Como la política, pero en el cine: por qué la temporada de premios importa para la industria
A río revuelto... como enuncia el refrán, la industria del cine está atravesando una época de cambios donde parece reinar la confusión. La temporada de premios, que acaba de comenzar y va a culminar en marzo con la entrega del Oscar, puede parecer una frivolidad que solo interesa a los más cinéfilos. Pero una mirada más profunda nos permitiría comprender qué dirección va a tomar Hollywood a futuro.
¿Cómo se relaciona el Oscar con la industria del cine, en general, después de un año bastante tumultuoso?
- La respuesta nos puede dar panorama certero sobre los posibles pescadores que hayan ganado después de la tormenta.
Los Oscar que tienen la mayor cantidad de votantes de cualquier ceremonia, no solo de cine. Por lo menos en apariencia, son los premios más democráticos que existen. Pero no sabemos cuántos de los más de 9000 miembros alrededor de todo el mundo efectivamente votan año tras año.
Algo todavía más importante a tener en cuenta: ninguno de los votantes está obligado a ver ninguna película. Pueden votar las que quieran.
¿Por qué es importante ese dato? Porque, asumiendo que la votación se lleve a cabo con legitimidad, los votantes del Oscar votan las películas que vieron y les gustaron. Esto es crucial para entender cómo y por qué votan lo que votan.
Wicked, la favorita si Hollywood quiere volver a los años de oro
Aunque todavía las nominaciones al Oscar todavía no fueron anunciadas (eso ocurrirá en enero 2025), se podría argumentar que una película lleva la delantera. Wicked parece tener los condimentos necesarios para ganar. Si resultase ganadora, confirmaría una tendencia que se dio en los últimos años: Hollywood quiere volver a los años de gloria en donde las ganadoras del Oscar eran películas taquilleras que arrasaban con todas las categorías del premio. Algo que casi no sucedió en las últimas décadas.
Oppenheimer y Todo en Todas Partes al Mismo Tiempo fueron películas que gozaron de la opinión favorable por parte del público, de la crítica y además tuvieron muy buen desempeño en salas de cine. En consecuencia, la industria les dio 7 estatuillas a cada una, como si el cine hubiera vuelto a esa época donde El Último Emperador, Danza con Lobos o Titanic arrasaban con los premios.
Pero Wicked enfrenta grandes desventajas, incluso si se coronara vencedora en marzo. Es una adaptación de un musical de Broadway y dura casi tres horas, pero cuenta la mitad de la historia. En más de 90 años de historia, solo dos secuelas ganaron el Oscar: El Padrino: Parte 2 y El Señor de los Anillos: El Retorno del Rey. Nunca ganó una precuela.
Wicked tiene otro problema. Es un éxito de taquilla en Estados Unidos, donde consiguió casi el 70% de su recaudación mundial (más de US$ 525 millones). En otras regiones, como Argentina, pasó desapercibida por cines o directamente fue un fracaso. En otras palabras, Wicked es un fenómeno local, no internacional.
Esto afecta la tendencia del Oscar que comenzó a posicionarse como un premio internacional desde 2018. La institución intuye, no sin razón, que nuclea a todo el mundo del cine. Nadie ve, por ejemplo, los premios César de Francia en otros países, como tampoco se ven los premios del cine argentino en todo el mundo. Pero los Oscar sí son globales. Premiar a Wicked podría significar distanciarse de esa audiencia internacional que ignoró la película cuando pasó por salas.
Wicked tiene varias cartas a su favor, y algunas de las más importantes. En general, gusta mucho. Tiene 8.0 de promedio en IMDb y 4/5 en Letterboxd. Algunos observarán que la película suele ser atacada en redes sociales y ámbitos más cinéfilos, por la dirección de fotografía. Pero hay una realidad: el público cinéfilo no mueve tanto el amperímetro. Al público general no le importa si la dirección de fotografía de Wicked es mejor o peor que la de Deadpool & Wolverine. La composición de las imágenes, el color y la iluminación son cuestiones que parecen ser muy secundarias para el gran público.
