Impacto

Déficit externo, financiamiento y energía: por qué el "rojo" de 2025 no es necesariamente una alarma

Aunque el déficit de cuenta corriente roza los US$ 12.000 millones, el retorno del crédito externo cambia el diagnóstico. Claves de una foto inesperada.
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Argentina llega a octubre de 2025 con un dato que, en otro contexto, hubiese desatado titulares apocalípticos: un déficit acumulado de cuenta corriente cercano a los US$ 12.000 millones. La dinámica combina el rebote de la actividad, importaciones en alza y un turismo emisivo que volvió con ganas después de años de restricciones. En el pasado, un número así era sinónimo automático de crisis. Hoy, la interpretación es más compleja —y, para sorpresa de muchos, menos dramática.

El giro de clima viene de un dato que pasó más bajo el radar: emisores argentinos consiguieron casi US$ 4.000 millones en los mercados internacionales en pocas semanas. No fue deuda del Tesoro, sino provincias y empresas, especialmente del sector energético, que lograron volver a colocar bonos afuera a tasas razonables y plazos saludables. Ocho compañías levantaron más de US$ 3.000 millones; la Ciudad de Buenos Aires colocó a siete años con un 7,8% anual; YPF aseguró US$ 700 millones para prefinanciar exportaciones. Para un país que estuvo prácticamente fuera del radar financiero mundial durante años, esto es más que un "buenas noticias": es un cambio de régimen.

Ahora bien, ¿qué tiene que ver este boom de emisiones con el déficit externo? Todo. Un déficit de cuenta corriente no es, por sí mismo, un problema, siempre que cumpla dos condiciones: que esté asociado a inversión y que se financie con capital estable, de largo plazo, vinculado a sectores que generan divisas. Corea del Sur en los 80, Chile en los 90 o Brasil en los 2000 son ejemplos de manual: crecieron, atrajeron inversión, sostuvieron déficits de cuenta corriente y jamás entraron en colapso, porque sus sectores transables eran lo suficientemente fuertes para repagar ese financiamiento.

El drama aparece cuando el déficit financia consumo corriente o cuando se sostiene con flujos especulativos que entran un mes y se evaporan al siguiente. Argentina conoce ese camino de memoria: reservas que desaparecen, riesgo país disparado, y un golpe de tipo de cambio que te deja el salario en modo bengalí.

Por eso el cruce entre ambos fenómenos —el rojo externo y la reapertura del financiamiento— es tan relevante. Argentina está viviendo una fase en la que el sector privado exportador vuelve a acceder a crédito internacional, justo cuando la cuenta corriente muestra debilidad. Y acá está la clave: no es lo mismo tener déficit cuando nadie te presta que cuando te prestan y te prestan barato.

Además, el sector energético es el protagonista del financiamiento reciente, y eso es una buena noticia macro. Vaca Muerta, gasoductos, los proyectos de GNL y el incremento de exportaciones de crudo conforman hoy la principal fuente futura de dólares del país. Que las empresas energéticas accedan a crédito externo implica dos cosas: más inversión productiva y más capacidad exportadora. Dicho con menos vueltas: si te vas a endeudar, endeudate donde generás los dólares para pagarlo.

La literatura respalda esta mirada. La sostenibilidad externa depende de la estructura productiva y la capacidad exportadora, no del resultado corriente aislado. Las crisis no surgen por el déficit en sí, sino por su mala composición y su financiamiento volátil. Los los países con sectores transables complejos pueden tolerar déficits más prolongados sin estrés cambiario.

¿Encaja Argentina en esa categoría en 2025? A medias. El financiamiento reciente es sano: privado, de largo plazo, vinculado a exportadores. Pero el déficit también refleja turismo emisivo y un rebote de importaciones que no necesariamente se traduce todavía en mayor capacidad productiva. Es una foto híbrida: señales buenas, señales de alerta.

Por eso, la pregunta relevante no es si el déficit es "malo", sino qué hace el país con esta ventana de financiamiento. Si las provincias usan las emisiones para refinanciar deuda cara y liberar recursos para infraestructura, y si las empresas energéticas potencian inversión exportadora, el déficit de este año puede ser un puente hacia una Argentina con mayor músculo productivo. Si, en cambio, se diluye en gasto corriente y se prolonga la apreciación cambiaria, la película se vuelve vieja conocida.

La coyuntura de octubre 2025 muestra una tensión clásica: más dólares salen por la cuenta corriente, pero más dólares entran por el financiamiento privado. El desafío es convertir ese financiamiento en capacidad productiva y no en anestesia transitoria. En macro, como en la vida, no alcanza con mirar cuánto gastás: importa quién te presta, para qué lo usás y si mañana vas a poder devolverlo sin que te tiemble el pulso. Seguí a El Economista en Google Agreganos a tus medios preferidos. + Agregar

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