Tensión

El acuerdo Mercosur-Unión Europea: bienvenidos a la era de la implementación

El acuerdo Mercosur-UE abre un mercado de 700 millones de personas, pero exige adaptación regulatoria y proactividad empresarial.
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Decía Borges que el porvenir es tan irrevocable como el rígido ayer. Hoy, tras más de dos décadas de complejas negociaciones, nos adentramos de lleno en una nueva etapa compartida entre el Mercosur y la Unión Europea (UE) gracias al inicio de la aplicación el pasado 1 de mayo del Acuerdo Comercial Provisional (iTA). Este hito da nacimiento a un mercado integrado de 700 millones de personas, uno de los mayores espacios de libre comercio del mundo, que eliminará progresivamente los aranceles de más del 90% de las mercancías

En el actual contexto internacional —marcado por tensiones geopolíticas, la necesidad de diversificar cadenas de suministro y la búsqueda de seguridad económica—, este marco de acercamiento birregional es más necesario que nunca. El Acuerdo no sólo inaugura una nueva era bilateral, sino que se inscribe en el esfuerzo continuado por parte de las instituciones europeas de reactualizar el partenariado UE-América Latina, impulsado por la Nueva Agenda para reforzar la asociación con América Latina y el Caribe, la reactivación de las Cumbres UE-CELAC y la estrategia de inversiones Global Gateway en la región. 

Junto al Acuerdo Global Modernizado con México, el pacto con Mercosur responde a la necesidad de afianzar la seguridad y la autonomía estratégica a ambas orillas del Atlántico. No se trata ya sólo de ser socios naturales, sino de consolidarnos, definitivamente, como socios preferentes ante el nuevo orden global.

El Acuerdo Mercosur-UE (EMPA) engloba tres pilares, el diálogo político, la cooperación sectorial, y un capítulo comercial, y necesitará de la ratificación de los 27 países de la UE. Si bien el EMPA aún no ha entrado en vigor, el pilar comercial ya es de plena aplicación, a través del Acuerdo Provisional Comercial (iTA). Por ello puede afirmarse que, tras el 1 de mayo, la atención se ha desplazado de la negociación diplomática hacia la gestión normativa y comercial. Entramos, pues, de lleno en la era de la implementación.

El bloque europeo abre así su mercado con arancel cero, y sin límite de volumen, a diversos granos, legumbres y aceites provenientes del Mercosur, además de otorgar cuotas libres de tributos a carnes, azúcar, miel y huevos. Por otro lado, productos de la UE como maquinaria, automóviles y vinos verán reducir sus aranceles (actualmente de entre el 20% y el 35%) en plazos de hasta 18 años, quedando exceptuados los espumosos premium, que se liberan de inmediato.

Bajo la nueva lógica que marcan los nuevos tiempos geopolíticos, deberíamos entender que la meta ya no consiste únicamente en vender más, sino, de forma más importante todavía, en integrar las industrias locales de acuerdo a estándares globales de innovación y digitalización, cumpliendo con los diferentes marcos regulatorios e impulsando la competitividad de las pequeñas y medianas empresas. Si bien los estándares normativos del Acuerdo pueden percibirse como un riesgo para determinados sectores, representan una oportunidad muy destacada para modernizar e integrar las cadenas de valor birregionales en este nuevo espacio compartido. Esto será clave en el medio-largo plazo: sincronizar ambas regiones en un contexto global que prioriza la diversificación del suministro y la autonomía estratégica no es solo un acierto; es supervivencia. 

El sector del biodiésel argentino ilustra a la perfección los desafíos regulatorios que se plantean. La paradoja es clara: mientras el Acuerdo reduce formalmente los aranceles para el biocombustible, el acceso real al mercado europeo se ve dificultado por la existencia de normativas comunitarias —como la Directiva RED III y los criterios de riesgo iLUC— que catalogan a la soja como materia prima de alto riesgo de deforestación. De igual modo, la industria vacuna argentina tendrá que sortear los choques entre el acuerdo comercial y la regulación medioambiental europea. Su ingreso efectivo al mercado europeo se ve amenazado por el Reglamento de Deforestación de la UE (EUDR), que prohíbe la importación de productos derivados del ganado que provengan de zonas deforestadas. 

El problema, por tanto, está más vinculado con la necesidad de cumplir con la legislación europea. Ahora la industria argentina, y latinoamericana en general, deberá demostrar en Bruselas la sostenibilidad real de su modelo, haciendo valer la eficiencia del sector primario argentino  y su capacidad de ahorro de emisiones.

 

Así pues, nos encontramos ante una nueva era con oportunidades muy relevantes, pero que también exige que las empresas adopten una postura claramente proactiva. Saber defender los intereses propios resulta indispensable. Y ello por dos motivos: por un lado, para que el tejido productivo argentino genere riqueza, empleo e innovación; por otro, para que los legisladores —a menudo alejados de la realidad empresarial— puedan diseñar regulaciones y políticas públicas justas y eficaces en su búsqueda del interés general.

Así, la interlocución constante entre empresas, gobiernos y la UE se convierte en un activo crucial para maximizar oportunidades comerciales y mitigar riesgos regulatorios y técnicos. Los instrumentos de control pactados en el Acuerdo, entre ellos el Comité Conjunto, jugarán un papel fundamental, facilitando la fiscalización constante de aranceles, bienes y reglas del juego. Dado que la UE (y no sus Estados Miembros) cuenta con competencia exclusiva en materia de política comercial en la región, la Comisión Europea será el actor esencial para mediar en debates técnicos sobre estándares de calidad, precios e importaciones. En concreto, una relación fluida con direcciones clave de esta institución, como la Dirección General de Comercio y Seguridad Económica, será determinante para defender la posición exportadora de las empresas del Mercosur. 

En general, la alta dirección empresarial latinoamericana debe activar una inteligencia relacional ágil; una estrategia que no solo exige comprender las reglas del juego, sino también contar con perfiles expertos capaces de descifrar y moverse en el laberinto propio del ecosistema europeo, traducir las realidades del ecosistema local y participar de forma activa y constructiva en el diálogo institucional con Bruselas.

En definitiva, el 1 de mayo no representa un punto y final en el proceso de relación entre ambas regiones, sino el punto de partida de una intensa actividad negociadora, regulatoria y comercial que determinará no solo las condiciones competitivas de gran parte del tejido exportador argentino, sino la propia capacidad del partenariado UE-América Latina para garantizar tanto su autonomía estratégica como su ventaja comparativa ante un contexto global crecientemente competitivo y volátil. Nos adentramos, pues, en un horizonte inexplorado; un escenario de integración y prosperidad que no tiene un camino trazado, sino uno que sólo podrá hacerse al andar. Seguí a El Economista en Google Agreganos a tus medios preferidos. + Agregar