Morder los libros
La palabra "Literatura" tiene que ver con las letras (littera) y lo que se hace con ellas (sufijo -ura).
En síntesis, es accionar con las letras, fabricar textos, escribir, hablar, recitar, cantar, utilizar palabras en modo artístico, estético.
A través de la literatura expresamos sentimientos, contamos historias, transmitimos ideas, experiencias.
En el mundo literario describimos la realidad, elaboramos una ficción, relatamos, fantaseamos, explicamos, conjeturamos.
El cuento, la novela, el ensayo, suelen tener un objeto definido. A veces el amor, la violencia, las costumbres, las personas, etc.
El mayor instrumento de la literatura es el libro. El libro, además, puede ser una trinidad, es vehículo de las letras pero también es objeto y personaje de la literatura.
Hay historias sobre libros y bibliotecas, relatos que tienen al libro como protagonista y artículos con el libro como materia de estudio.
Gran cantidad de escritores han hecho del libro una obsesión, una devoción.
Borges confiesa en algún reportaje "yo tengo ese culto del libro. Comprando libros sigo jugando a no ser ciego. Ahí está la enciclopedia que no puedo leer, con los mapas y grabados que no puedo ver; y sin embargo el libro está ahí. Pienso que el libro es una de las posibilidades de felicidad que tenemos los hombres" (Charla con Carlos Cardoso Aveline).
Una pregunta suele repetirse en ámbitos literarios. ¿Puede un libro cambiarnos la vida? Con solo pensar en la educación formal, la respuesta afirmativa sale sola. Los libros forman parte del proceso de aprendizaje escolar.
El poeta otomano del siglo XVI, Latifi, decía que cada uno de los libros de su biblioteca era un amigo verdadero que despeja todas las preocupaciones.
Una biblioteca nos permite colocar uno al lado del otro a Vargas Llosa con García Márquez, los escritores de Florida y los de Boedo, Roberto Bolaño e Isabel Allende, Stephen King y J.K. Rowling y, por qué no, al Nunca Más con la Biblia.
La memoria de la humanidad está en los libros, por eso también duele cuando se pierde un idioma. La pérdida de una lengua va extinguiendo la historia de su pueblo.
Otra de las pruebas de la importancia de los libros la dan aquellos que buscan eliminarlos, prohibirlos o cancelarlos.
Heinrich Heine, poeta judío alemán, en 1820 dijo "donde se queman los libros, se acaba quemando personas". Una triste profecía de lo que vendría con el nazismo. Cada libro en la hoguera oscurece al mundo.
La guerra se lleva los libros, la inundación en Bahía Blanca, la ignorancia, el fundamentalismo y la pobreza.
La Argentina tiene su historia con libros prohibidos, sobre todo en la dictadura. Autores, entre otros, como Cortázar, Walsh (ambos), Puig, Piglia y Galeano.
Nuestra historia tiene dos frases populares referidas a los libros. Vienen de tiempo atrás. Por un lado, "alpargatas sí, libros no", en una dicotomía inútil y por otro, "garrá los libros que no muerden", repetida, en los '50, en la radio, por el humorista Mario Fortuna.
Los libros no muerden, (los ebooks no ladran), pero pueden cuestionar, llamarnos a la reflexión y a la polémica.
Hay libros pergeñados en la soledad del escritor, mientras que hay otros que son en colaboración o se van completando a través de generaciones.
Los primeros son mayoría, dentro de los segundos tenemos cerca algunas obras conjuntas de Bioy Casares y el citado Borges, también la Biblia y Las Mil y Una Noches.
¿Es la Constitución Nacional un libro en colaboración? Sin lugar a dudas, sí. Realizado originalmente en 1853 por una asamblea (constituyentes reunidos) tuvo sus sucesivas reformas, también colaborativas.
Nuestra Constitución es un conjunto de normas que nos organiza y establece nuestros derechos y garantías. Divide los poderes del Estado para que se contrapesen.
Todas las demás leyes deben subordinarse a la Constitución Nacional. Lamentablemente estamos acostumbrados a zarandearla para sacarle al texto constitucional lo que el texto no dice.
El libro fue agitado hace poco desde una banca en la apertura de sesiones del Congreso, y ese pequeño episodio derivó en la intolerancia fuera de lugar (con todo el sentido de esta frase). Nuestra Constitución, alzada en una mano en la Cámara, como un faro que recupera su luz.
Los libros no muerden pero, a la inversa, nuestra Ley Fundamental sufre, en carne propia, por derecha y por izquierda, los tarascones de extremos irracionales.
Cada letra, cada artículo que pretende comerse a la Constitución nos deja más huérfanos y sin historia.
Si la memoria de la humanidad está en los libros, el presente de nuestro deber ser está en la Constitución Nacional. Si la agarramos, no muerde. Seguí a El Economista en Google Agreganos a tus medios preferidos. + Agregar