Debate

La religión después de la religión: un cambio de forma

Durante demasiado tiempo, la religión habló en un idioma que cada vez menos gente entendía o compartía.
Un sacerdote mezclando música electrónica en Plaza de Mayo EE
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Un sacerdote mezclando música electrónica en Plaza de Mayo, frente a miles de personas, en el aniversario de la muerte del papa Francisco. La escena, vista rápido, parecía cualquier cosa menos religión.

Podía leerse como provocación. Como marketing. Incluso como una falta de respeto. Pero no era ninguna de esas cosas. O, al menos, no principalmente.

Lo que pasó este sábado no fue una rareza. Fue una señal.

Durante años se repitió que la religión estaba en retirada. Que había sido reemplazada por la razón, por la ciencia, por la terapia, por el progreso. Que las nuevas generaciones ya no creen. Que las instituciones religiosas habían perdido sentido.

Y, sin embargo, la necesidad que la religión vino a resolver nunca desapareció. Porque la fe no aparece solamente como una tradición. Aparece como respuesta. Como una forma de ordenar lo que no se entiende, de darle sentido a lo que duele, de apoyarse en algo cuando no alcanza con uno mismo. En contextos de incertidumbre —personal o colectiva— esa necesidad no se reduce: se vuelve más visible.

La necesidad de sentido. La necesidad de pertenecer. La necesidad de compartir algo que no sea utilitario. La necesidad de creer en algo, incluso cuando no se lo nombra como fe. Nada de eso se fue.

Lo que sí se fue —o, al menos, se volvió insuficiente— fue la forma. Porque las reglas del mundo cambiaron, y la religión durante mucho tiempo siguió funcionando como si no.

Durante demasiado tiempo, la religión habló en un idioma que cada vez menos gente entendía o compartía. Se volvió rígida, distante, incapaz de adaptarse a una época que ya no funcionaba bajo sus códigos. No porque la fe hubiera desaparecido, sino porque la forma en la que se ofrecía había quedado desfasada. Y cuando una forma se vuelve rígida, no elimina la necesidad: la desplaza.

Por eso, mientras la religión institucional parecía perder terreno, crecían otras cosas. Espiritualidades más difusas, prácticas que prometían orden emocional, nuevos rituales (menos explícitos, pero rituales al fin). Espacios donde la gente buscaba, sin decirlo, lo mismo de siempre.

No era el fin de la fe. Era su transformación silenciosa.

En ese contexto, lo del Padre Guilherme no resulta tan extraño.

Un DJ en Plaza de Mayo no es solo música. Es un ritual. Es gente reunida en un mismo lugar, compartiendo una experiencia que no tiene un objetivo práctico. Es un momento que suspende, aunque sea por un rato, la lógica de lo productivo. Es comunidad.

Es, en esencia, una forma contemporánea de lo que la religión siempre ofreció. La diferencia es el lenguaje. La Iglesia, tarde, empezó a entenderlo. O, al menos, a intentarlo.

El propio papa Francisco fue parte de ese movimiento. No porque haya cambiado la doctrina de fondo, sino porque modificó algo igual de importante: el tono, los gestos, la forma de acercarse. Pasó de una lógica de distancia a una de proximidad.

Incluso en temas históricamente rígidos, como la homosexualidad, donde sin cambiar la posición formal, el gesto —más abierto, menos condenatorio— dijo más que cualquier documento. Frases como "¿Quién soy yo para juzgar?" marcaron un cambio de clima.

No fue una revolución. Fue un intento de actualización.

El Padre Guilherme es parte de ese mismo proceso.

No es el protagonista de nada. No es el futuro de la Iglesia ni una genialidad aislada. Es un síntoma. La evidencia de que la religión no desapareció, sino que está buscando nuevas formas de existir en una sociedad que ya no responde a las viejas.

Un sacerdote mezclando música electrónica en Plaza de Mayo.

Por eso, la pregunta no es si un cura DJ es una falta de respeto.

La pregunta es por qué esa escena, que hace unos años hubiera parecido imposible, hoy funciona.

Y la respuesta es menos escandalosa de lo que parece. Funciona porque responde a algo que sigue ahí. Porque, aunque no siempre se diga, aunque muchas veces se niegue, la necesidad de creer no desapareció. Solo dejó de encajar en las formas tradicionales.

Lo que cambió no es la fe. Es la forma en la que vuelve a aparecer.

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