Bolivia al borde del derrumbe gasífero: atrapada entre Vaca Muerta y Brasil
Bolivia vive su momento más delicado desde que el gas natural se convirtió en el motor de su economía a comienzos de los años 2000. Lo que alguna vez fue la joya fiscal del país, capaz de sostener más del 30% de los ingresos del Estado y alimentar una bonanza exportadora sin precedentes, hoy muestra una estructura fracturada, sin reservas, sin inversiones y sin mercados cautivos.
En una presentación titulada "Bolivia atrapada entre dos potencias", el director de Gas Energy Latin America y ex ministro Álvaro Ríos Roca lo sintetizó sin ambigüedades: "Si no cambiamos la Ley de Hidrocarburos, Bolivia terminará importando gas en 2035."
Mientras Bolivia pausó exploraciones, multiplicó restricciones al capital privado y apostó a administrar el declive, sus vecinos hicieron exactamente lo contrario. Argentina: convirtió a Vaca Muerta en el shale más dinámico del hemisferio, con proyecciones de superar los 300 MMmcd en la próxima década. En tanto, Brasil avanzó sobre el Presal, un mega yacimiento que lo acerca al autoabastecimiento pleno y lo posiciona como exportador regional.
Ese contraste dejó a Bolivia "encerrada" entre dos gigantes que ya no dependen de ella. La demanda firme se esfumó: Brasil y Argentina desarrollaron sus recursos, firmaron contratos flexibles de GNL y dejaron de considerar al gas boliviano como un insumo estratégico.
La crisis actual no surgió de golpe. Responde a una tendencia que arranca hace 25 años. Entre 2000 y 2005 Bolivia descubre y desarrolla megacampos como San Alberto y San Antonio. Se consolida el Gasoducto Bolivia-Brasil (GSA). La producción crece y el país se convierte en proveedor indispensable del Cono Sur.
En el período 2006-2014 con la nacionalización, YPFB concentra el control del sector. Los altos precios internacionales disparan ingresos fiscales, y las regalías superan los US$ 2.500 millones anuales en el pico. Sin embargo, la inversión exploratoria se desploma: el Estado prioriza renta, no reposición de reservas.
Ya entre 2015 y 2024 se observa un agotamiento de reservas, caída productiva y pérdida de mercados. La producción cae desde 61 MMmcd (2014-2015) a 31 MMmcd en 2024. Las regalías se reducen más de la mitad. La balanza energética —antes superavitaria— pasa a terreno negativo. YPFB entra en deterioro financiero: de utilidades récord en 2014 a pérdidas del mismo tamaño en 2024.
Con reservas que no se renovaron y campos maduros en declive, Bolivia perdió su ventaja estratégica. La región siguió adelante; Bolivia no.
El riesgo impensado: importar gas
Si no se reforman las reglas del sector, advierte Ríos, Bolivia podría gastar hasta US$ 5.700 millones anuales en importación de gas a partir de 2035. Sería un golpe mortal tanto para: la balanza comercial, que perdería su principal sostén exportador, las finanzas públicas, que ya no podrían nutrirse de las regalías, y el abastecimiento interno, que pasaría a depender de combustibles caros del exterior.
"YPFB necesita cirugía mayor, no maquillaje", sentenció Ríos, proponiendo una reestructuración integral: fin del monopolio, apertura a la competencia, precios internos alineados a costos reales, un regulador independiente y un régimen fiscal que vuelva a atraer exploración.
La última llamada es o se reescribe la Ley de Hidrocarburos o Bolivia pierde su columna vertebral fiscal. En ese sentido Ríos cerró con un mensaje contundente: "Debemos dejar atrás la administración del declive y volver a construir una industria."
Bolivia ya no compite desde el liderazgo, sino desde la urgencia. Entre Vaca Muerta y el Presal, el país enfrenta una disyuntiva histórica: reformar ahora o resignarse a importar lo que alguna vez fue su mayor riqueza. Seguí a El Economista en Google Agreganos a tus medios preferidos. + Agregar