De la UBA a Westminster

Juan Pablo Rud: "Históricamente Argentina protege trabajos específicos, cuando lo que en realidad debería proteger es a los trabajadores"

En 2025, después de más de dos décadas en Londres, Rud combina el charme londinense con el brío argentino, la erudición económica y la calidez personal. Didáctico, dispuesto; tiene pasión por los países en vías de desarrollo y por la honestidad intelectual sin condicionamientos.
"La gente ahorra en dólares porque es una reserva de valor, no por un tema cultural", explica el economista Juan Pablo Rud.
Ramiro Gamboa 06-06-2025
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Londres: el Big Ben, falta de sol, un rey, partido laborista al poder, fish and chips, mind the gap, pubs, apertura a la excentricidad. La ciudad en la que se exiliaron y pasaron un tiempo Freud y MarxEl Economista se encuentra a las 9 de la mañana en un café sobre Holloway Road, una avenida del norte londinense, en el distrito de Islington, una zona situada a veinticinco minutos en subte del centro. Juan Pablo Rud la conoce bien, porque hace más de veinte años que vive en el norte de Londres. 

Rud llega al café una hora antes de lo pactado y encara la entrevista con entusiasmo y sin demora. Un diálogo que empieza virtual y continúa café de por medio. Horas y horas de conversación mientras la primavera londinense cobija días de ensueño excepcional. "Ahora se gentrificó mucho y hay varios cafés como este", comenta Rud, quien es entrenador y secretario del club de fútbol infantil Alexandra Park Youth Football Club en el cual juega uno de sus dos hijos, y mantiene fuertes lazos con la comunidad local.

Cuando dejó Buenos Aires para estudiar economía en Londres, corría el 2001, ese momento que los argentinos recuerdan por el estallido económico y social. Pero Rud ya había planeado su salida antes de que las cacerolas golpearan las calles y la convertibilidad se desmoronara. "Siempre quise estudiar afuera. No era claro al principio si iba a quedarme toda la vida, aunque Londres terminó atrapándome", cuenta Rud, quien hizo del rigor académico una forma de vida. 

Personalmente, Rud refleja esa curiosa mezcla entre lo empírico y lo íntimo. Su esposa también es académica, economista formada en la UBA y ex alumna del Nacional Buenos Aires. Tienen dos hijos que combinan identidades argentinas y británicas con naturalidad.

  • La vida de Rud también está entrelazada con una generación notable de economistas argentinos. Formó parte de TNT, la famosa lista universitaria "Tontos Pero No Tanto" en la Facultad de Ciencias Económicas de la UBA, y conoció en la universidad  a figuras como Axel Kicillof, Augusto Costa, Martín Rapetti, Sebastián Campanario, Guido Sandleris y Andres Borenstein, entre otros   

Rud recuerda aquellos años en la Universidad de Buenos Aires con cierta nostalgia intelectual: "Éramos muy intensos. Nos la pasábamos hablando de economía, organizábamos talleres de lectura, íbamos los fines de semana a discutir sobre libros clásicos de la economía, pasando por Keynes, Marx, Ricardo y otros". Fue en ese ambiente efervescente y diverso, que incluía desde marxistas ortodoxos hasta liberales, donde se gestaron amistades y rivalidades intelectuales profundas. Martín Rapetti, amigo de aquellos tiempos, señaló recientemente en una entrevista con El Economista la calidad excepcional de esa generación, mencionando a Rud entre economistas argentinos que hoy se destacan internacionalmente.

A Rud, Londres lo atrapó no sólo por la fama de la London School of Economics, donde cursó su maestría y doctorado, sino también por algo más simple: "Me sentí súper cómodo desde el primer día".

Recuerda esa época: "En Argentina se hablaba mucho de atraso cambiario, aunque poco sobre productividad y competitividad". Así fue como terminó investigando en la biblioteca británica archivos olvidados sobre la electrificación en la India en los años sesenta, mientras exploraba cómo algo tan básico como la electricidad podía transformar la productividad agrícola e industrial de una nación entera.

