Reflexiones

Yo vengo del sur: el legado de Pepe Mujica

Este libro, publicado por Siglo XXI, recopila una selección de los discursos más importantes de la carrera política de Pepe Mujica.
Pepe Mujica .
18-04-2025
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Yo vengo del sur, publicado por Siglo XXI, recopila los discursos más importantes de la carrera política de Pepe Mujica, que demuestran cómo se forjó la leyenda de aquel humilde campesino que llegó a presidir el Gobierno de Uruguay. 

Sus simples y contundentes palabras frente al auditorio de la ONU, el primer discurso como presidente, sus mensajes para los líderes mundiales o sus consejos hacia la juventud explican por qué Mujica es una parte esencial e irrepetible de la historia política de nuestro mundo.

A continuación un fragmento del capítulo "El ser humano puede salvar al mundo"

 

Amigos, todos:

Soy del sur, vengo del sur. Esquina del Atlántico y del Río de la Plata, mi país es una tierra plana, suave, templada, pecuaria. Su historia de puertos, cueros, tasajo, lanas y carne tuvo décadas púrpuras de lanzas y caballos, hasta que, por fin, al arrancar el siglo XX, empezó a estar a la vanguardia en lo social, en lo estatal, en la enseñanza. Se podría decir que la socialdemocracia se inventó en Uruguay.

Durante casi 50 años el mundo nos vio como una especie de Suiza. En realidad, en lo económico fuimos hijuelos bastardos del Imperio británico y, cuando este sucumbió, vivimos las amargas mieles de términos de intercambio funestos y quedamos estancados añorando el pasado. Casi 50 años recordando el Maracaná, nuestra hazaña deportiva.

Hoy hemos resurgido en este mundo globalizado, tal vez aprendiendo de nuestro dolor. 

Mi historia personal: la de un muchacho —porque alguna vez fui muchacho— que, como otros, quiso cambiar su época y su mundo tras un sueño: el de una sociedad libertaria y sin clases. Mis errores, en parte, son hijos de mi tiempo. Obviamente los asumo, pero hay veces que me grito con nostalgia: «¡Quién tuviera la fuerza de cuando éramos capaces de abrevar tanta utopía!».

Sin embargo, no miro hacia atrás, porque el hoy real nació en las cenizas fértiles del ayer. Por el contrario, no vivo para cobrar cuentas o reverberar recuerdos. Me angustia, y de qué manera, el porvenir que no veré y por el que me comprometo. Sí, es posible un mundo con una humanidad mejor, pero tal vez, hoy, la primera tarea sea salvar la vida.

Pepe Mujica en su casa. Créditos: The New York Times.

Aquello de lo que soy responsable 

Pero soy del sur y vengo del sur a esta asamblea. Cargo inequívocamente con los millones de compatriotas pobres: en las ciudades, en los páramos, en las selvas, en las pampas y en los socavones de la América Latina; patria común que se está haciendo. 

Cargo con las culturas originarias aplastadas, con los restos del colonialismo en Malvinas, con bloqueos inútiles a ese caimán bajo el sol del Caribe que se llama Cuba. Cargo con las consecuencias de la vigilancia electrónica que no hace otra cosa que sembrar una desconfianza que nos envenena inútilmente.

Cargo con una gigantesca deuda social y con la necesidad de defender la Amazonía, los mares, nuestros grandes ríos de América. Cargo con el deber de luchar por una patria para todos, y para que Colombia pueda encontrar el camino de la paz.

La tolerancia y la paz

Y cargo con el deber de luchar por la tolerancia. La tolerancia se necesita hacia aquellos que son distintos y con los que tenemos diferencias y discrepamos. No necesitamos de tolerancia para usarla con quienes ya estamos de acuerdo. La tolerancia es el fundamento de poder convivir en paz, entendiendo que en este mundo todos somos diferentes.

El combate a la economía sucia, al narcotráfico, a la estafa y al fraude, a la corrupción; plagas contemporáneas adoptadas por ese antivalor, ese que sostiene que somos más felices si nos enriquecemos sea como sea.

Hemos sacrificado los viejos dioses inmateriales y ocupamos el templo con el «dios mercado». Él nos organiza la economía, la política, los hábitos, la vida y hasta nos financia en cuotas y tarjetas la apariencia de felicidad.

Portada de Yo vengo del sur, el libro de Pepe Mujica.

El desperdicio de la vida

Parecería que hemos nacido solo para consumir y consumir, y cuando no podemos, cargamos con la frustración, la pobreza y hasta la autoexclusión.

