Qué ver en Netflix, Disney Plus y cines: las mejores series y películas para el fin de semana
Una selección especial con las mejores series y películas, que incluye también estrenos en salas de cine.
Estas son las series y películas para ver en el fin de semana en Netflix , Disney Plus y cines.
1. Serie para ver en Netflix: El eternauta
Esta adaptación libre de la célebre historieta de Héctor Germán Oesterheld y el dibujante Francisco Solano López establece un nuevo estándar para las producciones audiovisuales realizadas en nuestro país. La ciencia ficción no es un terreno habitual en los medios argentinos, y mucho menos lo es con este nivel de verosimilitud en sus escenarios apocalípticos y sus tramas de supervivencia.
La visión de distintas zonas de Buenos Aires cubiertas por una nevada mortal, atravesadas por un despliegue detallado de destrucción en el que se libra una gesta por la liberación frente a una invasión —otra, tras las dos inglesas— genera una profunda sensación de asombro.
La hazaña está dirigida por Bruno Stagnaro, uno de los fundadores del Nuevo Cine Argentino con Pizza, birra y faso (codirigida junto a Adrián Caetano), acompañado por un equipo técnico que demuestra que, con recursos y creatividad, los logros de Hollywood en este género pueden quedar a la vuelta de la esquina. Los efectos especiales se encuentran a la altura de los vistos en producciones como La guerra de los mundos (Steven Spielberg, 2005) o Soy leyenda (Francis Lawrence, 2007).
La historia comienza en la actualidad, en Beccar, durante una sofocante noche de verano cercana a la Navidad. Un grupo de amigos se reúne para jugar su tradicional partida de truco de los viernes, cuando un corte de luz anuncia el comienzo de una nevada letal que arrasa con toda forma de vida que toca.
A pesar de los desacuerdos iniciales, el grupo intenta organizarse para reconectarse con sus seres queridos. Ni los celulares ni los autos modernos funcionan. La inventiva del anfitrión, el "Tano" (Carlos Troncoso), permitirá que Juan Salvo (Ricardo Darín) salga a la intemperie equipado con un traje improvisado y una máscara, con el objetivo de encontrar a su hija y a su ex esposa, la doctora Ana (Carla Peterson).
Salvo recorrerá una Buenos Aires convertida en un paisaje desolado: la avenida Maipú, el puente Saavedra, la parroquia de San Isidro Labrador, la torre Dorrego, las vías del tren Mitre y las barrancas de Belgrano son transformadas en escenarios reconocibles y espectrales para cualquier porteño.
Como en toda la ficción de Oesterheld, a la gesta se suman personajes que representan distintos sectores del entramado social argentino: Inga (Orianna Cárenas), una circunstancial repartidora de delivery venezolana; un grupo de personas en situación de calle; un huérfano japonés; miembros del ejército que ordenan a civiles —una imagen inquietante—; y, por supuesto, los entrañables compañeros de la partida de truco, ahora en nuevos roles.
Juan Salvo, ex combatiente de Malvinas —otro territorio históricamente ocupado—, carga con un pasado traumático que resurge de a ratos ante la nueva amenaza; ¿o es un futuro impredecible? En manos de Darín, el personaje adquiere una humanidad profunda, oculta tras una fachada áspera y unos ojos azules que parecen advertir que, en un día claro, no se puede ver hasta siempre.
Surgen conflictos entre vecinos, y muchos compatriotas adoptan comportamientos violentos propios del Lejano Oeste, asesinando familias por un auto antiguo en funcionamiento —una estanciera IKA y un Rambler desvencijado que remiten a los años 60, un Torino y un Ford Taunus que evocan los 70, entre otros— o simplemente por una máscara. Hay saqueos a supermercados y referencias directas a la crisis de 2001.
Stagnaro dirige con maestría, dosificando el suspenso y las escenas de acción con una precisión poco frecuente en el audiovisual nacional, aprovechando al máximo los espectaculares recursos a su disposición. La angustia que se genera en ciertos pasajes —a veces atenuada o incrementada por canciones interpretadas por Mercedes Sosa, Soda Stereo o El mató a un policía motorizado— alcanza un voltaje emocional altísimo.
En el elenco, además del máximo exponente de nuestro star system, se destaca el uruguayo Troncoso, cuya caracterización —intencionada o no— evoca a figuras de nuestra escena como Luis Politti (exiliado en España, donde murió de tristeza) y Carlos Carella, actor, dirigente sindical y miembro de la resistencia peronista.