En la actualidad es Professor of Economics en Royal Holloway, University of London, Research Fellow en el IZA Institute of Labor Economics y Research Associate en el Institute for Fiscal Studies (IFS). Su trabajo académico ha sido ampliamente reconocido, y se especializó en áreas como desarrollo económico, mercados laborales y economía ambiental. 

En sus estudios más recientes, Rud investiga la "transición justa" desde la minería de carbón hacia otras actividades económicas, un tema crítico en la agenda global ante el desafío climático. Su análisis del cierre de minas en el Reino Unido en los años ochenta muestra que muchos trabajadores desplazados nunca lograron reinsertarse plenamente en el mercado laboral, al enfrentar desempleo y reducciones permanentes en sus ingresos. Para él, una transición auténticamente justa requiere entender que habrá costos humanos significativos: "No hay que defender esos trabajos, pero sí hay que defender a los trabajadores y a sus familias. Si no se hace nada por reinsertarlos laboralmente, las consecuencias para ellos serán permanentes". 

Hoy, Rud insiste en una perspectiva equilibrada sobre la economía y menciona que, incluso economistas que se consideran de centro-izquierda, suelen reconocer el papel fundamental del comercio internacional y los mercados como motores del crecimiento y la reducción de la pobreza. "A menudo me dicen en broma que soy de derecha, pero mi trabajo se centra en entender y reducir la pobreza en países en desarrollo", aclara, y subraya con ironía y convicción su compromiso con la evidencia empírica y la justicia social.

Además de su labor académica, Rud recientemente fue designado asesor científico del Ministerio de Relaciones Exteriores del Reino Unido, involucrado en programas que financian investigación económica en países en desarrollo. Su rol, según explica, es asistir con el desarrollo de agendas de investigación y proveer un puente entre la evidencia generada por la investigación académica en economía y el diseño de recomendaciones de política en temas vinculados al desarrollo económico, incluyendo conflicto, cambio climático y ayuda exterior . Como él mismo resume con una frase  de Keynes: "Cuando cambian los datos o la evidencia, yo cambio mi opinión"

Hincha de Racing y del Arsenal, a la hora de definir cómo esas raíces argentinas influyen en su perspectiva académica, Rud hace una pausa reflexiva: "¿En qué sentido soy argentino? Muchos de los temas que me interesan tienen que ver con lo que vi cuando empecé a estudiar economía en Argentina: Pobreza, desigualdad, productividad. Todos son problemas históricos argentinos que permanecen sin resolver". Sus orígenes familiares se remontan al Este europeo, de donde llegaron sus abuelos a principios del siglo XX desde regiones como Ucrania y Lituania. "Somos un país de inmigrantes, y eso también influye en cómo veo las cosas", dice Rud.

Pero esa misma raíz argentina también le genera ciertos desafíos intelectuales. Rud se resiste sobre todo a la idea, tan instalada en Argentina, de que el país es esencialmente diferente. "Me molesta  esa percepción de que somos distintos en términos económicos, de que en Argentina las políticas industriales funcionan de otra manera, o de que financiando déficits persistentes no pasa nada. Cada pais tiene su historia y su idiosincracia, pero no se pueden negar los incentivos económicos básicos y la evidencia", explica. Por ejemplo, Rud rechaza en particular la noción de que los argentinos ahorran en dólares por una cuestión cultural: "La gente ahorra en dólares porque es una reserva de valor, no por un tema cultural. En Argentina muchas veces se confiscaron o licuaron ahorros; es lógico que el que se quemó con leche, vea la vaca y llore".

Lo que Rud realmente extraña de Buenos Aires son los afectos. "Extraño a la gente, a los amigos, esa cultura de la amistad espontánea. No es que en Londres no exista, pero es distinta; acá las personas son más reservadas y mantienen una mayor distancia", explica. Sin embargo, valora mucho ciertos aspectos de la vida londinense, como la diversidad cultural y la aceptación de las diferencias. 

Al reflexionar sobre el tiempo de su formación académica en Buenos Aires, Juan Pablo Rud evoca con especial énfasis la diferencia que significó para él haber estudiado en la Universidad de Buenos Aires. "El programa de la UBA es realmente muy completo", señala, "y ofrece una formación integral que acá en Londres no es habitual". 

