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Las pymes deben asociarse para crecer

La apertura al mundo es la prueba de fuego de la Argentina que viene y sólo puede superarse con una nueva cultura empresarial enfocada en la competitividad. El sector privado necesita reconfigurar su rol social y recuperar su protagonismo.
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Claudio Blanchart 31-05-2024
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La inversión privada es el motor del desarrollo, y es necesario reconocer el lugar de las Pymes en la economía argentina, porque implican alrededor del 75% de la mano de obra empleada en el país. No obstante su importancia, las Pymes están en boca de todos y en manos de nadie. 

Con una enorme proliferación de promesas vacías de práctica, no se verifican aún cambios que permitan impulsar su crecimiento. Tanto es así que hace más de 10 años que el número real de empresas en funcionamiento en la Argentina no superan las 540.000 en promedio. El sector no crece. 

  • Los problemas propios del peso fiscal que soportan las empresas, la legislación laboral, las asimetrías institucionales que afectan la competitividad nacional, las complicaciones administrativas para hacer funcionar un negocio, la falta de crédito y la precariedad general de la economía, entre un sin fin de inconvenientes, obligan a las empresas a asumir la resignificación de su rol en la sociedad, ponerse de pie y encarar con redoblada firmeza el futuro.

El escenario de negocios global también es complicado. Está atravesado por las tensiones emergentes entre democracias y autocracias, donde la geopolítica vuelve a ocupar un lugar expectante a la hora de analizar el mundo. La geoeconomía es otra consecuencia natural, por lo que estar de un lado u otro del juego tiene implicancias prácticas a tener en cuenta a la hora de explorar posibilidades de negocios a nivel internacional. 

La pasión y la resiliencia para sostenerse a pesar de todo, permiten intuir un mundo empresarial argentino con capacidad de encarar transformaciones para no morir en el aguante. La sostenibilidad de los negocios ya no se explica por la casi exclusiva atención de la relación costo-precio-cliente, sino que están implicados otros enfoques que superan ese criterio de linealidad y requieren habilidades ampliadas.

La situación nacional e internacional supone exigencias que es necesario encarar, y para eso se deben reformular los criterios de vinculación entre empresas, el mundo académico y el sector público.

La asociatividad es un campo escasamente explorado en nuestro país, que implica un cambio de pautas culturales en tanto que es necesario dejar de ver a otro productor solo como un competidor a vencer y abrirse a la posibilidad de incrementar los beneficios mutuos por el trabajo conjunto. Es vital explorar proactivamente nuevas formas de relación con la innovación emergente del sector científico y la competitividad, lo cual requiere un necesario compromiso también por parte del estado. En este sentido hay dos enfoques  a tener en cuenta.

Uno es el de clusters, que consiste en la asociación de productores de un sector, con un gerenciamiento conjunto, para lograr el crecimiento de la escala de los negocios. Un ejemplo virtuoso es el implementado por el País Vasco, donde el modelo de clusters revolucionó el desarrollo regional, y ha contribuido, entre otros aspectos, a desplazar a la economía catalana detrás de la vasca. En la Argentina hay esquemas de trabajo impulsados por el Ministerio de Economía, como el cluster del pecán, entre otros, que comienzan a trazar un camino posible.

Otro enfoque es el de la regionalización del desarrollo, con el objeto de unificar criterios de gestión integradas entre localidades cercanas. Esto permite aumentar la escala de la economía local a nivel regional, con todos los beneficios de ese crecimiento, así como encarar soluciones compartidas entre municipios. 

Este modelo requiere un fuerte posicionamiento del sector privado, las organizaciones de la sociedad civil y el sector académico universitario, de ciencia y tecnología, así como una nueva dinámica de trabajo en conjunto, de modo de aproximar discusiones con el sector gubernamental que no queden ancladas en temas fiscales y superen visiones de corto plazo. 

Es necesario reemplazar la mirada top-down de las decisiones públicas, a una más integrada donde no se espere todo del estado y el sector privado sea un verdadero protagonista de su crecimiento, asociado a un nivel regional y con otros actores, para generar ciclos virtuosos de generación de riqueza y bienestar.

Actualmente hay un proceso en marcha en la región del Gran La Plata, que incluye también a Berisso, Ensenada, Magdalena, Punta Indio y Brandsen, y que se lleva conjuntamente entre las universidades de la zona y el conjunto de representaciones empresariales y fundaciones, dando un gran paso para una mayor integración del desarrollo regional. Hubo ejemplos que marcaron intenciones pero no logros de nivel regional, como en Rafaela, o más recientemente en Tandil y aledaños.

Estos dos enfoques adquieren potencialidad cuando los actores sociales se comprometen en un proyecto común que requiere encarar conscientemente la integración regional, la innovación, la competitividad, la sostenibilidad social y ambiental, la capacitación, la estandarización de procesos de calidad, la transparencia y la responsabilidad ética, la construcción de redes de participación, la seriedad de implementar planes consensuados de mayor escala y el fortalecimiento de la conciencia ciudadana, entre otros factores de éxito, y a dejar de ir por proyectos aislados con menor beneficio sistémico.

La apertura al mundo es la prueba de fuego de la Argentina que viene y sólo puede superarse con una nueva cultura empresarial enfocada en la competitividad. El sector privado necesita reconfigurar su rol social y recuperar su protagonismo. Y sólo puede lograrlo con una asociación estratégica de todos los sectores.  Seguí a El Economista en Google Agreganos a tus medios preferidos. + Agregar

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