Gabriel Puricelli: "Representamos una izquierda que no teme hablar de equilibrio fiscal"
En una Buenos Aires a dos semanas de sus elecciones, Gabriel Puricelli camina la campaña con oído de investigador y paciencia militante. Dice que en las esquinas de la Capital "hay más antimileísmo que antipolítica". Puricelli, sociólogo y candidato a diputado nacional por Movimiento Ciudadano, un nuevo espacio, está convencido de que aflora la necesidad de una izquierda democrática que "no renuncie ni a la ética de los derechos humanos ni a la responsabilidad fiscal".
Puricelli es porteño y vivió hasta los 27 años en el Barrio Piedrabuena, en Villa Lugano. Hijo de clase media ascendente de los sesenta y setenta, tuvo una infancia tranquila, atravesada por escuela y tardes de natación. Su padre, empleado público, fue pionero en la informatización del sistema previsional; estudió Medicina hasta obtener el título intermedio de técnico en hemoterapia y, años después, completó Análisis de Sistemas en la UTN, formalizando lo que venía haciendo en el oficio. Su madre trabajó como personal no docente en una escuela normal y, luego, fue ama de casa y sostén fundamental de la familia.
Tras cursar sus estudios en el Nacional Buenos Aires, entre Arquitectura y Sociología, Puricelli eligió lo segundo: lo intrigaba el "automatismo de lo social", esa trama de reglas que organiza la vida en común. La democracia que nacía encuadró su militancia. Entre 1989 y 1992 fue secretario de Derechos Humanos de la FUBA por la Juventud Universitaria Intransigente y, desde ese rol, impulsó la última acción callejera contra los indultos: la maratón "¡Corramos, sale Videla!". Puricelli, como varios de su generación, pasó por el Partido Intransigente, una cuna para la nueva clase política democrática.
El foco era nítido: combatir la violencia institucional, trabajar para que se dieran de baja los edictos policiales —normas que permitían detenciones arbitrarias por parte de la Policía Federal y eran resabios de la última dictadura— y acompañar el reclamo de justicia por Walter Bulacio, el estudiante de 17 años detenido ilegalmente y asesinado a golpes por la policía en 1991 tras asistir a un recital de Los Redonditos de Ricota.
En 1993 Puricelli fue quinto candidato a diputado del Partido Intransigente por el Frente Grande; Noticias lo señaló como "el candidato más pobre" al comparar declaraciones juradas en la Capital. Ese mismo año ganó la beca de la FURP y recorrió Austin, Richmond, Washington, Nueva York y Boston; también cruzó a Quebec y Montreal. En Washington, él y Máximo Langer —politólogo argentino hoy profesor de Derecho en UCLA— pidieron una reunión con el único independiente de la Cámara de Representantes: Bernie Sanders. No hubo foto con el congresista, aunque sí hubo charla con su jefe de asesores.
Preguntado por el "Bernie Sanders argentino", propone piezas parciales: Oscar Alende por la conexión generacional; Pino Solanas por vigor de movimiento, aunque con un nacionalismo "old style" que no encajaría con Sanders. "Ojalá hubiera un Bernie criollo 2025; hoy no lo veo", se sincera.
Tres décadas después, Puricelli mantiene vínculo con el ex asesor principal de política exterior de Sanders: "Estamos intercambiando información sobre el salvataje de Estados Unidos a la Argentina".
En 1995, cursó el programa de verano del Instituto Internacional de Derechos Humanos en Estrasburgo, Francia. Europa fue una confirmación: "Una inmersión en el Estado de Bienestar", recuerda, alojado junto a grandes complejos de vivienda social.
Desde entonces, las leyes internacionales y el enfoque de derechos se volvieron brújula. Socio del Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS) desde 2009, Puricelli combinó análisis político-económico con gestión pública: fue jefe de Gabinete en la Dirección General de Relaciones Internacionales del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires entre el 2000 y el 2001.