En 2025, después de más de dos décadas en Londres, Rud combina el charme londinense con el brío argentino, la erudición económica y la calidez personal. Didáctico, dispuesto; tiene pasión por los países en vías de desarrollo y por la honestidad intelectual sin condicionamientos. Su trayectoria muestra cómo la economía puede ser a la vez abstracta y profundamente humana, arraigada en decisiones individuales que moldean vidas y sociedades enteras.

—Argentina todavía tiene potencial para expandir sus actividades relacionadas con combustibles fósiles, en particular en Vaca Muerta. ¿Cómo debería equilibrarse el aprovechamiento de estos recursos frente al riesgo de quedar rezagados en la transición energética global?

—Aparece una cuestión muy clara: necesitamos desarrollarnos, tenemos niveles altos de pobreza y disponemos de un recurso aún valioso como el de Vaca Muerta. ¿Por qué no aprovechar ese recurso ahora que todavía tiene valor? Esta postura está bastante aceptada internacionalmente. Si bien los acuerdos globales exigen que cada país alcance emisiones netas cero, resulta muy difícil pedirle a una nación en vías de desarrollo que renuncie a oportunidades rentables en pos de ese objetivo.

Hay otro aspecto vinculado con la transición justa, y es que muchas de estas actividades tienen costos sociales y ambientales que no siempre están correctamente medidos. 

Como solemos decir los economistas, estas situaciones están llenas de trade-offs, es decir, están plagadas de dilemas. Ningún escenario implica exclusivamente beneficios ni exclusivamente pérdidas. Por lo tanto, es fundamental analizar si, en promedio, el resultado es beneficioso y si vale la pena llevar adelante estas iniciativas, manteniendo siempre presente que puede haber personas cuyos ríos se contaminen o sufran otro tipo de perjuicios ambientales. Ante estos riesgos, lo que debería buscarse es que la extracción de recursos naturales se realice de la forma más limpia posible, aplicando mejores tecnologías y adoptando mayores precauciones para minimizar estos costos.

Desde mi perspectiva como economista que estudia economía ambiental, que analiza shocks económicos y efectos ambientales, es difícil sostener que Argentina no deba explotar sus recursos naturales, especialmente cuando estos recursos tienen un valor significativo en el mercado internacionaly considerando además que Argentina no es un país que contribuya significativamente a las emisiones globales derivadas de la combustión de combustibles fósiles.

"Es difícil sostener que Argentina no deba explotar sus recursos naturales, especialmente cuando estos recursos tienen un valor significativo en el mercado internacional", sostiene Rud. 

—¿Es posible pensar que la transición energética varía según el nivel de desarrollo de cada país, y que en los países en vías de desarrollo primero sea necesario fortalecer industrias como la hidrocarburífera -o similares- para luego encarar efectivamente una transición energética?

—Depende de las posibilidades concretas y de las tecnologías disponibles. Si se piensa en términos de generación de electricidad, Argentina cuenta con recursos hídricos y zonas de muy alta capacidad solar. Hace veinte años, instalar un panel solar era carísimo y no resultaba económico. Hoy la situación cambió. Está claro que nadie puede crecer sin energía. La pregunta clave es: ¿se puede crecer sin energía sucia? Quizás no se pueda, quizás el único recurso sea el carbón y no quede más alternativa que usarlo.

Ahora, si se tiene otros recursos disponibles, como hídricos, solares, eólicos, y la tecnología permite aprovecharlos, quizás pueda evitarse ese crecimiento sucio. Por eso gran parte de la discusión actual sobre la minería gira en torno a lo que se denomina "minerales críticos", aquellos necesarios para realizar la transición energética, como el litio, fundamental para la producción de baterías eléctricas destinadas, por ejemplo, a los autos eléctricos.

No se puede reducir la pobreza sin crecimiento económico. Por eso, sostener que no hay que crecer porque el mundo se va a acabar es un error. Hay que buscar crecer de manera más limpia, más integrada, más sustentable.