Lo cierto hoy es que, para gastar y enterrar los desechos, en eso que la ciencia llama la huella de carbono, si aspiráramos en esta humanidad a consumir como un americano promedio, son imprescindibles tres planetas para poder vivir.

Nuestra civilización montó un desafío mentiroso y, así como vamos, no es posible para todos colmar ese sentido de despilfarro que se le ha dado a la vida, que en los hechos está masificando como cultura nuestra época, siempre dirigida por la acumulación y el mercado. Prometemos una vida de derroche y despilfarro; en el fondo, esto constituye una cuenta regresiva contra la naturaleza y contra la humanidad como futuro. Civilización contra sencillez, contra sobriedad, contra todos los ciclos naturales.

Un mundo en contra de las relaciones

Peor aún: civilización contra la libertad que supone tener tiempo para vivir las relaciones humanas, lo único trascendente: amor, amistad, aventura, solidaridad, familia. Civilización contra el tiempo libre que no paga, que no se compra, y que nos permite contemplar y escudriñar el escenario de la naturaleza.

Arrasamos las selvas verdaderas e implantamos selvas anónimas de cemento. Enfrentamos al sedentarismo con caminadores; al insomnio con pastillas; a la soledad con electrónica. ¿Es que somos felices alejados de lo eterno humano? Cabe hacerse esta pregunta. Aturdidos, huimos de nuestra biología que defiende la vida por la vida misma, como causa superior, y la suplantamos por el consumismo funcional hacia la acumulación.

La política, la eterna madre del acontecer humano, quedó encadenada a la economía y al mercado. De salto en salto, la política no puede más que perpetuarse y, como tal, delegó el poder, y se entretiene aturdida luchando por el gobierno. Desbocada marcha la historieta humana, comprando y vendiendo todo, e innovando para poder negociar de algún modo lo que es innegociable.

Hay marketing para todo: para los cementerios, el servicio fúnebre, las maternidades, marketing para padres, para madres, para abuelos y tíos, pasando por las secretarias, los autos y las vacaciones. Todo, todo es negocio.

Las campañas de marketing caen deliberadamente sobre los niños y su psicología, para influir sobre los mayores, y tener hacia el futuro un territorio asegurado. Sobran pruebas de estas tecnologías bastante abominables que a veces conducen a las frustraciones, y más. 

La persona promedio de nuestras grandes ciudades deambula entre las financieras y el tedio rutinario de las oficinas, a veces atemperadas con aire acondicionado. Siempre sueña con las vacaciones y la libertad. Siempre sueña con concluir las cuentas, hasta que un día el corazón se para y adiós. Habrá otro soldado cubriendo las fauces del mercado, asegurando la acumulación. Es que la crisis es la impotencia de la política, incapaz de entender que la humanidad no se escapa ni se escapará del sentimiento de nación, sentimiento que casi está incrustado en nuestro código genético: de algún lado somos.

Un mundo sin fronteras

Pero hoy es tiempo de empezar a batallar para preparar un mundo sin fronteras.

La economía globalizada no tiene otra conducción que el interés privado de muy pocos y cada Estado nacional mira su estabilidad continuista; hoy la gran tarea para nuestros pueblos, en nuestra humilde manera de ver, es el todo.

Como si esto fuera poco, el capitalismo productivo, francamente productivo, está medio prisionero en la caja de los grandes bancos, que en el fondo son la cúspide del poder mundial. Más claro: creemos que el mundo requiere a gritos reglas globales que respeten los logros de la ciencia, que abunda. Pero no es la ciencia la que gobierna el mundo. Se precisa, por ejemplo, una larga agenda de definiciones: ¿cuántas horas de trabajo en toda la tierra? ¿Cómo convergen las monedas? ¿Cómo se financia la lucha global por el agua y contra los desiertos? ¿Cómo se recicla y se presiona contra el calentamiento global? ¿Cuáles son los límites de cada gran quehacer humano?

Solidaridad con los oprimidos

Sería imperioso lograr consensos planetarios para desatar solidaridad hacia los más oprimidos, castigar impositivamente el despilfarro y la especulación, movilizar las grandes economías no para crear descartables con obsolescencias calculadas, sino bienes útiles sin frivolidades, para ayudar a levantar a los más pobres del mundo. Bienes útiles contra la pobreza mundial. Mil veces más redituable que hacer guerras es volcar un neokeynesianismo útil de escala planetaria para abolir las vergüenzas más flagrantes que tiene este mundo.