En el presente coordina el Programa de Política Internacional del Laboratorio de Políticas Públicas (LPP), fundación privada que nació de un diálogo con experiencias de cooperación en Río de Janeiro. Desde el Laboratorio promovió monitoreos de transporte, un programa de datos abiertos sobre la concesión del subte, debates de urbanismo y políticas de niñez.
Como docente, dicta seminarios en la Especialización en Estudios Contemporáneos de América y Europa en la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA. Asimismo, brinda un curso en inglés de Globalización y América Latina para estudiantes de intercambio en una institución privada.
—¿Cómo va la campaña?
—Está linda la calle en la Capital. Se evidencia el antimileísmo. La recepción general es buena. Lo interesante son las charlas con votantes que Milei está perdiendo. Hay arrepentidos que dicen: "Lo voté, pero no lo volvería a votar".
Ese oído para el humor social convive con la memoria militante. Puricelli no se define como outsider: reivindica a los profesionales de la política. En su lectura, el mito del outsider se corrompió: "Hacer política con outsiders se transformó en una experiencia con lúmpenes". De ahí se desprende la urgencia: reconstruir un Congreso con reflejos de control en tiempo real, sobre todo en política social, ingresos, economía y política exterior.
Puricelli reivindica una tradición que mezcla principios con pragmatismo. De aquellos primeros años de experiencia política, además del liderazgo de Raúl Alfonsín, rescata un canciller "extraordinario", Dante Caputo, y el papel de Susana Ruiz Cerutti, primera mujer al frente de la Cancillería. Esa escuela —activismo diplomático para blindar democracia y paz— contrasta con lo que describe como el extravío actual: "Con Milei dejamos de tener política exterior. Se usan recursos del Estado para promoción personal".
"Con Milei dejamos de tener política exterior. Se usan recursos del Estado para promoción personal"
Su casa política actual es el Grupo Paternal, un reagrupamiento de izquierda democrática que ayuda a construir hace tres años, en el que conviven exmilitantes del PJ, el PS, la UCR y el PI de su generación con economistas además de figuras culturales. Grupo Paternal confluye con Esteban Paulón y Alejandro Katz en Movimiento Ciudadano, en una lista en la que Puricelli es candidato a diputado nacional. En paralelo, una tradición que hereda el propósito de, entre otros, Proyecto Sur.
Como columnista frecuente —Le Monde Diplomatique, edición Cono Sur, el DiarioAr, entre otros—, Puricelli insiste en un hilo conductor: el Congreso debe impedir que el Ejecutivo se salga del cauce constitucional.
El Congreso debe impedir que el Ejecutivo se salga del cauce constitucional
La cronología de su vida opera también como apuesta política. De la adolescencia en Piedrabuena a la FUBA; de la residencia en Estrasburgo al itinerario FURP con escala en Vermont; del vínculo con el ex asesor principal de política exterior de Sanders a la defensa del derecho internacional como política de Estado; de los monitoreos de subte a la misión de un Congreso con controles de "tiempo real".
En ese arco se arma su historia: militante laico de derechos humanos, socialista democrático que no romantiza el déficit y, a la vez, un internacionalista que derriba el reflejo antinorteamericano sin por ello abandonar el antiimperialismo.
—¿Qué queda de aquel 1993 y de ese capítulo de tu vida en Estados Unidos?
—El viaje a Estados Unidos me sirvió para reafirmar que el antinorteamericanismo carece de sentido. Estados Unidos es un país diverso, y oponerse "a los Estados Unidos" en bloque implica tener una visión simplificadora. Ver de cerca la existencia de un progresismo real en su sociedad me ayudó a elaborar y reafirmar la idea de que el antiimperialismo no debe confundirse con un rechazo chauvinista a un país. El tiempo, además, me da la razón: la resistencia actual contra Trump lo demuestra. Es una sociedad desigual, aunque al mismo tiempo conserva reservas políticas y morales muy fuertes.