Hay países a los que se les puede exigir mayor responsabilidad para que crezcan de forma más verde. Europa y Estados Unidos, por ejemplo, redujeron sustancialmente sus emisiones en los últimos 30 años, lo que implica un crecimiento relativamente más limpio.

Por el contrario, el crecimiento en países como China e India es extremadamente sucio. Lo mismo ocurre con Bangladesh y Pakistán, donde las estadísticas muestran un desarrollo altamente contaminante. Por eso considero que este no es un debate que esté cerrado.

Lo que sí está claro es que no se puede creer que sea posible sacar a la gente de la pobreza sin crecimiento económico. Eso es muy difícil de lograr.

—En algunos sectores políticos, en particular vinculados con la extrema derecha, existe la percepción de que la transición energética destruye empleos en lugar de crearlos. Frente a esta visión, ¿qué condiciones considerás esenciales para que la economía verde genere empleos significativos, estables y sostenibles en regiones actualmente dependientes del petróleo y del carbón?

—Ese modo de verlo es muy estático. Es cierto que actualmente ciertos trabajos dependen de un crecimiento sucio, y si esos sectores cierran, esos trabajos se pierden.

Ahora bien, justamente la clave es que hay una transición. Existen sectores que históricamente eran sucios o mucho menos limpios, y que, gracias al cambio tecnológico, los incentivos, y otras razones, han evolucionado hacia una menor contaminación. Sin ir más lejos, si se piensa en el caso de los autos: antes emitían muchísimo, y ahora aparecieron respuestas para reducir esos daños.

Por un lado, está la extrema derecha que en gran parte sostiene que el cambio climático no existe, que todo es mentira, o que es un lobby. Según esa visión, hay que seguir creciendo, emitir lo máximo posible, sin importar nada más. Ese es un extremo cuestionable. En cambio, por otro lado, están quienes dicen que no hay que crecer más, que el mundo ya está demasiado contaminado, y que el crecimiento económico es negativo y hay que decrecer. Esta postura suele estar más asociada a la izquierda, no tanto a la derecha. Y esto también es problemático. 

Es inhumano pedirle a África que no debe crecer, con la cantidad de pobreza que existe, la bajísima productividad y el 60-70% de las personas que trabajan en actividades agrícolas muy precarias en sus chacras, simplemente para subsistir.

Entonces, esa afirmación de que hay que crecer a cualquier costo se puede matizar: sí importa cómo se crece. Se puede crecer de maneras muy diferentes. Por ejemplo, se puede crecer al ser un país petrolero en Medio Oriente, donde quizás el PIB per cápita sea uno de los más altos del mundo, pero no todos se benefician realmente de ese crecimiento. 

En definitiva, como suelen decir los economistas, "depende". Sí, depende. Y es necesario dejar espacio para esos matices.

—En cuanto al desarrollo de África, ¿la cuestión de gases de efecto invernadero, contaminación y demás se acepta en pos del desarrollo? ¿Lo importante es desarrollar África?

—Sí, obviamente. El crecimiento económico es la respuesta principal a la pobreza, aunque por supuesto no cualquier tipo de crecimiento. Tiene que ser un crecimiento más sostenible, más inclusivo, en el que los hogares relativamente más pobres o de ingresos medios puedan participar y beneficiarse directamente. Si no se tiene un crecimiento que incorpore al trabajador, que sea dinámico, que permita la reasignación de trabajadores hacia los sectores mas productivos y que sea más inclusivo, difícilmente se logre una reducción significativa de la pobreza.

"El crecimiento económico es la respuesta principal a la pobreza", asegura Rud. 

—En tu estudio sobre la minería en Perú señalás que las zonas más alejadas de las actividades extractivas fueron justamente las más beneficiadas por el diseño redistributivo. ¿Esto se debe a que en esas áreas se usaron parte de las regalías extraordinarias para desarrollar nuevas actividades económicas, o más bien por una transferencia directa de ingresos?

