Apuesta

Super RIGI: Argentina frente a la nueva ola de inversiones tecnológicas

La IA, los semiconductores, la biotecnología y los centros de datos están movilizando cientos de miles de millones de dólares en todo el mundo.
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La Cámara de Diputados otorgó media sanción al denominado "Súper RIGI", un régimen diseñado para atraer grandes inversiones en sectores tecnológicos, industriales y de infraestructura estratégica. El proyecto obtuvo 130 votos afirmativos, 106 negativos y 7 abstenciones, y ahora deberá ser debatido en el Senado.

Como suele ocurrir en Argentina, la discusión rápidamente se trasladó al terreno ideológico. Sin embargo, más allá de las posiciones políticas que pueda despertar la iniciativa, la pregunta de fondo debería ser otra: ¿cómo pretende insertarse Argentina en la nueva ola de inversiones que está redefiniendo la economía mundial?

El mundo atraviesa una transformación tecnológica e industrial impulsada por la inteligencia artificial, los semiconductores, la computación en la nube, los centros de datos, la biotecnología y la digitalización de prácticamente todas las actividades económicas. Detrás de estos sectores se están movilizando cientos de miles de millones de dólares en inversiones productivas que los países compiten activamente por atraer.

Estados Unidos lanzó el CHIPS Act y el Inflation Reduction Act para impulsar industrias estratégicas. Europa flexibilizó sus esquemas de ayudas estatales para evitar la fuga de inversiones. China continúa desplegando una política industrial agresiva en sectores tecnológicos clave. India ofrece incentivos específicos para captar manufactura avanzada, electrónica y proyectos vinculados a la economía digital.

En ese contexto, el Súper RIGI busca posicionar a Argentina como un destino competitivo para proyectos de escala global. El régimen establece un piso mínimo de inversión de US$ 1.000 millones y está orientado exclusivamente a actividades nuevas o experimentales, evitando que se convierta simplemente en una herramienta para expandir negocios ya existentes.

Los beneficios son significativos. Los proyectos adheridos tributarán una alícuota reducida del 15% en el Impuesto a las Ganancias, muy por debajo de la tasa corporativa general. Además, contarán con exención de derechos de importación, tasa de estadística, IVA de importación y otros tributos vinculados a los bienes incorporados al proyecto.

A ello se suma la eliminación de los derechos de exportación para los bienes producidos bajo el régimen y un esquema progresivo de libre disponibilidad de divisas: las empresas podrán acceder al 20% de las divisas generadas por exportaciones luego del primer año, al 40% después del segundo y al 100% a partir del tercero.

El proyecto también incorpora incentivos específicos para la innovación. Las inversiones en investigación y desarrollo computarán por el doble de su valor a los efectos de alcanzar el monto mínimo exigido, aunque con un límite equivalente al 20% del proyecto. Asimismo, las nuevas contrataciones tendrán una contribución patronal unificada del 10% para financiar la seguridad social.

Pero quizás uno de los aspectos más interesantes sea la obligación de desarrollar proveedores locales. Cada proyecto deberá comprometer compras a proveedores nacionales equivalentes al 20% del gasto destinado a proveedores, siempre que existan ofertas competitivas en precio y calidad.

Pero la relevancia de este requisito va más allá de una simple exigencia de compras locales. La principal oportunidad del Súper RIGI no radica únicamente en atraer capital extranjero, sino en utilizar esas inversiones como plataforma para desarrollar proveedores nacionales, incorporar tecnología, formar recursos humanos y fortalecer sectores con potencial exportador.

Los proyectos vinculados a inteligencia artificial, centros de datos, biotecnología o manufacturas tecnológicas avanzadas demandan una amplia red de bienes y servicios: ingeniería, software, automatización, equipamiento eléctrico, construcción especializada, logística, mantenimiento industrial y servicios profesionales, entre muchos otros. Si existen empresas locales capaces de integrarse a esas cadenas de valor, el impacto económico puede extenderse mucho más allá de la inversión inicial.

La experiencia internacional muestra que los países que lograron capturar el mayor valor no fueron necesariamente los que recibieron más inversiones, sino aquellos que supieron transformar esas inversiones en capacidades productivas propias. Allí radica la diferencia entre atraer un proyecto y construir una estrategia de desarrollo.

Irlanda no se convirtió en un polo tecnológico global únicamente por ofrecer ventajas fiscales. Israel no construyó su ecosistema de innovación solo mediante incentivos tributarios. Singapur no se transformó en un hub industrial y logístico exclusivamente reduciendo impuestos.

Todos esos países combinaron incentivos con estabilidad macroeconómica, infraestructura, formación de talento, instituciones previsibles y políticas orientadas a promover la transferencia tecnológica, el desarrollo de proveedores locales y la construcción de cadenas de valor capaces de generar capacidades productivas propias.

Por eso, la verdadera discusión sobre el Súper RIGI no debería centrarse únicamente en el tamaño de los beneficios otorgados. La cuestión central es si Argentina será capaz de convertir estas inversiones en un proceso más amplio de desarrollo productivo.

Los críticos del proyecto sostienen que las ventajas fiscales son excesivas. Sus defensores argumentan que son indispensables para competir en un mercado global donde prácticamente todos los países ofrecen incentivos similares para atraer inversiones estratégicas.

La realidad es que el mundo entero está desplegando instrumentos para captar una porción del enorme flujo de capital asociado a la revolución tecnológica. Discutir si Argentina debe o no competir por esas inversiones parece un debate anclado en el pasado. La cuestión relevante es bajo qué condiciones lo hace y cuánto valor logra capturar localmente.

Porque el éxito del régimen no debería medirse únicamente por los dólares comprometidos o por la cantidad de proyectos aprobados. La verdadera evaluación llegará dentro de algunos años, cuando pueda determinarse cuánto empleo generó, cuántos proveedores nacionales logró desarrollar, cuánto conocimiento quedó en el país y qué impacto tuvo sobre la productividad de la economía.

Las inversiones que hoy buscan destino no son inversiones cualquiera. Son las que definirán dónde se localizarán los empleos, las tecnologías y las capacidades productivas de las próximas décadas.

La pregunta no es si esa transformación ocurrirá. Ya está ocurriendo. La pregunta es si Argentina quiere participar activamente de esa carrera global por el capital, la innovación y el conocimiento o si volverá a observar desde afuera cómo otros países capturan las oportunidades asociadas a esta nueva revolución tecnológica.

El verdadero desafío del Súper RIGI no será atraer inversiones. Será transformarlas en desarrollo. Seguí a El Economista en Google Agreganos a tus medios preferidos. + Agregar