El antiimperialismo no debe confundirse con un rechazo chauvinista a un país
Este modo de pensar de Puricelli atraviesa su recorrido. No hay atajos ni revoluciones en la víspera. Hay prepotencia de trabajo y apuesta por las sutilezas. Prefiere una gramática de instituciones: Estado profesional sin coartadas corporativas; equilibrio fiscal que no caiga sobre los que menos tienen. Con ese mapa, sale a buscar a un electorado porteño opositor que, según sus números, supera el 60% y, sin embargo, está subrepresentado.
Puricelli tiene un horizonte: no abandonar la conversación con quienes todavía creen que la democracia puede mejorarse. Hace falta coraje institucional.
—¿Por qué ser diputado nacional hoy?
—Primero, porque, contrariamente a lo que suele afirmarse, la política necesita que estemos los militantes políticos, incluidos —aunque no sea mi caso— los políticos profesionales. La política requiere personas que se dediquen de manera sistemática a ella.
Yo nunca dejé de hacer política, aunque casi nunca lo hice de forma rentada, salvo durante un período en el que trabajé junto a Horacio Viqueira, del FREPASO, en el Congreso.
La experiencia de hacer política con outsiders se transformó en una experiencia de hacer política con lúmpenes. La política, que ya venía atravesando una fuerte pérdida de calidad, entró directamente en un tobogán, y detener esa caída requiere un esfuerzo enorme. También debemos ofrecerle a la ciudadanía listas que puedan mirarse al trasluz sin que aparezca ninguna sorpresa desagradable, ni siquiera entre los suplentes.
Se trata de llevar distintos saberes a la Cámara. Consideramos que una de las dimensiones más funestas de la experiencia de la extrema derecha es la política exterior de Milei. Y una de las áreas en las que el Congreso más retrocedió fue en su capacidad para influir sobre la política exterior del Poder Ejecutivo.
Si tuviera la posibilidad de ser electo, mi objetivo sería integrar la Comisión de Relaciones Exteriores, con la idea de fortalecer esa influencia y hacer todo lo posible por enderezar la política exterior del Gobierno.
La experiencia de hacer política con outsiders se transformó en una experiencia de hacer política con lúmpenes
—¿En qué se distingue la propuesta de Movimiento Ciudadano del FIT y del progresismo kirchnerista?
—Se distingue del FIT porque nosotros queremos gobernar en las condiciones en que nos toque gobernar. No tenemos un programa pensado para el día en que se den las condiciones ideales y el proletariado haya hecho la revolución.
Esa diferencia podría sintetizarse con una frase de José Ingenieros: "Mañana es la mentira piadosa con la que se engañan las voluntades moribundas". En cierto modo, sostener una idea revolucionaria cuando hay políticas de reforma radical al alcance de la mano, viables en las condiciones sociales y tecnológicas actuales, implica renunciar a transformar el presente.
Lo digo con enorme respeto por el compromiso del FIT con las luchas sociales. Sin embargo, hay una diferencia clara entre la izquierda democrática y la izquierda revolucionaria. Parte del sentido del Movimiento Ciudadano es precisamente darle voz a muchas personas que han votado al FIT sin compartir su visión ideológica.
En cuanto al kirchnerismo, creemos que su proyecto tuvo inconsistencias políticas y económicas profundas. Fue un gran error optar por "un poquito de inflación" cuando Kirchner echó a Lavagna; un error aún mayor elegir "un poquito de déficit fiscal" durante los dos mandatos de Cristina; y un error directamente criminal impedir que Martín Guzmán implementara una política de ajuste que no recayera sobre los sectores populares.
La principal diferencia con el kirchnerismo es que, a lo largo de los años, fue enhebrando una serie de errores que dejaron el terreno preparado para un gobierno de extrema derecha como el que tenemos hoy. Nosotros representamos una izquierda que no teme hablar de equilibrio fiscal.
Nos diferenciamos, por supuesto, de los libertarios: no somos dogmáticos del superávit ni creemos que deba existir siempre y en todo momento. Defendemos la idea de un equilibrio fiscal intertemporal y sostenemos que ese equilibrio nunca debe alcanzarse sobre los hombros de los sectores vulnerables.