—Fue gracias a la transferencia de ingresos a gobiernos municipales. La cuestión central de la politica que se implementó en Perú es que muchos gobiernos locales recibieron recursos aún sin tener actividad extractiva: por ejemplo si un distrito realiza extracción y alrededor suyo otros tres o cuatro distritos dentro de la misma provincia no lo hacen, igualmente reciben recursos. Nosotros buscamos  estudiar si la redistribución generó actividad económica, que era el objetivo de la politica.

Para poder separar los efectos directos de la actividad extractiva de los efectos de la redistribucion a gobiernos locales, usamos la variable de la distancia a la mina. Nuestro objetivo es entender si es la actividad económica cercana a la extracción la que impulsa los beneficios observados o la politica de reparto de regalíasSi hubiéramos visto que cuanto más cerca está un distrito de la mina, más mejora su economía, podríamos concluir que la cercanía a la actividad extractiva es clave. Pero al colocar estos mapas de distancia, queremos mostrar que incluso regiones que están lejos, que no tienen recursos mineros ni vínculos comerciales con la mina, igualmente experimentan mejoras económicas Esto no significa que no haya beneficios directos de la actividad extractiva, pero nos sirve para demostrar que la politica que se implementó en Perú cumplió con sus objetivos de reducir la brecha de desarrollo regional.

Otra cosa que quisiera aclarar: Argentina ciertamente cuenta con importantes recursos mineros, como cobre y litio, entre otros. Sin embargo, para explotar esos recursos, se requiere crear marcos que atraigan inversión extranjera, ya que muchas veces no existe capacidad suficiente en empresas locales para hacerlo.

Entonces, un punto fundamental es encontrar el equilibrio adecuado. Si se ajusta demasiado las condiciones, si se exigen regalías muy altas, el inversor podría preferir irse a un país como Ghana, donde las condiciones comerciales e impositivias quizas sean mas favorables . Es decir, también hay que considerar los incentivos que tienen las empresas.

—¿Cómo evaluarías la capacidad actual del Estado argentino para implementar una transición energética justa que evite profundizar las desigualdades regionales y sociales, si se considera en cuenta la experiencia británica que trabajás en el texto "Costes de la eliminación progresiva del carbón"?

—Tengo algunos prejuicios que me indican que sería un desafío muy grande, principalmente porque Argentina ya atravesó algunas transiciones económicas que pueden servir como referencia. Por ejemplo, si se piensa en la apertura comercial de los años noventa, ésta era probablemente necesaria, dado que quedó demostrado que una economía cerrada no conduce al desarrollo esperado. Sin embargo, aquella transición fue particularmente brusca.

Si se analizan los cordones del conurbano bonaerense, se puede observar que allí se perdió una gran cantidad de empleos, y aunque muchos políticos suelen nombrar la importancia de un "Estado presente", en esa oportunidad el Estado no apoyó de manera eficaz una transición sostenible ni una adecuada reconfiguración económica. Personalmente, no conozco ejemplos exitosos en Argentina de transiciones similares que hayan resultado bien gestionadas. De hecho, la experiencia muestra que hubo shocks económicos incluso más severos que los que podrían derivarse actualmente de una transición energética.

En definitiva, no es una tarea sencilla. La transición hacia la liberalización comercial fue mal implementada, y esto lo afirma alguien que cree firmemente en la importancia de que la economía se integre al mundo, sea abierta y busque competitividad. Sin embargo, el hecho es que hubo sectores claramente perjudicados y a nadie pareció importarle demasiado en su momento.

—Explicabas que la liberalización de los mercados internacionales en los años noventa fue brutal, aunque debería haber sido sostenible. ¿Interpretás que la Argentina en el gobierno de Milei va hacia una transición brutal, una liberalización extrema, o le ves más chances de generar un escenario sostenible?

—Argentina es uno de los países más regulados y una de las economías más intervenidas y cerradas del mundo, con una incidencia impositiva altísima. Intentar desmontar todo ese aparato es importante. Aunque sería fundamental hacerlo atendiendo esas necesidades específicas de los trabajadores.