Marcelo Subiotto interpreta con solvencia a Lucas Herbert, otro de los amigos, un personaje frágil y fácilmente influenciable. También es destacable el trabajo de Ariel Staltari —coguionista junto a Stagnaro— como Omar, un infiltrado en la partida de truco que vuelve tras vivir 20 años en Estados Unidos y encarna una actitud individualista del tipo "yo me salvo solo", recordando a personajes viscosos del tipo que Héctor Alterio solía representar en films como La maffia o Los siete locos (Leopoldo Torre Nilsson, 1972 y 1973 respectivamente). Por suerte, el guion le ofrece oportunidades para redimirse.
Las mujeres del relato secundan a los personajes masculinos, ya sea brindándoles apoyo o cuestionando sus actitudes egoístas. Carla Peterson y Andrea Pietra (como la esposa del "Tano") ofrecen interpretaciones sólidas y profesionales.
Esta primera temporada consta de seis episodios, y el cierre exige a gritos una segunda entrega que, esperemos, ya haya sido rodada. Se trata, sin duda, de una gran producción de nuestra industria audiovisual en un género poco explorado localmente, digna de todos los aplausos.
Imperdible.
2. Película para ver en cine: Misericordia
Esta película francesa poco tiene que ver con lo religioso, aunque uno de sus personajes centrales sea un sacerdote que no reprime sus deseos, ya sea recolectando hongos en un bosque o guardando secretos con la expectativa de ser recompensado. Este hombre —entre otros atributos notables— posee además la curiosa habilidad de aparecer en los lugares y momentos más inesperados, como una especie de gato de Cheshire que se desliza entre las sombras del relato.
Con Misericordia, el director Alain Guiraudie regresa al paisaje que ha marcado gran parte de su filmografía: el sur rural de Francia, un territorio donde la sexualidad, la muerte y el absurdo coexisten sin jerarquías. Pero este retorno no supone una repetición. La película opera con una estructura más lineal, una economía visual deliberadamente sobria y una narrativa contenida, como si Guiraudie hubiese optado por silenciar los excesos formales de su etapa anterior para dejar que el deseo se insinúe en las grietas del relato.
El protagonista, Jérémie (Félix Kysyl), es un joven panadero que vuelve al pueblo de Saint-Martial, donde creció, para asistir al funeral de su mentor. Lo recibe Martine (Catherine Frot), la viuda del difunto, en cuya casa se instala, dando lugar a un vínculo cargado de hospitalidad ambigua y tensión latente. El resentimiento del hijo de Martine, Vincent (Jean-Baptiste Durand), introduce un conflicto donde los celos, la sospecha y la atracción homoerótica se entrelazan en formas que Guiraudie ha explorado antes, aunque aquí con un tono más espectral que pulsional.
A diferencia de El desconocido del lago (2013) o Rester vertical (2016), donde el deseo masculino se expresaba con crudeza y frontalidad, Misericordia opta por la insinuación y el desvío. Los vínculos entre los personajes —Vincent, el granjero Walter, el sacerdote del pueblo— conforman una red difusa de tensiones sexuales, afectivas y generacionales, en la que cada gesto puede leerse tanto como avance como repliegue entre los meandros del bosque. El deseo, omnipresente pero nunca nombrado, estructura el mundo: a veces de manera trágica, otras, lúdica.
Guiraudie, sin embargo, no moraliza. Ni siquiera cuando las relaciones que sugiere transgreden los límites aceptables de edad, la diversidad de los cuerpos de belleza no hegemónica o el consentimiento implícito. Como en Pas de repos pour les braves (2003), donde el absurdo abría acceso al inconsciente colectivo, Misericordia explora el deseo como fuerza disruptiva desde una puesta en escena minimalista, recordando al Claude Chabrol de Alicia o la última fuga (1976). La violencia, cuando irrumpe, no lo hace con estruendo, sino con la misma naturalidad que una caminata por el bosque o la preparación del pan. En el universo de Guiraudie, la muerte no es castigo ni redención: es continuidad.
Este impulso por integrar lo sexual, lo violento y lo social atraviesa toda su obra. Desde sus primeros cortos hasta El desconocido del lago, donde el sexo explícito entre varones se convertía en una coartada para coquetear con la muerte, Guiraudie ha buscado pensar el deseo más allá de la identidad, como una energía capaz de desestabilizar tanto los cuerpos como las estructuras simbólicas de parentesco, religión y Estado. En Misericordia, la irrupción de la policía —entrando de noche a la habitación de Jérémie para arrancarle una confesión— representa la violencia de la normatividad frente a un orden alternativo y opaco que el pueblo encarna.