En el kirchnerismo y en el peronismo más amplio, esa discusión sigue pendiente. Es evidente que en el cristinismo no hay autocrítica sobre la irresponsabilidad fiscal que caracterizó a su gestión, y esa es una diferencia central.
—¿Qué aprendizajes de tu trabajo en derechos humanos pueden convertirse en agenda legislativa?
—Es necesario retomar la idea de los derechos humanos como una noción ecuménica. En los últimos años se tendió a partidizar el tema, a restringirlo a la reivindicación de los ideales de quienes fueron víctimas de la dictadura, y se dejó de lado la agenda de futuro que los derechos humanos implican. Porque los derechos humanos son, en definitiva, la vara con la que debe medirse la justicia de todas las políticas públicas.
Nuestra visión de los derechos humanos es integral: no los concebimos como un complemento de la política pública, sino como su punto de partida. Toda política pública debería pensarse desde un enfoque de derechos, y esa es la agenda que buscamos impulsar. Por supuesto, sostenemos el proceso de Memoria, Verdad y Justicia —capitalizando todo lo logrado por los organismos de derechos humanos—, pero queremos incorporar los derechos humanos como el núcleo de la política pública y como el corazón de un proyecto de reforma radical para la Argentina.
Los derechos humanos son, en definitiva, la vara con la que debe medirse la justicia de todas las políticas públicas
—¿Cuáles serían tres proyectos prioritarios para los primeros cien días en el Congreso?
—Más que pensar en proyectos legislativos específicos, lo urgente es fortalecer la capacidad de control del Congreso. Esto vale con más fuerza aún para la política social, la política de ingresos y la política económica. Todos esos ámbitos requieren un control mucho más activo por parte del Parlamento.
No alcanza con tener una Auditoría General de la Nación que actúa ex post: es una herramienta valiosa, pero no reemplaza el control que el Congreso debe ejercer de manera inmediata y efectiva.
En ese sentido, nuestra intención es reforzar el tipo de trabajo que viene haciendo Esteban Paulón en estos casi dos años. Su participación en la Comisión LIBRA, por ejemplo, es una muestra de ese enfoque. También el trabajo de Mónica Fein en la Comisión de Salud refleja esa impronta.
Por eso, más que enumerar proyectos de ley, lo prioritario es recuperar esa función un tanto olvidada del Congreso. Respondo de este modo porque muchos de mis competidores esquivan una definición más comprometida sobre el rol del Parlamento apelando a "tres proyectos de ocasión". Eso puede servir para salir del paso en una entrevista o en un programa de televisión, pero no aborda la discusión central: la necesidad de reforzar el Congreso.
Consideramos que el gobierno de Milei se ha salido del cauce constitucional. Lo ha hecho, entre otras cosas, al optar deliberadamente por no tener presupuesto. No es que no haya podido aprobarlo: eligió conscientemente sustraerle al Poder Legislativo una de sus funciones esenciales.
Sin presupuesto, prácticamente no puede hablarse de poder legislativo. A eso se suma el desconocimiento de leyes cuyos vetos ya habían caído, otro signo claro de ruptura constitucional. Frente a eso, la tarea es reforzar al Congreso y, de manera central, negarle a La Libertad Avanza y sus aliados el tercio de bloqueo por los próximos dos años.
Hay que volver al cauce de la Constitución. Hay que volver al cauce de la democracia.
—Venezuela, Nicaragua, Gaza, Ucrania. ¿Qué criterios universales deberían aplicarse para evitar dobles varas?
—Ante todo, una defensa intransigente del derecho internacional. Tanto el derecho escrito como las normas consuetudinarias ofrecen pautas muy claras para posicionarse en defensa de Ucrania, porque se trata de la defensa de la integridad territorial. Y la Argentina tiene, además, un mandato constitucional de recuperar las Islas Malvinas, lo que refuerza la coherencia de ese principio. Hay una consistencia en la política exterior argentina que solo puede sostenerse con un apego firme a las normas internacionales.
