Lo que mirás en Netflix también depende de la economía
El título de esta nota podrá parecer obsecuente escrito por un economista. No soy un cultor del homo economicus pero es imposible negar que la economía atraviesa casi todos los aspectos de las relaciones humanas y en esta nota me ocuparé de explicar cómo arribo a la asociación económica-cinematográfica que titula estas líneas. Para ello, haremos un sintético viaje a los albores de nuestra civilización.
Una de las primeras expresiones artísticas de las que se tenga registro son las pinturas rupestres. Como todos sabemos se encuentran en cuevas y dan cuenta en general de la evolución de las técnicas de caza (tecnología) y la disponibilidad de animales de mayor tamaño (recursos). Aquí es donde aparece el excedente: el ser humano encuentra un refugio seguro y una fuente de alimento estable y puede comenzar a utilizar su tiempo libre para algo más que sobrevivir. Formas primitivas de música también nos acompañarían en las acústicas paredes rocosas.
En la transición del paleolítico al neolítico sobrevendrá el perfeccionamiento de la agricultura y la división del trabajo. El surgimiento de las civilizaciones del Creciente Fértil: babilonios, fenicios, egipcios, dan cuenta de expresiones artísticas mucho más complejas, con obras arquitectónicas monumentales que sobreviven hasta nuestros días.
Gracias al excedente de alimentos, las técnicas mejoradas de labranza (tecnología) y el acopio de cereales (recursos), la sociedad pudo organizarse dando lugar a castas de religiosos, científicos y artistas. La astronomía, las matemáticas, las religiones teístas y las primeras formas de escritura se remontan a estas civilizaciones.
Escenario Cada vez más lejano
¿Qué decir de la cultura grecorromana? La poesía, el teatro, la historia, la filosofía son legados que han marcado a fuego a nuestra sociedad occidental, así como en Oriente aparecía el confucionismo, el budismo y una de las más ricas literaturas. ¿Qué ocurría en la economía? El comercio se sofisticaba, siendo la Ruta de la Seda la expresión más icónica del período.
Fue una época de guerras e imperios, con esclavitud y botines de guerra (recursos) que permitieron a las civilizaciones más prósperas y con mejores ejércitos (tecnología) acumular excedentes dando lugar a acabadas expresiones artísticas.
Un poco más cerca en el tiempo, luego de centurias de baja productividad y subsistencia abreviados en el “Medioevo”, llegaría el Renacimiento. ¿Es casualidad que la cuna de uno de los períodos más ricos de la cultura occidental sea Italia? No.
No sólo arrastraba un legado de la cultura grecorromana, Italia experimentaba una prosperidad económica sin igual gracias a las técnicas avanzadas de navegación (tecnología) que favorecieron el comercio y la consolidación de las ciudades-estado, la acumulación de riqueza (recursos) y la consecuente aparición de los mecenas. De nuevo aparece el excedente personificado en el mecenazgo que potenció a un personaje que, de otra manera quien sabe, habría pasado desapercibido y hoy es el mayor exponente del arte y la ciencia en un sólo ser humano que haya pisado la faz de la Tierra: Leonardo Da Vinci.
Para no aburrir a los lectores, vamos a poner en quinta la máquina del tiempo. Ya estamos en el Siglo XX. ¿Será casualidad que los Beatles y los Rolling Stones sean ingleses? ¿Será mera coincidencia que Hollywood sea la meca del cine mundial? ¿Farrokh Bulsara habría llegado a ser Freddy Mercury si se quedaba en Zanzíbar? ¿Será por azar que Borges haya nacido en 1899? Por supuesto que hay excepciones, los genios pueden aparecer en cualquier época y lugar, pero es su entorno lo que potencia sus expresiones. No por nada existe una gran correlación entre desarrollo económico e influencia cultural y tendemos a desconocer la cultura de países de menor riqueza. ¿Cuántos de los lectores pueden nombrar más de un escritor somalí? ¿Uno?
