Lecturas

El rol del misterio en la distribución del poder

¿Quién toma realmente las decisiones en el Gobierno de Milei? El misterio como herramienta para concentrar poder y generar dependencia vertical.
Casa Rosada
Fabrizio Zotta 29-11-2025
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En tiempos en que la política suele analizarse como una disputa ideológica o comunicacional, es fácil pasar por alto algo fundamental: un gobierno también es una organización. Y como toda organización, funciona con lógicas de poder, alianzas, zonas de incertidumbre y mecanismos de control que no se explican únicamente en términos de identidades políticas. Es el caso del diseño de la distribución del poder en el gobierno encabezado por Javier Milei.

El interrogante de fondo que se despliega al analizar el funcionamiento del gobierno es quién manda, quién lidera el rumbo de un gobierno que suele mostrarse compartimentado, al menos, en dos: la concepción y gestión económica y el armado político.

La dimensión económica es la que prácticamente monopoliza el discurso presidencial, en tanto que la construcción política del gobierno es más difusa, y ha tenido serias dificultades en estos primero dos años de mandato. En este plano se recortan dos figuras que se siguen construyendo, casi mitológicamente, como misteriosas: Karina Milei y Santiago Caputo.

El rol del misterio en la distribución del poder es clave: qué credenciales y qué logros tienen para mostrar aquellos que se sindican como los principales decisores políticos del gobierno, cómo se mueven, cómo operan y qué rol ocupan en la estructura formal son capas opacas que el propio gobierno se encarga de mantener en el ámbito de lo misterioso.

Está claro que toda estructura formal —ministerios, secretarías, organigramas— es apenas la superficie de una trama de poder más profunda: redes informales, acceso privilegiado a información, dependencia de recursos clave, cercanía con el líder.

Eso es a lo que apunta la comunicación oficial de los saludos del jefe de Estado con cada ministro en el inicio de las reuniones de gabinete. La edición con música, la duración de los abrazos, besos y saltos efusivos funcionan como una ratificación de la mística de un equipo y construye, además, una suerte de "ranking" de cercanía con el líder. La efusividad y la extensión del saludo funciona como una constatación del éxito o de la caída en desgracia, más allá del cargo y sus responsabilidades.

El control de la incertidumbre

En las organizaciones verticales, el organigrama es secundario respecto del poder informal, y ese poder se mide, como sostiene el sociólogo franco-austríaco Erhard Friedberg, en quién o quiénes tienen la capacidad de controlar la incertidumbre, es decir, quién no se desorienta cuando todo parece un desorden. El mismo autor agrega que la ambigüedad de las reglas y de las estructuras "es un elemento constitutivo del juego organizacional".

Por eso es frecuente ver modelos de liderazgo en los cuales muchos actores piensan y actúan como si realmente tuvieran el poder de tomar decisiones, dirigen áreas en aparente libertad y autonomía, tienen la ilusión de participar de una organización horizontal y democrática, sin poder percibir que no tienen relevancia alguna en la conducción real del poder. 

Una de las estrategias principales de esta forma de conducir es designar figuras con poder difuso. Estas personas están allí para generar zonas de incertidumbre que solamente entienden y controlan los que verdaderamente tienen el poder, no importa el escalafón que tengan. Por eso, la incertidumbre obliga a la consulta permanente y a la búsqueda de la alineación vertical, lo que recorta las posibilidades reales de liderazgo democrático.

Así, el misterio juega un papel preponderante en la construcción del poder del nuevo gabinete. Y esto es así porque está compuesto por figuras de diversas extracciones ideológicas, que reportan a distintas terminales políticas y que pertenecen a un gobierno cuya fuente de legitimidad del poder es unipersonal: sin historia partidaria, sin estructura, sin gobernadores, sin aparato. Sólo un nombre propio.

Karina, Adorni, (Luis) Caputo, Sturzenegger, Bullrich, Petri, Petovello, Santilli; en su momento Nicolás Posse y Guillermo Francos, los Menem y el fantasma (Santiago) Caputo. Todos nombrados por el líder con adjetivos hiperbólicos: colosos, los mejores de la historia, superlativos, gigantes, extraordinarios. 

Pero, ¿cuántos de ellos no son, en la épica de la incertidumbre, titanes del poder aparente? 

Dios mueve al jugador y este a la pieza. Lo que sigue en el soneto de Borges es conocido: Qué Dios detrás de Dios la trama empieza, en los inestables equilibrios de poder de esa organización humana, que llamamos gobierno. Seguí a El Economista en Google Agreganos a tus medios preferidos. + Agregar