En segundo lugar, una concepción clara del interés nacional. Si se evalúa el inventario del poder duro y del poder blando de la Argentina, ambos obligan a mantener una posición coherente en la defensa del derecho internacional. La defensa de ese marco normativo no solo le valió al país un Premio Nobel de la Paz con Carlos Saavedra Lamas, sino que además permitió que la Argentina —a lo largo de todos los gobiernos democráticos, y digo todos con intención, hasta el de Javier Milei— hablara con autoridad y credibilidad porque supo sostener un poder blando basado en la coherencia.
Un fundamento ético de la política exterior implica que, como toda política pública, debe estar atravesada por el paradigma de los derechos humanos. Ese enfoque permite posicionarse frente a Cuba, Nicaragua, Venezuela, El Salvador y cualquier otro país donde se violen derechos humanos o existan presos políticos.
Eso no implica adoptar una postura altisonante ni declamatoria. Significa ejercer una presión diplomática real, efectiva, sobre los gobiernos que violan los derechos humanos. La Argentina no necesita publicar tuits con exageraciones o insultos: necesita ejercer diplomacia, no tribuna. La vara para medir la política exterior argentina no debe ser cuán fuerte insulta un funcionario a Daniel Ortega, sino cuán eficaz es la presión para liberar a los presos políticos en Nicaragua.
La Argentina no necesita publicar tuits con exageraciones o insultos: necesita ejercer diplomacia, no tribuna
Si eso requiere confrontar abiertamente con Ortega, debe hacerse. Pero si los objetivos materiales —mejorar la situación de las víctimas— pueden lograrse de otro modo, también es válido. Esa postura marca una distancia clara tanto con la política del kirchnerismo —que muchas veces se guió por el principio falaz de que "el enemigo de mi enemigo es mi amigo"— como con la de los libertarios, y en parte con la del macrismo, que prefirieron tribunear críticas a las dictaduras sin comprometer recursos diplomáticos para mejorar concretamente la vida de quienes las padecen.
—Trump recibió a Milei en la Casa Blanca y condicionó el apoyo estadounidense al resultado de las legislativas. ¿Qué implica ese gesto en términos de injerencia y reglas del juego democrático?
—Es una ruptura flagrante del principio de no intervención en los asuntos internos de otros países. Y, al mismo tiempo, una cesión de soberanía por parte del gobierno argentino. Hubo una delegación oficial que se dejó aleccionar en silencio por el secretario del Tesoro estadounidense, quien durante varios minutos les explicó qué debían hacer. Fue una escena en la que los representantes de 47 millones de argentinos se comportaron como alumnos de quinto grado frente a un profesor que los reta. Todo fue producto de una improvisación.
Trump ha acostumbrado a humillar a los jefes de Estado que recibe, y una burocracia diplomática profesional debería advertir a cualquier mandatario antes de reunirse con él —y más aún si hay cámaras encendidas— que lo piense dos veces. En este caso, la búsqueda de una foto del fan con su ídolo derivó en una escena bochornosa que nunca debió haber ocurrido.
—¿La Argentina puede sostener vínculos financieros con Washington y, al mismo tiempo, una canilla de liquidez con Beijing sin quedar atrapada en el fuego cruzado geopolítico?
—Debe hacerlo. La Argentina tiene que mantener las mejores relaciones posibles con Estados Unidos y, al mismo tiempo, con China. Es un ejercicio de equilibrio dificilísimo, pero toda política exterior razonable se basa en la maximización de la autonomía. Y para maximizar su autonomía frente a los grandes actores internacionales, el país necesita invertir todos sus recursos diplomáticos en sostener relaciones constructivas con ambos, sabiendo que no siempre será posible mantener ese equilibrio.
También aquí aplica la idea de equilibrio intertemporal: habrá momentos en que deba mostrarse más condescendiente con uno y otros en los que deba hacerlo con el otro. Es un juego complejo, aunque no inédito. La democracia argentina ya lo supo jugar en tiempos de la Guerra Fría, en un contexto mucho más difícil que el actual.
