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Qué ver en streaming: 8 kilos de cocaína, un disparo en protesta y curas ocultos

Entre droga robada, un disparo que desata sospechas y curas aislados por abusos, el streaming ofrece historias donde la verdad siempre tiene un precio.
Oscar Mainieri 16-04-2026
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Una selección especial con las mejores series y películas, que incluye también estrenos en salas de cine.

Estas son las series y películas para ver en el fin de semana en Netflix, Prime Video, HBO Max y cines.

1. Película para ver en el cine: Dossier 137

Ambientada en Francia en 2018, en pleno hervidero social de las protestas de los "chalecos amarillos", la película arranca como una chispa en un barril de pólvora: durante una manifestación, un adolescente es herido de gravedad por la policía. A partir de ese hecho, Stéphanie Bertrand (Léa Drucker) es asignada a una investigación interna para esclarecer lo ocurrido y determinar responsabilidades. Sin embargo, lo que debería ser un procedimiento administrativo pronto se convierte en un laberinto opaco: sus colegas se atrincheran en un pacto de silencio férreo, una coraza corporativa que dificulta cualquier avance. Solo gracias a su tenacidad casi obstinada, Bertrand logra acercarse lentamente a una verdad que, incluso si sale a la luz, plantea la inquietante duda de si bastará para hacer justicia.

Se trata de un thriller de investigación con fuerte impronta político-institucional, una variante que se mueve entre el policial y el drama social. No hay aquí persecuciones espectaculares ni giros efectistas, sino una tensión más densa, casi asfixiante, que nace del encubrimiento, la burocracia y las lealtades internas. El suspenso no depende tanto de "quién lo hizo" como de "si será posible demostrarlo". En ese sentido, la película se inscribe en una tradición de thrillers que examinan instituciones desde dentro, donde el verdadero antagonista no es un individuo aislado sino una cultura corporativa que distorsiona la noción misma de justicia.

En el centro de la historia está Léa Drucker, quien encarna a Bertrand con una mezcla precisa de profesionalismo distante y humanidad contenida. Su interpretación evita el heroísmo enfático y construye, en cambio, una figura que avanza a contracorriente, casi en soledad, frente a un sistema que se protege a sí mismo. Los demás personajes, en particular los policías investigados, aparecen deliberadamente menos individualizados, funcionando más como bloque que como sujetos diferenciados, lo que refuerza la idea de una institución homogénea, regida por una lógica interna de lealtad y autopreservación.

La película dialoga con otros trabajos del director Dominik Moll, cineasta alemán radicado en Francia, cuya obra suele situarse en ese territorio híbrido entre el drama y el thriller. En La desaparecida (2018), abordaba una investigación desde múltiples perspectivas en torno a una mujer ausente; en La noche del 12 (2022), seguía a un policía amargado por un caso irresuelto. En Dossier 137, Moll retoma esa obsesión por la búsqueda de la verdad, pero introduce una variación clave: aquí los sospechosos son exclusivamente miembros de la policía, lo que desestabiliza cualquier lectura moral simple.

Presentada en el Festival de Cannes 2025, Dossier 137 se consolida como una película sobria y eficaz del director de la recordada Harry, un amigo que te quiere (2000). Moll evita manipular emocionalmente al espectador y apuesta por un tono casi documental, de una sequedad que por momentos desdibuja la frontera entre ficción y realidad. Inspirada en hechos reales, aunque sin explicitarlos, la película deja una sensación persistente de incomodidad.

Muy recomendada.

2. Película para ver en Prime Video: Caminos del crimen

La historia sigue a Davis (Chris Hemsworth), un ladrón meticuloso que ha perfeccionado el arte de los golpes imposibles: planifica cada robo con la precisión de un cirujano y desaparece sin dejar rastro. Desde hace tiempo, el detective Lou Lubesnick (Mark Ruffalo) intenta atraparlo sin éxito, atrapado en una persecución que parece un juego de ajedrez en cámara lenta. El próximo objetivo de Davis es Sharon Colvin (Halle Berry), una agente de seguros que podría abrirle la puerta al multimillonario Steven Monroe (Tate Donovan), justo cuando este se prepara para una boda que promete ser un festín para cualquier criminal. 

Pero el plan se complica con la irrupción de Ormon (Barry Keoghan), un joven ladrón impulsivo que no comparte la elegancia ni el perfeccionismo de Davis y no duda en recurrir a la violencia. En medio de este engranaje criminal, en el que un Nick Nolte desvencijado interpreta al contratista de los ladrones, aparece la bonita Maya (Monica Barbaro), abriendo en el protagonista una grieta emocional que amenaza con desestabilizar su mundo calculado.

