Escenario

¿Déficit de cuenta corriente? Depende de que lo cause

Lo que ocurra con el crecimiento, el tipo de cambio, la inversión extranjera y el escenario internacional terminará definiendo si el déficit es un puente hacia el desarrollo o un nuevo callejón sin salida.
No hay que idealizar los superávits EE
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Argentina cerró el año 2024 con un dato alentador: un superávit de cuenta corriente de US$ 5.700 millones, equivalente al 1% del PIB. Sin embargo, el comienzo de 2025 fue menos auspicioso. El primer trimestre arrojó un déficit de casi US$ 5.200 millones. La reacción fue inmediata: mientras el oficialismo minimizó el dato, sectores críticos hablaron de crisis inminente. 

¿Quién tiene razón? Como casi todo en economía, la respuesta no es binaria: depende del contexto, del tamaño del déficit, de cómo se financia y del para qué.

Primero, vale recordar qué es exactamente la cuenta corriente. Se trata del balance entre lo que el país produce y lo que gasta hacia el resto del mundo. Contablemente, incluye:

  1. La balanza comercial de bienes y servicios (exportaciones menos importaciones).
  2. Los ingresos y egresos por renta de factores (intereses, dividendos, etc.).
  3. Las transferencias netas (remesas, donaciones, etc.).

En Argentina, la balanza comercial suele explicar la mayor parte del resultado. El déficit de este primer trimestre se explica por dos factores clave: una fuerte suba de las importaciones de bienes, impulsada por la mayor apertura comercial, la salida parcial del cepo y el rebote de la actividad económica; y un déficit creciente en la balanza de servicios, especialmente por el turismo emisivo, que volvió a crecer tras años de restricciones. Todo eso, sumado a un tipo de cambio algo atrasado, configuró un escenario propenso al desequilibrio externo.

Pero, ¿tener déficit es sinónimo de estar al borde del abismo? No necesariamente. Un país puede registrar déficit externo y al mismo tiempo transitar una trayectoria de crecimiento y desarrollo sostenible, si ese déficit está bien financiado y se utiliza para fines productivos. Corea del Sur es un caso clásico: durante los 80 y parte de los 90 registró déficits persistentes mientras financiaba su transformación industrial. Chile también tuvo, entre 1990 y 2024, un déficit promedio del 2,1% del PIB y, sin embargo, creció al 4,2% anual. Brasil acumula 18 años consecutivos de déficit, y Colombia, 24.

El problema aparece cuando el déficit no está asociado a inversión, sino a consumo corriente. Si el país gasta más de lo que genera y lo financia con deuda de corto plazo o capitales especulativos, la situación puede volverse insostenible. Las reservas se agotan, el financiamiento se encarece o se corta, y se abre la puerta a una crisis de balanza de pagos. En la historia argentina eso pasó varias veces, y por eso la sensibilidad ante cualquier signo rojo en la cuenta corriente no es solo paranoia.

Ahora bien, tampoco hay que idealizar los superávits. Un superávit puede reflejar competitividad exportadora (caso Alemania), pero también puede surgir de una demanda interna deprimida o de la falta de oportunidades de inversión (caso Japón). En otras palabras, tanto el déficit como el superávit pueden tener múltiples lecturas: lo relevante es el contexto macro, el modelo de crecimiento y el uso de los recursos.

Otro punto clave es el vínculo entre el resultado externo y el fiscal. No es casual que se hable de "déficits gemelos". Cuando el sector público gasta más de lo que recauda (déficit fiscal), suele aumentar la demanda agregada y eso se traduce, en parte, en más importaciones. Además, el Estado deja de aportar al ahorro nacional. Por eso, un déficit fiscal tiende a presionar sobre la cuenta corriente. Sin embargo, la correlación no es perfecta. Este año, por ejemplo, el FMI proyecta para Argentina un superávit fiscal primario del 0,4% del PIB, pero también un déficit externo de magnitud similar. 

¿Cómo se explica? Porque el ahorro público puede ser neutralizado por un aumento del gasto privado o una baja del ahorro externo por otras vías.

En definitiva, el saldo de cuenta corriente es un indicador fundamental para entender la salud macroeconómica de un país y su inserción internacional. Pero no debe analizarse en forma aislada ni con lecturas mecánicas. Hay que mirar su composición, su financiamiento y su vínculo con otras variables estructurales. En el caso argentino, el rojo del primer trimestre es un dato a seguir de cerca, pero no es aún señal inequívoca de crisis.

El partido está abierto. Lo que ocurra con el crecimiento, el tipo de cambio, la inversión extranjera y el escenario internacional terminará definiendo si el déficit es un puente hacia el desarrollo o un nuevo callejón sin salida.

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