Además, es realmente complicado porque la economía política —es decir, la defensa de los intereses de ciertos sectores y el lobby— tiene un peso enorme. El lobby proteccionista en Argentina es particularmente fuerte. Por lo tanto, tratar de desmantelar ese lobby proteccionista mediante un diálogo más consensuado podría ser muy difícil.

Históricamente Argentina protege trabajos específicos, cuando lo que en realidad debería proteger es a los trabajadores y su capacidad para generar ingresos en cualquier actividad económica. Por eso, gestionar esa transición es clave. 

El lobby está concentrado, mientras que los beneficios están completamente dispersos, y esto hace que la política se vuelva muy difícil. Por lo tanto, desde mi perspectiva, cualquier proceso de desregulación y apertura que parta desde la situación argentina actual, que es ridículamente proteccionista, tiene sentido. Esto beneficiará a la mayoría de la gente y generará inversiones en sectores adicionales. Es decir, no es que al desaparecer ciertos trabajos ya no exista empleo alguno; claramente las economías se reconvierten. Por ende, facilitar esa reconversión y asistir a los trabajadores para que puedan movilizarse hacia otros sectores tiene mucho sentido.

"Históricamente Argentina protege trabajos específicos, cuando lo que en realidad debería proteger es a los trabajadores y su capacidad para generar ingresos en cualquier actividad económica", asevera Rud.

—En la actualidad se registra un aumento en la venta de bienes durables y también una mayor disponibilidad de crédito, aunque al mismo tiempo ya van 15 meses consecutivos de caída en la venta de bienes de consumo masivo en supermercados. ¿Es posible implementar un modelo económico donde crezca simultáneamente la venta tanto de bienes durables como de bienes no durables de consumo masivo?

—Sí, eso es posible. Cuando un país crece, los ingresos aumentan, y parte de esos ingresos se destina al consumo mientras que otra parte va al ahorro y la inversión. De esta manera, ambos tipos de consumo pueden crecer simultáneamente. Aunque, para eso es fundamental el crecimiento económico. Argentina, por ejemplo, todavía está rezagada porque tiene que solucionar problemas estructurales como la inflación alta y el déficit fiscal crónico, que son cuestiones macroeconómicas críticas. 

 

En este gráfico, el crecimiento de Estados Unidos está representado en verde y el de Argentina en azul. Desde los años 60 en adelante, el crecimiento promedio de Estados Unidos se ha mantenido generalmente por encima de cero. Por supuesto que tuvo crisis y fluctuaciones, aunque en promedio la economía estadounidense se ubicó alrededor de este nivel. 

En contraste, el caso argentino es sumamente irregular. Claramente pueden observarse períodos en los cuales el crecimiento cae significativamente, y alcanza cifras como -5% o hasta -7%. Esto resulta realmente insostenible desde una perspectiva de estabilidad económica. El gráfico permite entender claramente por qué se describe a Argentina como una "tragedia del crecimiento". Aquí se observa el PIB per cápita en precios constantes desde 1960 hasta 2020, comparando a Argentina con Estados Unidos. Cuando se aborda el tema de la pobreza, lo primero que queda claro es que, para reducirla, resulta imprescindible lograr un crecimiento económico sostenido.

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Ahora bien, si excluimos a Estados Unidos y observamos específicamente el caso de Chile, se nota una clara diferencia. Aunque Chile también enfrentó crisis importantes en las décadas del 70 y del 80, durante los últimos 30 años su economía ha crecido consistentemente. Este patrón de crecimiento sostenido contrasta marcadamente con la situación de Argentina, donde las fluctuaciones y la volatilidad económica han impedido reducir eficazmente la pobreza a largo plazo.

Por lo tanto, al hablar de reducir la pobreza, queda claro que la solución fundamental es crecer económicamente, tal como lo demuestra la experiencia chilena.

—Cuando Argentina atraviesa períodos de crecimiento económico el superávit comercial se enfrenta a dificultades. ¿De qué manera podría Argentina superar esta limitación recurrente de la escasez de dólares en contextos de crecimiento?

—Generalmente en todo el mundo, cuando hay menos disponibilidad de un bien, su precio tiende a aumentar, y genera así variaciones de precio. Honestamente, como economista, debo confesar que nunca termino de entender completamente la idea de "escasez de dólares". 

