"El algoritmo" se volvió la excusa universal para todos los males del planeta: ¿pero qué es, técnicamente, un algoritmo?
"El algoritmo" se volvió la excusa universal. Le echamos la culpa de la polarización política, de la adicción al teléfono, de la furia en las redes y hasta del video de Messi que nos aparece a las tres de la mañana.
Se lo suele tratar como si fuera una entidad oculta, un titiritero invisible. Pero para entender su impacto real, conviene desarmar la fantasía y volver a lo básico: ¿qué es, técnicamente, un algoritmo?
Lógica pura: Cero ambigüedad
En informática, un algoritmo no es más que una secuencia finita, ordenada y precisa de instrucciones para resolver un problema o ejecutar una tarea. Para cumplir su función, tiene tres reglas duras:
- Ser preciso: Sin admitir dobles interpretaciones.
- Ser determinado: Produciendo siempre la misma salida ante la misma entrada.
- Ser finito: Con un principio y un final, sin quedarse corriendo en un bucle eterno.
La diferencia entre cómo nos comunicamos las personas y cómo procesa una máquina se entiende fácil con la cocina. Una instrucción humana es ambigua por naturaleza: "Ponga una pizca de sal, bata los huevos un rato y hornee a fuego medio hasta que esté listo".
Una persona entiende el contexto. Una computadora no tiene forma de procesarlo: ¿cuánto es una "pizca"?, ¿cuántos segundos son "un rato"?, ¿qué temperatura exacta implica "fuego medio"?
Una instrucción algorítmica, en cambio, es inequívoca:
- Tome 2 huevos.
- Agregue 5 gramos de sal.
- Bata a velocidad constante durante 180 segundos.
- Caliente el horno a 180°C.
- Hornee durante exactamente 30 minutos.
Las computadoras son veloces, pero estrictamente literales: no tienen sentido común, intuición ni contexto. Solo ejecutan órdenes, paso a paso.
El verdadero truco: La orden del programador
Si un algoritmo es solo una receta ciega, lo que lo convierte en herramienta de manipulación no es el código: es la orden exacta que le dieron sus programadores.
Las plataformas no programaron sus sistemas para "hacer feliz al usuario" ni para "informar a la sociedad". Le asignaron un objetivo matemático cuantificable: maximizar el tiempo de permanencia y la interacción.
El programa no entiende qué es el odio, la política o la empatía; mide variables. Y tras procesar miles de millones de datos, el sistema quedó optimizado para los estímulos psicológicos que generan respuestas inmediatas en las personas: el programador define la orden, el algoritmo explota el sesgo, el usuario reacciona.
Los tres botones que presiona el código
El código condiciona la conducta aprovechando tres mecanismos humanos:
- La regla del conflicto: Reaccionamos más rápido ante la indignación o la amenaza que ante la calma. Si una publicación genera peleas y cientos de comentarios, el sistema la distribuirá masivamente porque cumple su meta de generar actividad.
- La recompensa variable: El cerebro libera dopamina ante lo impredecible. Por eso las notificaciones no llegan de golpe, sino dosificadas para generar expectativa.
- La cámara de eco: Para evitar que salgamos de la aplicación, el sistema nos muestra contenido que confirma lo que pensamos y filtra lo que nos discute.
Matemática sin moral
El código no tiene intenciones. No hay una persona en una oficina decidiendo promover el conflicto. El mecanismo es más simple y frío: matemática optimizando una métrica. Si hacer que alguien discuta con un desconocido lo mantiene diez minutos más conectado, el sistema lo hace: no es maldad, es eficiencia.
Suele aplicarse en informática el principio "Trash in, trash out" (si entra basura, sale basura). Con los feeds digitales pasa lo mismo: el sistema no registra lo que decimos que nos gusta, sino lo que hacemos.
Quedarse tres minutos leyendo comentarios en una discusión es, para el código, un dato inequívoco: "A este usuario le interesa este contenido, enviarle más". Si querés que el sistema te muestre otra cosa —lo que sea que te importe a vos—, tenés que premiarla con el mismo tiempo de lectura e interacción directa que le das a la pelea.
El único eslabón que depende de vos
Se suele tratar al "algoritmo" como un fenómeno meteorológico frente al cual no hay nada que hacer. La cadena, en cambio, tiene tres partes:
- Los creadores que fijan las reglas comerciales.
- El código que las ejecuta al pie de la letra.
- Las personas que lo alimentamos a diario con nuestra atención.
Ese tercer eslabón es el único que depende de nosotros. Cada minuto que le dedicamos a una pelea es un dato que le enseña al sistema a mostrarnos más peleas; cada minuto que le dedicamos a lo que en serio nos importa es un dato que le enseña a mostrarnos eso.
Te guste o no, al algoritmo lo entrenás vos. Así que dejá de quejarte. Actuá. Seguí a El Economista en Google Agreganos a tus medios preferidos. + Agregar