Raúl Alfonsín, por ejemplo, logró que el Tesoro de los Estados Unidos lo asistiera en dos oportunidades con el Fondo de Estabilización Cambiaria, a pesar de que la Argentina coincidía en muy pocos votos con los Estados Unidos en la Asamblea General de las Naciones Unidas. Solo basta mirar esa tradición diplomática en democracia para imaginar una política exterior que nos saque de la vergüenza y restituya la dignidad del país.
Es evidente que, siendo Estados Unidos el principal inversor extranjero en la Argentina y China su segundo socio comercial, no hay escapatoria posible a esa realidad material. Por eso las relaciones con ambos países deben cultivarse con inteligencia, dignidad e independencia.
—Trump dijo que no visita la Argentina porque está muy ocupado. Desde su regreso a la Casa Blanca en 2025 ya viajó a más de diez países. ¿Cómo se interpreta esa excusa frente a su agenda real?
—No necesita visitar la Argentina para que el país se pliegue por completo a su política exterior. Si se piensa desde la lógica de Trump, no tiene ningún incentivo para tomarse diez horas de vuelo hacia Buenos Aires.
También hay que tener en cuenta el peso relativo de la Argentina en el escenario global. Somos la vigésima segunda economía del mundo, y Trump lleva apenas ocho meses de gobierno. No debería considerarse anormal que un presidente de Estados Unidos aún no haya visitado la Argentina. Las visitas presidenciales guardan proporción con el poder real de los países receptores.
Por supuesto, un país que se reconstruya económicamente y deje atrás la posición mendicante actual en materia de política exterior será mucho más atractivo para cualquier presidente estadounidense.
—Si Milei deja el poder en 2027, ¿una fuerza de otro signo ideológico podría mantener una relación sensata con una Casa Blanca republicana?
—Tal vez no acuerdos formales, pero sí formas de convivencia mutuamente convenientes. En general, la relación entre la Argentina y los Estados Unidos, desde el retorno de la democracia, nunca fue de tensiones inmanejables.
Durante el gobierno de Alfonsín hubo fricciones, pero la diplomacia argentina se comprometió con la paz en Centroamérica, incluso yendo en contra de la política estadounidense. Y, aun así, los intereses a largo plazo de Estados Unidos terminaron mejor servidos por la política audaz de Alfonsín que por la visión cortoplacista de los republicanos de Reagan. En esa perspectiva, no hay dudas de que la Argentina puede mantener relaciones normales —con tensiones manejables— con cualquier gobierno estadounidense, sea del signo que sea.
—¿Qué diferencias observás entre la política exterior de la Argentina durante el gobierno de Alfonsín y la actual?
—La política exterior es uno de los ámbitos en los que más hemos retrocedido en los últimos años. Con Milei directamente dejamos de tener política exterior. Ha puesto los recursos del Estado al servicio de una estrategia de autopromoción personal que, en el mejor de los casos, expresa la inserción de Milei y La Libertad Avanza en la "internacional negra" de la extrema derecha.
Con Milei directamente dejamos de tener política exterior
La Argentina perdió por completo su voz. Un dato lo muestra con claridad: pasamos de coincidir con los Estados Unidos en un 45% de los votos en Naciones Unidas durante el gobierno de Macri, a coincidir en más del 90% con Milei. Esa cifra ilustra la magnitud del desastre.
Alfonsín tuvo una proyección internacional indiscutible, un canciller extraordinario en Dante Caputo y una gran canciller en Susana Ruiz Cerutti. Su política exterior no respondía a caprichos personales, sino a una necesidad histórica: la de una Argentina que recuperaba la democracia en una región aún plagada de dictaduras y bajo la sombra de la Guerra Fría.
Alfonsín comprendió que debía tener un activismo internacional intenso para garantizar la paz y la democracia en el Cono Sur. Su gobierno fracasó en lo económico, pero dejó consolidada la libertad política y la estabilidad democrática, en buena medida gracias a esa política exterior.
