El trofeo de la Copa del Mundo es uno de los símbolos deportivos más reconocidos del planeta y, al mismo tiempo, uno de los objetos más codiciados del fútbol. Más que una pieza de oro, representa la máxima consagración deportiva, el cierre de un camino que millones de jugadores sueñan recorrer y que solo un grupo muy reducido de selecciones logra alcanzar. Su valor económico puede estimarse, pero su peso histórico y cultural lo convierte en un objeto prácticamente imposible de cuantificar.
El actual trofeo fue creado para el Mundial de Alemania Federal 1974, luego de que la FIFA decidiera reemplazar a la antigua Copa Jules Rimet, que había quedado definitivamente en manos de Brasil tras obtener su tercer título en México 1970.
La Jules Rimet, que había acompañado a los primeros mundiales desde 1930, tuvo una historia tan legendaria como accidentada: fue robada en Londres en 1966 y recuperada días después, pero volvió a desaparecer en 1983 tras otro robo en Brasil y nunca más fue hallada. Ese antecedente impulsó a la FIFA a buscar un nuevo diseño que simbolizara una nueva era del fútbol mundial.
Para elegir la nueva copa, la FIFA organizó un concurso internacional en 1972. El proyecto ganador fue el del escultor italiano Silvio Gazzaniga, quien trabajaba para el Establecimiento Artístico Bertoni, en Italia. Su propuesta mostraba a dos figuras humanas elevando el planeta Tierra, una imagen que sintetiza la universalidad del fútbol y la celebración colectiva de la victoria. El propio artista explicaría años más tarde que la forma esférica del mundo remite también a la pelota, el elemento central del juego.

La Copa del Mundo mide 36,8 centímetros de altura y pesa algo más de 6,1 kilos. Está fabricada en oro de 18 quilates y posee una base de malaquita verde que le da su aspecto distintivo. Aproximadamente el 75% de su peso corresponde al oro, aunque no es completamente maciza como suele creerse. En la base puede leerse la inscripción "FIFA World Cup", mientras que en los anillos inferiores se graban los nombres de los campeones. Según la capacidad actual, hay espacio para registrar a los ganadores hasta el Mundial de 2038, por lo que en el futuro la FIFA deberá decidir si modifica el diseño o amplía la base para seguir incorporando nuevos campeones.
El proceso de fabricación también forma parte de su mística. El molde original se conserva en el taller Bertoni, ubicado en Paderno Dugnano, en las afueras de Milán. Allí se producen las réplicas oficiales que reciben los campeones. El trabajo comienza con un molde en yeso y atraviesa distintas etapas químicas: baños de cera, inmersiones en ácidos, tratamientos de superficie y finalmente el baño de oro. El acabado final incluye un pulido artesanal que garantiza el brillo característico del trofeo. Cada pieza requiere un proceso minucioso que combina técnicas tradicionales de orfebrería con controles modernos de precisión.
A diferencia de lo que muchos creen, los campeones del mundo no se quedan con el trofeo original. Desde 1974, la FIFA conserva la copa auténtica y solo la entrega durante la ceremonia de premiación y en eventos oficiales bajo estrictas medidas de seguridad. Tras la restauración y actualización del protocolo realizada a mediados de los años 2000, el trofeo vuelve inmediatamente a manos del organismo una vez terminada la celebración. Los ganadores reciben en propiedad una réplica bañada en oro, idéntica en apariencia, que es la que luego se exhibe en museos o federaciones nacionales.

Si se calcula únicamente el valor del material -considerando el precio internacional del oro y el peso aproximado del metal utilizado-, el trofeo tendría un precio estimado que ronda entre US$ 200.000 y US$ 300.000. Sin embargo, esa cifra es apenas una referencia técnica. La Copa no está a la venta y su verdadero valor es simbólico: concentra décadas de historia, rivalidades, hazañas deportivas y recuerdos imborrables para millones de personas en todo el mundo.
Levantar la copa es un privilegio reservado exclusivamente para quienes ganan un Mundial. Desde 1974, los capitanes que protagonizaron ese momento forman parte de una galería histórica: Franz Beckenbahuer, de Alemania Federal, en 1974; Daniel Passarella, de Argentina en 1978; Dino Zoff, de Italia, en 1982; Diego Maradona, de Argentina, en 1986; Lothar Matthäus, de Alemania, en 1990; Dunga, de Brasil, en 1994; Didier Deschamps, de Francia, en 1998; Cafú, de Brasil, en 2002; Fabio Cannavaro, de Italia, en 2006; Iker Casillas, de España, en 2010; Philipp Lahm, de Alemania, en 2014, Hugo Lloris, de Francia, en 2018, y, más recientemente, Lionel Messi, quien la alzó tras la consagración de Argentina en Qatar 2022. Cada uno de ellos protagonizó el instante más icónico del fútbol moderno: alzar la Copa frente al mundo.
Más allá del oro, del diseño y de la artesanía, el trofeo representa algo más profundo: el sueño colectivo del deporte más popular del planeta. Cada cuatro años, decenas de selecciones y miles de futbolistas compiten con la ilusión de tocarla, aunque solo uno logra hacerlo. Por eso, aunque sea posible calcular cuánto cuesta el metal con el que fue fabricada, el verdadero valor de la Copa del Mundo es incalculable: condensa prestigio, memoria, gloria y emoción en una sola imagen que se repite generación tras generación.





