que antes no buscaba. ¿Por qué, en algunos contextos, esos atributos autoritarios, que antes eran negativos, en la actualidad son apreciados?

Salgo un poco de Argentina y pongo otros ejemplos. ¿Por qué en algunos países se elige, mediante elecciones libres, a líderes con características claramente autoritarias? ¿Qué explica que sea valorado por una parte de la población? 

Un paper que estoy escribiendo intenta abordar justamente ese rompecabezas. Porque si a la gente le importa el rendimiento económico de los gobiernos —es decir, si valora que el sistema político "funcione bien"— y sabemos, por la evidencia, que en general los regímenes más democráticos tienen mejor performance, ¿por qué se cree que un régimen con ciertos rasgos autoritarios va a mejorar la vida cotidiana? No es obvio por qué hay gente que se inclina hacia opciones más antisistema. Y eso me intriga.

—¿Y en nuestra región, qué hipótesis tenés respecto de la elección de líderes con rasgos autoritarios?

—Sin focalizar necesariamente en Argentina, el hecho es que mucha gente depositó ciertas expectativas en los regímenes democráticos, y con el tiempo se sintió decepcionada. Esa decepción, claro, se da por motivos distintos en cada país.

En algunos países de América Central o el Caribe, por ejemplo, el nivel de inseguridad es o fue muy alto. Entonces, alguien puede pensar: "La democracia no me resolvió esto, vivo peor". En otros casos, como cuando se elige un gobierno democrático y el salario no crece o no mejora como se esperaba, la decepción es económica.

Creo que hay un desajuste —un mismatch— entre lo que prometía la democracia en su momento y lo que terminó ocurriendo. Y eso es relativamente reciente, porque América Latina es una región con mucha inestabilidad política histórica, con lo cual el período democrático sostenido es aún corto. Ahora, si esa decepción es "objetiva" o no, es discutible. Porque decepcionarse también tiene que ver con las expectativas previas. Pero lo cierto es que esa decepción está, y frente a ella muchas personas fantasean con que un régimen un poco más autoritario —que no conocen, porque es un contrafactual— podría haber funcionado mejor.

Ahí entran los trade-offs. Por ejemplo, ¿estaría alguien dispuesto a resignar libertades a cambio de un aumento en su salario? 

Mi hipótesis es que, en varios países, hay un optimismo excesivo respecto del contrafactual autoritario. Un optimismo infundado sobre algo que, por definición, no se puede observar. Pero que, justamente por eso, se vuelve terreno fértil para la proyección. Y esa, creo yo, es una de las claves para entender ciertas tendencias políticas actuales.

—El dirigente aceitero Daniel Yofra propuso llevar el salario mínimo a $ 2.100.000, en base a una canasta alimentaria ajustada por inflación. ¿Existe la posibilidad de volver a alinear el salario mínimo con el costo de vida sin desatar una espiral inflacionaria?

—Más que una espiral inflacionaria, el principal problema de fijar un salario mínimo demasiado alto es otro. El efecto que eso puede tener no es automático, depende mucho del contexto, pero puede llevar a más informalidad o incluso a más desempleo.

¿Por qué? Básicamente porque, si la productividad de un trabajador permite pagarle, supongamos, mil pesos, y por ley hay que pagarle mil quinientos, hay dos opciones: o no contratarlo, o contratarlo de manera informal y pagarle lo que su productividad permita. De nuevo, no siempre pasa eso. Depende del caso, del sector, de la estructura del mercado laboral. En algunos contextos, incluso, subir el salario mínimo puede incentivar la formalidad o hasta mejorar el empleo. Pero, en general, si el piso salarial se fija demasiado alto, el riesgo es que aumente la informalidad, porque muchas empresas no pueden pagar ese mínimo sin ajustar por otro lado.

Como línea general, cuantas más trabas se le pone a la contratación formal —ya sea por salario mínimo muy alto, por indemnizaciones rígidas, por cargas fiscales elevadas— más se desalienta la contratación. 

Hay que ser cuidadosos. No tengo una respuesta exacta sobre cuál debería ser el salario mínimo, tal vez el número que propone el dirigente aceitero tenga sentido. Lo que digo es que no siempre es inocuo aumentarlo. 

—Clarín publicó una nota titulada: "La Argentina partida: la mitad de la gente no llega a fin de mes, pero son récord los viajes al exterior". ¿Considerás que el modelo económico del gobierno está propiciando una Argentina dividida o desigual?

—Por lo que veo en los datos, particularmente en el "coeficiente de Gini" y otros indicadores, esa desigualdad no parece haberse incrementado de manera significativa, hasta ahora. Al menos no en términos estadísticos.

Ahora bien, si pensamos a futuro, podría pasar. Podría darse una dinámica en la que ciertos sectores —los que tienen ingresos dolarizados o vinculación con mercados externos— tengan patrones de consumo cada vez más alejados del resto. Mientras tanto, hay otros sectores a los que claramente les cuesta mucho más llegar a fin de mes o sostener un nivel de vida básico.

Entonces, sí, podría generarse un escenario en el que esa distancia se amplíe por una reconfiguración en los patrones de consumo, en el acceso a bienes y servicios, y en las oportunidades. Puede haber, también, un costo en términos de actividad económica más general, lo que terminaría afectando a los sectores más vulnerables.

Pero, repito, hasta ahora eso no se ve con claridad en indicadores como el Gini. Con lo cual, si eso va a cambiar o no, es difícil decirlo.  Seguí a El Economista en Google Agreganos a tus medios preferidos. + Agregar