El refugio del Diez

Maradona en La Pampa: los días en que volvió a ser el pibe de Fiorito antes de su último Mundial

En el libro "Maradona en La Pampa", Diego Dal Santo reconstruye con voces e imágenes los detalles de la pretemporada que le devolvió al mundo la versión más humana de Diego antes de Estados Unidos 1994
Maradona y Signorini en plena preparación física en La Pama, la imagen que sintetiza el espíritu del libro de Dal Santo
Diego Dal Santo 06-05-2026
Compartir

Hoy es 6 de mayo. Faltan 36 días para el 11 de junio. Para un desprevenido puede que así, descolgada, esa fecha no diga nada. Le agrego entonces un dato más para ayudarlo: faltan 36 días para el comienzo del Mundial de Fútbol.

En 1994, para el primer Mundial organizado por Estados Unidos, cuando aun restaba para su comienzo una cantidad de días similar, desde la organización se informó que se "habían agotado las entradas para nueve partidos: la final, el encuentro por el tercer y cuarto puesto, las semifinales y cinco partidos de la primera ronda: de esos partidos de primera ronda, estaban Argentina - Grecia y Argentina - Nigeria. Pero se aclaraba también que aún faltaban venderse 450.000 entradas y se habían reservado muy pocas habitaciones en hoteles".

Solo ese dato permite entender porqué se allanó el camino para que Diego Maradona jugara su cuarto torneo. Se quitaron los controles antidoping en ambos partidos por el repechaje entre Argentina y Australia, y recibió la visa para ingresar, temporalmente, al país del norte a disputar los partidos del torneo (en ese momento, no importó su antecedente por drogas).

Este será el segundo Mundial sin Diego (aunque Diego siempre está), y será el segundo también que se jugará en Estados Unidos. Esta vez compartido con México y Canadá, y no exclusivamente en su territorio.

De allí que sobrevuelan imágenes de aquel de 1994. Sobre su última función. El gol a Grecia; el "Diegoooo, Diegooo" de Caniggia; la "enfermera"; el "me cortaron las piernas". Pero, sobre todo, a la antesala silenciosa de esa despedida: su preparación en La Pampa.

De allí que si algo busca recordar el libro "Maradona en La Pampa" es que aquel Mundial no empezó en el Babson College ni en el Estadio Foxboro de Boston, ni en el Cotton Bowl de Dallas, ni siquiera en el laboratorio Paul Zibbern de la Universidad de California. Empezó en un campo en el centro del país. En mi querida provincia de La Pampa.

En aquel 1994, Maradona eligió frenar. Esconderse. Arriesgar. Intentarlo una vez más. Aquel viaje del 10 de abril no fue una escapada más. Fue una decisión existencial. Un retiro espiritual. "Lo único que queremos es tranquilidad... y tengo que bajar de peso, estoy 5 kilos arriba y voy a bajarlos con trabajo", dijo antes de partir. Quizás él no lo sabía (o quizás sí), pero no hablaba solo de lo físico. Hablaba de ordenarse. De volver a ser. En un fútbol que ya empezaba a acelerarse, Diego hizo lo contrario: se aisló para reconstruirse

El Marito, a 61 kilómetros de Santa Rosa, no ofrecía lujos ni tecnología. Ofrecía algo más difícil, algo que cualquier billetera no puede comprar: silencio. Y en ese silencio, Maradona volvió a escuchar su cuerpo. El monte de imponentes caldenes (es que La Pampa tiene el caldén, no el ombú, como dice el dicho popular), el cielo celeste, el canto de los pájaros y los atardeceres naranjas se aliaron para colaborar.

Corría hasta 16 kilómetros por día. Entrenaba con rutinas progresivas, controladas al detalle por Fernando Signorini. Alternaba trabajos aeróbicos, ejercicios de fuerza, sesiones de boxeo, gimnasio y natación. Pero el dato físico, aunque impactante, es apenas la superficie. Lo visible. 

Lo verdaderamente relevante es el contexto. Entrenaba con frío, con tierra, con viento. En terrenos irregulares. Transpiraba. Se afeitaba al sol, como en Fiorito. Se reía jugando al truco. Se caía en las rosetas. Se levantaba. Volvía a ser Diego; no Maradona.

Ese proceso no fue casual. Fue profundamente consciente. Había descartado centros de alto rendimiento y opciones más cómodas y cercanas porque necesitaba intimidad. "Había que descartar los lujos", recordó Signorini. No era un capricho: era una estrategia emocional, pero necesaria.

En La Pampa no había cámaras constantes, ni presiones mediáticas, ni tentaciones. Había rutina. Y en esa rutina, una forma de redención. Incluso la dieta -asados incluidos- no era estricta en términos modernos. Era funcional a algo más importante: que Diego estuviera "contento, feliz". Porque el objetivo no era solo llegar al Mundial. Era llegar siendo él.

Don Diego en "El Marito". La presencia de su padre fue clave para que Maradona se sintiera, en pleno campo pampeano, como en los días de su infancia. (Foto: El Gráfico)

Hoy, cuando el fútbol mide cada metro recorrido, cada pulsación o aceleración, cada carga de trabajo, aquella preparación parece rudimentaria. Pero en realidad fue sofisticada en otro plano: el humano.

No había máquinas modernas; solo un grupo de personas, mínimo. Cercano. Sincero. Amigo (¡cuántas diferencias al grupo que lo cercó y aisló en sus últimos días!).

Maradona entendió que su cuerpo necesitaba orden, pero su cabeza necesitaba paz. Y encontró ambas cosas lejos del ruido.

El nuevo Mundial en Estados Unidos ofrece otra escala, otra lógica, otro tiempo. Pero también deja una pregunta: ¿hay lugar hoy para una preparación como la de La Pampa?

¿Puede una figura mundial desaparecer una semana para reconstruirse desde lo esencial? Probablemente no. Y ahí es donde el contraste se vuelve inevitable.

El gimnasio en el que Maradona entrenó en La Pampa. (Foto: El Gráfico)

En 1994, Diego llegó al Mundial después de ese proceso. Lo hizo liviano, activo, competitivo. Lo hizo con una versión física y futbolística que sorprendió a todos. El mundo entero se sorprendió. Pero más allá de lo que pasó después -que ya pertenece a otra discusión-, lo cierto es que su último gran acto empezó mucho antes de pisar una cancha. Empezó cuando decidió correr en el campo. Cuando lo obligaron a volver a sus raíces, y aceptó con gusto. Cuando eligió el esfuerzo antes que la exposición. Cuando apostó por el silencio.

Este nuevo Mundial, sin Diego, vuelve a poner en escena su ausencia. Pero también rescata, indirectamente, su legado menos visible: el del trabajo, el esfuerzo, la humildad, su solidaridad y generosidad (no me quiero olvidar de los reclamos por la mejora de las condiciones de trabajo para sus pares a los popes de la FIFA).

Porque Maradona no fue solo el genio que aparecía los domingos. Fue también el hombre que, en una semana perdida del calendario, corrió en soledad para volver a ser digno de su propia historia. Que visitó escuelas perdidas en medio del monte pampeano. Que tuvo gestos hermosos con vecinos de una provincia que, no acostumbrada a los flashes, lo acogió con respeto y cariño. Y eso, en tiempos de sobreexposición, sigue siendo revolucionario.

Seguí a El Economista en Google Agreganos a tus medios preferidos. + Agregar