Si existe inversión, comercio y exportaciones sostenidas, acceso al crédito, este problema debería disminuir. El problema en Argentina es que existen muchas restricciones para exportar, especialmente en sectores altamente productivos como el agro, uno de los más tecnificados y competitivos del mundo. Estas restricciones son parte de una política más amplia de control y extracción excesiva.

El mercado es dinámico y se ajusta constantemente; se trata de un equilibrio general, donde todas las variables económicas se reorganizan conjuntamente. 

—¿Hay alguna posibilidad de hacer que Argentina sea menos cara en dólares sin devaluar?

—La clave es la productividad. Básicamente, cuando un país mejora su productividad puede hacer más con los mismos recursos, y eso lo vuelve más competitivo. 

Asimismo, Argentina es un país muy caro para importar tecnología, y gran parte de la productividad está directamente vinculada a la tecnología. Si importar tecnología es caro y el mercado está hiperprotegido, se vuelve muy difícil incrementar la productividad.

—¿Cuál es el tema del futuro sobre el que te gustaría seguir pensando la Argentina? 

—El tema de la productividad es central. También la cuestión de la inversión en el sector privado, y cómo lograr que los sectores más productivos puedan ganar terreno y crecer, incluyendo la movilidad de trabajadores hacia esos sectores mas dinámicos. 

Esto tiene que ver con entender cuáles son las barreras que impiden el crecimiento del sector privado, sobre todo en economías regionales  donde dos tercios del empleo formal provienen del Estado. Cómo generar esas transiciones y crear incentivos para que, gradualmente, el sector privado empiece a crecer y pueda absorber empleo. La creación de empleo privado y el aumento de la productividad me parecen temas esenciales, no solo por el crecimiento agregado y la productividad general en Argentina, sino también para reducir las diferencias regionales y fomentar un desarrollo local más equilibrado.

—En Noruega o en los países escandinavos hay mucho Estado, pero es eficiente. En Argentina por momentos discutimos Estado, cuando en realidad lo que deberíamos discutir es la eficiencia. 

—Efectivamente. Tener mucho Estado no necesariamente implica una gran protección; justamente no se protege al trabajo en sí, sino al trabajador. O mejor aún, en los países escandinavos existe un Estado eficiente que provee buenos servicios, y que, al mismo tiempo, según indicadores como el Doing Business del Banco Mundial, no pone trabas al sector privado. 

El hecho de que esos países cobren impuestos altos y luego redistribuyan esos ingresos es parte del contrato social que los ciudadanos escandinavos aceptan voluntariamente, pero eso ocurre justamente porque ese contrato funciona bien. Si se observa el Doing Business Index, el hecho de tener un Estado activo no significa que sea un Estado que desprecia o perjudica al sector privado. Eso es importante. Dinamarca, Noruega, Suecia —los países escandinavos en general— están todos entre los primeros puestos del ranking.

Básicamente, se trata de no interferir innecesariamente en el sector privado.

—¿Cómo pensarías esta articulación en el caso del agro?

—En la actualidad, los campos argentinos invierten en innovación, invierten en irrigación, mecanización, tecnología. Todo eso es lo que verdaderamente vuelve productivo al país. Sin embargo, en Argentina persiste esta idea de que los productores agropecuarios solo extraen renta, que deben pagar impuestos extra para extraerles esa supuesta renta pasiva y que, de alguna manera, le deben algo al país. Pero eso no es así.

Es un sector que tiene una ventaja comparada por cuestiones climáticas, por fertilidad del suelo o por otros factores externos, pero para poder aprovechar realmente esa ventaja se necesitan inversiones, innovación, trabajo e investigación. Aun así, en Argentina sigue existiendo en muchos sectores políticos la idea de que el agro es un sector que "tiene que pagar".

—En el último tiempo no se destinan suficientes recursos a la UBA, se congelan salarios o directamente se recortan. ¿Considerás que es inviable un proyecto liberal que desregule el mercado y que a la vez preserve la universidad pública, una de las pocas instituciones que los argentinos sienten que todavía funciona?

