Análisis

Francia: la apuesta suicida de Bayrou, una crónica de una muerte anunciada

Las últimas deciciones del primer ministro François Bayrou han desencadenado una nueva crisis política en Francia
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El primer ministro francés, François Bayrou, ha lanzado una jugada desesperada para salvar su gobierno minoritario. Hace algunos días, sorprendió al anunciar que pedirá un voto de confianza en la Asamblea Nacional el 8 de septiembre, justo antes de debatir el presupuesto del Estado para 2026.

"Lucharé como un perro", declaró Bayrou a la prensa, dando por hecho que el resultado es incierto.

En la práctica, es todo o nada: si no obtiene mayoría simple, el Ejecutivo deberá dimitir. En sus propias palabras, "si no hay mayoría, el Gobierno caerá".

Este apuro no es tanto por el presupuesto anual, sino una maniobra para buscar una murte digna en Matignon (sede del primer ministro) y pasar la responsabilidad al resto, mientras él fija la vista en su futuro politico. 

Bayrou encabeza un gabinete con un respaldo político mínimo. Su popularidad está por los suelos y la oposición tanto de izquierdas como de extrema derecha ya ha prometido no darle su apoyo

Un presupuesto como excusa

El proyecto de ley de Finanzas 2026 es el detonante inmediato, pero sirve de fachada. La deuda pública ronda el 114% del PIB y el déficit dobla el límite europeo del 3%. 

Bayrou ha propuesto un ajuste radical: recortar 44.000 millones de euros, eliminar dos dias festivos nacionales (y congelar gran parte del gasto público). Incluso desoyó rumores de pedir ayuda al FMI este verano. 

El ministro de Economía, Éric Lombard, desmintió que exista un plan de rescate externo, afirmando que "la economía francesa es sólida" y que de momento no hay "amenaza" de intervención internacional. 

En la calle y el Parlamento se percibe otro malestar. Las idas y venidas del presupuesto ocultan una crisis de confianza política. Los partidos no están acostumbrados a ceder poder ni a pactar, y el uso repetido del artículo 49.3 para aprobar leyes impopulares, como sucedió en 2023 con la reforma de las pensiones, ha generado rencor entre los ciudadanos. 

Cada recorte que evita el voto parlamentario aumenta el enfado social. Los franceses hoy sienten que sus instituciones fallan; la desafección es palpable.

Protestas y peticiones ignoradas

La indignación se transmite a las calles. Para el 10 de septiembre se ha convocado un huelga general nacional al estilo "Bloquemos todo" en protesta por los planes de austeridad. Sindicatos como la CGT han respaldado la llamada a la "movilización total", recordando los bloqueos del movimiento de los "chalecos amarillos" años atrás. Grupos de ciudadanos proponen acciones de todo tipo: desde boicots hasta paros sectoriales. 

La frustración va más allá de la economía. Este verano una petición ciudadana logró 2 millones de firmas para derogar la nueva ley Duplomb (flexibiliza el uso de pesticidas), pero la Asamblea la ha ignorado. 

En otro frente, pese a su impopularidad, la polémica reforma de las pensiones de 2023 salió adelante sin votación parlamentaria mediante el uso del 49.3. Todo ello ha creado una olla de presión: se temen protestas aun más masivas y se habla incluso de elecciones presidenciales anticipadas como única salida. 

En estas circunstancias, la pregunta relevante no es ya si Bayrou podrá seguir gobernando, sino quién debería sustituirle. Varios partidos de izquierda-que suman una bancada cercana a la mayoría exigen ahora asumir el poder, y ha circulado el nombre del socialista Bernard Cazeneuve como posible primer ministro alternativo entre otros.

Fallos de Macron y avance de la extrema derecha

En buena parte, la presente conmoción tiene raíces anteriores. El gran error estratégico de Emmanuel Macron fue disolver la Asamblea a mediados de 2024 tras las elecciones europeas, con la esperanza de recuperar impulso. El resultado fue una asamblea fragmentada, en la que la primera vuelta puso a la extrema derecha al frente y la segunda benefició a la coalición de izquierda, dejando al país en caos institucional. Cada paso en falso de Macron ha erosionado su popularidad.

Esa debilidad facilita el avance de sus rivales. El RN ha capitalizado el descontento con un discurso populista contra la inmigración y las élites, acercando el debate político a su terreno. 

Algunos conservadores de la derecha Gaulista han llegado a coquetear abiertamente con Marine Le Pen y Jordan Bardella, con la idea de dejarlos gobernar  para luego desacreditarlos, estrategia recordada por el paralelo histórico con el juego de Franz von Papen en 1930. Pero jugar con fuego puede ser muy peligroso y cambiar definitivamente Francia.

Por el momento Macron resiste y respalda el plan de Bayrou: desde el Elíseo se ha evitado optar por la disolución inmediata. Sin una mayoría clara y con ambos extremos del arco político pidiendo disolver el parlamento, la legislatura está virtualmente paralizada. En la práctica, no es posible una "cohabitación" (un primer ministro de signo opuesto al presidente) porque ningún bloque podría sostener al gobierno. Asesores de uno y otro lado se preparan para casi cualquier escenario: incluso elecciones anticipadas.

¿Hacia dónde va Francia?

Francia enfrenta hoy una de sus mayor escrisis política desde la fundación de la Quinta República. La institucional fragilidad se refleja en una Asamblea que no obedece compromisos y donde todo giro puede desencadenar un terremoto. 

El país vive una crisis de confianza tanto en el Gobierno como en los partidos. Si Bayrou cae el 8 de septiembre, Macron tendrá que designar rápidamente un sucesor, pero quien sea primer ministro apenas tendrá margen de maniobra en un Parlamento tan dividido.

La supervivencia del Ejecutivo pasa ahora por forjar un gran consenso entre fuerzas heterogéneas, algo casi impensable o convocar nuevas elecciones generales. Mientras tanto, el bloque electoral de la extrema derecha se frota las manos con cada tropiezo de los centristas y de la izquierda. 

En el fondo, la crisis actual revela una verdad amarga: tras años de promesas reformistas, el experimento macronista ha terminado sin resolver el dilema central francés, el alto gasto público. La deuda sigue creciendo, la oposición ruge y las instituciones tiemblan. Francia tiene pocas semanas para elegir entre reformar su pacto político o abocarse a otro episodio de inestabilidad prolongada. Seguí a El Economista en Google Agreganos a tus medios preferidos. + Agregar

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