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¿El miedo a dañar a nuestros hijos nos está desdibujando como padres?

Entre la crianza respetuosa y la tradicional, los mandatos, el deseo y el ideal de hijo tensionan, y muchas veces tambalean la responsabilidad de criar hoy.

¿El miedo a dañar a nuestros hijos nos está desdibujando como padres?

Hoy, muchos padres, sobre todo aquellos que nos animamos a revisarnos, podemos reconocer algo en común: venimos de una crianza organizada alrededor de un eje claro. Nuestros padres ocupaban el lugar de la autoridad. Nosotros, el de hijos que debían adaptarse a ese orden sin demasiado margen para cuestionarlo.

Ahora bien, cabe preguntarnos.

¿En qué lugar quedaban la libre expresión, la construcción de ideas propias, la posibilidad de poner en palabras lo que sentíamos o de interrogar aquello que era vivido como tabú? ¿Cuánto espacio había para el deseo, para la conexión con uno mismo y para el registro emocional?



En muchos casos, las emociones no encontraban lugar para desplegarse. Incluso, eran silenciadas, minimizadas o directamente desautorizadas. Y cuando lo emocional no se nombra ni se tramita, no desaparece: se desconecta. Así, se fue configurando una subjetividad más orientada a la adaptación que al autoconocimiento.

El resultado fue, en múltiples ocasiones, niños regidos por la obediencia, con un respeto entendido como sumisión y una estructura familiar sostenida en jerarquías claras. Un padre proveedor, distante de la vida emocional cotidiana; una madre atravesada por la sobrecarga, entre las tareas domésticas, la crianza y las demandas del día a día. Y en ese escenario, el juego compartido, la conversación emocional o la escucha profunda quedaban en segundo plano.

Pero entonces, la pregunta se vuelve inevitable.



¿Qué hicimos con esa herencia? ¿Cómo se inscribe hoy en el vínculo con nuestros propios padres? ¿Y de qué manera, consciente o inconscientemente, se filtra en la forma en que criamos a nuestros hijos?

Porque criar no empieza con un hijo: empieza mucho antes en la historia que traemos. Y es desde ahí, desde lo que pudimos elaborar y también desde lo que no, que hoy intentamos construir algo distinto.

Quizá debamos frenar y repensarnos como padres.



Resulta necesario, y también valioso, poder preguntarnos si estamos realmente frente a un modelo mejor que el anterior, o si en realidad asistimos a un cambio de sensibilidad que nos obliga a revisar qué significa criar hoy.

La crianza respetuosa bien entendida introduce un giro fundamental: ya no se trata solo de que el niño aprenda a comportarse según un ideal —muchas veces no cuestionado en nuestra propia infancia—, sino de acompañarlo en la construcción de su mundo interno. En esa subjetividad que le permitirá, más adelante, leer el mundo, posicionarse y construir su propia vida.

Es ahí donde aparece la validación emocional, la escucha, la empatía, el mirar a los ojos. El agacharnos para estar a su altura y tomar contacto físico con ellos. El intentar dejar de gritar cuando ellos gritan para no tapar con más intensidad esa voz desbordada, lábil, insegura e infantil.



Ahora bien, este movimiento, que sin dudas es necesario y valioso, también trae consigo ciertas confusiones.

Y entonces surgen más interrogantes que incomodan, pero que necesitamos hacernos.

¿Validar es lo mismo que permitir?



¿Escuchar implica renunciar a la autoridad?

¿Poner límites es necesariamente autoritario?

Muchos padres hoy se debaten en ese punto. Entre el deseo de hacerlo distinto... y el miedo a equivocarse.



familia
 

Quizá, entonces, la discusión no sea entre respeto y autoridad, sino en cómo redefinimos la autoridad.

Porque los niños, además de necesitar amor, que es condición, precisan también algo más: guía, modelos, bordes. Necesitan adultos que estén, pero también que puedan sostener decisiones, incluso cuando esas decisiones generan frustración, enojo o malestar en nuestros hijos.



Y aparece otra pregunta, más incómoda aún.

¿Los padres de hoy le tememos a que nuestros hijos nos odien?