La política y la ciencia

Tal vez nuestro mundo necesita menos organismos mundiales de esos que organizan los foros y las conferencias, que le sirven mucho a las cadenas hoteleras y a las compañías aéreas, y que en el mejor de los casos nadie recoge y los transforma en decisiones.

Necesitamos mascar mucho lo viejo y eterno de la vida humana, junto a la ciencia, esa ciencia que se empeña por la humanidad y no con el objetivo de enriquecerse. Con ella, con la comunidad científica de la mano, la primera consejera de la humanidad, debemos establecer acuerdos para el mundo entero.

Ni los Estados nacionales grandes, ni las transnacionales, y mucho menos el sistema financiero, deberían gobernar el mundo humano. La alta política entrelazada con la sabiduría científica, allí está la fuente. Esa ciencia que no apetece el lucro, pero que mira el porvenir y que nos dice cosas que no atendemos. ¿Cuántos años hace que nos dijeron en Kioto determinadas cosas de las que no nos dimos por enterados? Creo que hay que convocar a la inteligencia para que se ponga al comando de la nave sobre la Tierra. Cosas de este estilo, y otras que no puedo desarrollar aquí, nos parecen imprescindibles, pero requerirían que lo determinante fuera la vida, no la acumulación.

No somos ilusos

Obviamente, no somos tan ilusos como para pensar que estas cosas pasarán, u otras parecidas. Nos quedan muchos sacrificios inútiles por delante, tendremos que remendar consecuencias sin lograr enfrentar las causas. Hoy el mundo es incapaz de crear una regulación planetaria sobre la globalización, y esto es por el debilitamiento de la alta política, esa que se ocupa de todo. 

Por un tiempo vamos a asistir al refugio de acuerdos más o menos regionales que van a plantear un eterno y mentiroso libre comercio, pero que en el fondo van a terminar construyendo parapetos proteccionistas supranacionales en algunas regiones del planeta. A su vez, van a crecer ramas industriales de importancia, y servicios, todos dedicados a salvar y a mejorar el medio ambiente.

Así nos vamos a consolar por un tiempo, vamos a estar entretenidos. Y naturalmente, va a continuar inmutable la acumulación para regodeo del sistema financiero.

Ir contra la especie

Continuarán las guerras, y por tanto los fanatismos, hasta que un día, tal vez, la naturaleza nos llame al orden y haga inviable nuestra civilización. Tal vez nuestra visión es demasiado cruda y sin piedad: vemos al ser humano como una criatura única, la única que hay sobre la Tierra capaz de ir contra su propia especie.

Vuelvo a repetir: lo que algunos llaman la crisis ecológica del planeta es consecuencia del triunfo avasallante de la ambición humana. Ese es nuestro triunfo, pero también nuestra derrota; porque tenemos la impotencia política de encuadrarnos en una nueva época que hemos contribuido a construir y no nos damos cuenta.

¿Por qué digo esto? Dos datos, nada más: la población se cuadruplicó y el PIB creció al menos veinte veces en el último siglo. Desde 1990, aproximadamente, cada seis años se duplica el comercio mundial. Podríamos seguir anotando datos que establecen con claridad la marcha de la globalización.

¿Qué nos está pasando? Entramos en otra época aceleradamente, pero con políticos, atavíos culturales, partidos y jóvenes; todos viejos, ante la pavorosa acumulación de cambios que ni siquiera podemos registrar. No podemos manejar la globalización porque nuestro pensamiento no es global. No sabemos si es por una limitante cultural o porque estamos llegando a los límites biológicos.

Los efectos de la codicia

Nuestra época es portentosamente revolucionaria, como no ha conocido la historia de la humanidad, pero no tiene una conducción consciente; menos aún una conducción simplemente instintiva. Y mucho menos tiene una conducción política organizada, porque ni siquiera hemos tenido una filosofía precursora ante la velocidad de los cambios que se acumularon.

La codicia, tan negativa y al mismo tiempo motor de la historia, nos ha empujado hacia el progreso material, técnico y científico, construyendo nuestra época y nuestro tiempo y abriendo el camino a un fenomenal adelanto en muchos frentes. Paradójicamente, esa misma herramienta, la codicia que nos empujó a domesticar la ciencia y a transformarla en tecnología, nos precipita a un abismo brumoso, a una historia que no conocemos, a una época sin historia; y nos estamos quedando sin ojos ni inteligencia colectiva para seguir colonizando, y para perpetuarnos, transformándonos.

¿Qué es el todo?

