¿Qué hace un colectivo porteño cuando necesita cargar GNC y el surtidor está cerrado? La pregunta, que hasta hace poco parecía reservada a automovilistas particulares, volvió a instalarse en la agenda a partir de las recientes restricciones al expendio de gas natural comprimido en distintas estaciones del país. La combinación de bajas temperaturas, mayor consumo residencial y tensiones en el sistema de transporte de gas obligó a priorizar el abastecimiento domiciliario y de manera intermitente dejó a muchas bocas de expendio sin posibilidad de vender GNC.
Las demoras y filas de autos se repitieron en distintas ciudades, pero el impacto más sensible se dio en el transporte público. Un colectivo urbano no puede simplemente esperar: cada unidad recorre cientos de kilómetros por día, sostiene frecuencias estrictas y moviliza a millones de pasajeros en el Área Metropolitana de Buenos Aires. Una interrupción en el abastecimiento de combustible no es solo una demora operativa, sino un ajuste directo sobre el funcionamiento cotidiano de la ciudad.
En este escenario, el GNC ocupa un lugar particular dentro de la matriz energética del transporte. La ciudad de Buenos Aires viene impulsando un proceso gradual de incorporación de unidades a gas natural comprimido y, más recientemente, de colectivos eléctricos. La transición es visible pero todavía parcial: el diésel sigue siendo el combustible dominante, mientras los otros sistemas ganan espacio de forma progresiva.

Pero la carga de GNC para colectivos no ocurre en cualquier estación. Existe una red específica de estaciones habilitadas para transporte pesado bajo las normas técnicas del Ente Nacional Regulador del Gas (ENARGAS). Estas instalaciones están diseñadas para camiones y ómnibus, con playas de maniobra amplias, radios de giro adecuados y condiciones de seguridad que difieren de las estaciones tradicionales. La normativa contempla vehículos de hasta aproximadamente 15 metros de longitud para el transporte urbano, con variantes que pueden alcanzar mayores dimensiones en configuraciones específicas, aunque ya es común ver colectivos cargando GNC en estaciones de servicio comunes.
El desarrollo de esta red es uno de los cambios más relevantes del sistema energético reciente. A nivel nacional, se estima que existen alrededor de 297 estaciones habilitadas para abastecer transporte pesado, distribuidas en corredores estratégicos del país, mientras otras se encuentran en proceso de adecuación para alcanzar estándares de la misma normativa. En paralelo, el objetivo sectorial de mediano plazo apunta a consolidar una red mucho más amplia, cercana a las 450 estaciones destinadas a transporte pesado y de pasajeros, lo que permitiría una cobertura más estable para camiones y colectivos a GNC.
En la ciudad de Buenos Aires estas estaciones representan un conjunto reducido dentro del total de bocas de expendio de GNC. No todas están habilitadas para recibir colectivos: además de la infraestructura de carga, deben contar con accesos suficientes, superficies de maniobra amplias y condiciones operativas que permitan el ingreso y egreso de unidades de gran porte sin interferir con el resto de los usuarios. Por eso, cuando una de estas estaciones restringe el suministro, las opciones disponibles para el transporte público se reducen de manera significativa.
Durante los episodios recientes de restricción, esta dependencia quedó en evidencia. Y mientras los automovilistas podían reorganizar su carga o esperar la reapertura de estaciones cercanas, los colectivos debieron ajustar recorridos, redistribuir servicios o desplazarse hacia puntos específicos habilitados para transporte pesado. En algunos casos, esto implicó mayores tiempos operativos y una presión adicional sobre las líneas que continúan funcionando con gasoil.
La discusión sobre el abastecimiento incluso llegó al plano laboral. En el conurbano bonaerense volvió a plantearse el reclamo de que la carga de GNC por parte de los choferes sea considerada una "tarea de riesgo", una demanda que reaparece cada vez que las esperas se prolongan o cuando los conductores deben recorrer largas distancias para encontrar una estación habilitada.
A pesar de estas dificultades, la imagen de un colectivo cargando GNC sigue siendo llamativa en el paisaje urbano. En estaciones originalmente pensadas para autos particulares, la llegada de un ómnibus de más de doce metros modifica la dinámica habitual: maniobras lentas, espacios ajustados y la atención de quienes observan una escena poco frecuente. Es una postal que condensa la transición energética en curso, donde conviven distintos tipos de tecnología de transporte.
En definitiva, el abastecimiento de GNC para colectivos no es solo una cuestión técnica, sino un engranaje central del funcionamiento urbano. Garantizar que estas unidades puedan cargar combustible de manera estable implica sostener la continuidad de un servicio que organiza la vida diaria de millones de personas. En esa cadena invisible, cada estación habilitada y cada carga efectiva permiten que la ciudad siga en movimiento, incluso cuando el sistema energético enfrenta tensiones y ajustes.