Un reparto de lujo sostiene gran parte del atractivo del film. Hemsworth compone a un ladrón contenido, casi incómodo en el trato social, alguien que parece querer escapar no solo de la policía sino también de su propio origen. Ruffalo encarna al clásico detective íntegro, cansado de las zonas grises del sistema, mientras que Keoghan introduce una energía caótica, un elemento impredecible que desarma la lógica fría del protagonista. Halle Berry, por su parte, aporta una dimensión más terrenal como la profesional desplazada en un entorno dominado por hombres, mientras que los personajes secundarios, aunque funcionales, tienden a moverse dentro de moldes bastante reconocibles.

Caminos del crimen se inscribe en el terreno del thriller criminal de atracos con elementos de duelo psicológico entre sus personajes, una variante que recuerda inevitablemente a Fuego contra fuego (Michael Mann, 1995), aunque con menor densidad dramática. La película está dirigida y coescrita por Bart Layton, que propone una puesta en escena elegante y atmosférica, lo que convierte a Caminos del crimen en una experiencia agradable a la vista, sumamente disfrutable.

Muy recomendada.

3. Serie para ver en Netflix: Atracadores

La historia arranca con un golpe que sale mal de la peor manera: Shaïnez (Sofia Lesaffre) y Liana (Tracy Gotoas), dos amigas que se hacen pasar por prostitutas para robar a un cliente, encuentran en lugar de dinero ocho kilos de cocaína. Lo que parecía un robo menor se convierte en una apuesta suicida cuando deciden vender la droga por su cuenta. Ese gesto desata la furia de Saber (Salim Kechiouche), el verdadero dueño del botín, quien responde con brutalidad ordenando el secuestro de Shaïnez. La situación convoca a Mehdi (Sami Bouajila), tío de la joven y figura curtida en el mundo criminal, que entra en escena como un lobo solitario dispuesto a enfrentar a toda una organización.

Las escenas de acción funcionan como descargas eléctricas que recorren la serie de punta a punta: tiroteos secos, peleas cuerpo a cuerpo y una violencia que no se estiliza ni se suaviza. Aquí no hay coreografías elegantes sino choques abruptos, donde cada golpe parece tener peso real. La tensión se construye también a partir de un desequilibrio inicial muy marcado, con Mehdi enfrentado a una poderosa familia criminal. Pero a medida que avanzan los 6 episodios de la primera temporada, ese orden se resquebraja y la acción gana en complejidad, con múltiples bandos cruzándose, traicionándose y reconfigurando alianzas en tiempo real.

El elenco sostiene ese clima áspero con interpretaciones sólidas. Sami Bouajila compone a Mehdi como una figura contenida pero letal, alguien que no necesita alzar la voz para denotar peligro. Sofia Lesaffre y Tracy Gotoas aportan frescura y urgencia como las jóvenes que desencadenan el caos, lejos de cualquier pasividad. Salim Kechiouche encarna a un antagonista visceral, mientras que figuras como Nabiha Akkari, en el rol de la calculadora Sofia, y Carole Weyers como la implacable asesina Danique, refuerzan una galería de personajes donde las mujeres no orbitan la acción: la empujan, la moldean, la incendian.

Detrás de cámara, Julien Leclercq, un director habituado al thriller y al policial, combina un pulso directo con una mirada cruda sobre el mundo del crimen, evitando romanticismos y construyendo un relato dinámico y coral. El resultado es una serie sin ornamentos, eficaz y contundente, que no solo prolonga la premisa inicial, sino que la potencia hasta convertirla en un terreno donde todos luchan contra todos.

Recomendada.

4. Serie para ver en HBO Max: The Comeback

La tercera y última temporada de The Comeback llega con un giro tan incómodo como revelador: lo nuevo ya no es solo la sátira del mundo del espectáculo, sino la sensación de estar asistiendo a su descomposición. La serie se sumerge en un Hollywood atravesado por la inteligencia artificial, donde incluso la comedia de situaciones en la que trabaja Valerie Cherish está siendo escrita en secreto por un programa. En lugar del frenesí cómico de otras etapas, domina un clima enrarecido, casi terminal, donde la risa se vuelve escasa y áspera. La serie parece preguntarse si queda algo humano en una industria que empieza a automatizar hasta la creatividad, y esa pregunta flota como una nube tóxica sobre los 3 episodios que se han emitido.

Lisa Kudrow sostiene este viraje con una interpretación que abandona parte del ridículo exhibicionista de antaño para instalarse en un registro más opaco y melancólico. Su Valerie ya no es tanto el blanco de humillaciones constantes, lo que reduce el filo cruel de la comedia, pero a cambio emerge una figura más consciente del derrumbe a su alrededor. Kudrow logra transmitir esa mezcla de obstinación y desgaste, como alguien que sigue peleando por controlar su carrera mientras el suelo se desliza bajo sus pies. En ese desplazamiento, la serie pierde parte de su veneno inmediato, pero gana una inquietud más profunda, casi existencial.