Porque si una característica tiene este bichito humano es que es un conquistador antropológico. Parece que las cosas toman autonomía y las cosas someten a los seres humanos. Por un lado u otro, sobran atisbos para vislumbrar estas cosas, y en todo caso, vislumbrar el rumbo; pero nos resulta imposible colectivizar decisiones globales por ese todo. Más claro: la codicia individual ha triunfado largamente sobre la codicia superior de la especie.

Se hace necesario aclarar: ¿qué es para nosotros el todo? Para nosotros es la vida global del sistema Tierra, incluyendo la vida humana, con todos los equilibrios frágiles que hacen posible que nos perpetuemos. Por otro lado, más sencillo, menos opinable y más evidente, en nuestro occidente particularmente —porque de ahí venimos, aunque venimos del sur—, las repúblicas que nacieron para afirmar que los seres humanos somos iguales, que nadie es más que nadie, que sus gobiernos deberían representar el bien común, la justicia y la equidad, muchas veces esas repúblicas se deforman y caen en el olvido de la gente corriente, la que anda por las calles, el pueblo común.

Las repúblicas no fueron creadas para vegetar encima de la manada, sino que, por el contrario, son un grito en la historia, para ser funcionales a la vida de los propios pueblos, y por lo tanto las repúblicas se deben a las mayorías, y existen gracias a la lucha por la promoción de las mayorías.

La cultura consumista

Por lo que fuera, por reminiscencias feudales que están allí en nuestra cultura, por clasismo dominador, tal vez por la cultura consumista que nos rodea a todos, las repúblicas frecuentemente en sus direcciones adoptan un diario vivir, que excluye, que pone distancia con quienes viven en la calle.

En los hechos, esas personas de la calle deberían ser la causa central de la lucha política de la vida de las repúblicas. Los gobiernos republicanos deberían parecerse cada vez más a sus respectivos pueblos en la forma de vivir y en la forma de comprometerse con la vida.

El hecho es que cultivamos arcaísmos feudales, corte sanismos consentidos; hacemos diferenciaciones jerárquicas que en el fondo socavan lo mejor que tienen las repúblicas: que nadie es más que nadie. El juego de estos y otros factores nos retienen en la prehistoria, y hoy es imposible renunciar a la guerra cuando la política fracasa. Así se estrangula la economía, derrochamos recursos.

Dos millones cada minuto

Oigan bien, queridos amigos: cada minuto en el mundo se gastan dos millones de dólares de presupuestos militares en esta Tierra. ¡Dos millones de dólares por minuto en presupuestos militares! La investigación médica de todas las enfermedades, que ha avanzado enormemente y que es una bendición para la promesa de vivir unos años más, apenas cubre la quinta parte de la investigación militar.

Este proceso, del cual no podemos salir, es ciego, asegura odio y fanatismo, desconfianza; es fuente de nuevas guerras y derroche de fortunas. Yo sé que es muy fácil, poéticamente, autocriticarnos nacionalmente, y creo que sería una inocencia plantear que allí existen recursos para ahorrar y ser gastados en otras cosas útiles. Eso sería posible si fuéramos capaces de ejercitar acuerdos mundiales y prevenciones mundiales de políticas planetarias que nos garanticen la paz y que nos den, a los más débiles, garantías que no tenemos.

Ahí habría enormes recursos para recortar, y atender las mayores vergüenzas arriba de la tierra. Pero basta una pregunta: en esta humanidad, hoy, ¿a dónde se iría sin la existencia de esas garantías planetarias? Entonces cada cual hace vela de armas de acuerdo a su magnitud, y allí estamos; porque no podemos razonar como especie, sino apenas como individuos.

Las instituciones mundiales, particularmente, hoy vegetan a la sombra consentida de las disidencias de las grandes naciones y, obviamente, estas quieren retener sus cuotas de poder.

 

El deber de la ONU

Estas naciones bloquean, en los hechos, a esta ONU que fue creada con una esperanza y como un sueño de paz para la humanidad. Pero peor aún, la desarraigan de la democracia, en el sentido planetario. Porque no somos iguales, no podemos ser iguales en este mundo donde hay más fuertes y más débiles. Por lo tanto, es una democracia planetaria herida y está cercenada la historia de un posible acuerdo mundial de paz, militante, combativo y que verdaderamente exista. Remendamos enfermedades allí donde hace eclosión, y se muestra entonces como mejor les parece a algunas de las grandes potencias. Los demás miramos desde lejos. No existimos.

Amigos, yo creo que es muy difícil inventar una fuerza peor que el nacionalismo chovinista de las grandes potencias. La fuerza que es liberadora de los débiles, el nacionalismo, tan padre de los procesos de descolonización, formidable hacia los débiles, se transforma en una herramienta opresora en manos de los fuertes. Y vaya que en los últimos 200 años hemos tenido ejemplos por todas partes.

