No le digas "pobrecito" a tu hijo: el error que lo forma
Hay una frase que escuchamos cada vez más seguido: "Pobrecito, mi chiquito". Y quizás el problema no está en los chicos. Quizás está en nosotros.
Porque detrás de esa frase muchas veces hay amor, cuidado y deseo genuino de proteger. Pero también puede esconderse algo mucho más incómodo: nuestra propia dificultad como adultos para sostener el malestar de nuestros hijos. Nos cuesta verlos frustrados. Nos cuesta verlos equivocarse. Nos cuesta verlos enfrentar las consecuencias de sus propias decisiones. Entonces intervenimos. Explicamos. Justificamos. Defendemos incluso aquello que, en el fondo, sabemos que no deberíamos defender. Y sin querer les robamos una de las oportunidades más importantes de la infancia: aprender cuando equivocarse todavía es seguro.
Porque la escuela debería ser justamente eso: uno de los pocos espacios de la vida donde un error no define a una persona, sino que abre una conversación. El lugar donde un chico puede aprender que si lastima a otro debe reparar. Que si rompe una regla hay una consecuencia. Que si se equivoca puede hacerse cargo y volver a intentarlo. Pero para que eso suceda necesitamos algo fundamental: adultos dispuestos a acompañar ese proceso sin salir corriendo a rescatar.
Hoy hablamos muchísimo de la crisis educativa. Nos preocupan los resultados en Matemática, Lengua o Ciencias. Y claro que importan. Pero quienes vivimos las escuelas todos los días vemos otro desafío silencioso y enorme: cada vez es más difícil educar cuando los adultos dejamos de ser aliados para convertirnos automáticamente en defensores. Cuando ante cada situación la primera pregunta es "¿qué le hicieron a mi hijo?" antes de preguntarnos "¿qué pasó?". Cuando escuchar la versión de un chico reemplaza la búsqueda de la verdad. Cuando confundimos creerles con darles siempre la razón.
Porque nuestros hijos necesitan saber que estamos de su lado. Pero estar de su lado no significa justificar todo lo que hacen. A veces estar de su lado significa ayudarlos a mirar algo que hicieron mal. Y eso requiere mucho más amor y mucha más valentía.
La neurociencia muestra algo fundamental: los chicos necesitan vínculos seguros para aprender. Un cerebro que se siente constantemente amenazado difícilmente pueda desplegar todo su potencial. Pero seguridad no significa ausencia de límites. De hecho, ocurre lo contrario. Los límites claros y consistentes dan previsibilidad. Ayudan a desarrollar autorregulación. Construyen ese marco desde donde los chicos pueden explorar, equivocarse y crecer. Un mundo sin límites no es un mundo más seguro. Es un mundo más confuso.
Quizás venimos de generaciones donde los adultos eran demasiado duros. Donde muchas veces no había espacio para explicar, escuchar o validar emociones. Y era necesario cambiar. Pero tal vez, como tantas veces pasa, el péndulo se fue demasiado lejos. Pasamos de "porque lo digo yo" a tener miedo de decir "esto no está bien". De chicos que no podían cuestionar nada a adultos que no podemos sostener un "no".
Y en el medio olvidamos algo fundamental: validar una emoción no es validar cualquier conducta. Un chico tiene derecho a estar enojado. No tiene derecho a lastimar. Tiene derecho a frustrarse. No tiene derecho a descargar esa frustración sobre otros. Tiene derecho a equivocarse. Y tiene la enorme oportunidad de aprender a hacerse cargo.
Porque ahí nace algo que necesitamos recuperar con urgencia: la empatía. La capacidad de entender que mis acciones afectan a alguien más. Que mi libertad termina donde empieza el cuidado del otro. Que vivir en comunidad implica derechos, pero también responsabilidades.
No estamos preparando chicos para una infancia perfecta. Estamos preparando personas para la vida. Y la vida trae frustraciones, límites, errores y consecuencias. Ojalá no esperemos a que sea el mundo quien les enseñe eso. Porque el mundo no siempre lo hace con amor.
La escuela y la familia todavía tienen un privilegio enorme: ser esos lugares donde equivocarse viene acompañado de una mano adulta que dice: "Te quiero. Estoy con vos. Pero esto hay que mirarlo".
Porque educar no es evitar todas las caídas.
Educar es estar ahí mientras aprenden a levantarse. Seguí a El Economista en Google Agreganos a tus medios preferidos. + Agregar