Quién es Elon Musk: la intimidad del magnate que planea escapar de la Tierra
The Elon Musk Show es un documental brillante de la BBC. Con tres capítulos emitidos en 2022 y una flamante cuarta entrega estrenada en mayo de este año, la producción británica se erige como un trabajo periodístico formidable. Al igual que The Last Dance expuso el fuego competitivo e inclemente de Michael Jordan, esta obra revela el núcleo irrompible de su protagonista y deja una conclusión clara: Elon Musk detesta perder.
El triunfo de la serie reside en la diversidad de sus testimonios. Voces como la de su madre, su padre, amigos, adversarios y exempleados aportan dimensiones que desglosan la intimidad del empresario. El resultado es un retrato complejo de un hombre atravesado por traumas y ambiciones. Gracias también al trabajo de archivo e imágenes inéditas, resulta posible comprender con mayor claridad quién es Elon Musk.
El magnate nació en Pretoria, Sudáfrica. Su infancia fue un infierno sobre el cual no habla con ligereza. Errol, su padre, proyectó sobre él y sus hermanos una sombra de violencia constante. Musk asegura que su progenitor cometió casi toda acción malvada imaginable.
En la escuela, sus compañeros lo golpeaban con saña, una continuación exacta del calvario que vivía en su casa. Una vez, lo empujaron por una escalera y lo enviaron al hospital por semanas. Su refugio fueron los libros de ciencia ficción. Elon leía durante toda la noche, vorazmente, para huir de la realidad.
La literatura le prometía un futuro donde la razón y la ingeniería triunfan sobre la crueldad humana. Ya desde niño, en esos días difíciles, germinó su convicción más profunda: la Tierra es un lugar hostil, un sitio del cual escapar a toda costa.
Llegó a Silicon Valley con poco más de veinte años, una enorme deuda tras graduarse en Física y Economía, y la urgencia de comerse el mundo. Fundó su primera empresa, Zip2, una especie de guía telefónica digital con mapas en internet. Dormía bajo su escritorio de trabajo, con un libro de física como almohada. Se despertaba y volvía a teclear códigos frente al monitor. Vendió esa compañía e invirtió su capital en la firma que se convertiría en PayPal.
Lo echaron de su cargo como director general de esa empresa en plena luna de miel, pero conservó sus acciones. Cuando la marca se vendió a eBay, él ganó US$250 millones.
Cualquier persona se hubiera retirado a descansar. Musk solo se dio un gusto frívolo: compró un McLaren F1 —uno de los autos más rápidos del planeta— por US$1 millón y lo destruyó en un accidente sin tener seguro. Pero el delirio mayor vino después: en lugar de resguardar el resto de su enorme fortuna, la arriesgó por completo para crear SpaceX y Tesla.
La ambición lo llevó a la lejana Rusia para comprar cohetes baratos. En medio de muchos brindis con vodka, el ingeniero jefe a cargo del proyecto ruso le escupió los zapatos. Le gritó en la cara que los misiles eran armas de guerra mortales y no juguetes para un chico caprichoso de California.
En el vuelo de regreso a Nueva York, Musk no se amargó por la humillación. Sacó su computadora y creó una planilla de cálculo. Giró hacia sus compañeros de viaje y les dijo: "Vamos a construir los cohetes nosotros mismos".
En 2008, la crisis financiera global y tres lanzamientos espaciales fallidos casi lo dejan en la ruina. Pidió plata prestada a sus amigos para pagar el alquiler de su departamento.
Si el cuarto lanzamiento de SpaceX fallaba, la compañía desaparecía. El cohete logró alcanzar la órbita tras despegar desde una plataforma del gobierno estadounidense. Aunque la nave funcionó a la perfección, las cuentas bancarias de Musk estaban vacías. Días después de ese éxito en el espacio, la administración federal salió al rescate y le otorgó un contrato salvador por cientos de millones a través de la NASA. Sobrevivió. Sin esa inyección de dinero de una institución pública como la NASA y sin el uso de instalaciones prestadas, habría quebrado por completo.