Nuestro pequeño ejemplo

La ONU, nuestra ONU, languidece, se burocratiza por falta de poder y de autonomía, de reconocimiento democrático hacia el mundo más débil que constituye la mayoría aplastante del planeta.

Pongo un pequeño ejemplo, pequeñito: nuestro pequeño país tiene en términos absolutos la mayor cantidad de soldados en misiones de paz de los países de América Latina desparramados por el mundo y allí estamos donde nos piden que estemos. Pero somos pequeños, débiles. Donde se reparten los recursos y se toman las decisiones no entramos ni para servir el café. En lo más profundo de nuestro corazón existe un enorme anhelo de ayudar a que el ser humano salga de la prehistoria. Yo digo que el ser humano, mientras viva con climas de guerra, está en la prehistoria, a pesar de los muchos artefactos que pueda construir.

Las soledades de la guerra

Hasta que el ser humano no salga de esa prehistoria y archive la guerra como recurso cuando la política fracasa... esa es la larga marcha y el desafío que tenemos por delante. Y lo decimos con conocimiento de causa: conocemos las soledades de la guerra. 

Sin embargo, estos sueños, estos desafíos que están en el horizonte, implican luchar por una agenda de acuerdos mundiales que empiecen a gobernar nuestra historia, y superar paso a paso las amenazas a la vida.

La especie como tal debería tener un gobierno para la humanidad que supere el individualismo y luche por recrear cabezas políticas que acudan al camino de la ciencia y no solo a los intereses inmediatos que nos están gobernando y ahogando.

Paralelamente, hay que entender que los indigentes del mundo no son de África o de América Latina. ¡Son de toda la humanidad!, y esta debe como tal, globalizada, propender a empeñarse en su desarrollo, en que puedan vivir con decencia por sí mismos. Los recursos necesarios existen, están en ese depredador despilfarro de nuestra civilización.

La bombilla eléctrica de cien años

Hace pocos días hicieron en California, en una agencia de bomberos, un homenaje a una bombilla eléctrica que hace 100 años que está prendida. ¡100 años que está prendida, amigos. Cuántos millones de dólares nos sacaron del bolsillo haciendo deliberadamente porquerías para que la gente compre y compre y compre... 

Una globalización que tenga en cuenta todo el planeta y toda la vida, significa un cambio cultural brutal. Es lo que nos está exigiendo la historia. Toda la base material ha cambiado y se ha tambaleado... Los seres humanos con nuestra cultura permanecemos como si no hubiera pasado nada. Y en lugar de gobernar a la globalización, ella nos gobierna a nosotros.

Hace más de 20 años que discutimos la humilde tasa Tobin; imposible aplicarla a nivel del planeta. Todos los bancos del poder financiero se levantan heridos en su propiedad privada y qué se yo cuántas cosas más. Sin embargo (y esto es lo paradójico), con talento, con trabajo colectivo, con ciencia, el ser humano paso a paso es capaz de transformar en verde los desiertos.

 

El ser humano es capaz 

El ser humano puede llevar la agricultura al mar, el ser humano puede crear vegetales que vivan con agua salada. La fuerza de la humanidad se concentra en lo esencial, es inconmensurable. Allí están las más portentosas fuentes de energía. ¿Qué sabemos de la fotosíntesis? Casi nada. La energía en el mundo sobra si trabajamos para usarla. Es posible arrancar de cuajo toda la indigencia del planeta; es posible crear estabilidad, y será posible a generaciones venideras, si logran empezar a razonar como especie y no solo como individuo, llevar la vida a la galaxia, y seguir con ese sueño conquistador que llevamos en nuestra genética los seres humanos.

Pero para que todos esos sueños sean posibles, necesitamos gobernarnos a nosotros mismos, o sucumbiremos, porque no somos capaces de estar a la altura de la civilización que en los hechos fuimos desarrollando.

Este es nuestro dilema. No nos entretengamos solo remendando consecuencias; pensemos en las causas de fondo, en la civilización del despilfarro, en la civilización del use y tire, que lo que está tirando es tiempo de vida humana malgastado, derrochando cuestiones inútiles. ¡Piensen que la vida humana es un milagro! Que estamos vivos por milagro y nada vale más que la vida. Y que nuestro deber biológico es, por encima de todas las cosas, respetar la vida e impulsarla, cuidarla, procrearla y entender que la especie es nuestro nosotros. Seguí a El Economista en Google Agreganos a tus medios preferidos. + Agregar