—Siempre fui un gran defensor de la universidad pública, y creo profundamente en la educación como un factor esencial de movilidad social. Pero también me parece que es importante escuchar atentamente las críticas que se hacen desde distintos sectores. Esas críticas muchas veces tienen razón en señalar las cosas que no funcionan bien: el acceso totalmente irrestricto, la falta de estándares altos o el hecho de permitir que una persona curse la misma materia cien veces sin ningún tipo de restricción. Evidentemente hay mucho margen para hacer reformas y mejorar estas cuestiones.

La realidad es que la educación pública en la Argentina se deterioró muchísimo, y la universidad debe seguir siendo un espacio que permita revertir esas desventajas. Obviamente, son necesarias reformas integrales más profundas que ataquen los problemas desde la raíz, desde el nivel primario y secundario, para que esto no sea tan necesario en el futuro. Eso implica más recursos, mejor formación docente, y una educación pública más fuerte desde la base. Por lo tanto, creo que acá no es solo un problema de recursos, sino también de gestión y calidad educativa.

Es un tema difícil, porque siempre defendí el principio de la universidad pública, pero entiendo perfectamente por qué existen tantas críticas hacia su funcionamiento actual. Ahora bien, no sé si eliminar la gratuidad sería un paso real hacia una mejora inmediata.

Lo que sí tengo claro es que la UBA, incluso en mis épocas de estudiante, dependía demasiado de la pasión y el esfuerzo voluntario de la gente. Muchos de mis profesores eran economistas que trabajaban en el sector privado y enseñaban en la UBA prácticamente gratis porque querían retribuir algo a la universidad, porque apoyaban ese principio de educación pública, o porque simplemente querían ayudar. Eso obviamente es noble y admirable, pero no sé si sea la mejor manera de sostener una universidad de calidad.

Yo, por ejemplo, soy profesor full-time, doy clases porque es mi trabajo, no lo hago gratuitamente solo por pasión o por devolución. Y creo que avanzar hacia una mayor profesionalización de la carrera académica en Argentina podría ser algo positivo para elevar el nivel y hacer más sustentable el sistema universitario público.

"Avanzar hacia una mayor profesionalización de la carrera académica en Argentina podría ser algo positivo para elevar el nivel y hacer más sustentable el sistema universitario público", argumenta Rud. 

—En tu estudio aseverás cómo los trabajadores de menores ingresos tienen menos capacidad para evitar la exposición a la contaminación. ¿En ciudades argentinas con alta desigualdad socioeconómica podría esto exacerbar aún más la desigualdad sanitaria?

—Hay mucha evidencia de que los efectos negativos de la contaminación ambiental sobre la salud impactan de manera mucho más severa en los sectores más pobres. Esto puede ocurrir, en parte, porque obviamente las personas con menores recursos están más expuestas. Pero nuestro trabajo también muestra que existe otro factor relevante: los pobres no sólo están más expuestos, sino que además tienen menos capacidad de adaptarse o protegerse de la contaminación. Un ejemplo simple es el agua contaminada: los sectores más pobres muchas veces están obligados a consumir agua contaminada directamente, mientras que la gente con mayores ingresos puede optar por fuentes alternativas de agua, como comprar agua embotellada y así evitar la exposición. Claramente, esto profundiza la desigualdad sanitaria.

La pregunta central es qué tipo de políticas públicas pueden ayudar a enfrentar este problema. Como siempre sucede, los trabajadores con ingresos muy inciertos y que dependen del ingreso diario, tal como se vio durante la pandemia o frente a shocks ambientales, tienen escasa protección. Una manera efectiva de protegerlos sería implementar un sistema sólido de seguridad social que les brinde contención. Por supuesto, crear un sistema así es costoso, difícil y presenta desafíos, pero claramente podría ser una solución.

Pero, en definitiva, estos son algunos ejemplos concretos de cómo se podría intentar proteger mejor a la población frente a exposiciones elevadas de contaminación ambiental. Seguí a El Economista en Google Agreganos a tus medios preferidos. + Agregar