Durante los gobiernos kirchneristas también hubo una presencia internacional relevante: la Argentina formó parte del concierto sudamericano en un momento de creatividad institucional, con la UNASUR, la CELAC y el ingreso al G20. Cambió su rol, pero no perdió relevancia.
Alfonsín fijó reglas canónicas para la política exterior. Ni Menem, ni De la Rúa, ni los Kirchner, ni siquiera Macri se apartaron demasiado de ellas. Hubo diferencias, por supuesto —unas gestiones más pronorteamericanas, otras más distantes—, pero siempre dentro de una avenida de cuatro carriles. Milei rompió los guardarrailes y se fue a cualquier lado.
—Trump pareció entusiasmar a Milei, quien llegó a decir que en la Argentina "saldrán los dólares por las orejas". ¿Cómo interpretás esa frase?
—Es una afirmación insostenible. Refleja un optimismo ingenuo que, paradójicamente, Milei comparte con lo que él mismo llama "la casta" y con las élites que vino a reemplazar. Es una actualización del viejo apotegma falso según el cual la Argentina se salva con una cosecha. En Milei y en parte de la élite persiste la idea de que la bonanza de las commodities mineras y energéticas representa una tierra prometida al alcance de la mano.
Milei habla de los dólares que "nos van a salir por las orejas" como si el país pudiera llegar indemne al momento en que ese nuevo ciclo extractivista empiece efectivamente a generar divisas. Gobiernos anteriores también creyeron tener esa tierra prometida a la vuelta de la esquina. En su momento, los ingresos fiscales de las retenciones a la soja fueron esa promesa bajo el kirchnerismo. Hoy, Milei plantea lo mismo con las exportaciones energéticas y mineras.
En la élite, más allá de Milei, hay muchos que piensan igual, aunque no lo digan de manera tan brutal. Subyace una ingenuidad estructural. Nosotros, en cambio, analizamos que lo que hace falta es un plan consistente para llegar al punto en que Vaca Muerta, la minería, la soja o la agroindustria puedan generar los dólares que el país necesita. No creemos que ese momento esté cerca ni que las actividades extractivas deban sostenerse a perpetuidad. Las vemos como instrumentos de una transición social y ecológica hacia adelante.
—Tras la derrota de Milei en la provincia de Buenos Aires y la crisis política posterior, ¿en qué políticas observás compatibilidad real con Kicillof y en cuáles tensión?
—Hay compatibilidad con Kicillof en la idea de que es necesario priorizar la política social y la educación, incluyendo de manera destacada la infraestructura escolar, la recomposición salarial y la dignificación de la profesión docente. También en la necesidad de retomar la obra pública y el desarrollo de infraestructura, y en la convicción de que, en un mundo donde ha regresado la política industrial, la Argentina debe tener una.
Por otro lado, Kicillof nunca hizo una autocrítica pública sobre su gestión como ministro de Economía, y desde nuestro espacio sostenemos que esa gestión careció de criterios de justicia social en la asignación de subsidios. Se cargó al Estado con un gasto fiscal enorme, sin justificación basada en la equidad, al subsidiar a sectores que no lo necesitaban.
No hay señales de que Kicillof haya revisado aquella postura. Ahí aparece un terreno amplio de divergencia respecto de lo que podría ser su propuesta si se presentara como candidato presidencial en 2027.
—¿Y qué evaluación hacés sobre los gobernadores del centro, como Llaryora o Pullaro?
—A título personal, están tentados a convertirse en rueda de auxilio de La Libertad Avanza durante los próximos dos años. Espero que no caigan en esa tentación, pero la tentación existe.
Superar políticas fracasadas no significa adjudicarle ese fracaso a una sola fuerza o a un solo liderazgo. No se trata de hacer antikirchnerismo, sino de superar las ideas del kirchnerismo. Y hacerlo con audacia, sin prejuicios, sin convertir la oposición al kirchnerismo en una identidad política. El problema de muchos gobernadores es que no logran construir una política propia, con personalidad suficiente, que no dependa de decir "no somos kirchneristas" o "no somos libertarios".