Entre los artistas invitados, destaca Abbi Jacobson como una guionista desencantada cuya amargura marca el tono de la temporada desde el inicio, en una escena donde el humor prácticamente desaparece. También aparecen figuras como Bradley Whitford, Adam Scott y Justin Theroux, componiendo una suerte de cúpula de poder que encarna las tensiones del gremio de guionistas frente al avance de la inteligencia artificial. El regreso de Lance Barber como Paulie G. introduce un eco del pasado: un recordatorio de que, pese a todo, los creadores humanos siguen siendo caóticos, dañados y, precisamente por eso, insustituibles. Sin embargo, incluso estas presencias quedan atrapadas en una narrativa más dispersa, con subtramas que no siempre alcanzan la misma fuerza.

Detrás del proyecto continúan Lisa Kudrow y Michael Patrick King, creador también de Sex and the City, cuya trayectoria ha estado marcada por diseccionar con ironía los rituales y vanidades de ciertos mundos privilegiados. Desde su inicio hace más de dos décadas, The Comeback funcionó como una sátira adelantada a su tiempo sobre la industria televisiva y el lugar de las actrices maduras en ella. En esta última temporada, King y Kudrow radicalizan esa mirada, apuntando no solo a los egos y las jerarquías de Hollywood, sino a su posible obsolescencia. El resultado es una comedia que se siente cada vez menos como tal y más como un drama: un espejo deformante donde la risa se congela antes de salir.

Recomendada.

5. Película para ver en Netflix: El club

La película sigue la vida cotidiana de cuatro ex sacerdotes (Alfredo Castro, Alejandro Goic, Alejandro Sieveking y Jaime Vadell) que, tras haber sido excomulgados por graves delitos, viven recluidos en una casa aislada bajo la supervisión de una antigua religiosa (Antonia Zegers). Su rutina está estrictamente organizada: horarios fijos, reglas claras, una convivencia aparentemente apacible entre comidas, cantos y apuestas de galgos que les permiten ganar algo de dinero. Ese frágil equilibrio se quiebra cuando un nuevo integrante llega y se suicida poco después, desencadenando la llegada del investigador eclesiástico García (Marcelo Alonso), decidido a descubrir qué se esconde realmente tras esa calma sospechosa.

Pablo Larraín, tras abordar en No un ángulo más irónico de la dictadura chilena, se adentra aquí en un territorio mucho más oscuro: el encubrimiento de abusos dentro de la Iglesia. A diferencia de otras películas sobre el tema, como Spotlight, que se centran en víctimas o investigadores externos, El club coloca en primer plano a los propios responsables, generando una incomodidad mucho más profunda. Larraín opta por una puesta en escena austera, casi hipnótica, donde la cámara parece observar sin intervenir, acompañada por paisajes costeros grises y opresivos que funcionan como extensión moral de los personajes. El tono es deliberadamente contenido, casi letárgico, pero esa quietud actúa como una trampa: cuanto menos sucede en apariencia, más perturbador se vuelve lo que se revela.

El trabajo actoral refuerza esa atmósfera enrarecida. Alfredo Castro, colaborador habitual de Larraín, encarna una figura ambigua y opaca, mientras que el resto del elenco compone un conjunto homogéneo, casi indistinguible, que subraya la idea de una culpa compartida y diluida. Antonia Zegers aporta una presencia firme y silenciosa como la mujer que regula esa convivencia, y Marcelo Alonso introduce, como el investigador García, una tenue posibilidad de ética dentro de un mundo moralmente devastado. La irrupción de Roberto Farías como Sandokan, víctima de abusos, rompe la pasividad dominante e introduce una energía caótica que obliga a los personajes a confrontar aquello que han intentado enterrar.

En términos de reconocimiento, El club fue ampliamente celebrada en el circuito internacional: obtuvo el Gran Premio del Jurado en el Festival de Berlín y recibió múltiples premios de la crítica, consolidando a Larraín como una de las voces más atractivas del cine latinoamericano contemporáneo. Aunque su mirada puede parecer poco matizada y su narrativa avanza con parsimonia, el film se impone por su potencia moral y su capacidad de incomodar. Es una obra que rehúye cualquier redención fácil y deja al espectador con una sensación persistente de desasosiego, como si la oscuridad que muestra no perteneciera solo a sus personajes, sino que se filtrara lentamente hacia fuera.

Muy recomendada.

Nota: Netflix también exhibe las destacables Tony Manero (2008) y No (2012), ambas de Larrain.

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