El Gobierno anunció la eliminación de las retenciones a las exportaciones de granos hasta el 31 de octubre.
La medida busca acelerar la liquidación de cosechas y generar un ingreso extraordinario de dólares que alivie la presión sobre el tipo de cambio, al tiempo que intenta mejorar expectativas en el agro y dar una señal política en pleno clima electoral.
Sin embargo, lo llamativo es que esta decisión convive con una paradoja histórica: en el mapa de las políticas agrícolas globales, Argentina aparece como una rareza. Mientras los principales países agroexportadores promueven la producción para ganar escala y mercados, aquí las retenciones se convirtieron en una herramienta estructural y permanente de recaudación, más que en una respuesta de emergencia o contracíclica.
El impacto es directo: el productor no recibe el precio internacional pleno, sino uno reducido artificialmente por intervención estatal. El resultado es predecible: desaliento a la inversión, caída de competitividad y menor dinamismo, sobre todo en regiones alejadas de los puertos o con menores márgenes.
En el caso de la soja —ícono del modelo exportador argentino— las alícuotas alcanzaron el 35%. También se aplicaron en trigo, maíz y carne, con el argumento de "desacoplar" precios internos. Sin embargo, la evidencia empírica muestra resultados adversos: menor área sembrada, pérdida de calidad exportadora y retroceso en participación de mercados.
El contraste más elocuente es Brasil. En las últimas tres décadas, sin aplicar retenciones, llevó adelante una transformación estructural de su agro. El boom productivo no fue solo una cuestión de soja: fue una política de Estado que articuló ciencia, infraestructura y financiamiento para integrar regiones históricamente marginales, como el Cerrado, al circuito agroexportador.
El corazón de esta transformación fue Embrapa, la empresa pública de investigación agropecuaria, que adaptó cultivos a climas tropicales, desarrolló biotecnología propia y capacitó a miles de técnicos.
Pero el efecto más potente fue territorial: la expansión del agro impulsó la creación de polos industriales ligados a maquinaria, fertilizantes, genética animal y logística, muchos de ellos en ciudades medias del interior brasileño. Mato Grosso, Goiás o Bahía pasaron de ser periferias subdesarrolladas a centros dinámicos de exportación e inversión.
Hoy Brasil lidera las exportaciones mundiales de soja, carne vacuna y pollo. Y no solo exporta granos: exporta maquinaria, servicios, tecnología y know-how agroindustrial. La política fue clara: fomentar la producción, no castigarla.
En cambio, en Argentina, las retenciones actúan como un castigo al que produce más, y como un desincentivo a la sofisticación productiva. Mientras países como Rusia, Indonesia o India las usan en contextos puntuales —inflación alimentaria o crisis externas—, Argentina es el único que las aplica como norma y no como excepción.
Volver a crecer requiere alinear los incentivos con la inversión y el valor agregado. La eliminación temporal de retenciones puede dar aire coyuntural, pero no resuelve la contradicción de fondo: gravar lo que uno quiere que crezca es una contradicción en términos. Y de esas, la Argentina ya tiene demasiadas.