"El peronismo actúa como si el derrumbe del gobierno de turno pudiera ahorrarle la tarea de renovarse": opinan Semán, Fornoni y Romero
Buenos Aires, Córdoba, Salta, Santa Fe, Tierra del Fuego. El gobierno de Milei ganó en 15 de las 24 provincias en disputa; tiñó el mapa del país de violeta, obtuvo el 40,6% de los votos y dejó un resultado difícil de ignorar, más aún porque superó cualquier encuesta o proyección previa.
En Diputados consiguió 64 de las 127 bancas en juego y quedó con 93 propias; con esas 64, igualó el récord que el menemismo alcanzó en las elecciones de medio término de 1993. El kirchnerismo, incluso en sus mejores años, no llegó a tanto: 63 escaños en 2005, 45 en 2009 y 45 en 2013. Este cambio en la recomposición de la cámara baja tiene dos consecuencias: plebiscita su poder político y lo deja en mejores condiciones para negociar y sacar reformas estructurales pendientes.
De todos modos, en el Senado no votó todo el país: se renovó un tercio —24 bancas en 8 provincias—; allí LLA ganó 13 y sumó 20 senadores. La aritmética luce indudablemente favorable, aunque para la mayoría hará falta respaldo ajeno en ambas cámaras: 129 sobre 257 en Diputados y 37 sobre 72 en la cámara alta.
El triunfo de Milei es un antes y un después; rediseña la política argentina. Sus oponentes lo han subestimado por su inexperiencia política y excentricidad. El balotaje de noviembre de 2023, cuando Javier Milei se impuso en las presidenciales con 55,6% contra un Sergio Massa de en ese momento Unión por la Patria con 44,35%, fue una señal de clases medias y trabajadoras desesperadas y enojadas. Fue el mandato de una sociedad que no daba más tras la pandemia y la inflación galopante. "La era del hartazgo" titulan Gabriel Kessler y Gabriel Vommaro. Sectores peronistas del cristinismo y de La Cámpora, con voces como la de Mayra Mendoza, siguen analizando el presente a través del prisma de los años 2000 y no logran entender del todo lo que está pasando. La imagen el domingo tras conocerse los resultados de Cristina Kirchner celebrando una derrota en el balcón de San José 1111 se conecta con aquella del exvicepresidente Amado Boudou extasiado como anfitrión de ceremonias después de que Sergio Massa derrotara a Martín Insaurralde en 2013.
El peronismo está fragmentado en distintos sectores. Axelismo, cristinismo, massismo, peronismos provinciales. Desde el 2011 que el peronismo está desorientado y no encuentra un lenguaje para ponerle palabras a los tiempos que corren. La crisis de representatividad se acentúa. Para la memoria social están más presentes los salarios magros durante el gobierno del Frente de Todos, la inflación y los posicionamientos geopolíticos cuestionables como con Venezuela.
En el kirchnerismo hay dificultades para reimaginarse a sí mismos y, como en un tango nostálgico, Cristina Kirchner propone, únicamente, el derrumbe de la economía libertaria y la vuelta al modelo de 2015. Parece que las viejas canciones no alcanzan para el electorado.
Sobre el presente y el futuro del peronismo, El Economista conversó con los expertos Mariel Fornoni, Lucas Romero y Pablo Semán.
Larga Pablo Semán, profesor de la Universidad Nacional de San Martín: "El peronismo todavía no terminó de sacar las consecuencias de la derrota de 2023, del mismo modo que nunca terminó de procesar la derrota de 2015, que casi se niega como si no hubiera existido. Se trata de derrotas de la misma naturaleza: la sociedad cambió y los votantes hoy tienen preferencias que el peronismo no logra identificar ni interpretar. A eso se suma que ciertos rasgos del propio peronismo activan una fuerza política muy potente: el antikirchnerismo".
Sobre la falta de autocrítica, el politólogo y director asociado de la consultora Synopsis Lucas Romero señala: "El peronismo necesita encontrar una forma de presentarse ante la sociedad que exprese las ideas del peronismo, ideas progresistas capaces de convocar a una mayoría electoralmente ganadora, aunque sin quedar atadas a los dirigentes y a las gestiones del pasado. Ese nuevo ejercicio de representación debería incluir una autocrítica hacia lo que dejó el ciclo anterior".