Ahora supongo que el lector está más cerca de entender a qué venía el título de la nota. El apogeo de series y películas españolas recientes con “La Casa de Papel” ubicándose como una de las series más vistas en la historia de Netflix, ¿tendrá alguna relación con la relativa estabilidad económica que ha vivido España en las últimas décadas? Dejo la hipótesis para más investigaciones de las ciencias sociales, pero por el recorrido histórico hecho hasta aquí me animaría a aventurar una tesis parcial.
¿Qué nos preocupa hoy a muches economistas? La cultura argentina es sumamente rica, en especial para un país tan joven, pero estamos viviendo un deterioro del desarrollo y un aumento de la pobreza que tendrá consecuencias palpables en todos los aspectos de nuestra sociedad. Redunda decir que las causas que nos llevaron a este lugar son múltiples y que la salida debe ser con recetas que se adapten al Siglo XXI con un respeto irrestricto por el ambiente y acordes a las demandas sociales de la actualidad.
Sin embargo, lo que también nos preocupa es que la mayoría de los artistas argentinos abrazan fácilmente causas que atentan contra la propia génesis de la cultura: la tecnología y la generación de riqueza. Y lo más preocupante es que no están solos, sino que crece exponencialmente esta postura en nuestra sociedad, casi siempre bajo el calor de consignas de rigor científico cuestionable.
Como estos estandartes son atractivos y generan adhesión ya son la base de campañas políticas y construyen el discurso de lo que “está bien” sin atender a un análisis sistémico de su implicancia para el desarrollo de un país o una sociedad sustentable.
Cuando llegamos a este punto, donde los responsables de tomar decisiones se montaron sobre ese discurso, parece no haber retorno, la salida nunca va a ser hacia adelante.
Ejemplos muy claros los hemos vivido en este 2021 que se va: atacar desarrollos como el trigo resistente a la sequía HB4 (tecnología) que permiten mejorar la productividad y cuidar el agua (recursos) u oponerse categóricamente a la salmonicultura, la minería o los hidrocarburos. Todas estas actividades, bien reguladas, aún son muy necesarias para generar riqueza en nuestro país y balancear sus desequilibrios macroeconómicos y territoriales. No existe caso más emblemático que el desbalance territorial y productivo de la meseta chubutense.
No ahondaré en las largas discusiones aquí, pero sépase que Noruega (primero en el índice global de Desarrollo Humano) tiene a la salmonicultura como segundo complejo exportador y Australia (6°) a la minería como primero, por lejos.
De nuevo, las consignas son muy marketineras, con una semblanza a aquellas banderas del Mayo Francés, de un idealismo cautivante. Este idealismo propio de la juventud (“el que no es de izquierda a los 20 no tiene corazón”, diría Churchill y la dejo ahí) está atravesando a toda la sociedad e instalándose en el ideario colectivo. El mundo está cambiando muy rápido y son necesarias acciones urgentes para mitigar el cambio climático, sin embargo, muchas veces los embates a las actividades son desproporcionados, como si la transición se tratara de poner el mundo en pausa desentendiendo las consecuencias. Lo peligroso, sobre todo, es no considerar al sistema y que el hilo siempre corta por lo más débil: sus excluidos.
La pregunta que debemos hacernos es: OK, no queremos estos métodos de producción, ¿es real la alternativa que proponemos sin dejar a nadie afuera? ¿Hay una forma de obtener los minerales que necesitamos sin escala, de alimentarnos orgánicamente a todos y de dejar los combustibles fósiles, todo de la noche a la mañana? ¿Cuál es la sustentabilidad social, política, macroeconómica y hasta ambiental de ello? Por supuesto que quiero esa utopía para mis hijes, pero la pregunta otra vez es cuántos hijes entran en dicha ecuación hoy.
Mi deseo para nuestra Argentina en 2022 es que pensemos más preguntas y dejemos de creer que tenemos la única respuesta.
Parafraseando a la eminente Raquel Chan: ¿acaso serán ellos (los que promueven las campañas anti-todo en redes sociales), los que se despertarán al alba a arrancar yuyos o la agroecología de subsistencia solo es buena para que la hagan otres?
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