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Gribaudo: "La IA se debe regular. La pregunta es quién la regula, cómo y con qué objetivos"

"Regular la IA es perfectamente posible. Lo que hace falta es voluntad política, capacidad institucional y claridad conceptual", dice Gribaudo.
La presentación del libro fue en La Feria del Libro. EE
30-04-2026
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Christian Gribaudo, secretario administrativo de la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires, acaba de publicar "Democracia Algorítmica" (Galerna, 2026)

El libro, es obvio, llega en un momento oportuno. La IA avanza como una ola imparable y arrolladora que promete trastocar todo. Eso incluye, lógicamente, a la política, los políticos y la forma en que políticos y cuidadanos se comunican.

El libro de Gribaudo, que es Doctor en Ciencias Políticas, plantea que estamos pasando de una política basada en la deliberación a una política mediada por algoritmos y microsegmentación.

Fue co-escrito junto al vicerrector de la Universidad del Este (UDE), Federico Cerri Martínez.

-¿Cómo se vive esa transformación desde la práctica política concreta?

-La transformación es evidente y, sobre todo, palpable en la práctica cotidiana. La política históricamente se estructuró sobre vínculos, territorios, organizaciones y liderazgos que construían legitimidad a través del contacto directo y la deliberación. Hoy eso convive con una lógica completamente distinta, donde la construcción política muchas veces pasa por la capacidad de interpretar datos, segmentar audiencias y gestionar percepciones en tiempo real.

Esto no implica que la política haya perdido centralidad, pero sí que enfrenta un desafío nuevo: recuperar capacidad de conducción en un entorno donde las decisiones ya no se forman únicamente en espacios institucionales, sino también en plataformas que operan con reglas propias. El riesgo no es la tecnología en sí, sino que la política deje de conducir y pase a reaccionar. Cuando eso ocurre, la agenda pública ya no la define la dirigencia, sino los flujos de información y las dinámicas algorítmicas. El desafío es volver a integrar ambas dimensiones: aprovechar la tecnología sin resignar la conducción política.

-Desde tu rol actual en la Legislatura porteña, el libro abre una pregunta clave: la automatización empieza a entrar en procesos del Estado. ¿Creés que el Estado está preparado para incorporar inteligencia artificial sin perder control político? ¿Dónde está hoy el límite entre eficiencia tecnológica y responsabilidad institucional?

-El Estado no puede quedar al margen de la innovación tecnológica, porque eso implicaría perder eficiencia y capacidad de respuesta. Pero tampoco puede incorporarla de manera acrítica. Hoy el verdadero desafío no es si usamos inteligencia artificial, sino cómo la usamos y bajo qué reglas.

El riesgo aparece cuando la automatización empieza a sustituir la responsabilidad política. Un sistema puede optimizar procesos, ordenar información o mejorar la gestión, pero no puede reemplazar la decisión pública ni la rendición de cuentas. En términos concretos, esto implica avanzar en marcos institucionales claros: auditorías de algoritmos, trazabilidad de decisiones, equipos técnicos interdisciplinarios y, sobre todo, control político sobre las herramientas tecnológicas.

El límite está ahí: en que la eficiencia no desplace la responsabilidad. Porque en el Estado, a diferencia del sector privado, cada decisión impacta en derechos.

-¿Cuál es la necesidad actual de emparentar al 100% la IA con la política?

-La necesidad es absoluta, porque hoy hablar de IA sin hablar de política es una forma de ocultar el problema de fondo.

Durante mucho tiempo se presentó la inteligencia artificial como una cuestión técnica, casi ingenieril, como si fuera un ámbito neutral. Pero la IA no es neutral. Está entrenada con datos, diseñada por personas, financiada por actores concretos y orientada por intereses determinados. Eso significa que toda inteligencia artificial encierra decisiones políticas, aunque no siempre se las nombre como tales.

¿Por qué hay que emparentarla plenamente con la política? Porque afecta directamente dimensiones centrales de la vida colectiva: la libertad, la privacidad, la representación, la igualdad, el acceso a derechos, la circulación de información, la seguridad, la educación, la justicia. No hay prácticamente ningún tema sensible de la vida democrática que no esté siendo tocado por tecnologías algorítmicas.

Además, si no politizamos la IA, otros la van a gobernar por nosotros: las grandes corporaciones, las plataformas, los actores geopolíticos más fuertes o los gobiernos que la usen sin control democrático. Y ahí aparece un riesgo enorme: que la política deje de gobernar la tecnología y que la tecnología termine reordenando la política.

Gribaudo: "La IA se puede regular. Y no solo se puede: se debe. La pregunta no es si se regula o no. La pregunta es quién la regula, cómo y con qué objetivos.  a pregunta es quién la regula, cómo y con qué objetivos"

Emparentar la IA con la política no significa ideologizarla caprichosamente. Significa reconocer que el diseño del futuro no puede quedar en manos privadas, opacas o exclusivamente técnicas. Significa asumir que la tecnología también debe estar sometida a deliberación pública, control ciudadano y marcos éticos e institucionales.

-¿Se puede regular la IA? ¿Cómo?

-Sí, se puede regular. Y no solo se puede: se debe. La pregunta no es si se regula o no. La pregunta es quién la regula, cómo y con qué objetivos. Regular la IA no significa controlar cada línea de código. Significa establecer principios, límites, obligaciones y responsabilidades para aquellos usos que afectan derechos, decisiones públicas o dimensiones sensibles de la vida social. ¿Cómo se puede hacer? En varios niveles.