Hay una nominación que, si Wicked la consigue en enero, podría dar casi por terminado un partido que todavía comenzó: mejor guión adaptado. Solo un musical en la historia tuvo esa nominación. Fue Chicago, la película con Catherine Zeta-Jones estuvo nominada en esa categoría y se llevó 6 estatuillas, incluyendo mejor película. Wicked podría tener un resultado casi idéntico si consigue ser mencionada entre los mejores guiones del año.
¿Cómo se explica la pasión que genera Wicked, quizás ajena al público argentino? Damián Mahler, el director de Back To The Orchestra, explica el fenómeno: "Lo que en la película sucede en 2 h 40 m, en el musical de Broadway sucede en 90 minutos. No condensaron ni quitaron cosas, que hubiera sido un sacrilegio, para contar todo en una película de 2 horas. El dúo protagónico entre Cynthia Erivo y Ariana Grande funciona muy bien. Todos los agregados y diferencias entre el musical de Broadway y la película para mí son hallazgos, es una muy buena manera de adaptar al cine la obra de teatro. Y esta es una precuela de El Mago de Oz, una historia que también es muy popular en ese país".
Mahler también explica la pasión que genera Wicked, entre quienes vieron la obra y la película: "La película me encantó. En Estados Unidos, Wicked es una obra musical mega, archi, recontra popular. Se hacen funciones desde hace 21 años. Teatros como el Gershwin, que tiene más de 1.700 localidades, se llenan. La película prueba que si hay algo que saben hacer en Hollywood son shows: Wicked un musical donde te reís, llorás, la poducción es alucinante y hay canciones increíbles".
Que Hollywood quiera ser grande de nuevo le conviene a Universal, el estudio detrás de la adaptación cinematográfica de Wicked. Universal ganó el año pasado con Oppenheimer. Si Wicked gana, no solo obtendrá prestigio: conseguirá la posibilidad de transformar a la secuela en un suceso todavía más grande y taquillero.
Emilia Pérez, Netflix y el divorcio con la opinión pública
Desde 2018, Netflix está invirtiendo millones para ganar el Oscar más importante. Cuando se estrenó Roma, le película mexicana en blanco y negro, el servicio de streaming gastó en publicidad más del doble de lo que costó filmarla. El objetivo era hacer lobby para convencer a los votantes de que Roma era la mejor película del año. No lo consiguió: al final ganó Green Book, respaldada a último momento por Steven Spielberg.
Pese a la derrota, Netflix no abandonó la competencia. Año tras año, destina parte de sus recursos para que alguna de sus películas gane el premio. El Oscar no es tan distinto de cualquier campaña política, en varios sentidos.
Este año, la elegida para competir es Emilia Pérez, una película francesa ambientada en México sobre un narcotraficante transexual. Toda esta historia, cuya sinopsis parece como si fuera un megazord de ideas progres, está narrada como un musical queer. Decir que es una película divisiva es poco.
Es probable que Emilia Pérez tenga muchas nominaciones y, quizás, gane algunos premios.. Si consigue la nominación como mejor película, tendrá el dudoso honor de quedar entre las peores calificadas de la historia del Oscar en IMDb o Letterboxd. En ninguno de esos sitios tiene un gran puntaje: 6.8/10 en el primero, 3.1/5 en el segundo. Tampoco goza del presitigio crítico. En Metacritic tiene 71/100 de promedio. Ni siquiera figura entre las 100 mejores películas criticadas del año.
Para empeorar las cosas, difícilmente Emilia Pérez se convierta en una película popular porque no pasó por salas de cine. Netflix viene de una racha de películas que, por distintas razones, no entusiasmaron al público ni a la crítica. Mank, No Mires arriba, El Poder del Perro y Maestro consiguieron nominaciones y algunos premios, pero (salvo película protagonizada por Leonardo DiCaprio) ni siquiera fueron populares en la plataforma de streaming.
Si Emilia Pérez gana, causaría una grieta enorme entre la industria y el público. En especial, con el público mexicano y latinoamericano, que usa redes sociales como X para expresar el descontento contra la película. Aunque artistas como Denis Villeneuve, Greta Gerwig y John Waters expresaron elogios para Emilia Pérez, están en la minoria. Pero, probablemente, sean parte de la única minoría que importa para ganar el Oscar: la que puede votar.