Un límite no es una forma de violencia. Es, en muchos sentidos, una forma de orden psíquico. Es enseñar a habitar la realidad. Es introducir al niño en una lógica donde no todo es posible, no todo sucede cuando uno quiere y no todo está bajo control.



Y eso —aunque incomode— también es parte del crecimiento emocional.

Entonces, ¿qué diferencia realmente a estos modelos?

La crianza tradicional tendía a priorizar la norma, el deber, por sobre la subjetividad del niño. Importaba, y mucho, el qué dirán, el cómo ser vistos y el cumplimiento de ciertas formas esperadas.



En cambio, la crianza respetuosa intenta integrar ambas dimensiones: le devuelve al niño su condición de sujeto, de ser humano con derechos y con deseos, sin perder la función organizadora del adulto.

Ahora bien, en la práctica cotidiana, ¿todos podemos realmente sostener esta posición?

Muchos padres quedan atrapados en una tensión silenciosa. Entre el miedo a repetir modelos rígidos del pasado, a transmitir traumas a través de patrones que no logramos cortar. En ese intento de hacerlo distinto, a veces terminamos corriéndonos demasiado de nuestro lugar de responsabilidad como adultos.



Entonces invito a cuestionarnos: ¿los padres estamos un poco perdidos?

Entre el exceso de información, las redes, los discursos sobre cómo criar, ¿estamos criando hijos o intentando reparar nuestra propia historia a través de ellos?



Desde una mirada psicoanalítica, criar nunca es un acto neutral. Criamos con lo que sabemos, pero también con lo que no pudimos elaborar. Criamos con nuestras marcas, nuestras faltas, nuestros ideales y también con nuestros duelos no procesados.

Por eso, el verdadero desafío hoy no es adherir a un modelo correcto o incorrecto, como si tuviéramos que elegir de qué lado estar, sino poder interrogarnos como adultos.


  • ¿Qué nos pasa cuando nuestros hijos se frustran?
  • ¿Qué nos pasa cuando se angustian?
  • ¿Qué nos genera su enojo, su demanda, su dependencia —tan propia de la infancia—?

Y, sobre todo, preguntarnos: ¿desde dónde ponemos los límites, si desde la calma o desde nuestra propia desregulación?

Hay un aspecto que me interesa subrayar: la crianza respetuosa no es una técnica, es una posición subjetiva. Implica revisarse, tolerar la incomodidad, sostener contradicciones. Porque criar no es evitar el conflicto, sino poder atravesarlo sin romper el vínculo con nuestros hijos.

También es importante decirlo con claridad: no existe la crianza perfecta. No existe el hijo ideal. No existe la madre o el padre que logre siempre lo que se propone. Criar implica atravesar crisis, momentos de duda, de cansancio, incluso de desconexión, con nuestros hijos y con nosotros mismos. Y eso no es un error del sistema: es parte del proceso.



Sin embargo, hay algo que sí es indiscutible: la responsabilidad. Porque la infancia no es una etapa más, es el momento en el que se construyen las bases psíquicas que acompañarán a ese niño el resto de su vida.

La forma en que un niño es mirado, escuchado, limitado y sostenido deja huellas.

Huellas que construyen y huellas que también pueden dañar.



Y esas huellas no son menores.

Entonces, la invitación final es a reflexionar.



¿Qué lugar estoy dispuesto a ocupar como adulto en la vida de mi hijo?

¿Uno que ordena desde el miedo o uno que sostiene desde el vínculo? ¿Uno que evita el conflicto o uno que se implica en él?



Criar no es automático. Tampoco es intuitivo en el sentido romántico del término, requiere reflexión, información, intercambio con otros y, muchas veces, la posibilidad de pedir ayuda.

Porque, en definitiva, no se trata de criar hijos que obedezcan, ni hijos que hagan lo que quieran.

Se trata de criar sujetos. Sujetos con derechos, con deseo, con la posibilidad de pensarse a sí mismos y de interrogar el mundo que los rodea.



Y eso —aunque a veces lo olvidemos— no es algo que pueda hacerse sin pensar.

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