Primero, con principios generales: transparencia, explicabilidad, no discriminación, supervisión humana, protección de datos, trazabilidad, rendición de cuentas.

Segundo, con enfoque por niveles de riesgo. No todos los sistemas de IA son iguales. No es lo mismo un chatbot para orientación básica que un sistema de reconocimiento facial, un scoring crediticio, una herramienta para selección laboral o un algoritmo que influye en campañas electorales. Cuanto mayor es el riesgo sobre derechos o procesos democráticos, mayor debe ser el nivel de control y auditoría.

Tercero, con instituciones específicas o fortalecidas. No alcanza con leyes abstractas si no hay organismos con capacidad técnica y política para supervisar, auditar y sancionar. Hace falta autoridad pública competente, equipos interdisciplinarios y cooperación entre Estado, academia y sociedad civil.

Cuarto, con alfabetización digital y participación ciudadana. La regulación no puede ser solo desde arriba. También necesita una ciudadanía que entienda qué se está discutiendo y pueda exigir límites, derechos y explicaciones.

Quinto, con articulación internacional. La IA no respeta fronteras del modo tradicional. Por eso hacen falta acuerdos regionales e internacionales sobre datos, deepfakes, campañas políticas, protección de derechos y estándares éticos.

En definitiva, regular la IA es perfectamente posible. Lo que hace falta es voluntad política, capacidad institucional y claridad conceptual. La gran equivocación sería creer que no regular también es una decisión neutral. No lo es. No regular es dejar que regulen de hecho los actores más poderosos.

-¿Qué tipo de dirigente necesita la política hoy frente a este nuevo escenario? ¿Seguimos formando cuadros políticos con herramientas del siglo XX para problemas del siglo XXI?

-Hoy la política enfrenta un desfasaje claro entre los desafíos que tiene por delante y las herramientas con las que forma a sus dirigentes. Durante mucho tiempo, la formación política estuvo centrada en la lógica institucional clásica: partidos, territorio, negociación, construcción de mayorías. Todo eso sigue siendo necesario, pero ya no es suficiente.

"Regular la IA es perfectamente posible. Lo que hace falta es voluntad política, capacidad institucional y claridad conceptual", dice Gribaudo.

El escenario actual exige dirigentes capaces de moverse en una doble dimensión. Por un lado, comprender la complejidad del Estado y sostener la conducción política en contextos de conflicto. Y por otro, entender cómo funcionan las tecnologías que están mediando la vida social. No hace falta que un dirigente sea programador, pero sí que entienda qué hace un algoritmo, cómo se construye una narrativa digital, cómo circula la información y cómo se modelan las percepciones en entornos digitales.

Hoy seguimos, en muchos casos, formando cuadros con herramientas del siglo XX para problemas que ya son claramente del siglo XXI. Y eso genera una brecha que se traduce en pérdida de capacidad de conducción. Porque cuando no se comprende el entorno, se termina reaccionando en lugar de conducir. El dirigente que viene tiene que integrar tres dimensiones: capacidad política, comprensión tecnológica y sentido ético. Política para decidir, tecnología para entender el escenario en el que decide, y ética para no quedar atrapado en la lógica de la manipulación o la mera adaptación a lo que el algoritmo marca. Si no logramos esa síntesis, corremos el riesgo de tener dirigentes cada vez más condicionados por sistemas que no controlan. Pero si la logramos, la tecnología puede convertirse en una herramienta poderosa para fortalecer la democracia en lugar de debilitarla.

-¿Qué rol juegan las redes sociales y los medios de comunicación?

-Las redes sociales juegan hoy un rol estructural. Ya no son simplemente canales de comunicación: son arquitecturas de visibilidad, de circulación de emociones y de organización del conflicto público.

Las redes definen buena parte del ritmo de la política contemporánea. Aceleran tiempos, premian la reacción inmediata, amplifican los extremos, fragmentan audiencias y vuelven más rentable lo emocional que lo racional. Su lógica no es deliberativa; es algorítmica. Y eso significa que lo que más circula no necesariamente es lo más verdadero, lo más justo o lo más importante, sino lo que más retiene atención.

A su vez, las redes convierten a cada ciudadano en productor, consumidor y difusor de contenido político. Eso democratiza ciertas voces, sí, pero también vuelve más caótica, más manipulable y más inestable la conversación pública.

Los medios de comunicación, por su parte, siguen siendo actores centrales, pero ya no monopolizan la agenda como antes. Hoy conviven con influencers, streamers, cuentas militantes, canales alternativos y ecosistemas informales de información. Eso produjo una pérdida de centralidad, pero también una crisis de autoridad. Mucha gente ya no sabe en quién confiar.

Sin embargo, los medios todavía tienen una función irremplazable: verificar, jerarquizar, contextualizar, contrastar. Cuando abdican de esa función y se limitan a correr detrás de la lógica del escándalo o de la viralidad, se vuelven parte del problema. Pero cuando sostienen estándares profesionales, siguen siendo una pieza clave para defender un mínimo de verdad pública compartida.

En síntesis: las redes organizan velocidad, emocionalidad y segmentación; los medios todavía pueden aportar verificación, contexto y profundidad. El problema aparece cuando ambos quedan absorbidos por la misma lógica del impacto. Seguí a El Economista en Google Agreganos a tus medios preferidos. + Agregar