Anora y El Brutalista, el desafío del cine independiente
Hay dos películas que parecen tener más posibilidades que el resto para competir seriamente por el Oscar. Una es Anora: la comedia dramática sobre una prostituta que se enamora de un joven ruso millonario. Dirigida por Sean Baker, el realizador de Proyecto Florida y Red Rocket, goza de buenos promedios entre el público (8.1 en IMDb, 4.2/5 en Letterboxd) y la crítica (91/100 en Metacritic). Pero, más allá de los buenos puntajes, enfrenta desafíos muy grandes para ganar el premio de Hollywood.
El primero tiene que ver con el propio director. En 2020, algunos usuarios descubrieron que Baker likeaba tweets de políticos e influencers de derecha. Hollywood es una industria liberal que mira con atención qué artistas se pronuncian a favor de los candidatos demócratas y, más importante, en contra de Donald Trump. ¿Querrán en Hollywood premiar a un cineasta que guardó silencio durante las elecciones y, algo peor para el ala liberal californiana, le daba "me gusta" a los discursos de políticos de derecha?
El otro problema que enfrenta Anora es la recaudación. La película fue muy exitosa: juntó más de US$ 30 millones contra un presupuesto de US$ 6 millones. Pero ese número es muy bajo para el Oscar: si gana, va a ser una de las menos taquilleras de las últimas décadas, como CODA, Luz de luna o Nomadland. En criollo: películas que no vio (casi) nadie.
¿Querrán en Hollywood volver a premiar títulos que no convocan a las masas al cine y apenas ganan dos o tres estatuillas? Premiar a Anora sería posicionarse en la vereda de enfrente de películas como Danza con Lobos, El Padrino, Oppenheimer, Lawrence de Arabia, Amor sin barreras o Lo que el Viento se Llevó, que ganaron y llenaron las salas. Si Hollywood quiere volver a sus días de gloria es probable que corone con el oro a Wicked, no a una producción independiente que no es popular.
Algo similar ocurre con El Brutalista. Es una película que, en apariencia, reúne los requisitos de prestigio para ganar. Dura un poco más de 3 h 30 m (contando un intervalo de 15 minutos, como hace más de 3 décadas no había en el cine). Es un drama sobre un arquitecto que migra hacia los Estados Unidos en busca del sueño americano. Está protagonizada por Adrien Brody y, hasta ahora, cosechó elogios que la comparan con El Padrino y Petróleo Sangriento.
El problema, aún más acentuado que en el caso de Anora, es que la vieron muy pocas personas. El Brutalista es el caballito de batalla de A24, la distribuidora de cine independiente que no para de crecer y ganó el Oscar con Todo en Todas Partes el Mismo Tiempo. Eligieron una estrategia bastante arriesgada: estrenaron la película en el festival de Venecia y, desde entonces, hicieron muy pocas funciones para alimentar el boca a boca. El estreno en Estados Unidos es limitado: es decir, en pocas salas a fines de diciembre. En casi todo el mundo se va a estrenar entre enero y marzo. Es decir: poco antes de la ceremonia del Oscar.
La estrategia no es novedosa: Hitchcock decía que sus películas, en la década de 1960, no ganaban el Oscar porque se estrenaban en la primera mitad del año. Era una ironía, pero con su cuota de verdad: los estudios descubrieron que las películas que se estrenaban a último momento, en diciembre, generaban más entusiasmo para la temporada de premios que aquellas que habían pasado por salas en el primer semestre de cada año. Lógico: la emoción que acompaña todo lo que es novedoso.
Pero la campaña de A24 es arriesgada porque El Brutalista no es una película fácil de vender: ¿quiénes están dispuestos a pasar casi 4 horas en una sala de cine para ver un dramón ambientado en el siglo pasado? El brutalista fue hecha por menos de US$ 10 millones. Alcanzando una cifra de US$ 30 millones de recaudación, sería un éxito. Pero tendría el mismo problema de Anora.
Si El Brutalista lograra el milagro, es decir: acercarse a una recaudación de US$ 100 millones, entonces la industria la vería con otros ojos porque ya no sería tan poco popular. De hecho, se podría armar una narrativa todavía más importante: que el público está dispuesto a ir al cine para ver historias adultas, épicas y oscuras. Esa recaudación sería una hazaña que podría darle otro Oscar a la distribuidora A24.