No es casual que gran parte de la acción se desarrolle en un bosque cercano, espacio de tránsito y mutación, ni que uno de los símbolos visuales más potentes del film sea un grupo de hongos comestibles creciendo sobre una tumba. Guiraudie vincula así los ciclos naturales con los afectivos, la muerte con la fertilidad, el deseo con la descomposición. La metáfora, aunque explícita, resulta eficaz y recuerda que su cine siempre ha privilegiado la persistencia de ciertas imágenes —cuerpos expectantes, gestos ambiguos, miradas que oscilan entre el amor y la amenaza— por encima del desarrollo argumental.
En el panorama del cine francés contemporáneo, Guiraudie ocupa un lugar difícil de clasificar. No pertenece al cine social, ni al queer estilizado, ni a la tradición política militante. Su obra se mueve en un margen donde lo rural no representa atraso, sino interrogación, y donde el deseo no busca legitimación, sino espacio para desplegar su ambivalencia. Frente al didactismo afectivo que impregna buena parte del cine identitario actual, Guiraudie insiste en que el deseo es una zona sin mapas.
Misericordia, con un título que sugiere una ética ambigua, se inscribe en esa continuidad, pero también marca una depuración formal. Es una película más silenciosa que provocadora, más inquietante que escandalosa. No es una obra menor, aunque tampoco la más radical de su filmografía. Es, quizás, la más madura en su aceptación de que el deseo no siempre ofrece salidas, pero sí preguntas. Y eso, en el cine contemporáneo, donde el juicio suele preceder al relato, constituye una forma de resistencia.
Quienes busquen una experiencia que combine lo lúdico con lo inquietante, lo erótico con lo filosófico, encontrarán en Misericordia una propuesta tan incómoda como simpática.
Muy recomendada.
3. Miniserie para ver en Disney Plus: Camaleón, el pasado no cambia
Sabrina Correa, interpretada por China Suárez, es una periodista que aparenta llevar una vida estable junto a su hija y su esposo, un hombre exitoso. Sin embargo, esa estabilidad se desmorona con la reaparición de Salvador Carvallo, personaje a cargo de Pablo Echarri, un reconocido pintor y viejo amigo de su madre. Su regreso despierta en Sabrina recuerdos oscuros que creía superados y amenaza con derrumbar el equilibrio que tanto esfuerzo le costó alcanzar. Confrontada con su pasado y con el hallazgo de un nuevo secreto en el presente, Sabrina decide enfrentar la verdad, aunque eso signifique hablar cuando nadie quiere escuchar.
El guion aborda la problemática del abuso de menores, cometido reiteradamente por el pintor cincuentón que encarna Echarri. A pesar de ciertas inconsistencias en la construcción de sus personajes, la serie logra transmitir un mensaje didáctico que puede resultar de interés para padres que decidan verla con sus hijos adolescentes.
Pablo Echarri mantiene una fuerte presencia en pantalla. En cine, sus actuaciones más destacadas fueron en El método (Marcelo Piñeyro, 2005) y Crónica de una fuga (Adrián Caetano, 2006), donde, sin ser protagonista, interpretaba a villanos. En esta ocasión, su desempeño no resulta del todo convincente: a pesar de su master en susurrología, ya que recurre a expresiones faciales que remiten a las telenovelas de los años noventa, lo que resta credibilidad a su personaje. Distinto es el caso de China Suárez, quien se mantiene sólida en su rol, incluso cuando las acciones de su personaje resultan contradictorias. Su gran belleza no opaca el hecho de que es una buena actriz.
Sofía Palomino se luce notablemente en el papel de Diana, la hija del pintor, cuya conducta es tan excesiva como para desestabilizarlo todo a su paso. También sobresale Analía Couceyro como Javiera, la marchand casada con Carvallo, cuya expresión trágica remite a la fuerza dramática de Irene Papas.
El resto del elenco cumple con solvencia, y aunque por momentos la historia se empantana, la serie mantiene el interés a lo largo de sus seis episodios de treinta minutos cada uno.
Recomendada por su valor didáctico.
4. Película para ver en Netflix: Pánico en el tren bala
Takaichi (Tsuyoshi Kusanagi) y la tripulación del tren bala Hayabusa No. 60 se preparan para otro viaje a Tokio, sin saber que una bomba amenaza con convertirlo en el último. El explosivo, colocado por un extorsionista anónimo que exige 100 mil millones de yenes, está diseñado para detonar si la velocidad del tren cae por debajo de los 100 kilómetros por hora. Mientras el gobierno mantiene su negativa a negociar con terroristas, los protagonistas deben encontrar una forma de evitar la tragedia, conscientes de que el recorrido tiene un final inevitable: los rieles se terminan.