Elon Musk se enamora con la intensidad de un adolescente y el pragmatismo de un robot programado para reproducirse. A Justine, su primera mujer, la conquistó en la universidad a través de una rivalidad académica: Elon utilizó las notas de un examen de psicología para acercarse y presumir que él había sacado 98% frente al 97% de ella.
Tuvieron a su primer hijo, Nevada. A las diez semanas de nacer, el bebé murió. La tragedia los destrozó. Luego recurrieron a la fertilización in vitro y tuvieron gemelos y, poco tiempo después, trillizos. Su hogar se llenó de chicos, pero él siguió confinado mentalmente en sus fábricas de autos y en sus plataformas de despegue.
El matrimonio con Justine colapsó. Se divorció y, semanas después, conoció a la actriz británica Talulah Riley en un club de Londres. Le propuso casamiento a los diez días. En una de las primeras citas, la invitó a su cuarto de hotel con una propuesta: ver videos de cohetes espaciales. Ella aceptó. Se casaron, se divorciaron, se volvieron a casar y se volvieron a divorciar, sin tener hijos juntos.
Su mente funciona con una velocidad agotadora para el resto de los mortales. Padece síndrome de Asperger. Las convenciones sociales le resultan un idioma incomprensible. Quienes lo frecuentan aseguran que Musk parece un alienígena que cayó a la Tierra para arreglar las fallas estructurales de los humanos.
Grimes, la cantante con quien tuvo tres hijos, sostiene que él la percibe a ella como una simulación computarizada, una compañera perfecta diseñada en la propia mente de Musk. A ella le resulta un acto de amor romántico. Todo en él roza la estética ciberpunk.
Sus hijos llevan nombres que parecen contraseñas alfanuméricas, como el niño llamado X AE A-12. A su hija trans, Vivian, la considera víctima de lo que él denomina un "virus ideológico". En una entrevista, Musk se refirió al tema con esta frase: "Mi hijo está muerto, asesinado por el virus mental woke". Vivian lo describe como un hombre incapaz de sentir empatía, alguien atrapado en la inmensidad de su propia leyenda egocéntrica.
Convencido de que la baja natalidad destruirá a la humanidad, Elon Musk decidió predicar con el ejemplo genético. Tuvo gemelos con Shivon Zilis, una directiva de Neuralink —su empresa de implantes cerebrales—, a través de vientres subrogados y selección genética de embriones. Ve a las mujeres como recipientes para gestar a la próxima generación de mentes brillantes. Esa visión refleja a un tecnócrata obsesionado con la perpetuidad de su legado biológico, un patriarca que colecciona herederos en su afán de poblar el universo. A la fecha, Elon tiene catorce hijos reconocidos con mujeres distintas.
También existe un Musk vulnerable. El ingeniero terco que llora frente a las cámaras de televisión cuando sus héroes de la infancia, como Neil Armstrong —el primer hombre en pisar la Luna—, desprecian públicamente sus logros espaciales. Es el hombre que duerme acurrucado en el piso de la fábrica de Tesla por la simple razón de que se niega a pedirles a sus empleados un sacrificio que él mismo no soporte. En la peor etapa de la producción del Model 3, echó directivos sin piedad y destruyó carreras de un plumazo. Transformó la industria automotriz y popularizó los autos eléctricos a base de una obstinación férrea.
Su necesidad de atención e influencia moldeó sus episodios más polémicos. A medida que su fama crecía, también lo hacían sus detractores; enfrentó boicots y grupos de personas comenzaron a marchar en su contra, hartos de su poder desmedido. A veces, su soberbia bloquea su juicio.