Y profundiza Romero: "En este marco, no resulta una buena señal volver a colocar a Cristina Fernández de Kirchner en el centro de la escena ni devolverle protagonismo. El peronismo necesita ampliarse y, quizás, dejar de definirse estrictamente como peronismo para empezar a representarse como una fuerza progresista. Una identidad de ese tipo podría ampliar su base de referencia electoral y permitir que vuelva a pensarse como una alternativa competitiva, con capacidad de reunir nuevamente una mayoría ganadora".
La analista, fundadora y directora de Management & Fit Mariel Fornoni comparte su visión: "El peronismo queda en una posición desfavorable. Cristina Fernández de Kirchner seguramente responsabilizará a Axel Kicillof y asegurará que desdoblar la elección en la provincia de Buenos Aires no fue una idea afortunada. Hoy ningún dirigente en escena parece en condiciones de asumir el liderazgo hacia adelante: ni Cristina, ni Máximo, ni Sergio Massa ni el propio Kicillof. Juan Grabois tiene un anclaje territorial firme, aunque no representa a una parte importante del peronismo, tampoco a Fuerza Patria ni al conjunto del kirchnerismo. El espacio deberá saldar primero las cuentas internas entre La Cámpora, el axelismo, el massismo y el peronismo más tradicional. Recién después podrá decidir qué camino seguir".
"En ese escenario —agrega Semán—, algunos dirigentes intentan impulsar una renovación que atienda estas transformaciones. Sin embargo, el proceso se encuentra trabado porque la relación de fuerzas internas es tan pareja como compleja. Renovar se vuelve extremadamente difícil cuando sectores significativos consideran que, manteniendo la situación actual, tienen altas posibilidades de retornar al poder por efecto de la crisis del gobierno, esa crisis que siempre parece inminente y al alcance de la mano. El peronismo actúa como si el derrumbe del gobierno de turno pudiera ahorrarle la tarea de renovarse", sintetiza Semán.
Lucas Romero subraya: "El resultado fue negativo para el peronismo y lo enfrenta a la necesidad de repensar su forma, su contenido y su identidad. Tal vez la mejor vía para que el peronismo logre reconciliarse con la sociedad sea pensarse desde otra perspectiva: una alianza más amplia con sectores del progresismo, capaz de mostrar que el peronismo adopta una forma distinta, con una mirada crítica sobre lo que el propio peronismo aportó —y dejó de aportar— a la sociedad hasta el 10 de diciembre de 2023. El radicalismo también atravesó un camino similar. Tras la derrota de Raúl Alfonsín en 1989, su reconstrucción llegó a través de una coalición más amplia, que incluyó sectores peronistas y desembocó en la Alianza de 1997, ganadora luego de la elección presidencial de 1999. Quizás al peronismo le corresponda ahora una necesidad parecida: reconvertirse en una coalición que represente las ideas que dice defender, aunque sin quedar atado ni a las figuras del pasado que todavía lo condicionan".
"Al peronismo le faltó —concluye Romero— lo que el oficialismo sí exhibió: una estructura nacional con una forma, un contenido y un liderazgo claramente referenciado en Javier Milei. Esa cuestión del liderazgo no está resuelta en el peronismo y eso lo debilita como alternativa real al actual gobierno".
Hasta ahora el peronismo se concentró en criticar y cuestionar las políticas oficiales, aunque no haya logrado aún constituir, instalar ni transmitir una propuesta propia que la ciudadanía identifique como capaz de ofrecer soluciones ahí donde el rumbo económico y político del gobierno mileísta aparece insuficiente.
Como las líneas paralelas del escritor Jorge Luis Borges, la falta de autocrítica peronista se cruza de modo imaginario con los desafíos de la política demócrata estadounidense. No es una casualidad: en Estados Unidos, un trío de estrategas —Simon Bazelon, Lauren Harper Pope y Liam Kerr— acaba de publicar "Deciding to Win", una radiografía sin excusas y con datos cuantificables. Ir al fondo de por qué perdieron los demócratas en su país en este reporte audaz, sin concesiones. El mapa que trazan es áspero y útil a la vez: estados del Medio Oeste que alguna vez fueron acero y hoy son ansiedad; condados de trabajadores sin título universitario que piden estabilidad económica antes que épica desde algún balcón. El foco está puesto en la economía antes que en las batallas culturales.
Ese nivel de autodiagnóstico —por estado, por barrio, por tema— no está presente en el peronismo, que aún parece confiar en la caída del adversario aunque no mida su propia desconexión con la sociedad. El peronismo tiene la tarea pendiente de volver a aprender a escuchar, como parecen intentar los demócratas en este informe, cómo suena la mayoría cuando habla a través de las urnas.