La premisa puede recordar a clásicos del thriller de acción como Máxima velocidad (Jan de Bont, 1994), pero en este caso se trata de una reinvención tardía de Pánico en el tren bala, película japonesa de 1975. Shinji Higuchi, director con experiencia en el cine de catástrofes y espectáculos visuales, demuestra pericia a la hora de manejar el ritmo narrativo y construir escenas de tensión sostenida. El misterio en torno al autor del atentado agrega una capa de intriga que se suma al inminente peligro físico, y aunque las motivaciones parecen claras en un inicio, el guion introduce interrogantes adicionales que enriquecen el desarrollo.
Técnicamente, la película es impecable. Los efectos especiales son de gran nivel y acompañan la acción sin imponerse sobre ella. El elenco cumple con destreza, manteniendo credibilidad en situaciones límite. Sin embargo, el principal escollo es su extensión: con más de dos horas de duración, se permite algunas escenas innecesarias que ralentizan el ritmo y hacen que el interés decaiga en ciertos tramos. Aun así, nunca se llega al sopor, y las secuencias más intensas logran reactivar el pulso narrativo cuando es necesario.
Sin ofrecer nada especialmente nuevo, la película funciona como un entretenimiento eficaz, visualmente espectacular y con momentos de tensión bien lograda. Para los amantes del cine de acción y suspenso, es una opción recomendable, especialmente si se busca una experiencia directa y sin complicaciones.
Recomendada.
5. Miniserie para ver en Netflix: Congonhas: Tragedia anunciada
Este documental de tres episodios se adentra con precisión quirúrgica y sensibilidad narrativa en uno de los capítulos más oscuros de la aviación latinoamericana: el accidente del vuelo 3054 de TAM Líneas Aéreas, ocurrido el 17 de julio de 2007 en el aeropuerto Congonhas de San Pablo. Este aeropuerto, encajonado en pleno tejido urbano, se convierte aquí en el escenario de una tragedia que dejó 199 muertos y marcó un antes y un después en la historia aeronáutica del continente.
El documental reconstruye con rigurosidad los hechos: el avión no logra frenar al aterrizar sobre una pista mojada, atraviesa la terminal, cruza una avenida y se estrella contra un edificio de carga —propiedad también de la aerolínea—, provocando un incendio devastador.
La serie no solo detalla lo ocurrido con precisión técnica, sino que, sobre todo, pone el foco en el impacto humano de la catástrofe. Las voces de familiares de las víctimas dotan al relato de una fuerza emocional considerable. Sobrecogen el testimonio de un padre que despidió a su hija sin saber que sería la última vez, o el relato de una mujer que perdió a sus dos hijos y a su madre. Las imágenes de archivo, especialmente aquellas que muestran a dos sobrevivientes del edificio asomados a una ventana envuelta en humo, a la espera desesperada de una escalera de auxilio que se toma su tiempo en llegar, resumen crudamente el espanto.
Sin embargo, el director Angelo Defanti no se limita ni al dolor ni al drama. El documental avanza hacia un análisis estructural de las causas, sin caer en reduccionismos. Lejos de buscar un único culpable, el relato identifica una cadena de decisiones erróneas: advertencias ignoradas sobre el estado de la pista tras intensas lluvias, errores humanos, negligencias técnicas y una permisividad institucional que priorizó la rentabilidad por encima de la seguridad. En este punto, la serie se convierte también en una crítica severa —y necesaria— al contexto político y económico del Brasil de mediados de los 2000. El auge de la aviación comercial, incentivado por las políticas de consumo del primer gobierno de Lula Da Silva, desbordó un sistema que no estaba preparado para garantizar estándares mínimos de seguridad. En pos de ganancias rápidas, las regulaciones comenzaron a ser vistas como obstáculos prescindibles, y el desenlace fue fatal.
Defanti, con su dirección, acierta al evitar tanto el sensacionalismo como el voyerismo emocional que suele permear este tipo de producciones. El relato se construye desde un respeto genuino por las víctimas y sus historias, mientras no escatima en explicaciones técnicas necesarias para comprender lo que sucedió. En algunos tramos, estas pueden resultar algo densas para el espectador no especializado, pero el enfoque didáctico y la claridad expositiva mantienen la atención y refuerzan la credibilidad del conjunto.
Congonhas: Tragedia anunciada brinda mucho más que el registro de un accidente: es un ejercicio de memoria, una denuncia social y un análisis lúcido sobre cómo la combinación de ambición desmedida y falta de previsión pueden desembocar en el desastre. Conmueve, informa y, sobre todo, interpela. En el vasto catálogo de documentales sobre catástrofes, esta producción se distingue por su inteligencia, su respeto por la verdad y su capacidad de generar reflexión sin renunciar a la emoción.
Muy recomendada.
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