Anora tiene distribución de Neon en Estados Unidos, la empresa que logró hacer historia cuando Parasite, la película coreana, ganó el Oscar en 2020. Parasite recaudó más de US$ 260 millones a nivel mundial. Un éxito grandísimo, teniendo en cuenta que no es una película de Hollywood. Y con esa cifra, en ese año, fue una de las películas nominadas menos recaudadoras. Pero hoy, para Anora, lograr un número similar ya es imposible.
Duna: Parte Dos y la crisis de Warner Bros.
El caso de la secuela de Duna, protagonizada por Timotheé Chalamet y Zendaya es llamativo. Es la película mejor calificada del año en IMDb (8.5) y Letterboxd (4.4/5). Tiene buen promedio crítico (79/100 en Metacritic), y consiguió una A en CinemaScore. Con todos los números a favor, el resultado que tuvo en taquilla la posicionó como la quinta película que más recaudó en el año, en todo el mundo. ¿Entonces por qué no es la candidata para arrasar con los premios?
Primero, fue una película muy exitosa en recaudación. Pero, como si fuera el caso del vaso medio vacío, no fue tan exitosa. Los US$ 700 millones que recaudó son meritorios, pero quedaron muy lejos de lo que lograron películas como Top Gun: Maverick, Avatar: El Camino del Agua o Deadpool & Wolverine. La secuela de Duna vendió, pero con todo el viento a favor (críticas, opinión del público en internet y hasta fervor en redes sociales) no hizo un recorrido extraordinario. ¿Será porque al público que no está en redes la película no le atrajo tanto? ¿O porque se cumple eso que decía Hitchcock, y la industria ya se olvidó de una película que se estrenó en marzo?
Hay otro problema para Duna: la situación de Warner. Desde la fusión multimillonaria que dio lugar a Warner Bros. Discovery, el mítico estudio de cine ya no está tan interesado en las películas. El CEO, David Zaslav, no lo oculta: vendió más de US$ 30 millones de sus propias acciones en la compañía, y decidió cancelar películas como Batgirl o Coyote vs. ACME (que estaban terminadas o casi) para conseguir reducciones impositivas. En Warner admitieron que una película como El Señor de los Anillos: La Guerra de los Rohirrim, fue estrenada a las apuradas solo para no perder los derechos sobre la franquicia de Tolkien.
En otras palabras: en Warner parecen estar distanciándose cada vez más del cine y del arte para favorecer las cuentas del conglomerado. En otra época, cualquiera de los grandes estudios hubiera hecho una campaña agresiva promocionando una película como Duna: Parte Dos para la temporada de premios, llenando la vía pública de Los Angeles para convencer a los votantes de que esa fue la película del año.
El resto, ¿tiene chances?
Para MUBI, la plataforma de distribución especializada en cine independiente, el premio podría ser la nominación de La Sustancia como mejor película. Sería un hito porque en toda la historia solo seis películas de terror fueron nominadas. La Sustancia, una sátira que mezcla el terror con el gore, tendría un camino cuesta arriba para ganar si finalmente es nominada.
Lo mismo se puede decir de películas como Un Dolor Real, Nickel Boys o Un Completo Desconocido. Desde que la Academia volvió al formato de 10 películas nominadas al premio mayor, algo que no sucedía desde que se estrenó Casablanca, da la impresión que la mayoría de las nominadas no tiene posibilidades reales de ganar. Para esas, el premio es la distinción.
¿Puede dar el batacazo una película como Conclave, un divertido relato de suspenso sobre un montón de cardenales que votan para elegir al nuevo Papa? La película protagonizada por Ralph Fiennes tuvo mayor éxito entre el público adulto, ese que cada vez se siente más alejado del cine que ofrece superhéroes y franquicias. Conclave, como si fuera una película de detectives de Hercule Poirot, es un relato sobre la construcción de los líderes y los mecanismos de votación que, muchas veces, se reducen en elegir al mal menor.
No parece ser hoy la favorita para ganar, aunque en un año como 2024, con el río revuelto, nunca se sabe. La película que de la sorpresa en marzo ayudará a comprender cuáles son los nuevos pescadores de mayor poder en la industria del cine. Seguí a El Economista en Google Agreganos a tus medios preferidos. + Agregar