Los gobernadores están tentados con ser rueda de auxilio de La Libertad Avanza en los próximos dos años"
—¿Es relevante reformar el Estado argentino?
—Hace falta una reforma del Estado para mejorar la profesionalización y la dignificación del funcionariado, para ampliar el acceso de la ciudadanía a los servicios y para mejorar la calidad de esos servicios.
Todo eso requiere profesionalización, mejores salarios, desconcentración de recursos, descentralización de estructuras y, sobre todo, la eliminación de los nichos de captura corporativa que existen en múltiples agencias estatales. Hay organismos que no sirven a una visión de Estado, sino a la protección de intereses sectoriales. Nosotros creemos en la política industrial, pero también en la universalidad y en el federalismo. Un Estado capturado por corporaciones no puede cumplir bien sus funciones.
Tampoco puede hacerlo un Estado donde los nombramientos son discrecionales o donde la mayoría de los empleados trabajan en condiciones precarias. Bajo esas premisas, sí: hace falta una reforma del Estado. Pero una reforma que no tiene que ver con su tamaño.
Cualquier estructura estatal fiscalmente sostenible, que cumpla con esos requisitos, es un tamaño aceptable. No se trata de si el Estado es grande o chico, sino de si es óptimo.
—¿Qué debería hacerse con el RIGI?
—El RIGI nos priva de los recursos fiscales necesarios para construir un puente entre la crisis actual y esa supuesta tierra prometida de la abundancia de dólares. Es un tiro en el pie. El RIGI elimina la posibilidad de una transición justa hacia un modelo en el que la Argentina exporte lo suficiente para sostener un Estado eficiente y una política de desarrollo coherente.
Hace falta una revisión total. Habrá que evaluarlo en su momento. Hoy, eliminarlo tendría bajo costo, porque prácticamente no hay proyectos aprobados. Si en el futuro hubiera múltiples proyectos en curso, habría que analizar caso por caso y encarar una negociación firme con los inversores que se beneficiaron con este régimen.
Imagino que, en el cálculo de cualquier inversor sofisticado, rige el principio de que "cuando la limosna es grande, hasta el santo desconfía". Es difícil creer que quienes pueden acceder a los beneficios del RIGI no contemplen, dentro de su evaluación de riesgo, que el régimen puede dejar de existir.
El RIGI es un tiro en el pie
—¿Qué le diría a un votante no peronista preocupado por el riesgo de fragmentación de la oposición?
—El punto de partida de nuestra campaña es una constatación irrefutable: en la Ciudad de Buenos Aires, la mayoría de los ciudadanos se oponen al gobierno de Milei. En la elección de mayo, las fuerzas que se han mantenido consistentemente opositoras —desde su propio programa y su propia cultura—, como Fuerza Patria y el FIT, reunieron poco más del 30% de los votos.
Existe otro 30% de electores opositores a Milei en la Ciudad a los que buscamos convocar para que voten por una fuerza que garantice una oposición real, que no actúe como lo que llamamos "los ferreteros": aquellos que fueron elegidos para oponerse en el Congreso y terminaron dándole herramientas al gobierno para la demolición de la República.
Hay una subrepresentación de la oposición. Para que el Congreso tenga verdaderos opositores, hace falta Movimiento Ciudadano.
Ese 30% opositor a Milei que no votó al kirchnerismo dispersó su voto en la elección porteña de mayo. Nuestra convocatoria hoy es clara: todo aquel que quiera despegarse del peronismo o del FIT es bienvenido, pero el llamado principal es a quienes, como nosotros, están convencidos de que hay que negarle al gobierno el tercio de bloqueo en el Congreso por los próximos dos años.
Apelamos a quienes quieren tener la certeza de que, cuando votan a un opositor, ese opositor no se siente en la banca y empieza a dudar si debe oponerse o colaborar. Creemos que esos ciudadanos representan, como mínimo, el 30% del electorado porteño. Queremos empezar a organizarlos desde ahora, de cara a 2027.