Ciudad de Buenos Aires
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El barrio donde el 13% tiene más de 80 años...y el que queda al lado, donde casi nadie lo logra

En Buenos Aires, cruzar una calle puede significar ganar -o perder- años de vida. Una nota que revela cómo la desigualdad también se mide en relojes biológicos.

9 noviembre de 2025

La desigualdad económica ya no solo separa modos de vida: también separa la cantidad de vida.

Vivir más —y mejor— se volvió un privilegio que se compra, directa o indirectamente, con recursos.

El dinero paga médicos, barrios más seguros, aire limpio, alimentos saludables y tiempo libre. Pero también compra algo más intangible: la posibilidad de envejecer sin miedo.



Así lo sostiene un nuevo texto de Gabriela Cerruti, la ex portavos del Gobierno de los Fernández, publicado en Infobae, que traza un mapa preciso de cómo Buenos Aires envejece a distintas velocidades. En Recoleta, dice, hay cuadras con cinco centenarios. En el barrio Mugica (Villa 31), a pocos metros, casi no hay mayores de 80.

El mapa invisible del envejecimiento

Recoleta, con sus cafés de mozos que conocen los nombres de los clientes y sus árboles centenarios, podría ser una postal europea.

En todo ese barrio hay 140 personas que tienen entre 98 y 110 años y en la cuadra delimitada por Alvear, Callao, Ayacucho y Posadas viven cinco centenarios: la mayor concentración de toda la ciudad.



En la manaza del icónico La Biela, que recibe a clientes y turistas con las estatuas de Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares, el 13,87% de los vecinos tiene más de 80 años.

En la manaza de La Biela, 13,87% de los vecinos tiene más de 80 años.
En la manaza de La Biela, 13,87% de los vecinos tiene más de 80 años.

A solo unas cuadras, cruzando las vías, empieza otro país: calles sin veredas planas, aire más denso, menos años por delante.



No hace falta irse al interior profundo para ver la desigualdad: la frontera está en el propio centro porteño.

Como dice un amigo mío: "En Argentina, a veces dos minutos es un montón. Salguero y Figuero Alcorta queda a 1 minuto de la 31".

Las cifras lo confirman. Según la OMS, solo el 20% de nuestra salud depende del ADN; el resto se define fuera del cuerpo: en la vivienda, la comida, el trabajo y los vínculos.



Es decir, la pobreza también acorta la vida.

Y la riqueza, en cambio, la estira.

Nacer en un barrio o en otro

El Indec estima que hay más de cinco años de diferencia en la esperanza de vida entre quienes nacen en la Ciudad de Buenos Aires y quienes lo hacen en el norte del país.



Pero incluso dentro de la ciudad, las diferencias son brutales.

"En Recoleta, las mujeres viven en promedio 82 años; en Formosa o Chaco, poco más de 70. La desigualdad no está solo en los ingresos, sino en el aire, el agua, las veredas, el transporte y la posibilidad de acceder a un médico antes de que la enfermedad avance", dice Cerruti.

No es solo una cuestión de genética o suerte.



Es acceso, entorno, prevención.

Y, por supuesto, dinero.

El tiempo como nuevo símbolo de clase

La CEPAL estima que la brecha de esperanza de vida entre los sectores más ricos y los más pobres de América Latina supera los 12 años.



El divulgador Santiago Bilinkis lo resume sin metáforas: "La muerte se está volviendo una cuestión de clase".

El tiempo, en ese sentido, se convierte en un nuevo indicador de poder.

El epidemiólogo británico Michael Marmot lo comprobó empíricamente: por cada peldaño que se sube en la escala social, se ganan dos años de vida saludable.



Vivir más no es solo una consecuencia del progreso. Es una expresión de desigualdad estructural.

El futuro también será desigual

Mientras las élites globales ensayan terapias génicas y píldoras antienvejecimiento, en los hospitales públicos del conurbano faltan remedios para la presión.

El filósofo Thomas Piketty y la ensayista Évelyne Pieiller, dice Cerruti en Infobae, ya lo advirtieron: la desigualdad tecnológica puede ser tan grave como la económica.



La inmortalidad, decía Pieiller, podría ser "el privilegio más obsceno del capitalismo".

El futuro, si nada cambia, no será más largo para todos: será más largo para los que puedan pagarlo.

Si el tiempo se convierte en un bien escaso reservado para los que más tienen, la desigualdad dejará de medirse en ingresos.



Se medirá en relojes biológicos.

Más allá de la cuestión monetaria, hay hábitos 



Democratizar el tiempo

La ONU propone pensar las ciudades desde la vejez: veredas seguras, plazas accesibles, transporte público diseñado para todos.

El BID calcula que para 2050 uno de cada cuatro latinoamericanos tendrá más de 60 años, pero la mayoría lo hará sin cobertura médica ni seguridad económica.



No se trata solo de agregar años a la vida, sino de agregar vida a los años.

Más allá de la cuestión monetaria, hay algo que también explica las diferencias en la longevidad y no cuesta dinero: los hábitos, las conductas y los vínculos cotidianos. Caminar, mantener una red social activa, compartir comidas, dormir bien, reírse, cuidar el cuerpo y la mente son prácticas que estiran la vida tanto como una buena obra social. Al final, como escribió Cerruti, "tal vez no nos falte colágeno, sino sobremesa".

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