US$ 10.000 millones y un sistema que todavía juega en contra
La Economía del Conocimiento acaba de superar los US$ 10.000 millones en exportaciones anuales. Tercer complejo exportador del país, por encima del automotriz y el maicero, solo detrás del agro y la energía. Y dentro de ese universo, el software ya exporta más de US$ 2.800 millones desde Argentina.
Estamos mejor que antes. Mucho mejor. Cuando la brecha cambiaria superaba el 100%, gran parte del talento argentino cobraba por canales informales. Hoy esa brecha es insignificante y la facturación se redirigió al sistema formal. Eso es progreso real.
Pero el problema no se resolvió. Se movió.
El obstáculo ya no es el tipo de cambio. Es el costo de contratar. Argentina sigue siendo uno de los países más caros de la región para tener un desarrollador en relación de dependencia: cargas sociales elevadas y una litigiosidad laboral sin equivalente regional. Del otro lado, el Monotributo permite facturar algo más de US$ 80.000 anuales con un costo fiscal mínimo. El resultado es un incentivo perverso: a cualquier empresa le sale más barato poner la sede afuera y contratar argentinos como independientes. No es trampa, es sentido común frente a reglas que premian lo contrario de lo que dicen querer.
Si los incentivos se corrigieran, el mero efecto de formalización llevaría las exportaciones registradas de software de los US$ 2.800 millones actuales a más de US$ 4.000 millones, sin que se escriba una línea de código adicional.
Y ahora viene la IA.
La inteligencia artificial no es una mejora incremental del software. Es una reconfiguración de los modelos de negocio. Productos que requerían equipos de 50 se construyen con 5. Servicios que se cobraban por hora se venden por resultado. El valor agregado por persona se multiplica, pero solo lo captura quien esté preparado para recibirlo.
Argentina tiene el talento. Tiene la ventaja horaria con EE.UU., la afinidad cultural y una generación de ingenieros que ya opera con herramientas de IA todos los días. Lo que no tiene es un marco impositivo que le permita competir de igual a igual por el valor agregado que la IA está redistribuyendo a nivel global.
El talento es argentino. Los dólares están. Pero si no corregimos la estructura impositiva, vamos a seguir subsidiando la radicación de empresas en Montevideo, Miami y Madrid mientras el conocimiento sale de Buenos Aires, Córdoba y Rosario.
Los incentivos tienen que dejar de apuntar para el otro lado. Seguí a El Economista en Google Agreganos a tus medios preferidos. + Agregar