Cuando doce chicos quedaron atrapados en una cueva inundada en Tailandia, ordenó a sus ingenieros construir un minisubmarino para rescatarlos. Al llegar al lugar, el rescate ya había ocurrido a manos de expertos locales. Un buzo británico calificó su invento como un simple truco publicitario. Herido en su gigantesco orgullo, Musk acudió a las redes sociales para acusar al rescatista de ser un pedófilo. Era una mentira absoluta, escrita sin ninguna prueba. Fueron a la corte. El magnate ganó el juicio, pero no porque su acusación fuera cierta: sus abogados convencieron al jurado de que la frase era apenas un exabrupto infantil, un simple insulto y no una declaración literal. El veredicto lo salvó de pagar millones, pero el episodio reveló la enorme fragilidad de su ego.
Esa misma impulsividad lo arrastró a cruzar límites legales. Tesla es una empresa que cotiza en bolsa; cualquiera puede comprar o vender sus acciones. Para sacarla del mercado público, Musk necesitaba comprar todas esas acciones sueltas. Escribió en sus redes que iba a hacerlo y que le pagaría a cada inversor un precio exacto de US$420 por acción. Eligió ese número solo para hacer un chiste sobre la marihuana. Como la maniobra alteró el mercado financiero y los fondos reales para la compra no existían, la Comisión de Bolsa y Valores estadounidense lo demandó por fraude. Pagó una multa de US$20 millones y perdió la presidencia del directorio de TESLA. Semanas después, apareció con un cigarrillo de marihuana en un programa de radio frente a millones de espectadores. Un desafío abierto a quienes intentan domesticar su rebeldía.
Su relación con Twitter, ahora llamada X, representa el capítulo más absurdo de su biografía. Entró a las oficinas con una bacha de baño —sink, en inglés— entre los brazos para filmarse y publicar un juego de palabras visual: "Let that sink in", una exigencia para que a los trabajadores y al mundo entero les cayera la ficha de la noticia de su compra. Despidió a la mitad del personal de un día para el otro. Los afectados descubrieron sus despidos por la mañana, al notar sus correos corporativos y accesos al sistema bloqueados sin previo aviso.
Compró la red social por US$44.000 millones solo para controlar la definición de la verdad y publicar memes ofensivos en plena noche.
Su incursión en la política lo acercó al ecosistema de extrema derecha, donde las ideas conspirativas florecen con rapidez. Respaldó a figuras radicales en Europa, como Tommy Robinson en el Reino Unido o el partido AfD en Alemania, e invirtió fortunas históricas en Estados Unidos para aliarse con Donald Trump a través del Departamento de Eficiencia Gubernamental.
Sin embargo, su aventura fracasó de forma estrepitosa. En las conferencias de prensa, Musk y Trump se pisaban al hablar frente a los micrófonos, incapaces de compartir el protagonismo. Tras meses de tensión y choques de ego, el gobierno le soltó la mano y terminó expulsado de la Casa Blanca.
Quizás Musk sigue prisionero de aquel chico golpeado en los pasillos de Pretoria que desea escapar hacia las estrellas lejanas. Su sueño de Marte no obedece a un cálculo financiero, sino que constituye su única salvación espiritual.
Añora naves plateadas listas para llevar a miles de pioneros a ese mundo rojo. Aunque sea un planeta vacío donde el aire asfixia, prefiere aquel territorio inexplorado antes que la Tierra. Imagina un lugar glorioso, una tierra prometida. Un hogar nuevo, sin memoria terrenal, donde ningún padre abusivo pueda acorralarlo, donde los verdugos de su infancia jamás logren alcanzarlo.
Musk construye robots humanoides para liberar al hombre del esfuerzo físico continuo. Diseña implantes cerebrales microscópicos para fusionarlos con la inteligencia artificial y devolverles el movimiento a personas paralizadas. Despliega miles de satélites en el cielo para proveer internet a los rincones más olvidados del globo.
Es un creador que reescribió las reglas de la modernidad.
Y, a pesar de tanto poder y de tanta riqueza, a veces sube fotos de su mesa de luz a las redes sociales: pistolas sin balas, latas de gaseosa vacías, una soledad tan densa que se puede tocar con las manos. Como revela The Elon Musk Show, el hombre más rico del planeta parece, por momentos, la criatura más sola del universo. Seguí a El Economista en Google Agreganos a tus medios preferidos. + Agregar